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Secreto de alumna - Capítulo 14

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14: Capítulo 14 14: Capítulo 14 Los ojos verdes de Seraphine brillaron de emoción y su corazón empezó a latir de manera inesperada cuando escuchó la voz de Snape a un paso de ella y de Cedric.

—Diggory, háganos un favor y retírese antes de que le quite todos los puntos a su insulsa casa.

El muchacho entreabrió su boca tentándose a responderle, pero antes de que pudiera hacerlo, Severus volteó su mirada hacia Seraphine.

—Entre, Blackwood.

Ella acató en silencio y entonces el pelinegro terminó de fulminar al joven.

—No quiero escuchar queja alguna, estoy cansado de lidiar con los de su tipo, Diggory.

—¿Mi tipo?

—Sí, ineptos e inadaptados que no paran de crear problemas.

Le advierto: un despropósito más y lo enviaré de vuelta a su casa —espetó serio y concentrado en destrozarlo—.

No tengo ningún problema en hacerlo hoy mismo si es necesario.

No quiso especificar que se alejara de Seraphine, pero suponía que había quedado claro en su sentencia.

Mientras tanto, la castaña espiaba a su profesor por la abertura de la puerta.

Escuchaba atenta cada palabra del hombre que la volvía loca dándole una buena reprimenda al niño Hufflepuff, logrando así que su excitación latente se acrecentara al notarlo tan autoritario y celoso.

Aunque también creía que esa sarta de respuestas era propia de Snape.

Su esencia era la de un profesor malhumorado y motivado por mostrar su jerarquía a aquellos que osaban retarlo.

Seraphine apoyó su espalda en la puerta cuando Snape la cerró.

Mordió su labio pensando en lo que había sucedido antes de entrar al salón de clases, motivada por escuchar lo que Snape tenía para decirle.

Se mantuvieron a unos pasos del otro envueltos en una complicidad tentadora.

Él la estudió con seriedad, recorrió con sus ojos sus piernas descubiertas, su pollera tableada gris, su blusa que podía ver debajo de ese sweater y la piel de su cuello pálido que tanto quería comer.

Finalmente llegó a sus ojos y luego suspiró.

—No me imagino de qué pueden hablar que sea interesante —conjuró Snape, refiriéndose a su relación con Cedric, entonces, ella hizo una mueca.

—No hablamos mucho —explicó casi con desgano.

—Entiendo, su vínculo es más bien…físico —Sera sonrió, los celos de Snape le gustaban y veía divertido jugar con él en ese ida y vuelta.

—Algo así.

—Bueno, debo advertirle que si sólo es eso, a la larga se terminará aburriendo, Blackwood.

Ambos se miraron desafiantes.

Él sin palabras marcaba su camino para que ella lo viera como su único objetivo.

Pero lo que Snape no sabía era que Sera ya lo tenía como objetivo.

—¿Qué es tan gracioso?

—cuestionó su profesor, acomodando su cabello negro, entonces ella negó lentamente.

—Nada.

La tensión sexual la estaba matando.

Él estaba tan interesado en convencerla de que el niño de Hufflepuff era tan vacío y mediocre que la situación le divertía y la excitaba en partes iguales.

—¿Nada?

—Snape se acercó, dando otro paso hacia ella para que su charla se volviera aún más tentadora—.

Dígame, Blackwood ¿Por qué una chica tan inteligente como usted tiene de novio a “don nadie”?

Sera miró fijamente ese par de ónix penetrantes y, aunque casi se deja ganar por los nervios, logró responder con determinación.

—Él no es mi novio.

—Espero que no lo sea.

Al ver cómo la trató hace unos minutos, uno diría que es mejor perderlo que encontrarlo.

Ella estaba cada vez más compenetrada en esta indagatoria sensual que Snape le ofrecía, así que continuó apostando y lo hizo partícipe de su decisión.

—¿Usted qué me recomienda hacer, profesor?

Snape mojó sus labios.

—Que se olvide de los muchachos.

—Sera suspiró— Creo que ya se lo había dicho antes.

Además le recuerdo que un encuentro de esa índole entre dos alumnos en los pasillos de la escuela es causa de sanción— le dijo con seriedad.

—¿Me va a sancionar, profesor?

