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Sangre de dragón: la última de los dragones blancos - Capítulo 6

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6: Capítulo 6 6: Capítulo 6 Abisaí La entrada del reino aparece entre la niebla de la montaña.

Solo los dragones podemos verla.

Para cualquier otro ser que sobrevolara este punto, no habría más que roca y nubes y vacío.

Pero yo la conozco de memoria.

El umbral invisible que separa el mundo de los humanos del nuestro, esa línea que al cruzarla hace que el aire cambie de peso y de temperatura y de olor.

Cruzo.

Zabina se aferra a mi lomo con más fuerza cuando el paisaje se transforma de golpe.

Anwar.

Las montañas se alzan a ambos lados como centinelas antiguos, negras y afiladas, con las cumbres perdidas entre las nubes.

Las murallas del reino siguen su contorno natural, construidas sobre la piedra misma de la montaña.

Son altas, inaccesibles, lisas hasta la mitad y luego cubiertas de enredaderas oscuras que suben sin que nadie las haya plantado.

Vuelo bajo para que ella pueda verlo todo.

Los primeros clanes viven en la falda de la montaña norte.

Sus casas están empotradas en la roca, blancas y amplias, con los muros de mármol veteado que trajeron del interior hace generaciones.

Las enredaderas trepan por las fachadas y se meten por los ventanales abiertos.

No hay puertas pequeñas en Anwar, todo está construido para dos formas, la humana y la otra, y eso se nota en cada arco, en cada entrada, en cada plaza que se abre entre los edificios.

Hay templos.

Tres que puedo ver desde aquí, con sus columnas de piedra negra y sus techos abiertos al cielo porque los dragones no rezamos bajo techo.

Las figuras talladas en las columnas representan a los primeros, los ancestros, con las alas extendidas y las bocas abiertas hacia arriba.

Llevan siglos ahí y siguen intimidando igual.

Más abajo, el bosque interior de Anwar bordea el río que cruza el reino de norte a sur.

Es denso y oscuro, solo los dragones del clan del río saben moverse dentro sin perderse.

Y sobre todo, sobre los clanes y los templos, sobre el bosque y las murallas, está el castillo del gran emperador.

Se alza sobre una roca que sobresale del corazón del reino.

Sus torres son negras y sus ventanales son enormes, llenos de luz a esta hora, y desde aquí puedo ver el reflejo de las piedras preciosas incrustadas en la fachada.

Abajo, extendido a los pies del castillo, el reino vive.

Las plazas están llenas a esta hora.

Los dragones van y vienen en forma humana.

Desde arriba parecen pequeños.

Desde arriba Anwar parece eterno.

Espero que Agur siga vivo.

Desciendo hacia la plaza mayor.

Es enorme, pavimentada en piedra negra pulida que refleja el cielo como un espejo.

La rodean columnas altas, pares de ellas, con figuras de dragones empotradas en la piedra, no los ancestros de los templos, sino los emperadores con sus nombres grabados en la base en el idioma antiguo.

Mi padre está en la última columna de la derecha.

Agur estará en la siguiente cuando llegue el momento.

Yo no tengo columna todavía.

Aterrizo con suavidad en el centro de la plaza.

Los guardias apostados en las columnas bajan las lanzas y doblan la rodilla en una sola línea limpia y coordinada, la cabeza inclinada, sin apartar los ojos del suelo.

Espero a que ella baje y me transformo.

El silencio que sigue mientras recupero mi forma humana dura exactamente lo que tiene que durar.

Me volteo hacia Zabina, que sigue de pie donde aterricé, con la capa puesta y los ojos recorriendo las columnas, las figuras, las murallas, el castillo sobre la roca.

No dice nada pero su expresión lo dice todo.

—Bienvenida a Anwar —le digo.

Ella sigue quieta, como si pisara terreno minado.

Extiendo la mano hacia ella.

Me mira con ese par de ojos como el tiempo y ante su indecisión tomo su mano entre la mía y la sostengo con firmeza.

—Estás conmigo.

No temas.

Avanzo por la plaza con la cabeza en alto y con ella de mi mano.

Los guardias se levantan y ocupan su puesto.

Levin aparece ante mí.

Es el comandante de mi guardia personal.

Mi mejor amigo.

Hace una reverencia.

—Ya comenzaba a preocuparme, príncipe.

