SEÑOR DEL ANILLO DE ELDEN (ESPAÑOL) - Capítulo 52
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Capítulo 52: 52) El reino del bosque III
Miquella llegó para ver a los enanos abalanzarse sobre él, desesperados, con los cuerpos debilitados por la enfermedad.
“Siéntense y manténganse tranquilos, si quieren dejarme trabajar” dijo el semidiós.
Su voz, suave pero cargada de autoridad, bastó para silenciarlos. Los enanos obedecieron de inmediato, volviendo a sentarse en las camillas. Algunos, demasiado débiles para subir con facilidad, tropezaron en el intento y cayeron un par de veces antes de lograr acomodarse.
Miquella se acercó a uno de ellos y arrastró un pequeño banquillo hasta la camilla, subiendo sobre él para quedar a la altura adecuada. Desde allí comenzó a examinar con detenimiento las curaciones realizadas por los médicos elfos, observándolas con expresión seria.
“Interesante…” murmuró. “En realidad, son bastante hábiles para haber llegado a esta solución.”
Sus ojos se detuvieron en las zonas donde antes la putrefacción roja había sido evidente.
“Este método logra suprimir la putrefacción y dejarla en un estado latente… aunque lo hace a costa de la vitalidad del anfitrión, y solo funciona en infecciones menores. Aun así, tiene mérito.”
Tanto los enanos como los elfos escuchaban en silencio. En los primeros se mezclaban la esperanza y la ansiedad; en los segundos, la duda y un creciente desagrado. De no haber sido por los guardias —y por el aura misma de Miquella—, varios médicos elfos ya se habrían lanzado a cuestionar al niño que, con aparente arrogancia, evaluaba sus métodos y se atrevía a tocar a un paciente que aún no estaba completamente recuperado.
“Si se tratara de cualquier otro veneno o enfermedad” continuó Miquella, “estaría seguro de que podrían hallar una cura con el tiempo. Pero esta no es una dolencia común.”
No había desprecio en sus palabras, solo una verdad incómoda. Aquel mal tenía un origen divino; quizá solo con la ayuda de Maiar o entidades superiores sería posible contrarrestarlo por completo.
Le tomó apenas unos instantes comprender los métodos usados por los elfos, discerniendo con claridad tanto sus virtudes como sus limitaciones. Sin embargo, su trabajo aún no había terminado.
La putrefacción roja, al igual que con las técnicas élficas, podía tratarse en estados tempranos. Casos como el de Malenia, en cambio, eran absolutamente incurables… o al menos lo habían sido hasta ahora. Miquella contaba con nuevas herramientas. Portaba su anillo, y con él, la posibilidad de alcanzar niveles de poder muy superiores.
Apoyó la mano sobre la frente de Dwalin, cerró los ojos y comenzó a canalizar la energía del anillo. Debía ser cuidadoso: nunca antes había tratado la putrefacción roja de ese modo en personas vivas, y no estaba dispuesto a perder a un enano por un error.
El plan era sencillo en teoría: erradicar la putrefacción y restaurar el cuerpo. Para ahorrar energía, usaría la propia corrupción roja como combustible.
La habitación quedó en completo silencio. Miquella se concentraba; los enanos observaban con ansiedad; los elfos, con creciente intriga. Dwalin era quien más tensión sentía: una corriente de energía recorría su cuerpo desde la mano del semidiós, y toda su esperanza estaba puesta en que aquello funcionara.
Un instante después, un brillo dorado cubrió las zonas afectadas de su cuerpo. Fue breve, casi imperceptible. Cuando desapareció, no quedaba rastro alguno de la putrefacción roja.
Miquella retiró la mano y observó al enano. Dwalin miraba sus propias manos con incredulidad. La debilidad, el dolor, la sensación de incomodidad… todo había desaparecido. Se sentía tan bien como antes de entrar en aquel maldito bosque, como si todo lo ocurrido no hubiera sido más que un sueño.
Dwalin bajó de la camilla de un salto y, de repente, comenzó a moverse de un lado a otro, dando pequeños brincos y lanzando puñetazos al aire, riendo a carcajadas.
“¡Ja!… Como nuevo” dijo con alegría genuina.
Los enanos estallaron en vítores al ver a su compañero completamente recuperado. Aquello demostraba que su estado tenía solución, que la enfermedad no era una sentencia definitiva. Pronto, muchas de esas miradas se desviaron hacia los elfos, aún atónitos, y no tardaron en volverse burlonas.
