Secreto de alumna - Capítulo 17
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
17: Capítulo 17 17: Capítulo 17 Snape preparaba la clase del día, anotaba en la pizarra los ingredientes mientras su cabeza disociada de la realidad lo hacía confundirse al escribir.
Cuando algunos estudiantes empezaron a entrar, él se dió cuenta de que faltaban cinco minutos para comenzar la clase y ella todavía no había llegado.
La puerta del salón estaba encantada para que se cerrara a la hora estipulada y que nadie entrara tarde.
Hechizo impuesto por el mismo Snape y que se respetaba a rajatabla.
Extraño en ella llegar sobre la hora, pensaba, aunque entendible si se trataba de evitarlo.
Quizás ella no tenía interés de cruzárselo y él podía comprenderlo a la perfección.
Un minuto y su corazón latía rápido, caminó hacia la gran puerta de madera cuando la vió acercarse.
Detrás de ella, ese alumno de Hufflepuff se reía y se apresuraba para llegar a tiempo.
—Qué bueno que pueda acompañarnos, señorita Blackwood —espetó el pelinegro con seriedad—.
Usted también, señor Diggory.
Snape no acostumbraba retar Slytherins, pero no podía evitar enfurecerse al verla entrar casi al mismo tiempo que ese chiquillo bueno para nada de Diggory.
¿Qué demonios estaban haciendo que esperaron hasta último momento para entrar?
No quería ni pensarlo.
Durante la clase, estuvo más enojado que de costumbre.
¿Acaso ella no recordaba lo que había pasado el día anterior?
Aclaró su garganta y antes de que Cedric se acomodara en su asiento, Snape lo empezó a acribillar con preguntas.
—Sr.
Diggory, ya que tiene el honor de acompañarnos, dígame la diferencia entre Acónito y Luparia.
El rostro del chico empalideció y terminó haciendo una mueca de “ni idea”, cosa que Snape aprovechó para seguir humillándolo.
—Claro que lo sabría si hubiera estudiado.
Miró de reojo a Seraphine que parecía estar disfrutando ver a su profesor en ese lugar tan intimidante.
Después de todo, las palabras duras e intensas de Snape eran las que la habían hecho temblar el día anterior.
Decidió no ir contra ella por el momento.
Todavía le quemaba su cercanía, todavía podía graficarla acorralada por sus manos, respirando sus suspiros y recibiendo con gusto cada lamida de su lengua.
Así que continuó el trayecto y se aproximó al pupitre de Cedric con una expresión oscura.
—Parece que lo único que sabe atrapar es una bola en quidditch, Sr Diggory.
El aire se cortaba con tijera.
Una pena que tuviera que frenar antes de que a alguien más se le ocurriera molestarlo.
Luego de desquitarse un poco, sólo lo suficiente, el resto de los alumnos preparó sus calderos.
Snape liquidó lo poco que quedaba de su paciencia para ordenar una directiva: “trabajarán en grupos de dos, se guiarán de los libros de los estantes y completarán las actividades de la página 209”.
Todos renegaban al unísono, y a pesar de que Snape les había enseñado la página con la receta detallada, nadie era digno de hacerla correctamente.
El pelinegro paseaba entre las mesas, haciendo flamear su capa y recolectando quejas por parte de los alumnos.
No tenía problema en escucharlas ya que convertía en negativos sus respectivos puntos cuando lo hacían.
Mentiría si dijera que había dormido la noche anterior.
No había pegado un ojo ya que lo único que pensaba era en lo incómodo que se sentiría al verla de nuevo.
¿Cómo había dejado que pasara eso?
¿Cómo no pudo detenerse?
Se sentía culpable por haber besado a su alumna, se avergonzaba por ser débil y por eso no apareció en la cena luego de su encuentro de la tarde.
Creía que debatirlo en soledad podría recomponer la estructura de profesor que acostumbraba tener y que ahora parecía diluída gracias a su episodio libidinoso.
Cruzar los límites había destapado esa coraza que Snape tanto reprimía, y no sólo por un simple beso.
Le había devorado los labios, los había degustado como un manjar exquisito, la había apretado contra su miembro una y otra vez al mismo tiempo que pensaba en cómo la hubiera cojido contra la pared de su pocionero.
