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Sangre de dragón: la última de los dragones blancos - Capítulo 7

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7: Capítulo 7 7: Capítulo 7 Zabina El hombre se detiene ante las puertas de bronce y las abre con una sola mano.

—Espere al príncipe adentro.

Inclino la cabeza apenas y entro.

Los aposentos son amplios, oscuros y profundamente masculinos.

Y huelen a él.

Reconocerlo me incomoda de una manera que prefiero no examinar demasiado.

Me acerco a la cama enorme y me siento en el borde.

Luego me dejo caer de espaldas sobre las mantas y miro el techo alto.

Muerdo mi labio inferior sin darme cuenta.

Su tacto.

Su sabor.

La manera exacta en que enredó los dedos en mi cabello, como si supiera exactamente cómo volverme loca.

El peso de su cuerpo contra el mío en aquella capilla oscura.

El gemido que se me escapó y que todavía siento vibrar en la garganta.

Si tuviera un poco de inteligencia, no estaría pensando en esto.

No estaría deseando a un dragón negro en el corazón del reino de los dragones negros.

Me incorporo de golpe.

Recorro los aposentos sin rumbo, rozando las paredes frías con las yemas de los dedos, mirando los objetos sobre la mesa sin verlos realmente.

Me detengo frente a la puerta del baño entreabierta.

Un baño me haría bien mientras espero.

El agua caliente me envuelve.

Cierro los ojos y suspiro.

Y entonces vuelve.

Como siempre vuelve cuando bajo la guardia.

Tengo nueve años y estoy dormida en mi cama.

Me levanto con sobresalto cuando la ventana del balcón se abre de par en par y se asoma un dragón negro.

Grito y me levanto de la cama.

La gema en mi pecho brilla con una intensidad abrumadora y el dragón me muestra todos sus dientes.

El olor que desprende se atoró en mis fosas nasales como una pesadilla.

Papá entra y se transforma en bestia.

Mamá me saca antes de que pueda ver lo que ocurre.

Aunque lo imagino.

Esa fue la primera vez que huimos.

Papá jamás me contó lo que pasó con el dragón negro.

Ellos siempre estaban tensos, alertas.

Yo sabía que algo estaba mal y en las noches soñaba con ese dragón y ese olor me despertaban.

Una semana después, todo se repitió.

Pero esa vez no era uno, eran seis —Papá… —mi voz se quiebra—.

¿Por qué mi mamá no viene?

Él se detiene en la puerta y la mira.

Ella me sonríe.

—Yo voy atrás mi amor.

Papá te va a llevar a un lugar seguro.

Miró a papá.

Antes no entendía esa mirada, ahora la entiendo y duele el doble.

Mi padre me carga contra su pecho y corre sin mirar atrás en medio de una callejuela empedrada mientras yo me aferro a su cuello con las dos manos sin apartar la mirada de nuestra casa que cada vez se hace más pequeña.

—¿Qué está pasando, papá?

¿Por qué nos vamos?

—Porque nos descubrieron, hija.

Levanto la vista justo cuando los primeros dragones negros cruzan el cielo sobre nuestra cabaña.

Son enormes y sus sombras devoran las estrellas.

Nunca había visto tantos juntos.

El pueblo se levanta de espectador.

Entonces la veo a ella.

Mi madre toma su forma de bestia y abre las alas blancas sobre el tejado.

En medio de la noche parece brillar: un destello de plata pura entre toda esa oscuridad.

—Papá… —Le aprieto el cuello—.

Tenemos que ayudarla.

¡Debemos ir con ella!

—No podemos, Zabina.

Debo sacarte de aquí.

Debo ponerte a salvo.

—¡Mamáaa!

—grito con todo lo que tengo en el pecho.

Ella no se gira.

O si lo hace, no llego a verlo.

Mi padre toma su forma de dragón y alzamos el vuelo.

Lo último que veo antes de que la noche se cierre sobre nosotros es a mi madre rodeada de negro por todas partes, su luz blanca haciéndose cada vez más pequeña… hasta que desaparece.

Me seco las lágrimas con el dorso de la mano.

Me quedo quieta, con la mirada perdida, dejando que el peso de ese recuerdo se asiente sobre mí como siempre.

Estoy cansada.

Cansada de huir, de esconderme, de teñirme el cabello.

De fingir que soy una humana en un pueblo que nunca será mi hogar.

Tal vez Abisaí pueda ayudarme a entender.

Tal vez dentro de este reino haya respuestas que no encontré en todos esos años de bosque y soledad.

Por qué nos cazaron.

Qué querían realmente.

Él me debe la vida.

Y yo… confío en él.

No debería.

Lo sé.

Es un dragón negro y yo soy exactamente lo que su reino lleva doscientos años exterminando.