—Ganas no me faltan, Blackwood.

Primero su impuntualidad por la que todavía no ha cumplido castigo, como le dije, de eso nos encargaremos el fin de semana, y ahora esto.

Besarse dentro de la escuela está totalmente prohibido y fuera de lugar.

Snape exhaló con enojo, aunque Sera no dejaba de excitarse, imaginando a Snape besándola él mismo, sintiendo el fuego de su actitud posesiva.

—¿Y eso le molesta?

—preguntó por lo bajo.

—Claro que me molesta —confesó el pelinegro viendo su boca—.

El bobo de Diggory tendrá que volver a nacer para juntar los puntos que mañana dejaré en cero.

Ella apretó sus labios tratando de contener una sonrisa, pero le fue imposible.

Y Snape al notarlo también sonrió con malicia.

—¿Empezamos, Blackwood?

—Si, profesor.

Empecemos.

[…] Snape ayudó a su enigma a redactar algunos conceptos, pero debía admitir que no estaba del todo concentrado aquella tarde.

La charla que habían tenido una hora atrás lo dejó deseoso de comerla entera contra la pared del salón y los celos que contenía por verla con Diggory le hacían hervir la sangre cada vez que lo recordaba.

—¿Profesor?

—llamó la voz calma de Sera y él volvió a la realidad—.

¿Podemos terminar por hoy?

Snape la observó de arriba a abajo, quizá buscando algo para contrariarla, pero no podía negar que él también estaba algo exhausto.

—Bien, puede retirarse.

Sera sonrió y se levantó de su silla a lo que él siguió sus movimientos con la mirada y se detuvo en la bolsa de color bordó que ella había dejado al entrar.

—¿Y eso?

—indagó el pelinegro con curiosidad.

Su alumna dudó en responder, pero luego de tanto ida y vuelta sensual de aquella tarde decidió decirle la verdad.

—Es un regalo —Snape arqueó su ceja suponiendo que se trataba de algo relacionado al bobo de Hufflepuff—.

Es para usted.

Sera se acercó al escritorio y dejó la bolsa.

—¿De qué está hablando, Blackwood?

—preguntó incrédulo.

Ella mordió su labio por un segundo, meditando si dárselo o no.

—Creí que podría gustarle —agregó de forma tierna y Snape se levantó para rodear su escritorio y abrir la bolsa.

—¿Qué significa esto?

¿Acaso pensó que podría sobornarme?—cuestionó punzante.

—No, sólo fui a Hogsmeade y cuando lo ví pensé que le gustaría.

Noté que su whisky de fuego ya estaba quedando vacío.

—¿Entonces creyó que sería prudente comprar una botella de alcohol para un profesor?

—Sera se quedó en silencio—.

¿En especial al profesor que tiene fama de ser el más temido?

—aclaró.

Ella se excitó al instante.

El hecho de que él fuera tan misterioso y temido le generaba una adrenalina única en el cuerpo.

—¿A usted le gusta que lo llamen de esa forma?—preguntó con tranquilidad, pero Snape contestó con otra pregunta.

—¿Usted qué piensa?

Ella suspiró.

—Creo que sí, creo que lo hace sentir importante —sonrió levemente— a mi también me gustaría saber que impongo miedo.

Snape resopló y se fijó en sus ojos verdes, uno por vez.

No quería admitir que le había gustado su regalo y la descripción que había hecho de su persona.

—Esto no la eximirá del castigo de mañana.

—No buscaba eximirme, sólo pensé en usted.

Severus la vió detenidamente, casi queriendo sonreír.

Ella era un apetitoso dulce debajo de la piel imaginaria de serpiente que siempre mostraba.

Él se moría por decírselo, deseaba tomarla del rostro como lo había hecho aquella vez en su despacho, pero esta vez quería saborear esos labios rosados que se apretaban entre sí.

Ese cruel castigo que lo ataba a ser su profesor le hacía doler el pecho de impotencia.

—Y deje de gastar su dinero en regalos.

Menos si es para un hombre, no lo merecemos.

Sera no pudo evitar sonreír.

Tomó sus apuntes y se dirigió hacia la puerta.

—Buenas noches, profesor.

——————————————- La Slytherin llegó exhausta a su recámara.