Tras la pobre performance que se generalizaba en el salón, los ojos negros de Snape se fijaron rápidamente en Seraphine, como era de esperarse.
La emparejó con esa pelirroja amiga suya.
No necesitaba verla tanto para darse cuenta de que cada decisión que tomaba era certera: la cantidad de semillas de anís, la profunda la luz rosa de su poción y ese aire que se desataba y le llegaba a la punta de su nariz para atormentarlo, para recordarle que siempre había sido ella la única en su camino.
Sera no lo veía, pero él imaginaba que todavía estaban en su pocionero respirándose en la boca del otro.
Snape ladeó su cabeza al darse cuenta de que se había perdido en sus pensamientos y finalmente empezó a hablar.
—Dado que las únicas que completaron la tarea fueron las señoritas Blackwood y Brigadier, todos deténganse y presten atención.
Se acercó hasta la mesa de las Slytherin, pero sus ojos le pertenecieron solamente a Sera.
—Blackwood, vierta el líquido en el frasco —ordenó, y ella cumplió en silencio—.
Amortentia es la poción de amor más poderosa que existe —explicó el pelinegro, acrecentando las ganas de saltar sobre ese escritorio y comerle la boca a su alumna del mismo modo en que lo había hecho el día anterior—.
¿Por qué no nos explica qué ocurre si se toma, Señorita Blackwood?
Ella suspiró sosteniendo el pequeño frasco en su mano.
—Provoca un poderoso enamoramiento y obsesión al que la bebe —respondió tranquila, aunque comenzaba a sentir lo mojada que se ponía su ropa interior por estar hablando de esto con él.
—Y díganme ¿A qué debe oler?
—preguntó Snape, haciendo que ella tragara saliva.
—Cada persona siente un perfume diferente, dependiendo qué le resulte atractivo.
Snape no podía evitar traspasarla con su mirada porque podía percibir perfectamente el aroma a vainilla desde que ella había terminado de hacer su poción.
Le costaba no endurecerse ya que ahora se provocaban entre ambos a la vista inadvertida de los demás.
—¿Qué es lo que percibe Ud, Blackwood?—indagó Snape con una curiosidad tentadora y entonces ella llevó el frasco más cerca de su rostro para oler el líquido, dejándole claro los perfumes que más le atraían.
—Libros antiguos… cuero… y madera, profesor.
Snape bajó su mirada a los labios de Seraphine, totalmente imantado por las palabras que le regaló, en especial, aquella que le hizo recordar ese maravilloso encuentro sensual en el sillón de cuero de su despacho.
La descripción le confirmaba lo que venía pensando desde hacía un par de días: ella lo quería sólo a él.
Ella quería ser aprisionada arriba de su escritorio de roble, que la cojiera sin piedad luego de haber estado esperando tanto tiempo leyendo y estudiando un sinfín de textos de libros viejos.
Rápidamente agitó un poco su cabeza saliendo de sus pensamientos —otra vez— y concedió cincuenta puntos para Slytherin.
Se alejó hasta sentarse en su escritorio ya que no podía soportar tanta tensión acumulada y comenzó a llenar algunos de sus pergaminos para intentar calmarse.
—¿Me dejas probar?
—Cedric tomó la mano de Sera que tenía el frasco, la sostuvo y respiró en él mirándola a los ojos.
—Vainilla —dijo sonriendo de costado.
A pesar del murmullo de los demás alumnos, Snape pudo escuchar toda la secuencia y no le sacó los ojos de encima al Hufflepuff.
Era de esperarse que ese niño estuviera loco por ella.
Se lo había dejado claro en varias oportunidades.
Apretó sus dientes dentro de su boca mientras escuchaba como Seraphine lidiaba con él.
—¿Por qué te alejas?
—insistió el joven, logrando que Saultie le golpeara el hombro y tratara de detenerlo para ayudar a su amiga.
—¡Silencio!
—la voz de Snape culminó en el salón, no quería escuchar más a ese maldito chiquillo.
La clase había terminado y Snape se alivió, aunque todavía quedaba la hora de tesis por delante.
La mayoría de los jóvenes se retiraron del salón exhaustos, pero los ojos ónix siguieron puestos en la pareja que tanto quería separar.
