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Señor del Invierno: Comenzando con Inteligencia Diaria - Capítulo 681

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Capítulo 681: Capítulo 389: El Nuevo Territorio Norte y el Viejo Norte

Cuando la tormenta de nieve pasó sobre la Fortaleza de Piedra Gris, fue como si se arrojaran fragmentos de cristal desde una gran altura.

El viejo camino comercial era una mezcla de permafrost y lodo que sacudía a los viajeros y los dejaba mareados.

Incluso las lujosas ruedas crujían bajo la tensión al caer en los baches, como si protestaran por la crueldad de este páramo.

Sorel se sentó con firmeza en el carruaje, alargó la mano para comprobar las rendijas de la puerta y la ventana y asegurarse de que estaban bien cerradas, antes de sacar el desgastado colgante de plata del forro de su camisa.

Abrió el broche de un tirón y en su interior apareció un boceto a carboncillo, del tamaño de un pulgar, de una niñita que aferraba una muñeca.

Tenía la cara pálida y los ojos desproporcionadamente grandes, pero intentaba esbozar una leve sonrisa desde el otro lado del marco, aferrando la muñeca con fuerza.

Sorel acarició suavemente la imagen con las yemas de los dedos y cerró los ojos por un instante.

Luego volvió a abrocharse el colgante, como si guardara un secreto en las grietas de su armadura.

Sorel levantó una esquina de la cortinilla de la ventanilla del carruaje y miró hacia afuera.

El silbido del viento se coló de inmediato, agudo y frío como pinchazos de aguja.

Los Bosques de Pinos Negros Marchitos se retorcían bajo el peso de la nieve, y a la vera del camino yacían cadáveres esparcidos, algunos enterrados a tal profundidad que solo se les veía medio rostro.

En chozas destartaladas vivían vagabundos que parecían bestias, con la mirada perdida mientras observaban el carruaje, como si hubieran abandonado todo deseo de sobrevivir hacía mucho tiempo.

El humo de las chimeneas brillaba por su ausencia en este tramo del páramo, dejando en el aire solo el hedor a carne podrida y el viento helado.

Sorel contempló todo aquello.

Sabía que debía mantener la decorosa contención de un enviado real, pero ese desdén aristocrático del Sur afloraba involuntariamente.

Sorel soltó una risita carente de calidez.

«Así es el Territorio Norte».

Yermo, incivilizado, caótico, insignificante.

Ese era el consenso en la Capital Imperial sobre el Territorio Norte, y todo lo que estaba viendo corroboraba a la perfección dicho prejuicio.

«Ser un rey en un lugar así… no es más que esto».

Sabía que Louis tenía talento para la intriga política, pero en el Territorio Norte, sentía que las condiciones que traía de parte del Segundo Príncipe eran prácticamente un desperdicio.

«Con que esté dispuesto a ofrecerle unos pocos derechos comerciales del Sur… sabrá cómo hacer una reverencia y dar la bienvenida a la civilización».

El carruaje siguió avanzando con vaivenes hacia el norte, y la tormenta de nieve azotaba los marcos de las ventanillas con un ritmo que sonaba a toque de difuntos.

Habían pasado tres días desde que partió de la Fortaleza de Piedra Gris, y la tormenta de nieve aún arreciaba.

De repente, el traqueteo del carruaje cesó, como si hubiese entrado en otro mundo.

Sorel abrió los ojos, frunciendo el ceño, pues sentía con claridad que algo no iba bien.

Podía sentir que las ruedas ya no se atascaban en los baches fangosos; la ligereza del avance incluso estabilizó el paso de los caballos.

Levantó una esquina de la cortinilla.

El viento frío se coló en el interior, pero lo primero que vio no fue nieve, sino una vasta extensión de…

Carreteras endurecidas, lisas y de un color negro grisáceo.

La superficie estaba compactada hasta quedar extremadamente lisa; la lluvia y la nieve no formaban lodo sobre ella, sino que se desviaban hacia los lados gracias a una pendiente imperceptible.

El centro de la carretera estaba marcado con líneas blancas y rectas, nítidas y precisas, como símbolos medidos y no como trazos casuales.

Sorel guardó silencio un momento y luego, lentamente, pronunció: —¿Es esto… el Territorio Norte?

Había viajado por las carreteras principales del Sur y visitado los talleres viales de la Capital Imperial, y, aun así, lo que tenía ante sus ojos era incluso mejor que muchos lugares del Sur.

El carruaje siguió avanzando y pronto se materializó el primer edificio en medio de la tormenta de nieve.

La posta de la Marea Roja.

El edificio era de tamaño modesto, pero de líneas limpias, con muros de pulcros ladrillos de piedra gris, y en la entrada ondeaba una bandera de un rojo brillante con la insignia de la Marea Roja.

De la chimenea ascendía un humo blanco y constante, indicio de que en el interior había una fuente de calor continua.

Más cautivadoras que la propia estructura eran las industriosas personas que se encontraban fuera de la posta.

Un equipo de trabajadores con uniformes de color rojo oscuro empujaba unas palas quitanieves de hierro por la carretera.

Sus movimientos eran coordinados y de vez en cuando silbaban, con un ritmo tan despreocupado que parecía incongruente con el hecho de estar trabajando en la línea de permafrost del Territorio Norte.

Sin grilletes, ni látigos, ni caballeros que los supervisaran.

El capataz sostenía una tablilla en la que anotaba los niveles de nieve y el estado de la carretera, y de vez en cuando alzaba la vista al cielo, como si calculara cuándo tendrían que volver a quitar la nieve.

Sorel observó durante un buen rato antes de exclamar: —¿Los vasallos del Territorio Norte… están sonriendo?

Aquella reflexión, susurrada para sí mismo, tenía un aire de absurdo inaceptable.

Según la imagen que tenía de ellos, los vasallos del Territorio Norte o pasaban frío o pasaban hambre, o eran apáticos o estaban aterrorizados.

Esa gente debería estar acurrucada y temblando en chozas destartaladas, no silbando mientras trabaja en la nieve.

Sorel bajó lentamente la cortinilla, con el ceño notablemente fruncido.

Llegó a dudar de si se había adentrado por error en una tierra completamente dominada por la Marea Roja, pues la escena contrastaba brutalmente con la desolación que había visto durante días en el Territorio Norte.

Y a medida que el carruaje avanzaba más hacia el norte, comenzaron a lloverle las invitaciones.

Casi en cada castillo o fortificación de una ciudad, los sirvientes del Señor de turno detenían a Sorel, insistiendo en que los honrara con su presencia, aunque solo fuera por un momento.

Dada su condición de Enviado Especial del Segundo Príncipe, a pesar de las intenciones arteras que pudieran albergar, aquellos Señores mantenían una fachada de respeto.

Sin embargo, Sorel no tardó en descubrir que las diferencias entre aquellos banquetes eran asombrosamente absurdas.

Era como si lo estuvieran arrastrando entre dos mundos completamente diferentes en el mismo camino: prosperidad y decadencia, calidez y frialdad, esperanza y podredumbre.

El contenido de los festines, la actitud de los Señores, el estado de ánimo de los vasallos… todo estaba dividido en dos mitades drásticamente opuestas.

El primer tipo de dominio eran aquellos lugares que exhibían la «insignia de la Marea Roja» en la entrada de la calle principal.

Por ejemplo, cuando Sorel llegó al primer lugar, lo hizo bajo la luz grisácea del atardecer. El cielo parecía asfixiado por la nieve, pero las puertas del castillo se abrieron con presteza, como si ya lo estuvieran esperando.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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