Secreto de alumna - Capítulo 19
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19: Capítulo 19 19: Capítulo 19 Severus pov: Mi peligroso enigma ahora me pertenecía.
Las veces que divagué imaginándola en mi despacho; arrodillada ante mí, encima de mis piernas o concediéndome su suave voz no se comparaban a la dulce caricia de su piel.
No se equiparaban a la pecaminosa situación que habíamos vivido aquella tarde en el salón de clases.
Nuestro primer beso me desconcertó tanto como la primera vez que la pensé en mi soledad.
Su boca tenía el sabor de un cruel destino que nos acechaba a ambos y eso, sin dudas, se había hecho parte del secreto que ahora compartíamos.
Me había dicho a mí mismo y a ella que no podría volver a suceder, pero luego su presencia magnética me llevó de vuelta hacia sus labios.
No puedo hacerla totalmente responsable, sería un hipócrita si creyera que yo —el profesor más ortodoxo dentro de Hogwarts, el tipo que resguardaba su vida privada— estaba exento de responsabilidad cuando justamente mis propias acciones me habían traído a comérmela entera.
Antes me autoflagelaba sólo con la simple idea de masturbarme con su imágen, ahora no podía esperar para cojerla de la misma forma que la había cojido encima de mi escritorio.
Sabía que ella asistiría a una charla en el aula de encantamientos del primer piso.
Durante el desayuno había entrado en la mente de su amiga de Ravenclaw para averiguarlo.
Debo decir que no me enorgullece confesarlo, creía que estaba regresando a ser un adolescente cuando me ví corriendo detrás de ella.
—Severus, qué bueno que te encuentro.
Debo informarte algo— me dijo la voz de Minerva, retumbando en las paredes del pasillo.
Me detuve, obviando mi semblante de cazador y le concedí unos segundos a mi colega, a pesar de que Seraphine ya había entrado al salón y probablemente la tuviera que esperar por una hora o dos.
—Albus me dijo que están organizando la ceremonia del ministerio para nombrar al nuevo concejal.
—Así es, quieren hacerla en el castillo de Blenheim, según tengo entendido —respondí serio y recordando lo que Dumbledore y yo habíamos hablado en su oficina.
—Pues, déjame decirte que hay alguien que no está muy contento con que se haga allí.
—Sus ojos me vieron por encima de sus finos lentes—.
Lucius Malfoy ofreció su mansión a Cornelius Fudge.
Su tono de desconfianza no me sorprendía.
Durante su mandato —seis años atrás— Lucius no había sido un buen concejal y en este último tiempo había hecho lo imposible para volver al poder.
—Estará queriendo ganarse su lugar otra vez —concedí, a lo que Minerva asintió con los labios fruncidos.
—Estúdialo de cerca, tú lo conoces bien Severus.
Ella no mentía, después de todo, Lucius y yo habíamos estado relacionados por ser los mortífagos del Señor Tenebroso, aunque ella se refería a mi cercanía como un antiguo colega de escuela.
Recordé entonces el nombramiento de la tesis de pociones.
Seraphine también debería asistir a ese evento y yo tendría cuidarla con fuerza impetuosa en el caso que termináramos yendo a la mansión de los Malfoy.
Algo de eso me estriñó el estómago, ahora no podía dejar de reconocerla como de mi pertenencia y eso me quemaba.
Mi soledad me envolvió en el pasillo cuando Minerva se retiró y no me quedó más alternativa que esperar a mi enigma.
No quería ser un desquiciado al aparecer así, pero lo que más deseaba era hablar con ella otra vez.
La esperé paciente doblando el pasillo, así podría verla cuando saliera del aula.
¿Qué idiotez estaba haciendo?.
Como si no tuviera pergaminos que corregir, como si no tuviera algo mejor que hacer… Bueno, a decir verdad, no.
No tenía algo que ocupara mi cabeza más que esa serpiente disfrazada de perfección, esa criatura misteriosa que socavaba mi cordura y la escupía a un lado.
Suspiré, volví a respirar más pausado.
Toqué mis dedos y dibujé cosas invisibles con mi otra mano, por encima de la manga, por mi muñeca.
Un tic que me desconcentró de lo que me ataba los pies a ese pasillo.
Me apoyé contra la pared de piedra fría.
Me humedecí los labios, secos, y cambié el peso de una pierna antes de que se entumeciera y me dejara sin poder avanzar… como si realmente pudiera obligarme a hacerlo ahora.
Finalmente, escuché el sonido de la puerta.
Los alumnos comenzaron a salir hacia el jardín, y entre ellos, Seraphine apareció.
Mientras la observaba conversar con su amiga, supe al instante que ya me había visto, aunque sólo fuera por el rabillo del ojo.
Tan discretamente seductora.
Me interné en el pasillo oscuro, marcando el camino sin mirar atrás.
Sabía que me seguiría.
Y lo hizo.
El eco de sus pasos a mi espalda encendió una adrenalina inquieta, profundamente peligrosa.
Cuando la distancia con los demás fue suficiente, me detuve.
Giré sobre mis talones y estiré el brazo para alcanzarla.
Tomé su mano y la acorralé contra un hueco que se formaba debajo de una escalera de mármol.
—¿Cómo se atreve a hacerme esto?
—la agarré de la cintura y la apreté contra mi cuerpo—.
Una hora y media la estuve esperando, Blackwood.
Su respiración me golpeó la boca y tuve que besarla.
La devoré debajo de esa escalera que nos protegía en la oscuridad.
Ella tomó mi rostro, corrió mi cabello que se interponía entre nuestras bocas y continuó mi beso suicida metiéndome la lengua y jugando sensualmente con la mía.
—Profesor… —balbuceó entre besos y ralenticé mi ataque—.
Es peligroso aquí.
Su voz suave tenía razón.
¿Qué clase de imprudente sería yo si no supiera el peligro que esto podría ocasionarnos?
Agarré con fuerza sus mejillas con una mano y le hablé al oído.
—En mi oficina en 15 minutos.
Yo sabía que estaba jugando con fuego con mi reputación.
Simplemente a medida que pasaba el tiempo sin sus besos yo me desesperaba por tenerla.
No podía pensar con claridad.
Me odiaba por ser un maldito impulsivo, yo nunca había sido así.
Al contrario, sucumbía al método y a lo pautado con anterioridad.
Esto era tan nuevo para mí como un sabor exquisito que recién probaba.
Separarme de su calor fue casi un esfuerzo.
La había esperado demasiado en ese pasillo helado como para aceptar, tan pronto, el regreso del frío.
Volví a caminar… solo.
Cada paso hacia mi despacho se volvía más punzante, tortuoso.
Y, sin embargo, la sola idea de tenerla cerca en unos minutos bastaba para calmar el tic en mi mano.
La esperé en mi despacho dando vueltas en círculos de un lado al otro, estaba inquieto y sabía que sólo su compañía aplacaría mi ansiedad.
Llamaron a mi puerta con suaves golpes y hablé en voz alta para que pasara, aunque no me imaginé lo que vería.
La silueta vestida de encaje, piel pálida y cabello negro con mechones blancos irrumpió como una ráfaga de viento.
—Severus, siento haber venido sin avisar, pero esto es importante.
No podía creer mi suerte cuando Narcissa Malfoy atravesó la puerta hacia mi escritorio.
—No puedo hablar ahora, Narcissa— respondí con frialdad, sabiendo que en breves, Seraphine estaría esperando por mí a unos pasos.
—No quiero molestarte, te hablo en serio.
Esto es importante.
—Si es por lo del ministerio… —Es sobre Draco— demandó atormentada y exhaló—.
Lee mi mente, verás que no te miento.
Su aspecto era de desesperación, supuse que no me mentía, pero igualmente decidí hacer lo que me estaba pidiendo y en silencio me sumergí en sus imágenes mentales.
—¿Qué puedo hacer?
—me ofrecí al salir y ver de qué se trataba, pero ella no quiso revelar su secreto y me pidió que nos encontráramos en Hogsmeade al atardecer para contarme su idea.
Ciertamente Hogwarts era un lugar seguro para hablar, sabiendo qué hechizos conjurar para no ser descubiertos, claro está.
Así que me extrañó un poco al oírla tan insistente para no hablar allí.
Me alivié cuando se fue, debo decir que a esta altura prefería que haya sido ella y no Dumbledore.
Me quedé apoyado de espaldas en el borde de mi escritorio, mirando un punto fijo tratando de pensar en otra cosa cuando escuché de nuevo unos golpes en la madera.
Seraphine entró en silencio y cerró, regalándome su mirada cautivadora desde que atravesó la abertura hasta que se acercó a mí.
—Fermaportus —concedió suavemente, señalando la puerta a sus espaldas.
Su actitud decisiva me hizo sonreír de malicia y ella también lo hizo.
—Mi alumna aprende rápido —le dije mirando sus labios y ella pasó la punta de su varita por los botones de mi levita.
—Usted también es rápido… —señaló, haciendo que los botones de mi cuello se abrieran por su hechizo— … robando mi libro de Frank Baum.
Vió mi piel y se acercó lentamente para hablarme al oído.
—¿Cómo se atreve a usar mis hechizos contra mí, profesor?
Me estremecí al sentir su respiración tan cerca y me quejé, cerrando los ojos.
—No pude resistirme —le expliqué, llevando mis palabras como exhalaciones cuando sentí sus labios recorriendo mi cuello.
Su lengua empezó a formar círculos en mi piel y eso me calentó a un nivel desbordante, pero cuando mis manos quisieron agarrarla por la cintura en un impulso, ella me las apartó con un hechizo.
Abrí los ojos, encontrándola tranquilamente tentadora.
Mi mirada cansada me envolvió en su rostro.
No sé si decir que me sorprendió su forma de abordarme, Seraphine era una poderosa Slytherin y yo me había aprovechado de ella para jugar con su mente.
Estaba claro que me lo merecía.
—Al sillón, ahora —me ordenó con voz suave pero firme.
Su manera de hablarme me excitó tanto que me hizo sonreír de nuevo.
—¿Me va a dar órdenes, Blackwood?
Ella se acercó de nuevo, pero esta vez me habló en los labios.
—Vaya al sillón, profesor Snape.
El impulso de comerle la boca arrasó conmigo.
Quería saborear su lengua, quería sentir esos labios carnosos entre mis dientes, aunque antes de poder hacerlo, fui comandado por ella y su varita hasta el cuero marrón de mi despacho.
Ella se subió encima de mis piernas y yo por reflejo abracé su cintura, pero Seraphine tenía otro plan.
Con su varita hizo otro movimiento rápido y ató mis manos por detrás de mi espalda con un lazo mágico.
—Sin tocar —demandó.
Nunca me imaginé estar en esa posición.
Ya sea en el salón de clases o en la vida misma, yo era el que tenía siempre la última palabra.
Yo era el que decía lo que se tenía que hacer.
Sin embargo, dejarla tener el control ahora era absolutamente tentador para mí.
Se movió apenas sobre mi falo caliente, provocando que se endureciera aún más por el roce.
La sentía a la perfección a través de la tela: la calidez de su núcleo que quería juntarse conmigo y que me esperaba en un paciente pálpito para ser cojida.
—¿Sabe a quién vi anoche en mi habitación?
—suspiré, sintiendo su aliento en mi oído otra vez—.
A usted, profesor.
—¿Y te gustó?
—me atreví a preguntarle.
—¿Usted en mi habitación?
¿Qué le parece?
Su mano tomó mi rostro para seguir comiéndome el cuello y gemí.
—Ahora sabes lo que yo sentí.
Escuché sus besos y su lengua recorriéndome.
Ella me estaba estimulando de una manera atroz.
—Fue desesperante.