—Vamos Sera ¿Qué ocurre?
—Cedric se acercó de nuevo ante la indiferencia de la Slytherin—¿No te gustó lo que hicimos anoche?
Sera lo miró horrorizada y confundida.
—¿De qué demonios estás hablando, Diggory?
—Anoche, en mi habitación.
—explicó, pero ella lejos de comprender lo que Cedric le decía, la desconcertaba aún más.
Cansado de su fanfarronada, Snape se aproximó a ambos y fulminó al castaño como la vez en la que la molestó a Sera en el pasillo.
—Señor Diggory, debo decir que no me deja más alternativa que pedir su traslado de escuela.
—¿Cuál es el motivo?
—retrucó el muchacho con altanería—.
No sabía que a uno lo expulsaban de Hogwarts por tener pareja.
—Cedric, no te enfrentes a un profesor —aconsejó Sera en voz baja, conociendo lo que Snape era capaz de hacer.
—La señorita tiene razón.
Ciertamente no conoce el reglamento de Hogwarts, pero para su información: no, el motivo no es ese.
—El pelinegro lo miró de forma despreciable, aunque motivado por la complicidad que le demostraba su alumna favorita—.
En primer lugar; su hostigamiento hacia la señorita Blackwood me repugna, habiendo ella negado su trato más de una vez.
—Seraphine está bien conmigo —aseguró el castaño, provocando que Snape le lanzara una mirada de incredulidad a la joven.
—Cedric… —habló ella—.
Basta, por favor.
—No puedo creer que no me defiendas a mí, luego de lo que pasamos anoche Sera —insistió el Hufflepuff, haciendo que ella respondiera con más enojo.
—¿Te golpeaste la cabeza o algo?
Ya te dije que no pasó nada entre nosotros.
Snape se perdió en sus pensamientos otra vez ¿Y si el gaznápiro de Diggory también se la imaginaba como él lo había hecho en innumerables ocasiones?
Entonces no cabía duda: esto era producto de un claro hechizo.
—Petríficus totalus —dijo Snape y petrificó al adolescente, dejando a Sera observando el panorama con algo de asombro.
—Debí haber hecho eso hace mucho tiempo —se burló, acercándose a ella—.
¿Lo hechizaste?
—No.
—Claramente está imaginando cosas.
Me suena a un encantamiento.
—Es que —Sera profundizó en esos ojos negros que tanto le gustaban—.
Es imposible.
—Dime lo que sabes —le pidió Snape y ella tragó en seco.
Ella verbalizó un encantamiento que hizo aparecer el libro de Frank Baum en sus manos y él lo miró con curiosidad.
Sera ojeó hasta encontrar la página que buscaba, pero su respiración se cortó.
—No hay contrahechizo.
—¿Qué le hiciste?
—No le hice nada a él.
—Snape la miró confundido, entonces ella tuvo que confesarle lo que tanto le ocultaba—.
Me lo hice a mí.
Es… un hechizo de “amor”, la persona que esté interesada en mí ve mi imagen como si fuera real.
La mandíbula de Snape se aflojó haciendo que respirara por la boca.
Ciertamente, fue un alivio descubrir que no estaba loco.
Pero luego, una seguidilla de momentos sensuales se apoderaron de él en los que ella era la protagonista.
Donde todo finalmente se trataba de un misterioso hechizo del cual él no había sido consciente hasta ahora.
En ese instante lo recordó: la última palabra que le había dicho antes de que desapareciera su espejismo la noche en su oficina.
Supo entonces que la única forma de borrar esa imagen era que el chico le confesara lo que sentía por ella.
Tal como él mismo lo había hecho.
Luego de explicarle lo que debía hacer, Snape volvió a Diggory a la normalidad y se alejó de ellos dos.
Estaba revolucionado, un vértigo le oprimió la boca de su estómago porque ya no le quedaban fuerzas para seguir pretendiendo que no sentía nada por ella.
Gracias a estar envuelto en sus pensamientos omitió la charla entre Sera y Cedric, aunque logró escuchar cuando ella le afirmó con seriedad: No siento lo mismo, lo siento Diggory.
Un suspiro de alivio lo atravesó cerca de su escritorio y se aclaró la garganta.
