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Secreto de alumna - Capítulo 20

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20: Capítulo 20 20: Capítulo 20 Severus pov: Muchas veces sentí miedo.

Siempre me dije a mí mismo que podría con todo lo que me pasara luego de haber sufrido tanto de pequeño.

Mi padre, si es que puedo llamarlo así, había golpeado a mi madre en frente mío.

Fue una violenta bestia que me hizo crecer con temor cada vez que llegaba a mi casa.

Después, ese temor estuvo ligado a sentir el rechazo.

Un rechazo que me acompañó por muchos años.

Finalmente me resigné a no sentir nada.

Fui parte de las peores personas que infestaron el mundo mágico de calamidad y oscuridad.

Pero debo decir que este miedo que sentía ahora era diferente.

Mi estómago se estriñó cuando escuché los golpes en la puerta de mi despacho y supe que esta escena no debía ser vista por nadie.

Mi voz se cortó, impidiéndome que le dijera a mi enigma que se resguardara.

Me costó volver a hablar y, cuando pude hacerlo, la llevé hacia la puerta que daba a mi recámara.

Esto era demencial.

Mi ropa que estaba hecha un desastre, mi camisa abierta, mi cabello abatido y mi frente repleta de sudor no me daban esperanzas de que pudiera recomponerme a tiempo para abrir la puerta y enfrentarme a cualquier impostor aniquilador de mi erótica puesta en escena.

Intenté ganar unos segundos y contesté a través de la madera mientras prendía con prisa cada botón de mi levita.

Fue Albus quien me habló desde afuera.

Mi corazón se detuvo.

Un aire que no fue aire se instaló en mi garganta, un viento helado luego del fuego.

Uno que no pudo secar mi frente, uno que tampoco me dio fuerzas para abrir la puerta.

Pero tuve que hacerlo, no me quedó opción y, cuando me atreví a levantar la mirada, sus ojos me observaron por encima de sus lentes.

—¿Señor?

—proclamé en voz tenue, rezando a Merlín que él no se diera por aludido del pecaminoso acto que había llevado a cabo apenas hacía unos segundos con una alumna.

—Severus, han habido comentarios de los que quiero hablar contigo —Agradecí mentalmente a mi traje por tapar mi cuello ya que tragué en seco cuando lo escuché—.

¿Me dejas pasar?

La pausa que hice me pareció eterna.

Lo único que estaba pensando era en Seraphine encerrada en mi habitación.

Finalmente me hice a un lado para dejarlo entrar y Albus caminó hasta mi escritorio.

Di un vistazo rápido al sillón en donde habíamos estado con Seraphine y agité mi varita ocultando en mi bolsillo sus bragas que habían quedado tiradas en el suelo.

—Tú sabes bien que te tengo mucha confianza, Severus —Mis ojos ahora se centraron en él, me quedé estático acariciando mi mano con la otra en una ansiedad envolvente que me dejó sólo asintiendo—.

Llegará un momento en el que tengas que tomar una decisión.

Y me temo que no será fácil.

Se sostuvo del borde del escritorio y dejó unos papeles que trajo consigo.

—¿Por qué me lo dice ahora, Señor?

—Porque Hogwarts no está tan segura como antes —lo vi confundido y él continuó—.

Llegó el momento que no queríamos que llegara.

Hay una prófuga de la cárcel de Azkaban.

Una muy peligrosa.

Quise mantener la calma, aunque podía imaginar mi semblante obnubilado por la información.

No sabía qué decir para poder concluír la charla lo antes posible.

Antes de que mi maldita ansiedad me corroyera.

—¿Y quién es la susodicha?

—Bellatrix Lestrange.

Volví a tragar en seco, esa mujer me hacía recordar mi oscuro pasado como mortífago.

Unos años llenos de muerte y cinismo a los que yo no pretendía volver.

Albus era claro conmigo, su preocupación era verdadera y me decía sin palabras que debería atender con dedicación esta nueva amenaza.

—Me reuniré con Narcissa en una hora, seguramente ella sepa de su paradero.

Averiguaré eso, Señor.

El director asintió, quizás gustoso de que yo le demostrara mi franqueza.