Ya era de noche y bastante tarde para cenar, así que se alistó para recostarse.

Saultie no tardó en aparecer, esta vez sin compañía.

—Creí que no te vería hasta navidad —bromeó y se tiró al lado de ella.

—Yo también te extrañé Brigadier.

—Oye, deberías parar un poco, o de tanto estudiar vas a ocasionar el efecto rebote y se te va a derretir el cerebro.

—Sí, yo también lo creo.

—¿Qué onda?

¿Ya le confesaste tu amor al murciélago?

Seraphine exhaló.

Debía admitir que este ida y vuelta con Snape era excitante, pero a su pesar, todavía no había pasado nada entre ellos.

—Estoy en eso.

—Me das miedo —dijo la pelirroja.

Sera volteó a ver a su amiga y contestó determinante.

—Perfecto, así me gusta.

—¡Basta!

maldita serpiente.

—Saultie le empujó con su brazo.

—Hablando de serpientes —Sera sonrió—¿Puedes explicarme qué hacía la Ravenclaw dentro de NUESTRA habitación la otra noche?

—Es linda ¿verdad?—notó Saultie con una sonrisa picarona y esquivando la pregunta de Sera.

—¿Cómo lograste meterla?

—Una bruja nunca revela sus trucos.

Sera entrecerró los ojos, estudiándola.

—Pero una serpiente sí los descubre —replicó con suavidad.

Saultie soltó una carcajada y se acomodó boca arriba, mirando el dosel verde oscuro que colgaba sobre sus camas.

La luz de las velas acompañaban el recinto de un estado casi en penumbras, dándole a la habitación ese aire subterráneo que sólo las Slytherin podían llamar hogar.

—Digamos —dijo Saultie, jugueteando con un mechón— que no todas las águilas vuelan tan alto como creen.

Algunas bajan… cuando la vista lo vale.

—¿Y tú eres la vista?

—Sera arqueó una ceja.

—Siempre.

Hubo un silencio breve, aunque no incómodo.

El tipo de silencio que existe entre amigas que comparten secretos confidentes.

Saultie giró el rostro hacia ella.

—Ahora deja de desviar el tema.

Quiero detalles.

¿Qué pasó hoy con el murciélago de las mazmorras?

Sera sintió un cosquilleo traicionero recorrerle la espalda ante el simple recuerdo.

Intentó mantener la compostura, pero Saultie nunca la había juzgado y prefería serle franca antes que mentirle.

—Tesis, ya sabes, como siempre.

Exigente.

Silencioso.

Intenso.

—Eso no es algo nuevo.

Ese es el folleto turístico de las mazmorras.

Sera rodó los ojos, pero no pudo evitar que una leve sonrisa se dibujara en su boca.

—Me hizo repetir una frase tres veces.

—¿Porque estaba mal hecha?

—Porque dijo que podía ser “perfecta”.

Saultie se incorporó sobre los codos.

—Ah.

Ese tono.

—¿Qué tono?

—El de “sé que puedes más”.

El de mentor obsesivo.

El de hombre que ve potencial donde otros no.

Sera guardó silencio porque eso era cierto.

Severus no la miraba como los demás profesores.

No veía sólo una alumna brillante.

Veía algo más.

Y eso la hacía arder por dentro, ahora que sabía lo que él imaginaba mientras ella no estaba.

—Se quedó muy cerca hoy —admitió finalmente.

Los ojos de Saultie brillaron.

—¿Cuán cerca?

—Tan cerca que sentí su perfume… Saultie, nunca había estado tan cerca de él.

Hoy su voz me rozó la piel cuando corrigió mi agarre de la pluma.

Saultie dejó escapar un suspiro bajo.

—Seraphine… —No me tocó —aclaró ella con firmeza—.

No de esa forma.

Pero su mano estuvo sobre la mía.

Guiándome.

Lenta.

El recuerdo la aniquiló.

La presión de su mano fuerte contra la de ella.

El calor que sintió, a pesar de que Snape tuviera los dedos helados.

Esa tensión como una chispa a punto de incendiarlo todo.

—¿Y tú?

—preguntó Saultie, casi susurrando y quitando a Sera de su mente—.

¿Qué hiciste?