El hufflepuff se fue enojado del salón, aunque eso poco le importó al pelinegro.
El frío recorrió su columna ya que, ahora, ella se había quedado con él.
La de verdad, no aquella figura imaginaria que alguna vez le sacó más de un gemido.
Seraphine cerró la puerta del aula de pociones y caminó hacia el escritorio.
El silencio de ambos hizo que sus pasos resonaran con más intensidad por toda el salón y, cuando estuvo más cerca de él, se detuvo.
—¿Cómo lo supo?
—cuestionó la castaña con cierto grado de presunción.
Snape no tardó en revelar sus intenciones.
Estaba claro que ella las conocía.
—Porque, al principio, me engañó a mí también.
Sera se mordió el labio disfrutando de la situación, por fin él se abriría del todo.
—¿Usted… vió mis imágenes, profesor?
—ella le preguntó inocentemente, aunque ya supiera la respuesta.
Snape caminó hasta enfrentarla, hasta quedar a un paso de su cuerpo.
—Te ví tantas veces, Seraphine.
En mi oficina, en el aula, sobre mis piernas o arrodillada frente a mí.
Tantas veces creyendo que me estaba volviendo loco de sólo imaginarte con tanta vehemencia y claridad.
Ahora me doy cuenta de que todo era un hechizo y me hace… enojar aún más.
Sera exhaló por la boca acrecentando la velocidad de su corazón cada vez más al escuchar esas palabras salir de sus labios.
Los labios del profesor que tanto había anhelado le confesaban la verdad.
Su piel se erizó al sentirlo más cerca y tuvo que sostenerse de su brazo.
—Profesor, yo… —sus párpados se sintieron pesados al ver cómo él iba invadiendo su espacio de a poco.
—¿Sí?
—respiró en sus labios—.
¿Se va a disculpar?
¿O esto es… justo lo que quería?
Sera soltó un pequeño quejido, no iba a negar que tenerlo así le generaba espasmos por todo el cuerpo —Contésteme, Blackwood.
Al ver que ella no parecía responder, Snape largó un suspiro que tenía atravesado.
Ella estaba tan cerca que él podía respirar su perfume avainillado y a pimienta, una combinación absolutamente deliciosa y sensual que lo estaba aniquilando.
Snape rápidamente sacó su varita y la agitó para cerrar la puerta con llave ya que esa escena no debía ser vista por nadie que estuviera deambulando en el castillo.
Tomó de la muñeca a Sera y la aprisionó contra el escritorio que estaba a unos pasos.
Ella se sostuvo del borde que pudo sentir a sus espaldas con su otra mano.
—¿Disfrutas probando mi paciencia, Seraphine?
—ella se quedó inmóvil—.
Esa sonrisa altanera que se forma en un costado de tus labios… qué exasperante.
—Sera se notó más excitada que nunca al escucharlo así y sentir la respiración de Snape en su boca.
Largó un suspiro sensual y el pelinegro subió su mano para tomarla de la barbilla—¿Crees que no haré nada?
¿Que simplemente te dejaré escapar?
No.
Esta vez no.
Todo lo que hago es ver esa boca tuya pidiéndome por favor que la haga mía— Severus le habló mirando y tocando sus labios—No lo niegues, Blackwood.
Estás nerviosa… ¿Crees que no me doy cuenta?
Snape no podía resistirse más.
Escuchaba cómo se agitaba su respiración, la veía hermosa frente a él a medida que le confesaba su verdad.
La tenía entera a su disposición esperando por su toque.
—¿Qué tienes para decir a tu favor?
—provocó el mayor, rozando su nariz grande por la mejilla de su alumna.
A lo que Sera, rendida de calentura, respondió sin titubear.
—Culpable, profesor —se autoproclamó la Slytherin, a lo que Snape sonrió malicioso.
Finalmente se acercó del todo para juntar sus labios con los de ella, para devorarla entera.
El sabor se sintió exquisito como el día anterior.
Ella siguió su iniciativa, por supuesto.
Lo tomó desde el hombro y se sostuvo de él.
Después de tanto esperar por sus besos ahora se sentía extasiada probando la boca de Snape.
Una punzada de placer le aniquiló el vientre.
Cerró sus ojos y se dejó llevar bajo su dominio.
Su sabor y su perfume masculino envolviéndola, su fuerza y sus movimientos que la tomaban por completo.
El ruido de sus lenguas buscándose se escuchaba tan bien que Snape percibió como su falo explotaría de lo duro que se había puesto dentro de sus pantalones.
—Arriba del escritorio, ahora —ordenó Snape, a lo que ella hizo caso sin vacilar.
Abrió sus piernas dándole acceso a que él la apoyara y ella pudiera sentir su erección.
Ninguno de los dos podía controlar la tensión que había crecido durante su charla provocadora y tras varios minutos de comerse entre sí, Snape terminó apoyándose en ese núcleo que deseaba tanto.
Agarró sus muslos que estaban desnudos a cada costado de él y la trajo para pegarla a su cuerpo y que ella pudiera advertir lo duro que estaba por su culpa.
Su alumna gimió de vuelta cuando lo sintió.
Lo tomó por la tela de su levita para adentrarse más en su boca e inconscientemente hizo un movimiento con su pelvis para lograr apoyarse con más profundidad.
Sus piernas temblaban ante el toque de los dedos largos de Snape.
Creía que se desmayaría porque ahora podía sentir con claridad cómo su líquido se escurría entre su ropa interior por tanta tensión descargada.
Snape mordió su propio labio y con su mano derecha tomó el rostro de su alumna para contemplarlo un segundo y descubrir lo enrojecida que estaba quedando su boca.
—Niña traviesa, besando a su profesor.
Míreme bien porque quiero ver esa carita suya cuando la esté cojiendo.
No tiene idea de lo que hizo conmigo, Blackwood.
Ahora no podrá escapar.
Sera se agitó y exhaló por su boca.
Si bien no le tenía miedo a nada, las palabras que su profesor le dedicó la hicieron temblar de un placer peligroso e incontrolable.
Snape creía que iba a enloquecer, su verga estaba por estallar, le pedía a gritos entrar en esa zona prohibida.
Ella tomó su mano de dedos largos y la bajó a su propio muslo, cerca de su entrepierna para que él la sintiera, y eso hizo.
Apretó su pierna blanquecina, su piel tersa que anhelaba.
—Tóqueme profesor, por favor —le exigió ella, envuelta en pura adrenalina.
Snape no lo dudó ni un segundo más, sus ojos de depredador la fulminaron y luego se acercó a su oído para hablarle en secreto.
—No quiero ni un sonido, Blackwood.
Ella se contuvo para no gemir fuerte mientras los dedos blancos y fríos de Snape subieron para encontrarse con su ropa interior colándose por debajo de su falda, esa que tanto había deseado levantar.
Sintió lo mojada que estaba y suspiró pegado a su oído.
—Qué maravilla, está perfecta para mí—decretó, removiendo sus yemas por encima de la tela y Sera volvió a emitir un sonido de queja—.
Tan inteligente Blackwood y al mismo tiempo tan insolente.
Con un movimiento audaz, Severus corrió la fina tela de su braga a un costado para tocar esa tierna vulva que pedía por él a gritos.
El contraste frío de sus dedos y el canal caliente en donde entraba hizo que ella gimiera y pegara un saltito —Shh, no queremos que nos descubran —retumbó su voz gruesa a un costado de ella.
Su dedo medio y el anular entraron lentamente sintiendo el líquido escurriéndose a medida que superaban otro centímetro más adentro de ella y, cuando llegaron al fondo, Sera enloqueció al notar el cruel frío metálico de sus anillos.
Snape movió sus dedos de arriba a abajo serpenteando y escuchó cómo ella reaccionaba ante tu toque.
La hizo agitarse aún más, sintió cómo la desesperación la tomaba por completo, cómo anhelaba esta sensación de placer dentro de ella.
Así que, al notarlo, él los movió más rápido.
—Mierda—maldijo su alumna, sosteniéndose de su brazo.
—Qué boca tan impertinente que tiene, Blackwood.
¿Eso es lo que mis dedos le hacen decir?
—Sera asintió—.
Pero apenas estoy empezando —le dijo divertido—.
No me diga que no puede con un tercer dedo.
Snape vió cómo ella se retorcía de placer mientras la penetraba con sus dedos y sumó otro más para enloquecerla por completo.
Los ojos verdes de la Slytherin se humedecieron y brillaron ante él mientras sentía lo profundo que estaba pulsando en su interior.
—¡Ah!… profesor.
—Se retorció hacia un costado, entonces él aprovechó para besar su cuello y seguir serpenteando dentro de ella.
—¿Ahora recuerda que soy su profesor?
—dijo Snape, sarcástico.
Recorrió ese cuello con su lengua caliente y succionó su piel inspirando el delicioso aroma que ahora lo colmaba.
Quería comerla entera.
Escuchaba los sonidos que ella exteriorizaba y pensaba qué más podría hacerle para volverla totalmente loca.
Le encantaba tenerla así.
Finalmente él era el responsable de darle ese placer que nadie más le podría dar.
Pero a este punto ya no podía aguantar las ganas de cojerla.
Sacó lentamente sus dedos de adentro de ella.
Aunque antes de continuar, sintió curiosidad por la intimidad de su alumna.
—¿Usted ya tuvo experiencias de ésta índole?
Ella lo miró respirando con fuerza sosteniéndose de su brazo y asintió.
—Perfecto, entonces ya sabe lo que le gusta —sonrió—.
Eso me excita aún más —dijo sólo para poder desprender su pantalón y sacar su palpitante verga totalmente dura.
Sera quedó fascinada con lo que veía: era gruesa y grande.
Debía suponerlo al conocer cómo eran sus manos.
Le encantaba la forma con la que se la agarraba para poder entrar en ella.
Inconscientemente su boca se entreabrió, sintiendo la tela del saco de Snape entre las yemas de sus dedos, respirando el aroma a hierbas que le había quedado en la piel luego de que la besara con tanta vehemencia.
No podía creer que iba a entrar en ella al fin, lo esperaba deseosa con sus ojos cansados, ansiando su toque y su penetración, pero Snape primero jugó en su entrada frotándola con su glande y embebiéndola de sus jugos.
Deliciosa como se la había imaginado.
No necesitaba más preparación, ella rebalsaba de líquido y casi como si se hubiera acordado de repente, el mayor sacó su varita e hizo un encantamiento anticonceptivo a su alumna.
Luego subió su mano y le tapó la boca.
—Ahora sí, bien callada.
Hizo entrar su erección en ese maravilloso canal caliente y ella tuvo que contener su gemido.
Sera se sostuvo de él mientras sentía cómo ese tronco grueso y firme entraba dilatando sus paredes y colmándola entera.
La primera penetración fue directo al fondo, lenta y arrancándole un gemido mezclado con espasmo.
Severus no pudo controlar tanta presión.
Ella se sentía tan caliente envolviéndolo, tomando cada centímetro de su miembro, así que comenzó a bombear dentro de ella con un ímpetu voraz.
No fue amable para nada, su falo llegó hasta la puerta de su útero sin problemas gracias a lo mojada que estaba Sera y ella gimió con más fuerza a través de la mano que la apresaba.
La piel de Snape ardía bajo su levita.
Fue todo tan rápido que no pudo quitársela y, ahora, la penetraba como un maldito animal.
Salía y entraba en ella de una forma deliciosa, llenaba todo a su paso, todo su canal era dilatado por ese miembro grueso que la estaba llevando al éxtasis.
Sera sintió como un temblor le hizo flaquear y su mano terminó sosteniéndose de la capa de Snape.
Él se dio cuenta de que ella se estaba muriendo de ganas de gritar, así que quiso jugar un poco a desesperarla.
Le quitó la mano que tapaba su boca y así poder calcular cuánto tiempo ella podría aguantar la tortura.
No se preocupó por sus gemidos, en secreto ya había conjurado un muffliatto sin que su alumna supiera.
—E-está… tan profundo… —llegó a decirle su enigma entre jadeos, sintiendo punzadas de placer cada vez que la embestía.
Le encantaba escucharla, cada sonido que ella emitía con su garganta y con los fluidos mezclándose con los de él.
Todo era inmensurable.
Pero quería tener más control, había esperado tanto por tenerlo… entonces bajó la mano para comenzar a frotar su clítoris y que ella tuviera que pensar dos veces antes de meterse con él.
