Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Sangre de dragón: la última de los dragones blancos - Capítulo 5

  1. Inicio
  2. Sangre de dragón: la última de los dragones blancos
  3. Capítulo 5 - 5 Capítulo 5
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

5: Capítulo 5 5: Capítulo 5 Zabina No sé qué me pasa.

Jamás me había sentido así.

Esta confusión.

Este calor absurdo que me pone ansiosa sin razón clara.

Es imposible encariñarse tanto con alguien que acabas de conocer.

Pero Abisaí tiene algo que me nubla los sentidos.

Es todo lo que debería temer, un dragón negro, un príncipe, un mundo entero que podría destruirme, y sin embargo me siento cómoda a su lado.

Peor aún… no quiero que se vaya.

Buscamos todo el día a un sanador.

Regresamos con las manos vacías y con el peso de una decisión que tengo que tomar antes del amanecer.

Tal vez, si me diera su protección… Si mi vida no corriera peligro en su tierra… tal vez iría.

Tal vez.

Se va en la mañana.

Debe informar sobre ese dragón traidor que trabaja con los cazadores.

Tengo que decidir antes de que amanezca.

Aún no me creo que tenga a un príncipe durmiendo en mi cama.

Estoy sentada en el sillón, envuelta en mi bata de dormir, cuando escucho sus pasos suaves.

Me giro.

Él está ahí, mirándome de esa manera que no debería estar permitida.

Oscura, intensa, como si pudiera ver debajo de la tela y de mis defensas al mismo tiempo.

—¿No puedes dormir?

—pregunto, y mi voz sale más baja de lo que pretendía.

Se pasa la mano por el cabello revuelto.

—¿Puedo acompañarte?

La sonrisa se me escapa sola.

Me aparto en el sillón sin pensarlo, dejando espacio para él.

—Si te acompaño… —jugueteo con el borde de mi bata, nerviosa—, ¿me juras que nadie me hará daño?

Se sienta a mi lado.

El calor de su cuerpo llega hasta mí incluso sin tocarnos.

Por un momento ninguno habla.

Solo se escucha el crepitar del fuego y el silencio profundo del bosque afuera.

—Tienes mi palabra —dice en voz baja.

—Me traerás de regreso.

—Sí.

Suspiro, temblorosa.

—Está bien.

Iré contigo y ayudaré a tu hermano.

Pero debes cuidarme.

—Te debo mi vida, Zabina.

Nadie se atreverá a ir contra mi palabra.

—Bien… Entonces confiaré en ti.

Levanta la cabeza de golpe y olfatea el aire.

Su expresión cambia en un segundo.

—¿Qué ocurre?

—pregunto, incorporándome.

—Corin —masculla entre dientes, poniéndose de pie—.

Sabe que estoy aquí.

—¿Pero cómo podría…?

Las voces llegan desde afuera antes de que termine la frase.

Órdenes secas.

Golpes contra la madera.

Están atacando mi árbol, mi casa, las paredes que han sido mi único refugio durante años.

El sonido me paraliza.

—Vamos, Zabina.

Debemos irnos ya.

—Es que… Me levanta del sillón sin esperar respuesta.

—Muévete.

Tomo la capa y nos movemos hacia la salida.

Me coloca detrás de él cuando escuchamos cómo forcejean contra la puerta.

—¿Pero cómo descubrieron mi refugio?

—Las lágrimas se me escapan solas.

—Zabina —Su voz es firme—.

¿Otra salida?

—Por el techo —digo—.

Pero no hay escaleras.

Me mira.

Un segundo de silencio absoluto.

—Bien.

Se transforma.

El dragón negro que llena mi sala casi no cabe entre las paredes.

Sus alas rozan las vigas del techo y vuelcan la lámpara contra el suelo.

Es enorme y oscuro y de repente mi cabaña es ridículamente pequeña y yo soy ridículamente consciente de lo que tengo frente a mí.

Levanta la cabeza hacia el techo y suelta un chorro de fuego controlado.

La madera cede, el hueco se abre, el cielo nocturno aparece arriba.

Una de sus garras me rodea con un cuidado que no esperaba de algo tan grande y salimos disparados hacia arriba antes de que pueda gritar.

Afuera es un caos.

Cazadores por todas partes, antorchas, flechas de kirys surcando el aire.

El árbol que fue mi casa arde por la base y yo lo miro desde las garras de Abisaí con el estómago hecho un nudo que no sé si voy a poder deshacer.

Sube alto, alejándonos del peligro, y por un momento pienso que lo peor ya pasó.

Entonces lo veo venir.

Otro dragón negro, enorme, cruzando el cielo directo hacia nosotros.

