Sangre de dragón: la última de los dragones blancos - Capítulo 8
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8: Capítulo 8 8: Capítulo 8 Abisaí Me reúno con Levin en el pasillo.
—Envía a Stema con alimentos y ropa para mi invitada.
Y que no se separe de ella por nada.
Me mira con esa ceja arqueada que conozco demasiado bien.
—¿Cómo te atreves a traerte una humana y meterla directamente en tus aposentos?
—¿Desde cuándo se me niegan los caprichos?
—Otra concubina para tu lista.
—Es mi sanadora.
Le debo la vida.
—Claro —responde con sorna—.
Tu padre mandó a preguntar por ella.
Quiere conocer a la salvadora de su hijo y hacerle los honores mañana ante la corte.
Tuerzo la boca.
—Por cierto, acaban de llegar los del clan Mordur.
Entre ellos, la señorita Bamylan.
Felicidades, príncipe.
Se convertirá en un hombre con responsabilidades.
—Evita el sarcasmo, Levin.
Envía por Stema.
Iré a ver a mi padre.
—Primero báñate.
Hueles a sangre y a bosque.
Chasqueo la lengua y sigo caminando.
—¡Vas a asustar a tu prometida!
—me grita desde atrás.
Suelto una carcajada sin voltearme.
Mi prometida va a ser el menor de mis problemas esta noche.
Después del baño y de vestirme de negro riguroso, entro al salón del trono con mis hombres detrás.
La caja con el cuerpo de Agur está en el centro.
Flores de migil negras invaden todo, su perfume denso y dulzón flota en el aire como un recordatorio de muerte.
Su viuda permanece al pie del féretro, vestida de luto, con una expresión de llanto que no termina de convencerme.
Cuando anuncian mi nombre, todos los ojos se posan en mí.
Los líderes de los clanes están rígidos, observadores.
Faguer, del clan Mordur, ocupa un lugar prominente.
A su lado, su hija Bamylan.
Ojos amarillos y astutos que me evalúan como si ya estuviera midiendo cuánto puedo valer como marido.
Llego hasta mi padre y hago una reverencia breve.
—Comencemos —anuncia él.
La ceremonia se alarga más de lo que soporto.
Estoy harto de estar aquí plantado con una sonrisa que no le pertenece a nadie.
Mi mente no deja de volver a Zabina, sola en mis aposentos.
—Mañana quiero presentar a la sanadora ante mis invitados —dice mi padre de pronto, en voz baja.
Me vuelvo hacia él.
—Quiero arroparla para que no abandone el reino.
Siempre necesitamos de esa magia.
—Sí, padre.
—Por cierto… escuché que la mantienes en tus aposentos.
—Así es.
—¿La volviste tu amante?
—Sí.
—Envíala al palacio de las mujeres.
Mantenerla allí puede levantar comentarios sobre tus… preferencias.
—Pues es mi preferida.
Así que se queda donde está.
Nos miramos un segundo.
Ninguno cede.
Thymá se acerca antes de que la conversación escale.
Su nueva esposa camina a su lado, joven, rostro apagado y ojos que ya aprendieron a no preguntar.
—Escuché que tus hombres murieron, sobrino —dice con esa voz tranquila—.
Una desgracia.
—Una emboscada de cazadores.
—Qué alivio que regresaras a salvo.
Sería una tragedia perder a los dos hijos del rey en tan poco tiempo.
Sonrío, lento y afilado.
—Una tragedia total.
Nota el tono.
Lo veo en la forma en que sus ojos se detienen un segundo de más sobre los míos antes de seguir de largo.
Su esposa me mira más de la cuenta, pero no le devuelvo la mirada.
—Me despido, padre.
—Abisaí, la ceremonia no ha terminado —masculla.
—Para mí sí.
Me retiro sin esperar respuesta.
Nunca me pone resistencia cuando hablo con ese tono.
Es uno de los pocos privilegios que me quedan de ser el hijo que nunca importó.
Al final del salón, una figura se planta frente a mí.
Bamylan.
Esos ojos amarillos de cerca son aún más difíciles de ignorar.
—¿Va apurado, príncipe?
—Tengo asuntos que requieren mi atención.
—Tenía ganas de hablar con usted.
—Será en otra ocasión.
—¿Qué opina de nuestra unión?
La miro de arriba abajo.
—Muy estratégica.
—¿Solo eso?
—Solo eso.
Suspira, resignada pero digna.
—Pensé que al menos podríamos intentar llevarnos bien.
—Nos llevaremos bien siempre que sepa cuáles son sus límites como esposa y no se meta en mis asuntos privados.
No responde.
Asiente apenas, con más elegancia de la que yo le habría dado en su lugar.
