Secreto de alumna - Capítulo 12
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12: Capítulo 12 12: Capítulo 12 Seraphine’s pov: No sabía qué hacer para recuperar la confianza de Snape.
Su castigo y su enojo me habían dejado fuera de su trato cordial y ahora me sentía una chiquilla desobediente.
Aún así, ese desliz no lograba equipararse a lo que había descubierto en la última clase con él: Snape pensaba en mí y no de manera convencional.
Él pensaba en mí de la forma que yo más quería.
Lo supe gracias al hechizo de magia blanca que había conjurado a principio de año.
Ese libro tenía hechizos inofensivos, la mayoría relacionados al amor y hasta ese día no me imaginé que habían dado resultado.
Ahora, cada vez que Snape pensara en mí, la forma de mi cuerpo y mi voz le darían una visita, confundiéndolo.
Haciendo las veces de un sueño en la vida real.
Lo mejor de todo y por lo que no podía dejar de sonreír era que el encantamiento lo había hecho en mí misma, así que no habría forma de saber a quién se le presentaban mis imágenes.
Pero Snape se había encargado de contármelo personalmente.
Me tiré en la cama pensando en eso.
Pensando en mi profesor favorito fantaseando conmigo ¿Qué estaría imaginando?
Seguramente algo muy atrevido, teniendo en cuenta lo confundido que estaba al preguntarme si había ido esa mañana a su despacho.
Me sentía tan bien ahora que no me importaba ser esa chica insolente si eso significaba usar a mi favor esta nueva arma mágica.
Aproveché que Saultie no estaba y me tapé con la sábana para empezar a tocarme por encima de mi pijama.
Cerré los ojos imaginando a Snape arriba mío, sus manos con dedos largos acariciándome con sensualidad.
¿Cómo se sentirían en la vida real?
¿Cómo sería su agarre?
Ese que conocía, pero ejercido en mis piernas, en mi cadera, en mis pechos.
¿Sería salvaje?
¿Apasionado?
¿Lento o rápido?
Me moría de intriga pensándolo de esa forma.
Las veces que lo imaginé estando en mi cama no puedo contarlas con la mano.
Hasta lo hacía en clase, admiraba el poder que tenía para imponer miedo.
Lo personificaba dominante, seguro, totalmente entregado al placer.
Corrí mi ropa interior imaginando que eran sus dedos los que se metían en mi canal.
Empezó a serpentear con un movimiento rápido para enloquecerme y me comía la boca al mismo tiempo.
Sólo Merlín sabe lo que esa boca prohibida podría hacerme.
Pulsé mi clítoris y moví mis dedos de arriba a abajo, sin parar.
Me retorcí en la cama.
Me moría de ganas de que mis dedos cambiaran de forma y se convirtieran en los de mi profesor.
No tuve mucho tiempo para imaginarlo ya que mi soledad fue interrumpida por mi amiga que parecía haber entrado con alguien a la recámara.
No podía ver quién era porque me había tapado por completo con la sábana, así que deduje que se trataba de esa chica de Ravenclaw.
Maldije en silencio porque al momento de escucharlas más insistentes me di cuenta de que no se habían percatado de que yo estuviera ahí.
Hogwarts estaba encantado para que no se pudiera utilizar la transportación mágica, así que no me quedó más alternativa que interrumpirlas.
Se espantaron cuando les hablé desde abajo de las sábanas.
—Ya me voy y las dejo en paz.
¡La próxima avisen!—salí casi sin ver y bufé cuando llegué a la sala común.
¿Cómo se las habría ingeniado la serpiente de Brigadier para infiltrar a una Ravenclaw en nuestra casa?
Bueno, después de todo, por eso era tan conocida en la escuela.
Me senté en uno de los grandes sillones verdes para contemplar el fuego de la chimenea.
Quería ver a Snape, eso no era novedad.
Mi fantasía seguía y sólo ansiaba entregarme a él ahora que conocía lo que verdaderamente pensaba sobre mí estando a solas.
Sabía que era tarde y que no debía salir de la sala común pero un encuentro, aunque fuera fugaz y merecedor de otro castigo por parte de él, sonaba tentador.
Me dirigí a la puerta y abrí con delicadeza asomándome para espiar al pasillo oscuro.
A pesar de vestir pijama (un conjunto de top sin mangas y pantalón de seda), también había llevado conmigo mi varita.
Nunca salía sin ella gracias a un consejo que me había dado Mcgonagall en mi primer año.
Estaba oscuro, muy oscuro.
Así que usé Lummos para prender una luz en la punta de mi varita y poder ver efectivamente hacia dónde iban mis pisadas.
Caminé lento ahora iluminada levemente por el ventanal del castillo que dejaba entrever la claridad de la luna.
Algunas de las pinturas se mostraron fastidiadas y me pidieron que apagara mi varita.
Fue entonces que el ruido de unos pasos se acrecentó haciendo que comenzara a respirar más rápido.