Los párpados de Sera cayeron aún más y su boca abierta no alcanzaba a llevar todo el aire que necesitaba respirar.
—Oh…
p-profesor.
Sera nunca había experimentado el sexo de esa manera tan salvaje y pasional, y que fuera Snape el que la estuviera penetrando de esa forma la ponía en su punto máximo de placer.
Veía su cuerpo queriendo llenar el suyo, esos dedos largos y fuertes pulsando su clítoris, moviéndose, resbalando con su líquido.
Su boca le pedía más aire ante el ataque ferviente de su profesor y su desesperación no la dejó pensar en otra cosa que no fuera él.
No pudo evitar gemir de vuelta.
Snape volvió a su oído y le habló gravemente.
—¿Qué diría Digory si descubriera que soy yo el que te hace gritar, Seraphine?
—le preguntó, mientras sus embestidas terminaron acostándola en el escritorio.
Snape agarró su cintura para seguir penetrándola ahora con más fuerza y ella tuvo que contenerse tapando su boca para no gritar.
—¿Acaso ese Hufflepuff le hace sentir algo de esto?
—dijo, chocando la puerta de su cérvix, así que Sera no pudo responder con palabras, sólo negó con la cabeza y él sonrió—.
Es una pena que espere tanto de un bobo niño —exhaló y se inclinó sobre ella—.
Pero no se preocupe.
Yo le enseñaré lo que un hombre puede hacerle sentir.
Los ojos de Seraphine encontraron el techo y se dejó caer en el orgasmo que su profesor favorito le regalaba.
Claro que sería un hombre el que tomara su conciencia por completo, y no cualquier hombre.
Severus Snape era y había sido el único capaz de encontrar su punto débil, su placer.
Había entrado en lo más profundo de su psiquis, y no iba a mentir, también en su cuerpo.
Jadeos salían sin cesar de su boca mientras él imitaba sus expresiones.
Severus cambió el curso de su agarre para sostenerle las piernas sobre sus antebrazos y así cojerla con su última fuerza antes de acabarla por completo.
La embistió una y otra vez apretando sus piernas para traerla hacia él y observando su rostro teñido de lujuria.
—Estás perfecta así —Snape gimió—.
Tan abierta para mí, Seraphine.
—¡Ah!
—ella comenzó a sentir un nuevo orgasmo, no podía creer que tendría otro tan rápido.
Escuchar a Snape llamándola por su nombre mientras la cojia sin piedad era totalmente irreal.
Su profesor se inclinó sobre ella, continuando con el movimiento de su cadera.
—Bésame —le ordenó el mayor, respirando por la boca y ella subió una mano para correr unos mechones de cabello negro y sostener su rostro.
Lo besó cerrando los ojos, lamió su lengua, probó sus labios finos, sintiendo la hinchazón y la fricción por haberlo besado tanto.
Siguieron jugando con las puntas de sus lenguas, haciendo un baile entre ellas.
Respirando el calor de la boca del otro.
—¿Quieres sentir cómo tu profesor favorito te acaba dentro?
—preguntó Severus con voz ronca a lo que ella abrió su boca aún más.
Esas palabras la aniquilaron.
—Sí, por favor —le confesó sin pudor alguno.
Snape se regodeó ante la respuesta inmediata de Seraphine y con sus manos se ayudó para abrir sus pliegues y entrar en lo más profundo de su útero.
Acabó tan fuerte que largó un gemido grueso y gutural.
No podía entender que esto fuera real, no dimensionaba lo que había pasado entre los dos.
Sus ojos se entrecerraron por esos segundos en los que descargó todo su semen espeso dentro de ella mientras saboreaba el placer de tenerla toda a su disposición.
Cuando se enfocó nuevamente en los verdes de la Slytherin acostada en su escritorio se dio cuenta de que no podría volver atrás.
Ella ya era suya.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Luisinasebert hola amis!!
un capítulo muy esperado!
no les puedo explicar la sensación de volver a leerlo y sentir todo a flor de piel.
Gracias por leerme!
Para las que leyeron Secreto antes, quiero decirles que voy agregando pequeñas cosas nuevas.
Espero que les haya gustado!
TikTok: luisina.sebert
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com