—Con permiso.
Salgo del salón.
El peso de todo lo que acaba de empezar esta noche se me instala en los hombros: el trono, Mordur, la conspiración, Corin… y Zabina en mis aposentos.
Mis hombres se apostan a ambos lados de la puerta.
Entro.
Escucho su risa antes de verla.
Camino hasta el balcón y las encuentro a las dos junto a la balaustrada.
Zabina lleva un vestido blanco de encaje que se le pega al cuerpo como si estuviera hecho para torturarme.
La tela fina marca cada curva, cada línea de su cintura, y la luz de la luna la hace parecer casi etérea.
Me desabrocho el primer botón del traje para dejar entrar el aire.
Carraspeo.
Me miran.
—Ya puedes retirarte, Stema.
Stema le aprieta la mano a Zabina con una sonrisa cálida.
—Un placer haberla conocido, señorita.
Nos vemos en la mañana.
—El placer fue mío —responde Zabina, y lo dice en serio.
Lo veo en su rostro.
Cuando nos quedamos solos, avanzo hacia ella con paso lento y deliberado.
Apoyo las manos en la balaustrada a cada lado de su cuerpo, atrapándola entre mis brazos y el vacío del balcón.
El vestido blanco contrasta con mi negro.
Perfecto.
—Me alegra que Stema te haya agradado —murmuro cerca de su oído.
—¿Cuándo me voy?
—pregunta sin rodeos, aunque su voz tiembla ligeramente.
—¿Ya quieres irte?
Desvía la mirada hacia el reino que se extiende abajo.
—Vine por un motivo.
Ya que no pudo ser, lo lógico es que me marche.
—No quiero que te vayas.
Sus ojos regresan a los míos, grandes y brillantes.
—Sabes que no puedo quedarme.
—No tienes hogar, Zabina.
Yo te ofrezco uno.
—No tienes idea de por qué no puedo… Llevo el pulgar a sus labios con suavidad y ella se calla al instante.
Su respiración se acelera contra mi dedo.
—Sé más de lo que piensas —digo en voz baja.
Me interroga con esos ojos grises que me están volviendo adicto.
—Mi padre quiere agradecerte en público por salvarme la vida.
Mañana te presentaré ante la corte como mi sanadora.
—No —el color desaparece de su rostro—.
No puedo.
—La gratitud del emperador ante sus súbditos es irreversible, Zabina.
Nadie en este reino se atreverá a tocar a alguien que lleve su sello de protección —hago una pausa y bajo la voz—.
Estaré a tu lado.
Deslizo la mano hasta su nuca, enredo los dedos en su cabello y tiro suavemente hacia atrás, obligándola a levantar la cara.
—Otra cosa… Dije que eres mi amante.
Así evito que cualquier otro pueda reclamarte.
El silencio que sigue es denso, cargado.
—Dime algo —susurro contra su boca.
—No sé qué decir —su voz sale temblorosa—.
Aceptaré la gratitud del emperador… pero prometiste llevarme de regreso.
—Temo que voy a romper esa promesa.
Una lágrima se desliza por el rabillo de su ojo.
La sigo con la mirada sin soltarla.
—Lo prometiste… —No conté con que me ibas a hechizar de esta manera.
—Solo soy una mujer.
Debes tener amantes más hermosas.
—Tal vez —mi pulgar roza su mejilla, bajando lentamente hasta su labio inferior—.
Pero tú eres diferente.
—Es solo curiosidad.
El deseo de lo prohibido.
—Tengo concubinas humanas.
Ellas no me están prohibidas —la miro directo a los ojos, sin piedad—.
Así que no es eso.
Aprieta los labios.
Me empuja por el pecho y se gira hacia el vacío del balcón.
Ninguno de los dos habla durante un momento largo.
—Duerme en la cama —digo al fin, la voz me sale más grave de lo que pretendía—.
Yo dormiré en el sillón.
Me mira de reojo.
—¿Un príncipe en un sillón?
—Por ahora.
Vuelve a mirar el reino.
Se acomoda el cabello detrás de la oreja con ese gesto nervioso que ya reconozco como suyo.
—Iré a dormir.
Me pasa por el lado sin mirarme.
La dejo ir… por ahora.
Sé que retenerla aquí no es justo.
Sé que este lugar es el más peligroso del mundo para lo que ella es.
Pero también sé que ahí fuera, sola, sin casa y con cazadores recorriendo el bosque, el peligro es peor.
Me digo que por eso la retengo pero yo sé que es por más que eso.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Náyade Abisaí dice que la protege… pero ya empezó a decidir por ella.
Dime, ¿esto sigue siendo cuidado… o ya se está volviendo una jaula?
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