Confiar en él es la cosa más absurda que he hecho desde que lo recogí del suelo del bosque.

Pero confío en él.

Y eso, de alguna manera, me aterra más que todo lo demás.

—Abisaí.

Espera.

Las palabras me salen antes de que pueda detenerlas.

Él se detiene con la mano en el picaporte y no se gira de inmediato, como si también necesitara un segundo.

Cuando lo hace sus ojos me encuentran desde el otro lado de la habitación y algo en esa mirada me dice que estaba esperando que lo llamara.

Eso debería molestarme, pero no me molesta.

Cuando se acerca no retrocedo.

Cuando enreda los dedos en mi cabello no aparto los ojos de los suyos.

Y cuando me besa, me pierdo.

Se separa apenas, lo justo para que el aire vuelva entre nosotros, y apoya su frente contra la mía.

Nuestras respiraciones se mezclan y el mundo fuera de esta habitación deja de existir por un momento, al menos para mí.

—Abisaí…

—No digas nada —susurra—.

Si dices algo me vas a convencer de que esto es una mala idea.

Siento su sonrisa antes de verla.

—¿Y no lo es?

—pregunto aún agitada.

—Probablemente sí —su pulgar roza mi mejilla con una suavidad que no esperaba de alguien tan grande—.

Pero me gustas.

Y no sé fingir que no.

—Apenas nos conocemos.

—Te conozco suficiente.

—Tú eres un príncipe dragón negro y yo soy…

—me detengo—.

Esto no tiene ningún sentido, Abisaí.

Ninguno.

Estamos en mundos distintos, tenemos razones de sobra para no estar cerca el uno del otro y aun así aquí estamos y yo no entiendo qué me pasa contigo ni por qué no puedo…

Me besa, solo por un segundo.

Lo justo para cortarme la frase en la mitad y dejarme sin palabras.

Se separa y me mira con esa media sonrisa que empieza a resultarme la cosa más insoportable y la más irresistible del mundo al mismo tiempo.

—¿Decías algo?

Abro la boca y la cierro.

—Eres odioso.

—Y tú piensas demasiado.

—Alguien tiene que hacerlo.

Se inclina lo justo para que su aliento me roce la sien.

—Voy a pedir que te suban la cena y que te traigan ropa.

Aguarda tranquila y descansa.

Estás en el lugar más seguro de este mundo.

—¿Me dejarás aquí?

¿Cómo vas a justificar a una mujer en tus aposentos?

—Qué ingenua eres, Zabina.

Frunzo el ceño.

—Soy un príncipe.

Nadie se mete en lo mío.

—Ya que tu hermano falleció, yo… —Te traeré la cena.

Me corta y se va.

Me siento en el borde de la cama y me quedo mirando la puerta un momento largo.

No entiendo qué me está pasando.

Cómo alguien puede entrar a tu vida en tres días y desordenarlo todo sin aparente esfuerzo.

No entiendo cómo puedo confiar en él, desearlo y al mismo tiempo, saber con absoluta certeza que es exactamente el tipo de persona de la que debería estar huyendo.

Me recuesto sobre las mantas y miro el techo.

Lo más irritante de todo es que está en lo correcto.

Pienso demasiado.

Escucho unos toques suaves en la puerta y me tenso.

Sin saber qué hacer, me escondo en el closet.

Entra un hombre grande, de cabello largo y vestido con elegancia.

Demasiada elegancia para quien solo viene a traer la cena.

Lo veo olfatear el aire y el corazón se me desboca cuando su boca se curva en una sonrisa lenta.

—Qué olor tan… agradable.

No es el olor de mi sobrino.

Sus ojos se fijan directamente en el closet.

Retrocedo hasta que mi espalda choca contra la madera.

—¿Qué trajo Abisaí del bosque de Jurdiena?

Escucho sus pasos acercarse.

La gema dentro de mi pecho brilla con fuerza.

Ese olor… ese maldito olor me revuelve el estómago.

Me llevo las manos a la boca cuando siento que pone la mano en la manija del closet.

—Señor Thymá.

Es la voz de una mujer.

—Buscaba a Abisaí.

—El príncipe está reunido con sus hombres.

El silencio afuera pesa.

Me agacho contra la pared y recuesto la cabeza sobre mis rodillas.

Ese hombre… el tío de Abisaí… es el mismo de aquella noche.

El mismo olor.

La misma sombra.

La puerta del closet se abre.

Mis ojos se encuentran con los de una mujer que me sonríe con calma.

—Soy Stema.

Estoy aquí para cuidarla, señorita Zabina.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Náyade Zabina confía en Abisaí… pero está rodeada de los mismos monstruos que destruyeron su vida.

Dime… ¿el verdadero peligro está fuera… o empieza a nacer dentro de ella?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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