“Je, la medicina élfica no es más que palabrería” bramó Dwalin, con el apoyo ruidoso de los demás. “¿Que no podré curarme del todo? Ja, que les quede claro: los enanos no somos algo que una enfermedad pueda derrotar tan fácilmente.”
Sin embargo, al notar la mirada de Miquella y ver cómo el semidiós alzaba una ceja, la expresión de burla de Dwalin se transformó de inmediato en respeto. El enano se inclinó levemente, con auténtica reverencia.
“Claro que nada de esto habría sido posible sin la ayuda de los Eldens “añadió. “Ellos son verdaderos amigos y salvadores de nuestro pueblo enano.”
Los demás enanos, incluso Thorin, asintieron a sus palabras, reconociéndolas como un hecho incuestionable.
Miquella no se detuvo en las alabanzas. Su única preocupación era terminar de curar a los enanos. Aquella primera intervención le había llevado más tiempo del esperado: era la primera vez que trataba la putrefacción roja en un enano y, al tratarse de una raza creada por los seres divinos de ese mundo, temía que las diferencias de energía u otras circunstancias desembocaran en un resultado desastroso.
Ahora que había comprobado que no existían efectos adversos, pudo trabajar con mayor tranquilidad. Se acercó uno a uno a los enanos, apoyando la mano sobre sus cuerpos para que el anillo absorbiera la podredumbre escarlata y, con esa energía corrompida, lanzar un hechizo menor de curación. Aun así, no era un proceso sencillo: absorber la putrefacción era más lento que manipular otras energías, y debía mantenerse completamente concentrado para extraer solo el mal, sin drenar la vitalidad de los enanos.
Los elfos observaban la escena con incredulidad. Aquella contaminación que les había causado tantos problemas estaba siendo erradicada de forma rápida y, aparentemente, sencilla.
Y no solo ellos.
Thranduil, informado de que Miquella había despertado, se dirigió personalmente a saludarlo. Al saber que el semidiós se encontraba con los enanos, cambió su rumbo de inmediato y llegó justo a tiempo para presenciar cómo Miquella curaba sin dificultad a los últimos afectados. Los ojos del rey élfico se abrieron con asombro ante aquella demostración de poder: la erradicación de un mal que lo había tenido angustiado durante tanto tiempo.
Al terminar con el último enano, Miquella se tronó el cuello, como si el trabajo lo hubiera dejado exhausto, aunque en realidad fue una exageración deliberada.
“Saludos, rey Elden. Soy Thranduil” se adelantó el monarca élfico mientras los demás elfos se apartaban para dejarle paso.
“Solo Miquella” respondió con naturalidad. “Aunque los Elden están bajo mi mando, aún no tengo un reino que pueda considerar mío.”
Miquella se volvió entonces para mirarlo de frente.
Thranduil asintió lentamente. Por lo poco que había logrado averiguar sobre los Elden, Miquella ostentaba el título de príncipe, aunque desconocía si se trataba de un rango meramente nominal o algo más. En cualquier caso, se esforzaba por mostrar su mejor faceta. No tenía intención de despreciarlo, ni por su situación ni por su aspecto juvenil. Alguien capaz de curar la maldición roja merecía respeto.
“Tus compañeros ya descansan en sus aposentos. Puedes ir a verlos si lo deseas” continuó, “aunque me complacería conversar contigo un momento, si dispones de tiempo.”
“No necesitamos perder más tiempo aquí. Nos vamos” interrumpió Thorin, con furia mal contenida, dirigiendo su hostilidad directamente hacia el rey al que consideraba su enemigo entre todos los elfos.
“No recuerdo haber estado hablando contigo” respondió Thranduil con idéntica falta de cortesía.
Caminó lentamente por la sala sin siquiera dignarse a mirarlo, como si el enano no mereciera su atención.
“Aunque resulta curioso verlos por estos parajes” añadió. “Parece que el bosque les dio una bienvenida bastante dura.”
“Nada que no podamos soportar… ni siquiera vuestras enfermedades incurables son nada para los enanos” replicó Thorin, con el respaldo inmediato de los suyos.
Aunque todos sabían que no había sido su fortaleza racial lo que los había salvado de la putrefacción roja.
“Típico de los enanos, atribuirse méritos que no les pertenecen” dijo Thranduil al fin, clavando en Thorin una mirada cargada de desprecio contenido. “Pero este no es el lugar para discutir.”
Se giró y se dirigió hacia la salida.
“Rey Miquella… Thorin” añadió para que les siguiese antes de cruzar la puerta, enfatizando con intención el título de uno y la ausencia del otro.
La ira de Thorin creció aún más, como un fuego avivado por el viento. Balin se acercó de inmediato y, en voz baja, le aconsejó que se contuviera. En ese momento se encontraban dentro del reino élfico y, aunque el rey parecía interesado en Miquella, eso no significaba que no pudiera complicarles las cosas.
Debían ser astutos si querían salir de allí sin mayores problemas. Balin solo esperaba que Thorin fuera capaz de dominar su temperamento.
Tanto Miquella como Thorin siguieron a Thranduil, escoltados por un grupo de guardias élficos. Durante el trayecto, el rey fue señalando algunas de las particularidades de su reino con la cortesía de un buen anfitrión, dirigiéndose casi exclusivamente a Miquella e ignorando de forma deliberada a cierto enano.
Finalmente llegaron a la sala del trono. Thranduil no tomó asiento en él, permaneciendo abajo para mantenerse a la misma altura que sus “invitados”.
“Entonces… ¿qué los trae a mi reino en particular?” preguntó a Miquella. “Pocos se atreven a aventurarse en este bosque en estos tiempos.”
“Solo estamos de paso. Nos dirigimos a las Colinas de Hierro” respondió Thorin con brusquedad. “Nada que deba incumbir a los elfos.”
No deseaba que más personas supieran su verdadero objetivo, y mucho menos los elfos. Aunque, por la expresión del rey, parecía que aquel secreto ya no lo era tanto, lo que le hizo fruncir el ceño.
“Qué curioso” dijo Thranduil, fingiendo sorpresa. “Pensé que vendrían por otros motivos… como reclamar su tierra ancestral: Erebor. Matar al dragón y recuperar su hogar. Muchos creerían que es una misión noble…”
Luego miró a Miquella.
“He oído que los Elden planean ayudar a los enanos, aunque me parece una tarea ingrata. Demasiado peligrosa. Smaug no es precisamente un enemigo fácil, y sus vidas correrían un gran riesgo” añadió, como si hablara desde una preocupación genuina.
“Lo que los enanos y sus aliados hagan no es algo de lo que debas preocuparte” replicó Thorin sin rodeos.
“No se preocupe, rey Thranduil” intervino Miquella con un semblante tranquilo y una voz amable, haciendo honor a su título. “Somos plenamente conscientes de lo que hacemos, y aun así debemos hacerlo. Pero agradezco su preocupación.”
…
Mientras los reyes de tres razas discutían, otra figura se movía en sigilo por las tierras élficas.
Bilbo, aprovechando la oportunidad, había usado su anillo mágico para volverse invisible. Vagaba libremente, aunque los elfos se mantenían atentos y estuvo a punto de ser atrapado un par de veces.
Había comenzado a depender demasiado del anillo, especialmente después de que lo salvara tantas veces… y no solo por eso, sino también por la tentación oscura que emanaba de él.
Durante su recorrido logró encontrar a los enanos, que habían sido llevados a celdas. Los elfos planeaban mantenerlos retenidos por el momento, al menos hasta que las negociaciones concluyeran.
Al ver aquello, Bilbo decidió dirigirse hacia los Elden. Le pareció la mejor opción por ahora. Cuando llegó, los encontró siendo tratados con mucha mayor consideración; al menos, la habitación en la que se encontraban no se parecía en nada a aquellas celdas.
Esperando el momento en que la vigilancia élfica se relajara lo suficiente, se escabulló entre ellos hasta alcanzar el lugar donde los Elden se reunían. Usando su pequeño tamaño, se colocó detrás de ellos y allí se quitó el anillo.
“Chicos… aquí. Soy Bilbo” susurró al revelar su figura, permaneciendo oculto tras los Elden para no ser visto. “¿Cuál es el plan?”
“Esperar” respondió Malenia sin siquiera moverse.
No solo hablaba para Bilbo, sino para todos.
“Miquella despertó y está hablando con el rey de los elfos. Debemos esperar sus órdenes.”
Los Elden se sintieron aliviados al saber que su señor estaba bien. Nadie preguntó cómo Malenia lo sabía; no importaba. Esperar no era un problema. Se relajaron lo justo para descansar, listos para moverse con rapidez si la situación lo requería, pero sin bajar la guardia.
Bilbo no esperaba esa respuesta. Estaba preparado para una misión de infiltración y rescate, pero parecía que, por ahora, debía dejarla de lado.
Como el único al que los elfos aún no habían “capturado”, tuvo que mantenerse discreto. Ocultándose entre los Elden, terminó relajándose más de la cuenta y, apoyado contra la pared de un rincón, acabó quedándose dormido.
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