Abisaí vira en el aire.

Con una carga entre las garras no puede maniobrar bien y los dos lo sabemos.

Busca una salida y la única que tiene soy yo.

Me deposita sobre una roca ancha con más delicadeza de la que merece la situación.

Quedo tendida sobre la piedra fría y lo miro.

Él me mira también, solo un segundo, y algo en ese segundo no sé cómo interpretarlo.

Resopla.

Se alza al cielo.

La pelea es brutal.

Garras, fuego, mordidas.

Se golpean en el aire con una violencia que hace temblar las copas de los árboles de abajo.

Abisaí es más rápido pero el otro es más grande, y cada vez que parece ganar terreno el otro lo empuja de vuelta.

Lo más sensato sería irme.

Tengo la roca, tengo el bosque a mis espaldas, tengo años de práctica escondiéndome.

Debería estar corriendo.

No me muevo.

Escucho a los cazadores antes de verlos.

Se están reagrupando debajo de la pelea, arcos levantados, flechas apuntando hacia arriba.

Hacia Abisaí.

Cuento tres respiraciones.

Me maldigo por débil y me transformo.

Mis alas blancas abren sobre la roca y la gema despierta sola, ardiendo contra mi pecho.

Me coloco entre los cazadores y los dragones y cuando me ven se detienen, confundidos, porque un dragón blanco no existe hace doscientos años y ninguno de ellos sabe qué hacer con lo que tienen delante.

La gema brilla.

Concentro en ese punto de calor en mi pecho mi poder y lo suelto hacia afuera en una ola de luz plateada que los envuelve a todos.

Se tapan los ojos gritando y caen de rodillas.

El hechizo los dejará ciegos hasta el amanecer.

Me giro hacia la pelea.

No han reparado en mí y eso es bueno.

Vuelvo a mi forma humana y me quedo quieta sobre la roca, con el corazón en la garganta, mirando cómo los dos dragones se destrozan en el cielo.

Entonces Abisaí le hunde las garras en el cuello.

El otro deja de moverse.

Cae.

El golpe contra la tierra levanta una nube de polvo que tarda en asentarse.

Cuando se disipa, hay dos figuras en el suelo.

Una no se mueve.

La otra se pone de pie despacio, en forma humana, con la ropa desgarrada y sangre en el brazo.

Es Abisaí.

Me bajo de la piedra y corro hacia él sin pensar.

No le doy tiempo de decir nada: lo abrazo con fuerza, hundiendo el rostro en su pecho caliente y palpitante.

—¿Estás bien?

—sollozo.

Sus brazos me rodean con fuerza.

Apoya la mejilla en mi cabello.

—Sí.

Ya está hecho.

El traidor está muerto.

—Tuve mucho miedo… No sé por qué lo digo.

Tampoco por qué lo estoy abrazando así.

No sé nada en este momento, solo que hace un minuto pensé que él podía morir y eso me revolvió algo por dentro que no termino de entender.

Me levanta la barbilla con los dedos.

Y sus labios se apoderan de los míos.

No debería permitir esto.

Lo sé.

Estoy rompiendo todas mis reglas.

Pero mientras sucede, lo sé con la misma claridad con que sé que el fuego quema… y no me detiene.

Me entrego al beso, a su boca exigente, a su lengua enredándose con la mía, a ese calor que se expande desde mi pecho como si la gema y el beso fueran la misma cosa.

Es demasiado.

No es suficiente.

Y eso me aterra más que cualquier cazador.

Soy yo quien se separa, jadeando.

Él me mira con los ojos entornados, enmarca mi rostro entre sus manos y no dice nada por un momento.

Solo me mira.

—Vamos a Anwar —murmura al fin—.

Luego te traigo de regreso.

Te lo juro.

Miro por encima de su hombro el humo que sube entre los pinos.

Mi refugio ya no existe.

—Ya no tengo casa —murmuro.

—Eso lo resolveré —Su pulgar roza mi mejilla—.

Confía en mí, tal vez te guste Anwar.

—¿No es peligroso para mi?

—No conmigo a tu lado.

Juraría que mis mejillas se han vuelto rojas y asiento porque es lo único que puedo hacer.

Toma su forma de dragón.

Me monto sobre su lomo, me aferro con fuerza a sus escamas y cuando alza el vuelo el viento me golpea en la cara.

El bosque de Jurdiena queda atrás.

No me permito mirarlo por última vez.

Si lo miro, no me voy.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Náyade Podía huir… podía desaparecer como siempre… Pero eligió quedarse con él.

¿Crees que Zabina está siguiendo su corazón… o caminando directo a su perdición?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Acerca de
  • Inicio
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo