Secreto de alumna - Capítulo 8
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8: Capítulo 8 8: Capítulo 8 [los hechos que transcurren en este capítulo están realizados por mayores de edad con consentimiento] Severus’ pov: Estábamos solos en el salón de clase.
Le ordené que empezara a escribir un pergamino acerca de las hortalizas más venenosas para darme tiempo y despejarme de las ideas lascivas que no paraban de brotar en mi mente.
La sola idea de tenerla exclusivamente para mí me trasladaba a la noche anterior en mi despacho.
Aunque, esta vez, ella estaba sobria y eso me tenía intrigado ¿Acaso ella recordaría las palabras que me había dedicado?
¿De verdad querría romper las reglas conmigo?
—Ya terminé, profesor —su voz provocó que levantara la mirada hacia ella.
Por un momento me quedé apoyado en el borde de mi escritorio con los brazos cruzados, su seguridad al verme a los ojos estimulaba mis ganas de morderme los labios pero no podía hacerlo frente a ella.
Aclaré mi garganta y respondí fríamente.
—Bien, prosiga con los tipos de hojas —le ordené desde mi posición, aunque mi enigma no hizo ningún caso y se levantó de su silla.
—Profesor, entiendo que debo escribir la tesis, pero esto es absurdo —Se levantó de su asiento y se acercó hasta enfrentarme—.
Ya sé todo esto que me está haciendo anotar.
—Lo sé ¿Acaso usted se está volviendo una presumida como la Señorita Granger?
—le pregunté y ella arqueó una ceja.
Al parecer esa observación no le agradó en lo más mínimo.
—No necesito presumir, me complace estar a cargo de esto —Sus labios se movían con mis ojos porque no podía parar de verlos—.
Pero este sistema de repetición me parece poco efectivo.
—¿Qué propone entonces Blackwood?
Mi alumna me sonrió.
—Quiero que me ayude a escribirlo, que lo hagamos juntos —Mi mente le daba un doble sentido a sus palabras.
Efectivamente mi miembro dentro de mis pantalones empezó a molestarme.
Por suerte mi capa no me abandonó en el intento de esconder mi erección y poder erguirme un poco más para seguir viéndola desde arriba.
—¿Por qué quiere eso?
—pregunté con ingenuidad.
—Porque así será mejor para ambos ¿No lo cree?—Nuestra corta distancia me quemaba y su propuesta se notaba a la altura de la situación.
Ella quería negociar conmigo y eso me seducía a un punto delicioso.
No podía creer que con apenas dos palabras me tuviera así: Yo, el profesor más temido de Hogwarts sometido al encanto de esta adolescente seductora y enigmática.
<Blackwood, eres tan tentadora que todo mi cuerpo grita y pide por tí.
Quisiera que te sentaras en mi escritorio y abrieras tus piernas lentamente para mí.
No tienes idea de las cosas que te habría hecho anoche.
Si tan sólo no hubiera sido un profesor decente, si tan sólo te hubiera dejado seguir con tu juego, con ese ímpetu para seducirme, te habría hecho gritar mi nombre una y otra vez en ese sillón de cuero.> La castaña que ahora movía los hilos de la situación se sentó a mi lado.
Esa fue la propuesta que acordamos y en justa razón se hizo más ameno para ambos durante esa tarde.
—¿Profesor?
—me llamó sin dejar de escribir.
—¿Mm-hmm?
—¿Usted me eligió o fue Dumbledore?
—Su cercanía física me tenía doblegado y se mezclaba con una cierta confidencialidad que podía percibir mientras me hablaba.
—Bueno, tiene las mejores notas, era de esperarse.
Su cabello se interponía entre mis ojos que la observaban con más libertad, ahora que pasaban inadvertidos por su corbata desatada, su sweater arremangado y apenas un poco de piel de sus piernas que llegaban a descubrirse por debajo del escritorio.
—¿Se alegró de que fuera yo y no Malfoy?
—me preguntó concentrada en su pergamino, haciendo de cuenta que era sólo una duda inocente.
—Me es indiferente —respondí con frialdad a pesar de que me encantaba tenerla a mi lado y que me regalara su compañía.
Sonrió ante mi respuesta y siguió escribiendo.
¿Por qué sonreía?
¿Acaso yo era tan obvio transparentando el deseo de querer seguir en su compañía y mis contestaciones cortantes sólo la hacían divertir?
Tragué con mi boca seca y acaricié mi mano con la otra en una especie de tic, producto de mi ansiedad.
—¿Está bien así?
—me consultó, mostrándome su hoja.
—Jugo de mandrágora… semillas de… Sí, está perfecto.
Ahora sus ojos verdes me enfocaron.
Me invitaban a hacerme cargo de ellos y mantenerlos en mi radar.
La espié de reojo y luego de frente.
Ella me regalaba una leve sonrisa que me calmó durante unos minutos.
Ni siquiera sé cuánto tiempo fue.
Mi cabeza con ella no entendía de tiempo, sólo de momentos.
Y éste era nuestro momento.
Sabía que ella no quería bajar su mirada.
