Sistema de Evolución Universal - Capítulo 135
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Capítulo 135: Los Juegos del Dragón.
Maereth apretó los dientes. Sentía un fuerte instinto de inclinarse por el dolor, pero se contuvo. Sabía que, si lo hacía, solo se cortaría más.
El silencio duró apenas un segundo. El guardia de las sombras tensó los brazos. Sus ojos se abrieron con terror al sentir la presión sobre su pecho; su cuerpo se elevó ligeramente. Entonces, la fuerza que amenazaba con partirla desapareció.
Antes de poder hacer algo, un cultivador de túnica celeste rebanó al traidor en trozos, reduciéndolo a un desastre sangriento.
El caos se desató. Los guardias de las sombras desenvainaron sus armas instintivamente.
—¡Esto no es parte del plan! —exclamó uno—. ¡Ese hombre era un traidor!
Desde lo alto, un hombre de barba larga y blanca se reveló.
—Si ya tomaron su sangre, entonces debemos presentar culpables.
Agitó la mano con desdén.
Una espada se lanzó al ataque. El guardia de Maereth la esquivó por poco y se fundió con las sombras. El resto hizo lo mismo, completamente sorprendidos por la traición de su camarada.
El mago en lo alto extendió la mano y comenzó a cargar un hechizo de luz, pero entonces algo ocurrió. Las sombras se apretujaron, se retorcieron y formaron círculos extraños. Poco después, la sangre comenzó a brotar desde su interior.
Un suspiro resignado escapó de Aether. Parpadeó en el espacio y apareció frente a Maereth. El murciélago sobre su cabeza se irguió y, poco después, su forma oscura se alargó, adoptando una apariencia humana.
—¿Un vampiro…? —dijo Maereth con esperanza.
Abby agitó el cabello, llevó las manos a la cintura y la miró con sus ojos celestes.
—Una dhampyr —corrigió.
Las piernas de Maereth temblaban frente a la mitad vampiro. El miedo a morir era terrible, pero la indignación lo era aún más.
—Sálvame… por favor.
La expresión de dolor se desdibujó mientras caía al suelo, con la sangre deslizándose por su cuerpo.
Abby la tomó en brazos y miró a Maribel en busca de aprobación. Maribel asintió. Entonces Abby extrajo su propia sangre, pero antes de poder hacer algo, el mundo cambió.
No era algo visible; al contrario, era esquivo e insidioso. Como si un susurro alcanzara la mente, afirmando que no estaba ahí. Sin embargo, la distorsión del espacio era innegable, aunque invisible.
Maereth vio la sangre gotear. Una sonrisa se formó en su rostro… hasta que, de pronto, el cielo se tornó rojo. Se desplomó sobre los hombros de Abby y, desde allí, pudo ver el espacio fragmentarse. Sus ojos temblaron, su rostro se tensó.
—Padre… ¿esto es tu culpa?
Desde el interior se sintió la presencia de varias personas. En el cielo, una exclamación ofendida resonó.
—¡Vaelithra! El cielo te advierte que tomes medidas. Desobedeces, y ahora mi primogénita muere en tu reino. ¡Esta ofensa será pagada con sangre!
Las lágrimas rodaron por el rostro de Maereth.
«Solo fui usada. Solo me viste como un sacrificio.»
Levantó la mirada. Desde la grieta emergieron, con calma, los pies de una veintena de personas, todas humanas. Vestían mantos y capas del culto al Dragón Rojo.
Más cerca, Maribel y Richard corrían hacia ella. Aether apretó los dientes y todos desaparecieron. Lo siguiente que Maereth vio fue una gran formación en el cielo y una luz tan intensa que le robó la vista por unos segundos. Cuando pudo ver de nuevo, todo estaba en llamas.
En el cielo, un equipo especializado de magos lanzaba rayos devastadores al interior de la grieta, mientras abajo las explosiones destrozaban la frágil estructura.
Maereth tembló.
—Los mortales…
Maribel se quitó el abrigo, dejando al descubierto su hanfu blanco y amarillo. Con rapidez, envolvió la herida con la prenda marrón, estabilizando la espada para evitar más cortes.
—Olvídate de los mortales por ahora. Debemos llevarte a un lugar seguro.
Un grupo de ancianos cultistas apareció.
—¿La llevarás? Pero ella debería estar muerta. Supongo que entonces ustedes también.
Richard desenvainó, preparado. Las sombras se agitaron y el Qi de Aether surgió como una armadura.
Entonces algo más ocurrió.
Un joven caminó con calma entre ambos bandos. Llevaba la marca de un loto de sangre en el cuello, una sonrisa despreocupada y un aura ardiente.
Suspiró.
—Querida… si me hubieras dicho que te meterías en estos problemas, ¿no crees que te habría ayudado?
Fulminó con la mirada y apuntó con su espada a los cultistas.
—Por otro lado… ¿qué hacen intentando matar a la princesa visitante?
Su Qi, en el nivel del Núcleo Dorado, estalló, pero los enemigos apenas reaccionaron.
Las sonrisas de los cultistas se ampliaron.
—¿Tan arrogante con solo ese poder?
Róngxuān lo miró con intención asesina.
—Sangra primero y mueres. Déjame sangrar y seré inmortal. ¿Quieres ver mi confianza?
Una nueva presencia descendió. El cultista perdió la compostura.
Desde el cielo, un anciano de la Secta del Pabellón del Umbral Correcto descendió con una niña en brazos.
—Qué insolencia. Venir aquí, a la zona de los mortales, y atacar a mi querida nieta —su Qi brotó con furia—. ¿Buscan que el clan Zhao los aniquile? Sin mencionar el ataque a la princesa.
El anciano miró a Maereth y escaneó a quienes la protegían.
—Una mitad vampiro… qué suerte.
Agitó la mano. La espada y el abrigo se apartaron, y la sangre de Abby fue extraída. Ella escupió el líquido, que ingresó en el cuerpo de Maereth. Su herida se cerró casi por completo.
El cultista atacó con gran velocidad. Maereth apenas parpadeó cuando Róngxuān apareció, bloqueando el golpe. Richard agitó las manos y un pulso de Qi impactó el abdomen del sectario. El resto intentó coordinar un ataque contra Róngxuān, pero el anciano Zhao empujó la palma y los detuvo.
Los ojos del anciano y Maereth se cruzaron. Luego miró a Aether. Soltando a su nieta, dijo:
—Llévala a casa.
El niño la atrapó y desapareció en un parpadeo. Al instante regresó. Maereth sintió el dolor de su herida al ser alzada en brazos. En el siguiente instante estaban sobre los techos; luego en otro lugar; finalmente, frente al castillo, donde la propia Vaelithra los esperaba.
Una conmoción profunda recorrió a Maereth al verla. La sensación de estar ante su salvadora la abrumó. Aquellos ojos que parecían detener el mundo ahora parecían querer detener su muerte.
—Vuelve, muchacho —dijo Vaelithra, alzando la mirada—. Dile que agradezco haber transmitido todo al mundo.
Aether desapareció.
—Llévenla a recibir tratamiento.
Fue lo último que Maereth escuchó antes de desmayarse.
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