Seraphine clavó la vista en el techo de piedra.

—Nada.

—Mentirosa.

Sera giró el rostro hacia su amiga, con una media sonrisa peligrosa.

—Lo miré.

—¿Cómo?

—Sin bajar la vista… ¿acaso no me conoces?

Saultie se quedó callada unos segundos.

Luego sonrió, satisfecha.

—Eso sí es peligroso.

—Él no apartó la mirada tampoco.

El corazón de Sera latía más rápido nada más al recordarlo.

Ese instante que compartieron.

Ese desafío que la motivaba a querer más de Snape.

—Te estás metiendo en algo que no es un juego —murmuró Saultie, esta vez sin tono burlón.

—Nunca juego a perder —respondió Sera con calma.

—No es perder lo que me preocupa.

Sera la observó.

Por primera vez, la pelirroja no sonreía.

—¿Entonces qué?

Saultie dudó.

—Que no puedas salir cuando quieras.

La habitación quedó en silencio otra vez.

A lo lejos, el lago golpeaba suavemente los ventanales de las mazmorras.

El mundo exterior no era propio de esa noche.

Sera cerró los ojos un instante.

Salir.

¿Quería salir?

La imagen de Severus inclinándose sobre ella volvió a su mente.

La forma en que su voz descendía medio tono cuando le hablaba.

Ese autocontrol casi doloroso que emanaba su profesor.

No.

No quería salir.

Abrió los ojos y miró a Saultie con una determinación que ya no era juego.

—No pienso escapar —dijo en voz baja—.

Pienso ganar.

Saultie la estudió unos segundos… y luego sonrió lentamente.

—Maldita serpiente.

Sera se acomodó entre las sábanas, tenía el cuerpo exhausto pero la mente encendida.

Pensaba que allí abajo, en algún punto de las mazmorras, Severus probablemente seguía despierto.

Ese hombre, el único capaz de arrebatarle el aire a Seraphine con una sola mirada, permanecía sentado en la penumbra, con los ojos cerrados como si aguardara un hecho inevitable.

Esperaba esa materialización silenciosa que lo asaltaba cada vez que pensaba en ella.

Mientras tanto, dejó que el nuevo whisky de fuego descendiera lento por su garganta, ardiente, intentando sofocar sin éxito la imagen que ya comenzaba a tomar forma tras sus párpados.

No quería ser débil ante el encanto de Seraphine, creía que mostrándole su antipática personalidad la alejaría de él.

Pero cada vez que la veía entrar por la puerta del salón de clases, pensaba en las ganas que tenía de aprisionarla y comerla entera sin detenerse.

Ese día no fue la excepción.

Ella había recordado que tomar una copa los viernes por la noche era parte del ritual de su profesor, algún desliz habría tenido para contárselo en alguna de las clases de tesis y a él le encantó que lo haya sorprendido de esa forma.

Debía admitir que su atracción había escalado de ser sólo física a una más admirable.

La actitud poderosa de la Slytherin era cautivadora.

En su historial de mujeres, todas llenaban la categoría de damiselas de una noche, todas carecían de nombre y, sobre todo, todas habían sido sumisas.

Muy diferentes eran de la adolescente decidida a romper sus esquemas más instalados.

Ella iba por todo, anhelando su premio con vehemencia, y ese premio era él.

No podía convencerse de eso, él no podía verse a sí mismo como un premio.

Creía que era su propia mente la que lo hacía vacilar.

Anhelaba tanto el hecho de tenerla que había creado un universo en donde ella lo deseaba tanto como la deseaba él.

De repente sintió un peso sobre sus piernas y abrió los ojos de a poco.

Sera vestía un pijama porque él suponía que ella ya debería estar en la cama.

—Buenas noches, profesor —le dijo apretándose contra su miembro que estaba debajo de ella y rodeó el cuello del mayor con sus brazos—Ya no podía aguantar más tiempo sin verlo.

Su pequeño short de pijama y su blusa de seda sin mangas no dejaban mucho a la imaginación de Snape.

Exhaló arrastrando sus palabras.

—Justo cuando más la necesitaba en este día —contestó el murciélago, deslizando su mano libre en la curva que formaba la cintura de su alumna.

—¿Por qué?… ¿Qué pasó?