Sus ojos se posan en Zabina, que se esconde tras mi espalda, y me saca una sonrisa.

—Deja las formalidades cuando estamos solos, Levin.

Dime de mi hermano.

Inclina la cabeza y no necesito que responda.

Mi garganta se seca y aprieto más la mano de Zabina.

—Lleva a mi invitada a mis aposentos.

—Señor.

—Luego te daré órdenes específicas.

Mantén total discreción.

Iré a ver a mi padre.

Nos vemos en media hora en nuestra sala.

Me giro hacia Zabina.

—Ve con él.

Luego te busco.

No me responde.

Sus ojos se posan en Levin y luego vuelven a mí.

—¿Te tardarás?

—susurra.

—No tengas miedo.

Sonríe.

—No lo tengo.

Miro a Levin, que sigue mirándola con incredulidad.

—Vamos, hombre —lo apuro.

—Acompáñeme, señorita.

Zabina camina tras él con la cabeza gacha.

Entro al pabellón de Ónix.

Mi padre está reunido con los ancianos.

Están sentados sobre el suelo, con sus túnicas blancas y los pies descalzos.

Mi padre no lleva su corona.

Está vestido como ellos.

Me quito los zapatos y entro al lugar sagrado.

—Padre.

Me miran.

Hago una reverencia a los ancianos.

—Abisaí —Se levanta y camina hacia mí.

Me abraza y solloza contra mi hombro.

—Está muerto.

Mi hijo está muerto.

Aprieto los puños.

No.

No puede ser.

Traje a Zabina para que lo sanara.

Debió resistir más.

No debió morir y dejarme su carga encima.

—Padre.

—Esta noche anunciaré su muerte.

Su cuerpo está siendo preparado en el templo.

Ya envié cartas —Se separa y me mira—.

Tú serás mi sucesor, hijo.

Doy un paso hacia atrás.

—Padre.

Los cazadores entraron al reino con ayuda de un dragón.

Vuelve los ojos hacia los ancianos antes de mirarme de nuevo.

—En mi misión, Corin se reviró contra mí.

Asesinó a Rader.

Me tendió una trampa.

Una sanadora me salvó de la muerte.

Corin estaba junto a los cazadores y temo que nuestro secreto ya debe estar corriendo de boca en boca entre los humanos.

—Lo que me estás diciendo es muy grave.

—Dame permiso para investigarlo a fondo.

Corin no trabajaba solo.

Presiento que otros dragones estaban con él.

—Estás insinuando una conspiración contra mi linaje, Abisaí.

La muerte de Agur no fue una desgracia…

—No, padre —lo interrumpo—.

A mi hermano lo asesinaron.

El silencio que sigue es el más pesado que he conocido en este pabellón.

Mira a los ancianos un momento largo.

—Este tema no sale de estas paredes —Me mira con el ceño fruncido—.

Permitido.

Investiga con discreción.

Necesito que nuestro enemigo se mantenga confiado.

Le doy la espalda para ir a reunirme con Levin y mis hombres.

—Abisaí.

Me detengo.

No me vuelvo.

—El líder de Mordur viene a la ceremonia de despedida.

Viene con su hija.

Aprieto los puños.

—Prepárate para asumir tus responsabilidades.

Sigo caminando.

Después de hablar con mis hombres y trazar los primeros hilos de la cacería, entro en mis aposentos.

La busco con la mirada.

No está.

Entonces oigo el agua.

Camino despacio hacia la habitación del baño.

La puerta está entreabierta.

Me detengo en el umbral, sin empujarla, sin anunciarme, sin hacer lo que debería hacer: dar media vuelta y esperar en el balcón como un hombre decente.

No me muevo.

Zabina está dentro de la bañera de piedra, con los ojos cerrados y el cabello oscuro recogido en un nudo flojo sobre la nuca.

Sus manos descansan relajadas en los bordes.

Es la cosa más hermosa que he visto en mi vida.

Y he visto muchas cosas hermosas.

Trago saliva.

Sé que debo irme ya, antes de cometer una estupidez irreversible.

Pero mis pies se niegan a obedecer y ella sigue ajena a mi presencia.

Entonces se pone de pie.

El agua resbala por su cuerpo.

Mis ojos la recorren sin permiso: la curva pronunciada de su cintura, la línea generosa de sus caderas, el suave relieve de uno de sus pechos que sube y baja con cada respiración.

La piel mojada brilla bajo la luz dorada de las antorchas.

La sangre en mis venas se calienta de una manera que conozco bien pero que ahora tiene un peso distinto, uno difícil de ignorar.

He visto muchas mujeres desnudas.

Nunca me había costado tanto apartar la mirada.

Se gira lentamente.

Y entonces la veo.

Entre sus pechos, dormida contra su piel húmeda, descansa una gema plateada.

Sin brillo en este momento, casi opaca, como una piedra vulgar que cualquiera ignoraría… si no supiera lo que realmente es.

Yo sé lo que es y eso me congela.

El deseo se apaga de golpe, sustituido por algo mucho más complejo.

Mi mente encaja las piezas a toda velocidad: el olor que nunca logré identificar, la magia que cerró una herida de kirys en segundos, aquella pregunta en el bosque… «¿Por qué asesinaron a los dragones blancos?» La forma en que me miró cuando le dije que le debía la vida.

Doy un paso atrás antes de que pueda descubrirme.

Regreso al balcón y apoyo las manos en la balaustrada de piedra.

El viento frío de Anwar me golpea el rostro.

Lo recibo con gratitud.

Lo necesito.

Zabina es un dragón blanco.

Escucho sus pasos descalzos dentro de la habitación.

La puerta del baño se abre.

Cuando me giro, está en el umbral, envuelta en una bata ligera que se le pega ligeramente a la piel aún húmeda.

El cabello suelto le cae sobre la espalda en ondas oscuras y sus mejillas están sonrojadas por el vapor.

Me mira con timidez y se ajusta la tela sobre el pecho.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí?

—pregunta en voz baja.

—Acabo de llegar —miento.

Me sostiene la mirada un segundo más, luego cruza la habitación y se sienta en el borde de la cama.

El silencio entre nosotros se ha vuelto denso, cargado de algo que ella ignora y que yo ya no puedo ignorar.

Ahora cada palabra que diga tendrá un peso distinto.

Una dragona blanca.

Probablemente la última.

Viva, escondida, sobreviviendo sola en un bosque lleno de cazadores que habrían vendido su alma por la gema que lleva en el pecho.

No puedo dejarla ir.

No ahora que sé lo que es.

No ahora que entiendo que lo que me ha tenido obsesionado desde que desperté en su cabaña no es solo que sea hermosa, ni que me intrigue, ni ese aroma imposible que desprende.

Es todo eso… y mucho más.

—¿Hablaste con tu padre?

—pregunta, acomodándose un mechón detrás de la oreja.

—Sí.

—¿Y tu hermano?

—Está muerto.

Parpadea, sorprendida.

—Lo lamento.

—Zabina… —¿Sí?

—¿Tienes hambre?

Sonríe con suavidad.

—Sí.

—Mandaré que te traigan comida… y ropa.

—Te lo agradecería.

La miro un instante más.

Luego me obligo a dar media vuelta y dirigirme hacia la puerta antes de hacer alguna tontería.

Debo pensar.

—Abisaí.

Espera.

Me detengo con la mano en el picaporte.

Está de pie.

Intenta decir algo pero no llega a decirlo.

Suelto la puerta y avanzo hacia ella.

Enredo los dedos en su cabello aún húmedo, cierro el puño con suavidad y tiro de ella hacia mí.

Nuestros cuerpos se encuentran primero, luego nuestras bocas.

Cuando ella exhala un suspiro tembloroso respondo con hambre.

El beso se vuelve devorador.

Mi lengua busca la suya, explorándola, saboreándola, reclamándola.

La beso como si quisiera beberle el alma gota a gota, como si el mundo fuera a desaparecer en cuanto nos separáramos.

Una de mis manos baja hasta su cintura y la aprieto contra mí, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la fina bata.

La otra sigue enredada en su cabello, inclinándole la cabeza justo como necesito para besarla más profundo, más intenso.

Ella tiembla.

Un pequeño sonido escapa de su garganta.

La beso con más fuerza, hasta que el aire entre nosotros se vuelve escaso y caliente, hasta que solo existimos ella, yo y este beso.

Y lo más peligroso de todo… es que ella me deja.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Náyade Zabina confía en Abisaí… pero está rodeada de los mismos monstruos que destruyeron su vida.

Dime… ¿el verdadero peligro está fuera… o empieza a nacer dentro de ella?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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