Lo sentí tan real —ahora me vio a los ojos y jugó con mi nariz, rozándola con la suya.
—Bueno, ya conoces el contrahechizo para desaparecerlo —le dije.
—¿Quién dice que quiero desaparecerlo?
La miré confundido mientras ella me provocaba con diversión.
—¿No me diga que se pondrá celoso de su propio espejismo?
—Celoso no, me gustaría ser yo mismo el que estuviera en tu habitación.
—Mhh, profesor.
—Ella se removió encima mío por centésima vez y yo ya no aguantaba las ganas de cojerla.
—Desátame.
—No lo sé, ha sido travieso ¿No cree?
—Si me desatas, podría hacerte mía arriba de este sillón.
¿No es eso lo que quieres?
Ella bajó sus manos para desprenderme el pantalón.
Cada dedo suyo buscando tocarme, queriendo encontrarme.
—No se preocupe, eso lo podemos hacer igual.
Abrió lentamente cada botón de mi pantalón, tentando con sus manos el posible agarre de mi verga que la aguardaba enloquecida debajo de mi ropa interior.
Suspiré de nuevo, mis ojos veían su tarea.
Sus manos en medio de mi entrepierna, y la suya encima mío.
Mi erección absurdamente desbordada de placer al imaginar que estaría dentro de ella en cualquier segundo.
Empezó a acariciarla por encima de la tela.
De arriba a abajo.
Abriendo su boca como queriéndome decir que le encantaba lo dura que estaba.
—¿Ya me torturaste lo suficiente?
—me quejé, efectuando por inercia un movimiento de mi pelvis hacia arriba.
—No sé, profesor —contestó suave—.
¿No se arrepiente de lo que hizo?
—No —dije, quejándome por su toque—.
Porque ahora sé lo que sientes por mí.
Ella volvió a sonreírme.
—No necesita un hechizo para saberlo.
Se lo habría dicho yo misma.
—¿Y por qué no me lo dices ahora?
—Ya le dije… —replicó en un susurro—.
Quiero seguir viéndolo en mi habitación.
Seraphine bajó la varita y, con un gesto casi imperceptible, la tela cedió.
Sus manos encontraron mi piel y se detuvieron allí, suaves, recorriendo con cautela mi pecho.
El contacto me estremeció.
No por la sorpresa, sino por la forma en que lo hacía: como si estuviera descubriendo algo que no necesitaba palabras.
Por un instante creí que se asustaría al notar las cicatrices que cruzaban mi torso, pero luego me di cuenta de que eso no le importó.
—Me hizo esperar mucho para verlo así —dijo en tono melodioso, recorriendo mi pecho con sus dedos suaves—.
Es justo que ahora usted me vea a mí también ¿No?
Ella me estaba provocando a un nivel supremo, no podía pensar en otra cosa que no fuera tomarla por la cintura, abrirle las piernas y cojerla toda la maldita tarde.
Pronto dejó de acariciarme para abrir su propia camisa y revelarme su brasier negro.
Deslizó la tela por sus brazos y luego también la tira elástica, presentándome sus senos perfectos y redondos.
Ahora estaba sentada arriba mío con su torso desnudo, su falda gris tableada y sus leves roces sensuales y aniquiladores frotando mi erección.
—¿Qué pasa?
¿Quieres tocarlos?
—me preguntó en un ronroneo al notar cómo mis ojos la comieron con la mirada.
—Quiero comerte entera, Seraphine.
—Eso me encantaría.
Entonces, finalmente se acercó y me besó, introduciendo su lengua en mi boca.
Cerré los ojos, comandado por ella y por el baile que hacía capturando mis labios.
Al fin me regalaba la dulce sensación de probarla, y yo lo sentía como un premio que ella me estaba dando.
Nos probamos una y otra vez.
Mi falo estaba duro como piedra y ella lo notó cuando me rozó de nuevo.
—Creo que ya fue suficiente tortura… —me dijo entre besos—.
Aunque me gusta verlo así tan desesperado.
Salió de encima y se arrodilló en frente mío para llevar su boca a mi entrepierna.
Fruncí el ceño, abatido por la sensación de total impaciencia y ella sonrió otra vez mientras sacaba mi verga de mis pantalones.
Su liberación hizo que golpeara contra mi abdomen y Seraphine abrió la boca, admirando lo dura que se había puesto por su culpa.
La tomó con su mano, haciéndome gruñir con su tacto tan deseado.
Mis ojos parpadearon rápidamente, sintiéndome extasiado cuando escupió en mi falo para lubricarlo.
Pero en el momento que su lengua empezó a lamerlo de arriba a abajo sentí una puntada abrasiva que me mató.
Seraphine me estaba dando la mejor lamida que había experimentado en mi vida.
Formó círculos alrededor de mi glande rosado y expuesto.
Se acompañó con el movimiento de su mano y finalmente se la llevó a la boca para succionarla.
Debo decir que me encantó la sensación, pero todo lo que podía pensar era en atragantarla con ella.
Me rodeaba el tronco con esa boca perfecta, bajaba hasta la base para chocar mi punta contra su garganta y provocarme una y otra vez.
Se ayudaba con ambas manos y me aniquilaba con sus ojos cuando yo la nombraba.
No pude evitar que mis gemidos entrecortados salieran descontrolados.
Eso la hizo reír de manera perversa y fue entonces que decidió terminar con el hechizo.
Mis ojos la fulminaron en el momento en el que liberó mis manos de esa cruel atadura, entonces la tomé sin reparo para subirla al sillón y apresarla como yo tanto quería.
—Cómo te arrepentirás de lo que hiciste… —le dije, apoyándome en su pelvis.
Agarré sus muñecas con una mano y se las llevé arriba de su cabeza apretándolas contra el cuero marrón.
Conjuré un hechizo para que mantuviera sus manos arriba de su cabeza y poder desesperarla como ella lo había hecho conmigo.
Corrí unos mechones de cabello para ver su piel y empecé a recorrerla con mi lengua.
—Creí que había dejado algunos recuerdos en este cuello… —Seraphine no respondió, pero sus gemidos lo hicieron por ella, entonces seguí lamiendo y succionando su piel—.
Tendré que marcarlo de nuevo.
A medida que lamía su cuello, la escuchaba gemir más fuerte.
Así que aproveché a tomar uno de sus senos para amasarlo y pellizcarlo, escuchando la dulce queja de mi alumna favorita.
—¿Qué ocurre?
—pregunté sarcásticamente y froté la cabeza de mi verga por su vulva—.
¿Ya no puedes esperar?
Escuché sus gemidos de nuevo.
Ella abría su boca y fruncía sus cejas desesperada por sentirlo dentro suyo.
—Claro que no puedes.
La sensación me estaba matando hasta a mí.
Mojar la punta por sus labios sin entrar todavía, tentar la posible penetración y colmarme de su placer hacían de mí un maldito animal.
Concreté entonces el hechizo anticonceptivo y entré sin ningún tipo de problema en su canal hambriento.
—¿Recuerdas lo que me dijiste en este sillón?
¿Que querías romper las reglas conmigo?
—Mis embestidas la llevaron a gemir con más fuerza—.
¿Era esto lo que querías, Seraphine?
¿Que te hiciera toda mía arriba del sillón de mi despacho?
Ella se mordió los labios para aguantar la tortura y volvió a quejarse cuando entré y salí completamente haciéndola sentir cada centímetro de mi falo.
—Sí… todo lo que quería era esto profesor —me confesó abatida y al ritmo de cada estocada que yo le regalaba —Mhh, Blackwood.
Eres toda una insolente.
Abrí sus piernas aún más que antes y aprisioné una sobre mi hombro.
La sostuve con firmeza para penetrarla hasta que mi punta chocó en la puerta de su útero.
Yo veía sus senos que rebotaban con cada uno de mis empujes, sus manos que ahora estaban presas y desesperadas por salir del agarre de mi hechizo.