No voy a mentir, sí tuve algo de miedo.
No era mi estilo hacer este tipo de travesuras pero, a este punto, la idea de que Snape me llevara devuelta a su despacho se escuchaba tan seductora que rebasaba la poca cordura que me quedaba.
Los pasos continuaron golpeando el suelo hasta que se detuvieron frente a mí y como había apagado mi varita no pude distinguir quién era la misteriosa silueta, sino hasta que ésta encendiera la suya.
—¿Señorita Blackwood?—se extrañó la voz masculina.
—Buenas noches, profesor Lupin.
Mi corazón latió con una calma peligrosa.
Remus siempre tenía ese efecto en las personas: parecía seguro, gentil, como si no existiera maldad posible en su mundo.
—¿Qué hace en los pasillos a esta hora?
—susurró, haciendo una suerte de confidencialidad entre nosotros.
—Lo siento, estaba yendo a la torre de astronomía —Debía pensar rápido mis excusas, nunca me habían descubierto fuera de mi sala común, excepto por la vez que Snape me encontró, pero eso Lupin no lo sabía—.
Olvidé algo importante ahí.— Ví los ojos azules de mi profesor observándome con una media sonrisa.
Él se tomó una pausa, quizá para deliberar si yo decía la verdad, después de todo, yo era una Slytherin, famosos por nuestro afán de ocultar y ser misteriosos.
—Bien, entonces la acompañaré —se ofreció el hombre de traje empeorando mi mentira, obligándome, tal vez, a mentir un poco más—.
Es peligroso deambular a esta hora.
Asentí con la cabeza, atrapada en mi propia excusa.
No tenía otra opción ante su pedido y Lupin estiró su mano.
—Venga detrás mío, yo la guiaré —agregó suavemente.
No sabía si él me había creído, pensaba que posiblemente me estuviera poniendo una prueba de confianza.
—Gracias por acompañarme y no castigarme, profesor —dije con tranquilidad, provocando una pequeña risa en el mayor.
—¿Cómo podría castigarla?
Usted es mi mejor alumna —aclaró Lupin y recordé las palabras de Snape—.
De todas formas ¿no podía esperar hasta mañana para buscarlo?
—agregó curioso como siempre.
No quería seguir mintiéndole, pero no me quedaba opción si él no dejaba de hacerme preguntas.
—Verá usted, es un collar que me dió mi madre.
Le tengo mucho aprecio y cuando me di cuenta de que no lo tenía conmigo, ya era tarde.
—La entiendo —concedió—.
Yo también tengo cosas materiales a las que me aferro mucho.
Pensé en la cicatriz invisible que él cargaba.
Pensé en su maldición.
Pensé en lo poco que Hogwarts sabía de su verdadera naturaleza.
Suspiré, acechada por la vergüenza de estar en pijama frente a mi profesor, avergonzada también por mentirle de esa forma a pesar de que él era tan bueno conmigo.
—Hace frío para que esté así —me dijo en el camino y me extendió su saco por los hombros.
Lo miré sonriendo.
Por más de que yo estaba siendo una chiquilla desobediente, él me contagiaba su calidez y eso me generaba una confianza muy especial.
—Es curioso verla fuera de su sala común —comentó sin volverse—.
Siempre ha demostrado ser muy disciplinada.
—Bueno… las personas disciplinadas también podemos perder cosas —respondí, intentado sonar despreocupada.
Caminamos hasta que por fin llegamos a la torre de astronomía.
Lupin se detuvo frente a una ventana alta y miró hacia los jardines.
La luna iluminaba su rostro pálido, haciéndolo parecer más cansado que de costumbre.
—Busque tranquila —dijo con voz suave, a pesar de que yo tragaba saliva.
Me moví por la habitación, fingiendo buscar por los rincones ese supuesto collar.
Durante el trayecto se me había ocurrido conjurar un hechizo que me habían enseñado de pequeña cuando perdía mis cosas.
El encantamiento consistía en hacer aparecer un objeto a elección, previamente seleccionado por el mago para materializarlo en donde él o ella quisiera.
—Su madre debe ser muy importante para usted —comentó.
Eso me distrajo por un segundo.
—Lo es —dije, sin dar muchos detalles.
Miré de reojo hacia donde estaba Lupin para que no se diera cuenta que había sacado mi varita y realicé dicha acción, apareciendo el collar que había dejado en mi mesa de luz esa noche.
—A veces pienso que los estudiantes creen que no los observamos —dijo, provocando que yo diera un leve saltito en mi lugar—.
Pero los profesores vemos más de lo que imaginan.
Mi estómago se tensó.
No quise saber si me había visto conjurar el maldito hechizo.
Debía responder.
Rápido.
—¿Y… usted qué ve en mí, profesor?
—le pregunté, volviendo a erguirme.
Él se giró lentamente, como si hubiera esperado esa pregunta de mi parte.