—Sera se acercó a su rostro y entonces él sintió su respiración—¿Ese de Hufflepuff lo puso de mal humor?— cuestionó en tono suave y melodioso.

—Sí— Snape volvió a tomar otro sorbo.

—Pero su alumna es buena con usted ¿No es así?

El pulso de Snape se aceleró inevitablemente.

Dejó el vaso con un golpe seco sobre su escritorio para poder acariciar la piel suave de Sera.

Esas piernas que descansaban tan cómodamente encima de él.

La tensión de su mandíbula delató la lucha interna que estaba sufriendo.

—Sí.

Es tan buena—gimió mientras el espejismo de Sera le desprendía el botón y le besaba el cuello.

Esto era tan sensual y sentir su perfume dulce lo hizo cerrar los ojos.

—inteligente… hermosa— continuó.

—No sabía que pensara tantas cosas sobre mí, profesor —le dijo, dejando un camino de besos y moviendo apenas su pelvis sobre él, cosa que lo hizo gemir con más énfasis.

—¿Pensar en tí… ?—susurró Snape, como cuestionando su locura— si estuvieras aquí no tendría que pensar.

La lengua de Seraphine se movió en círculos por la piel sensible de su cuello robándole varios suspiros y podía sentir su miembro como roca debajo de ella.

—Estoy aquí, profesor —continuó Sera, en un tono aún más bajo, bien cerca de su oído— ¿Acaso no me siente?

Un gruñido áspero le quemó la garganta.

Claro que podía sentirla.

Cada roce de su tierna vulva contra su falo erguido, cada caricia de su rostro contra el suyo, cada mano de Seraphine agarrando su nuca y parte de su levita.

—Muéstreme qué tan duro está, profesor.

Un espasmo lo movió apenas de la silla, con un gesto que no logró ocultar su creciente prominencia bajo la tela.

Hizo un esfuerzo por abrir los ojos.

Quería verla, realmente verla.

Sacó su varita del bolsillo de su capa y apuntó hacia el fuego de la chimenea, haciendo que las llamas crecieran con violencia, iluminando el perfil de Seraphine.

Sabía que no era ella realmente, sabía que su cabeza le estaba jugando una mala pasada y que quizás estaba al borde de la locura, pero simplemente sentirla tan real no le ayudaba a su psiquis.

Su mirada fue felina.

—Me gustas mucho, Seraphine.

Ella se quedó viéndolo por un momento, sonrió y se levantó de la silla.

Luego se agachó para hablar en su oído.

—Yo también pienso mucho en usted cuando estoy sola.— Snape se estremeció cerrando sus ojos nuevamente y siguió estrangulando su verga una y otra vez.

—Gracias por pensar en mí, me divertí mucho con usted profesor.

Otro gruñido animal fue en búsqueda de la boca de Snape.

Hizo a un lado su túnica negra, revelando su falo palpitante y empapado de pre semen.

Sus dedos largos y pálidos se cerraron alrededor del grosor con un agarre brutal y sus nudillos se blanquearon aún más que de costumbre.

La cabeza rojiza a punto de explotar, rozando el borde de su mano con cada apretada de su puño.

El sonido húmedo de su piel frotándose se mezcló con el de su respiración cada vez más rota.

Las venas sobresalientes latieron bajo su piel, el líquido espeso se acumuló en el orificio, antes de escurrirse como serpiente.

Su pulso acelerado se notó en cómo latió contra su propio agarre.

Su pulgar frotó el frenillo con precisión, provocando que su cuerpo se tensara.

Otro gemido inundó el despacho cuando arqueó sus caderas hacia su mano.

Su vientre con los músculos contraídos bajo su vello oscuro se mancharon de semen junto a su escritorio.

Su corazón palpitó como loco al escucharla de esa forma malditamente sensual.

Luego abrió los ojos y se dio cuenta de que Sera, o mejor dicho, su espejismo ya no estaba en la sala.

<Mierda> REFLEXIONES DE LOS CREADORES Luisinasebert hola amis!!

espero que hayan disfrutado el cap… como siempre les digo, estuve agregando cositas 🙂 releer esta historia me volvió a despertar una pasión hermosa al igual que la primera vez.

las amo!!

gracias por leerme!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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