Como buena Slytherin que era, le costaba ser sumisa.
Debí entenderlo después de que me objetara con argumentos cada cosa que yo le ordenaba.
Eso iba a ser un problema, no la podía controlar como a los demás alumnos.
Ella desafiaba mis límites como profesor y… bueno, no iba a reconocerle que también como hombre.
Esto no era sano para mí ¿Qué demonios estaba pensando?
Ella no podía desearme.
Una belleza impoluta de su tipo no podría quererme a mí, no tenía sentido alguno.
Estaba ebria y, como yo en aquel pasillo, podría haber sido cualquier otro que se hubiera cruzado con ella.
Además, y que Merlín me condenara al infierno, yo era su maldito profesor.
Debía ser quien tomara las riendas de esta situación.
No podía dejarme vencer por mis impulsos, tanto que había trabajado para controlarlos a lo largo de mi vida.
Ella acomodó su cabello detrás de su oreja y su rostro se iluminó ante mi cercana promesa que mantenía como co-creador de esta tesis.
Nuestras rodillas casi se tocan cuando ella volvió a hablarme.
—¿Podemos hacer magia?
—me preguntó y la miré con seriedad.
—Me parece que propuso suficiente por hoy ¿No lo cree?
—Ella apoyó su mentón en su mano.
—Bueno, estuvimos casi dos horas escribiendo, profesor.
Es mi forma de motivarme.
Aparte, es lo mínimo que puede hacer luego de no dejarme ir al partido—Recordé al niño de Hufflepuff que la había besado antes de tener nuestra clase y me enfurecí.
—Debe pensar menos en muchachos, ahora que tiene mayores responsabilidades, Señorita Blackwood —dije, con una frialdad que no alcanzaba a cubrir el impulso que me tensaba la mandíbula.
Ella se mojó los labios.
—Yo no— —Silencio —interrumpí.
No quería ni pensar en ese niño con cara de inútil.
Si bien yo no era un buen partido para ella, mucho menos lo era ese Hufflepuff con aires de grandeza y narcisismo—.
Terminamos por hoy.
Mi alumna acató mi orden esta vez, pero parecía disfrutar de la sensación de jugar conmigo.
Acomodó su sweater cuando se levantó de la silla y se estiró apenas haciendo bailar un poco su cabello mientras yo fingía archivar los pergaminos.
No quería verla partir, pero ya la había tratado con el desprecio suficiente para que me regalara su despedida.
—Buenas noches, profesor.
Y le pido disculpas si me propasé con usted anoche —Tragué ante las repentinas imágenes que me hizo recordar: Ella en mi sillón a un paso de mi cuerpo, llamándome a que la cogiera sin piedad ¿Por qué habría decidido mencionar eso justo ahora?
Quise preguntarle si recordaba lo que me había dicho.
Quise saber si ella quería que yo la hiciera mía contra ese sillón, pero no pude.
En cambio, la reté como a una chiquilla desobediente.
—Si vuelvo a saber que consumió algo de eso otra vez, la castigaré —Me puse de pie y reduje la distancia entre nosotros, dejando que mi sombra hiciera el resto—.
Y seré muy severo con usted.
¿Me escuchó?
La puerta se cerró detrás de ella con un sonido demasiado suave para el estruendo que dejó en mi cabeza.
Escuché con paciencia los pasos que dio por el suelo de madera.
Cada paso hizo un hueco más grande en mi estómago.
Vacío… ¿O lleno?
Yo no podía identificarlo.
Mi rutina estaba ligada al sufrimiento, aunque ella no era mi rutina.
Permanecí de pie.
Rígido.
¿Deseo?
No podía serlo, no sin haberla descifrado del todo y ella tenía forma de laberinto.
Uno que yo quería cruzar como si fuera un ratón de laboratorio.
¿Yo?
¿Un simple ratón a su merced?
El peligro de revelarme no era tanto como el peligro de su cercana promesa.
Y este día habíamos estado muy cerca.
Respiré hondo.
Tarde.
El daño estaba hecho, y yo era digno del daño.
Sentí mi pulso en las sienes, como recordándome a mí mismo que seguía siendo humano.
Detesté esa debilidad, como detesto una poción mal hecha.
¿En qué momento había perdido el control de la situación?
¿Fueron sus palabras?
¿Su cuerpo?
Permitirme dar un paso era vertiginoso, pero profundamente cautivador.
Caminé hasta el escritorio y apoyé ambas manos sobre la superficie, inclinándome apenas hacia adelante.
El contacto frío me ancló.
Necesitaba esa frialdad.
Necesitaba recordar quién era.
Severus Snape.
Profesor.
Autoridad.
La había visto irse erguida, obediente sólo en apariencia, con esa calma peligrosa de quien sabe que ha dejado una huella.
Y lo peor no era que lo supiera ella, sino que lo supiera yo.
Que una parte de mí (pequeña, despreciable) se hubiera quedado mirando la puerta como si esperara que volviera a abrirse.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Luisinasebert hola amis!!!
espero que hayan disfrutado el cap de hoy.
estuve agregando un par de cositas 🙂 las amo!!
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