Luego volvió a hablar.

—La cárcel mandará Dementores para proteger la escuela en caso de que esta mujer se infiltre.

Pero debo decirte, Severus, si el panorama sigue como hasta ahora o empeora, Hogwarts tendrá que cerrar sus puertas y tú serás leal a tu promesa.

Inspiré el aire como si de verdad no hubiera sentido la pesadez de sus palabras.

Como si ese despacho no hubiera contenido el vapor incriminante de mi libidinosa pasión.

Dumbledore volvió a mirarme por encima de sus lentes como cerrando la charla en una segura prueba de lealtad y caminó lentamente hacia la salida.

Aunque, antes de llegar a la puerta, se detuvo y giró la cabeza hacia el sillón marrón de mi despacho.

Rápidamente mis ojos también se fijaron en el cuero y su alrededor, asegurándome de que lo que Albus veía no transparentaba ningún hecho impuro.

Segundos llenos de una tensión desbordante me carcomieron el pecho.

Aún más que la vez en la que me condenaron como mortífago.

Aún más que enfrentar los ojos de Dumbledore de nuevo, diciéndome cuán equivocado, cuán mal había hecho yo al mundo mágico ahora, y siempre.

Por suerte no dijo más nada, pero mi cuerpo me dolió al imaginarme que Albus pudo haber visto a través de mí.

Si bien el director era un hombre muy astuto, yo siempre fui cuidadoso con mis movimientos.

Pocas veces me preocupó ser descubierto en pleno accionar.

Pero yo sabía una cosa.

Yo no podía defraudar a Dumbledore.

Yo le debía mi lealtad y, para eso, era necesario enfocarme en lo que tenía que hacer.

Un suspiro acabó con mi compostura y me sostuve de la madera de mi escritorio una vez que me quedé solo.

Respiré con fuerza y pasé mi mano por mi frente apavorada por el sudor.

Miré la puerta que daba a mi recámara porque ahora debía enfrentarme a mi enigma que me esperaba paciente del otro lado de la puerta.

Mis piernas temblorosas flaquearon cuando decidí caminar y al girar la perilla, encontré a Seraphine ya vestida y apoyando su espalda en la pared.

Sus ojos verdes y su piel pálida contrastaban con la oscuridad de mi habitación.

Su mirada no me condenaba como la de Albus, porque ella y yo compartíamos algo que era sólo nuestro.

Nuestro secreto.

—Hola, profesor—me dijo en voz baja, exhalando por la boca.

Mi mano se estiró para posarse en la pared al lado de su cabeza y nos vimos con tristeza.

—Seraphine… estamos jugando con fuego.

—Lo sé —Su pecho se movió inquieto—.

Es que… no puedo evitarlo —Se mordió el labio y entonces me fijé en él.

Ese paisaje me obligó a subir la mano para tocarlo con la yema de mi dedo y liberarlo de la prisión de sus dientes.

—Me moría si nos descubrían.

—No lo harán —le dije de inmediato, instalando una suerte de seguridad fingida, lamí mis labios y acaricié su boca con mi pulgar.

Nos mirábamos como si de verdad tuviéramos el tiempo a nuestro favor, como si nada pudiera interrumpir ese instante suspendido.

La intensidad de hacía apenas unos segundos no se había disipado.

Seguía allí, vibrando entre nosotros, intacta, obstinada, latiendo como algo vivo que se negaba a morir.

—Me iré, profesor.

Lo siento —dijo susurrando y perdida en mi rostro.

Aunque yo no podía permitir que ella se cruzara con alguien saliendo de mi despacho, menos si Dumbledore recién se había ido.

—¿Conoces el hechizo del pergamino?

—Mi alumna negó con la cabeza entonces continué—.

Cortas dos pequeños trozos de papel y si escribes algo en uno, aparece lo mismo en el otro.

—Ok… ¿Y cuál es el plan?

—Saldré yo primero y te avisaré para que salgas tú pero, por favor, hazlo sólo cuando yo te diga.

Mi enigma asintió condescendiente, esperando que yo me acercara del todo y la despidiera con un beso, sin embargo, yo estaba tan nervioso que no pude concederle ese pedido.

Me alejé, crucé la puerta nuevamente hacia mi escritorio y le entregué el pequeño trozo de pergamino cuando estuvo a mi lado.

Acaricié su mano que contenía el papel y me despedí de ella con un simple “adios”, rogando que nadie fuera testigo de nuestro encuentro, pero antes de que yo abriera la puerta, Seraphine me habló.

—Severus —Cerré los ojos al escucharla pronunciar mi nombre y me di la vuelta—.

Gracias por cuidarme.

Sus palabras me calmaban al mismo tiempo que me atormentaban.

Ella ya era parte de mí, eso estaba claro y yo mismo lo sabía.

El sentimiento de percibirla mía me obligaba a querer protegerla de todo mal, aunque también me comprometía a seguir en una relación prohibida que me torturaba.

Una condena que yo mismo elegía sostener.

Después de años de vacío, de disciplina férrea, de haber moldeado mi propia frialdad hasta convertirla en refugio, ella apareció.

Como una luz tibia al amanecer, colándose sin permiso, calentando un pecho que creía incapaz de sentir otra cosa que no fuera control.

¿Cómo lo había hecho?

¿Cómo había logrado resquebrajar esa coraza que tanto me había costado construir, y peor aún, mantener intacta?

___________________ Seraphine’s pov: Me quedé sola en el despacho oscuro esperando que mi profesor me diera la señal para salir.

Me sentía pésima por el hecho de que casi nos descubren, y no sólo cualquier persona, sino, nada más y nada menos que el propio director.

Esto me dejó deshecha luego de haberme sentido tan plena en los brazos de Snape.

Recordé la charla entre ellos y me quedé pensando en las palabras de Dumbledore ¿A qué se referiría con esa promesa?

Sin dudas, habían muchas cosas que todavía no sabía acerca del hombre vestido de negro.

Aunque eso no era una sorpresa para mí luego de haber pasado años ilusionada y enamorada de su misteriosa forma de ser.

Entonces, en ese instante, cuando la oscuridad comenzaba a cerrarse sobre mí, una pequeña luz empezó a escribir el pergamino en mi mano: “Ya puedes salir… mi alumna favorita” Su letra cursiva era poesía ante mis ojos y el apodo que me concedió me hizo sonreír.

Guardé el papel debajo de mi ropa y ahí me di cuenta de que no traía mis bragas puestas.

Toda esta escena me había atormentado tanto que no pude pensar en eso hasta que tomé conciencia de la realidad.

Repasé el sector del sillón con mis ojos pero no había nada.

<Mierda>  Decidí irme, no podía hacer que el hechizo de Snape fuera en vano si yo seguía tardando en salir.

Así que giré la perilla y crucé la puerta.

Continué caminando a paso ligero por el piso de piedra iluminado por el sol de la tarde, me crucé con varios compañeros en el trayecto e imploré llegar a mi habitación lo antes posible.

El pasillo estaba casi vacío cuando me detuve frente a la puerta del baño.

El aire húmedo se me pegaba a la piel, pero no era eso lo que me tenía inquieta.

Todavía llevaba conmigo el eco de lo ocurrido, esa tensión que no terminaba de disiparse.

Estaba por empujar la puerta cuando escuché su voz.

—¡Sera!

La voz me arrancó una media sonrisa antes incluso de verla.

Saultie apareció frente a mí, enfundada en el uniforme de quidditch, con el cabello pelirrojo atado de forma descuidada y las mejillas ligeramente sonrojadas por la prisa.

Con esa energía suya, sonriente, demasiado sonriente diría yo.

—Vaya… ¿debo aplaudir ahora o después del partido?

—Ambas —respondió Saultie, acomodándose la escoba en el hombro—.

Pero no es eso.

Ahí fue cuando noté algo distinto en ella.

No era su típica actitud desafiante ni su ironía constante a la que me tenía acostumbrada.

—Habla, Brigadier.

Saultie dio un pequeño salto en su lugar, incapaz de contenerse.

—Salió bien.

—¿Qué cosa?

—Liora.

El nombre de la chica salió tan rápido de sus labios sonrientes que me hizo sonreír a mi también.

—Aceptó salir conmigo.

Parpadeé una vez, analizándola.

Su sonrisa no era la de siempre.

Era una que no pretendía ser graciosa, sino genuina.

—¿En serio?

—En serio —repitió Saultie, bajando un poco la voz, como si el secreto fuera demasiado bueno para compartirlo en voz alta—.

Le propuse vernos el fin de semana.

Le dije… —hizo una pausa, como saboreando el recuerdo— que podíamos ir a por una cerveza de mantequilla.

—Clásico —repliqué.

—Infalible —corrigió Saultie, orgullosa—.

Y dijo que sí.

La observé en silencio, contagiándome de su energía, de su calidez que tanto me nutría el alma.

—Te gusta tanto, Brigadier… —Es… distinta —admitió.

—Ravenclaw —añadí, como si eso explicara todo.

—Exacto.

Me mira como si estuviera intentando desafiarme todo el tiempo.

Y no huye.

Solté una leve exhalación.

—Es interesante.

—Mhm… Es peligrosa —me corrigió Saultie, aunque en su voz no había miedo, había fascinación.

Asentí despacio.

Claro que a ambas nos gustaba el peligro, eso estaba más que claro.

—Entonces es perfecta para tí.

Nuestros ojos se encontraron un momento, cómplices.

—Estoy emocionada —dijo más bajo esta vez—.

No me pasaba desde hace tiempo.

Me acerqué a ella y choqué mi hombro contra el suyo.

—Me alegro por ti.

Y lo hacía de verdad.

Pero no podía quedarme ahí.

No cuando mi mente seguía girando en otra dirección.

Entonces me separé un poco.

—Saultie… necesito tu ayuda.

—¿Ahora?

—Sí.

Ella señaló su uniforme con una mueca.

—Sera, tengo partido en unos minutos.

Si llego tarde, me matan.

—Será rápido.

—Siempre dices eso.

—Y siempre cumplo.

Saultie me miró unos segundos.

—¿Qué pasa?

—Acompáñame a la habitación.

—¿Para qué?

—Te explico ahí.

Mi amiga resopló, mirando hacia el pasillo que llevaba a la salida.

Luego volvió a mí.

—Cinco minutos —supliqué.

—Tres —dijo.

Sonreí.

—Ok.

Entonces sacudió la cabeza, ya resignada.

—Vas a meterme en problemas.

—Como si eso no fuera una novedad para tí.

—Como si no supiera que tramas algo… maldita serpiente.

Agarré su brazo y la arrastré por los pasillos para que fuera a la recámara conmigo.

Al llegar, cerré de un portazo y revolví en mi cajón para sacar una braga nueva, entonces mi amiga me regañó de inmediato.

—¡Por Salazar!

¡¿Qué demonios haces sin ropa interior?!

—¡Shh!

Te oirá todo el colegio —me defendí—.

Un pequeño percance.

No te preocupes.

Saultie se acercó hasta mí con pasos medidos y me sostuvo la mirada sin entusiasmo.

No hizo falta que dijera nada, ya que el peso en sus ojos era suficiente.

Podía leerlo con claridad.

Estaba molesta conmigo.

No por cualquier cosa, sino por lo mismo de siempre.

Por seguir jugando con fuego con mi profesor, por ignorar todo lo que habíamos hablado, por elegir el riesgo aun sabiendo el precio.

—Lo siento, no quiero que te enojes conmigo —le dije y sus ojos me vieron a través de sus pestañas.

—Nunca me enojaría contigo.

Pero tengo miedo, Sera.

Tragué saliva y suspiré.

—Por eso tienes que ayudarme —Ella arqueó las cejas y esperó que yo continuara—.

Enséñame el hechizo que usaste para infiltrar a la Ravenclaw aquí.

Los ojos de Saultie se desorbitaron cuando me escuchó pronunciar cada palabra de mi descabellado pedido.

—¡¿Tú me estás jodiendo, no?!

No voy a enseñarte a traer al murciélago aquí a mi habitación.

—No, tonta.

No es para eso —me defendí y entonces, ella cerró los ojos aliviada—.

En un rato, Snape tendrá una reunión y quiero saber qué oculta.