—Inteligencia.
Ambición.
Misterio—enumeró inmediatamente—.
Tres cosas que suelen caminar juntas.
Me quedé en silencio.
No me gustaba que alguien pudiera leerme tan fácilmente.
—Y también veo que está… buscando algo —agregó.
—¿Qué cosa?
—No lo sé.
Pero no creo que sea un collar.
Sus palabras me atravesaron.
Él era más astuto de lo que yo creía.
Avanzó un paso hacia mí, reduciendo la distancia de forma peligrosa.
No había nada impropio en su postura, pero la cercanía era íntima, muy… confidente.
Me agaché antes de que él pudiera decirme algo más y agarré el collar del suelo, esperando que no se hubiera percatado de mi hechizo silencioso.
Lupin me observó sonriente.
—Es hermoso —estiró su mano y tocó la pequeña piedra—.
Ven, date la vuelta.
Me pidió suavemente, así que le hice caso y mi profesor corrió mi cabello formando una coleta y me colocó el collar.
El frío del metal me dio escalofríos provocando una risa en él.
Sus manos se retiraron con lentitud, como si dudara entre quedarse y apartarse.
Me tomó por los hombros para girarme hacia él nuevamente y poder verme con la alhaja puesta.
—Definitivamente valió la pena haber venido.
La sonrisa en la cara de Lupin no se iba.
Esa sonrisa misteriosa guardaba algo siempre que él la dibujaba en su rostro, aunque esta vez no lo quise develar.
—Supongo que algunas cosas están destinadas a volver a su lugar —añadió.
Respiré pausado.
Lupin no dejaba de preguntarme cosas y creía que esas cosas terminarían por descubrir mi tonta farza.
No dejaba de observarme de esa forma que parecía inocente, pero que yo percibía como una capa de él que ocultaba algo más.
—¿Cree en ese tipo de cosas?
—pregunté.
—Creo en las elecciones.
Y en las consecuencias de hacerlas.
Sus ojos azules se posaron en mí con una intensidad que no coincidía con su tono sereno.
—Podría haber esperado hasta mañana —continuó, inclinando ligeramente la cabeza hacia mí—.
Pero eligió venir sola.
De noche.
Sonrió de nuevo, como si aquello le pareciera divertido.
—Supongo que eso la vuelve… impredecible.
—No lo soy —me defendí de inmediato, dando un suspiro.
—Oh, pero lo es —replicó con suavidad—.
Y eso suele ser lo que más problemas causa a personas como usted.
Se apartó finalmente y caminó hasta la ventana, mirando el cielo oscuro.
—Algunos profesores prefieren estudiantes predecibles —añadió, sin mirarme—.
Otros prefieren a los que hacen preguntas incómodas.
No sabía a qué quería llegar con esto, pero tampoco quería develarme así sin más.
Yo debía seguir el juego para que el no sospechara de mí.
—¿Y usted cuál prefiere?
—pregunté.
Se giró hacia mí con esa sonrisa tranquila que siempre parecía esconder algo más.
—Ambos.
Pero sólo uno de ellos suele quedarse grabado en la memoria.
El viento movió mi cabello y él lo observó con un gesto distraído.
—¿Snape la deja salir tanto?
—preguntó de pronto, como si el nombre no pesara en el aire, como si ahora mismo hubiera recordado quién era el jefe de mi casa.
—No es asunto suyo —respondí, demasiado rápido.
Pero Lupin no se molestó.
—Tiene razón —admitió—.
Aunque Severus siempre ha sido… territorial con sus alumnos brillantes.
Su mirada se suavizó nuevamente.
—Le recomendaría no darle demasiadas razones para preocuparse.
—¿Está preocupado por mí, profesor?
Lupin rió bajo.
—Me preocupa Hogwarts.
Me preocupa la gente que cree que puede jugar con fuego sin quemarse.
Se acercó un paso más, dejándome la boca seca a causa de lo mucho que había tragado en secreto.
—Y me preocupa que usted sea demasiado inteligente para no saber exactamente qué está haciendo.
No supe qué responder.
—No te equivoques —añadió con calma, infiltrando un tuteo repentino—.
Me caes bien, Seraphine.
Eso ya es una imprudencia de mi parte.
Su sonrisa se volvió más sutil.
Y yo elegí callarme y no tentar una posible metida de pata.
Sentía que había dicho mucho por una noche.
—Pero no soy un hombre que confunda simpatía con promesas.
Me sostuvo la mirada unos segundos más, como si quisiera grabar algo en mi memoria.
—Aun así, tenga cuidado con los hombres que sonríen poco.
Son los que más se obsesionan con lo que creen suyo.
Se apartó, dejándome con el corazón acelerado y demasiadas preguntas sin respuesta.
—Vamos —dijo, retomando su tono amable—.
La señorita Blackwood no debería tentar tanto a los fantasmas del castillo.
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