Ella me miró totalmente desbordada de placer.
—P-profesor… —¿Quieres acabar?
Oh, no chiquita.
Salí de ella de manera inesperada y la levanté conmigo.
Giré su cuerpo como si hubiera sido una bailarina clásica y la hice inclinarse y apoyarse en el borde del respaldo del sofá.
Ahora su trasero me esperaba bajo esa falda gris que tanto me gustaba.
Toqué sus muslos con mis dedos formando un camino hacia su centro y me deleité mientras removía con entusiasmo su húmeda entrada.
Quería sentir el calor que había quedado entre nosotros.
Su canal estaba tan mojado, tan deseoso de mí.
—Esta vez no seré amable, Blackwood.
Direccioné mi falo, ayudándome con mi mano y entré de nuevo sin hacerla esperar un segundo más mientras la veía sostenerse con fuerza del sillón.
La silueta de su espalda descubierta era lo más tentador que yo haya visto en mi vida.
Cómo se movía a causa de mis embestidas, cómo me pedía con sus gemidos que la dejara acabar.
Me pareció un despropósito torturarla así, pero quería devolverle el favor de haberme torturado primero.
La tomé de la cintura infiltrando mis dedos por delante de ella para jugar con su clítoris.
Mi enigma, entonces, subió una de sus piernas al apoyabrazos del sofá y así me dió todo el acceso que necesitaba para que yo dinamitara su interior.
Mi mano agarró un puñado de su falda y la trajo una y otra vez.
Duro, intenso.
Seguí entrando y saliendo.
Viéndola disfrutar de todo lo que yo le daba, de cada parte de mí que entraba en ella y la obligaba a pegar su rostro en ese respaldo.
No por vergüenza.
Seraphine era segura, claro que lo era.
Me lo había dejado más que claro en toda su performance anterior, sin embargo, me regalaba estos momentos de deleite para que yo creyera que era el único para ella.
Miré hacia abajo, donde nuestros genitales se juntaban, y una electricidad me recorrió las piernas y el vientre.
No pude aguantar más, no quise aguantar más y la traje hacia mí para hablarle al oído.
—Dime cuántas ganas tienes de acabar —le pregunté como si no hubiera sido yo el maldito que quería hacerlo.
Ella me respondió quejándose mientras sentía mis estocadas, aunque ahora descansando su nuca en mi pecho.
—Y-ya no p-puedo más, hágame acabar por favor, profesor.
—Su dulce voz mezclada con la falta de aire fue lo que culminó en mi orgasmo.
Yo era su maldito profesor.
Yo lo sabía mejor que nadie.
Y, sin embargo, eso no detenía nada.
Porque ella me nombraba así como si eso fuera más tentador aún.
Como si la idea de que yo le enseñara no terminara en el aula, sino que apenas comenzara allí.
Me hizo explotar, la llené de mi semen caliente y aproveché su último aliento para remover su clítoris mientras la colmaba con mi falo y veía de reojo su semblante abatido por el placer.
Ella tembló bajo mis dedos y me agarró como pudo tratando de no caerse, aunque eso era imposible porque yo la tenía bien agarrada.
Me mantuve dentro de ella sin mover mi pelvis, pero liberando su orgasmo con las yemas de mis dedos.
Sintiendo cómo chorreaba cada gota que se desbordaba de sus labios, cómo el calor de ambos se mezclaba al mismo tiempo que sus paredes tomaban cada centímetro de mi tronco dentro de ella.
Sus quejas bajas y temblorosas me deleitaron los oídos y de un momento a otro su cuerpo me perteneció cuando cayó rendida en mis brazos.
[Toc… toc…] REFLEXIONES DE LOS CREADORES Luisinasebert chicas!!
uno de mis caps preferidos de la vida.
Dios, leer esto de nuevo me hizo una revolución en la tanga (perdón pero sí) espero que hayan gritado igual que yo.
Gracias por leerme!
las amo!!
TikTok: Luisina.sebert
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com