—Entonces eres tú la quiere infiltrarse… ¿estoy en lo correcto?

Asentí.

—¿Me ayudas?

—Mhh, mira… no sé si podrás hacerlo hoy.

El hechizo consiste en que él posea algo tuyo para que puedas transportarte a ese lugar donde él está.

Cerré los ojos y exhalé frustrada.

No podría llevar a cabo mi espionaje, y si bien pensaba en que espiar a Snape era malo, sabía que mi profesor no me confesaría la verdad aunque yo se lo preguntara.

De repente mi mente se esclareció.

Esto era una maldita locura, pero sí.

Él se había quedado con algo mío.

—Mi ropa interior —confesé y mi amiga me miró con cara de asco.

—No quería tanta información, maldita serpiente.

Saultie me ayudó y finalmente me enseñó el encantamiento con la condición de que yo la hiciera aprobar las materias que le faltaban hasta terminar el año.

Sin dudas era un buen arreglo.

Este hechizo consistía en pensar estar cerca de aquella persona a la que queríamos llegar.

Cada vez que las palabras se pronunciaban, uno se acercaba más a la persona en cuestión.

Eso me serviría.

Me vestí rápidamente con ropa de civil y me retiré del colegio luego de saludar a mi amiga.

Ya que todo el perímetro de Hogwarts estaba encantado para que no se pudiera usar la teletransportación, tuve que tomar el tren hacia Hogsmeade.

Y sólo una vez que estuve más alejada del colegio, pude llevar a cabo el hechizo de infiltración.

Aparecí en una esquina con calle empedrada, la luz de la tarde ya se había apagado y los búhos cantaban alrededor de las casas con techo de teja.

No entendí muy bien hacia dónde tenía que ir, pero no tardé en darme cuenta porque la ventana de aquella casa me regaló la figura esbelta de mi profesor de pociones.

Me agaché cuando lo ví, rogando que él no me hubiera notado y observé atenta el panorama.

La mujer de Lucius estaba allí, eso era lo que él le había dicho a Dumbledore antes de irse, pero a mi pesar no podía escuchar nada de la conversación estando fuera de aquella casa.

Volví a conjurar el hechizo y dije las palabras nuevamente.

No me imaginé lo que pasaría hasta que mi cuerpo apareció dentro del oscuro placard de la habitación.

Saultie me había advertido del tema, que debería usar la palabra de a poco para no ser descubierta.

Quién diría que lo tendría tan cerca.

—Debes cuidarlo, Severus.

Sabes que no te lo pido en vano —dijo Narcissa con semblante acongojado.

—Te doy mi palabra —Mi profesor desvió la mirada hacia un costado, y ese gesto bastó para que yo también lo hiciera, espiando a través de la rendija del placard.

Otra figura emergió de las sombras, deslizándose con una lentitud, como una víbora avanzando sin hacer ruido.

Era una mujer vestida de negro, con el cabello intensamente enrulado cayéndole sobre los hombros y una ira desconcertante ardiéndole en los ojos.

Se interpuso frente a él.

Juntó las manos con precisión y alzó la varita.

—Haz el Juramento, Severus— su voz imperativa me dió escalofríos.

Los brazos de Narcissa y Snape se enlazaron con firmeza, sellando el gesto mientras ella pronunciaba el hechizo del Juramento Inquebrantable.

Mi pecho no podía dejar de latir con desesperación, esta escena era oscura y Severus estaba jurando algo con su propia vida, y eso, fuera lo que fuera, no podía ser bueno.

Un suspiro salió de mi boca en un impulso cuando el encantamiento terminó y me tapé los labios implorando que ninguno me hubiera escuchado.

Pero la suerte no estaba de mi lado.

La mujer vestida de negro y rostro angular se fijó en la puerta del armario en donde yo estaba escondida.

Sentí cómo me atravesó con la mirada desde la pequeña hendija de luz y recordé el miedo puro y frío que alguna vez recorrió mis venas.

—¿Tenemos compañía?

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Luisinasebert ahhh!!!

hola amis!

espero que hayan disfrutado el cap de hoy, gracias por leerme, amo sus comentarios!

TikTok: Luisina.sebert

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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