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Sistema de Evolución Universal - Capítulo 144

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Capítulo 144: Vida y Muerte.

—¿Por qué dices que cambié antes del elixir? —preguntó Abby mientras caminaban.

Los pasos sonaban con calma, mientras las orejas de Aether temblaban ligeramente.

Maribel recostó una mano sobre su mejilla.

—¿Por qué?… Porque para producir un cambio externo, primero debe hacerse un cambio interno. Esa es la razón.

Sofía parpadeó, con un ojo en el camino y otro en Maribel.

Un viento sopló frío. La nieve se elevó. Los ojos de Abby se entreabrieron.

—¿Pasa algo? —preguntó Maribel.

Abby se quedó en silencio un instante. Observó el entorno: los árboles retorcidos, la tierra, el sol… finalmente, al grupo.

Otra brisa sopló. La boca de Abby quedó entreabierta. Extendió la mano con asombro, apuntando en cierta dirección.

—El aire se mueve… porque hay aire más caliente en una parte.

Richard la miró casi sin mostrar reacción, pero una ceja se levantó apenas.

—¿Qué significa eso?

Abby negó lentamente.

—No sé… pero creo que puedo ver el calor… o algo así.

Maribel se tensó ligeramente; Abby también. El movimiento fue notado con nitidez por Aether, quien encendió su aura.

Maribel barrió al grupo con la mano y la conexión mental fue establecida. Todos lo vieron.

Desde los ojos de Abby, un árbol seco brotó repentinamente del suelo con gran vitalidad. Desde los ojos de Maribel, un conglomerado de espíritus destrozados, convertido en una masa viscosa, fue apretujado dentro del árbol.

Una leve perturbación de qi hizo temblar las orejas de Aether, quien desvió ligeramente la mirada. Su percepción se expandió lejos; dejó de ser esférica y alcanzó más distancia que antes. Un lugar en el espacio estaba ocupado, pero no se veía a quien lo habitaba.

Maribel suspiró. Con la lanza en mano, sus ojos entrecerrados percibieron algo más: una leve línea de qi, grabada en un espacio diferente, un recorrido… hasta el árbol. Apretó los dientes. El árbol se puso de pie.

Maribel extendió su lanza. La luz azul se movía como si fuera un río en calma.

—Ahora te mostraré el sentido inverso —dijo—: un cambio por fuera, trayendo un cambio por dentro. Muele su cuerpo, saca su espíritu. Eso es traer la muerte.

Sus ojos se afilaron. El árbol se partió, mostrando una sonrisa escalofriante. La resina, casi completamente seca, cayó como saliva.

Richard siseó. El calor se expandió al ritmo de su corte. Maribel simplemente estiró la mano, achicando el tronco. El fuego se propagó por la madera seca, pero de alguna manera se apagó. Aun así, logró partir el árbol en dos.

Richard levantó la mano, chocando los cinco. Entonces, desde la perspectiva de Aether, pudieron confirmarlo: algo en el espacio se movió, como si un grupo de personas tambaleara.

Amara sonrió.

—Un cambio externo… ¿verdad? Me pregunto si ellos sintieron un cambio en sus corazones.

Sofía tomó un talismán entre sus dedos.

—Claramente sí: sintieron temor. Ahora el cambio externo es correr. Que no huyan.

Tomaron posición de carrera. Una luz azul brotó de Aether, abarcando una gran área.

Cuando corrieron, un paso contaba como tres.

El fúnebre silencio fue destruido.

Sonidos de árboles siendo pisoteados, de ramas quebrándose, se esparcieron sin cuidado. Los enemigos, aún invisibles, corrían como presas despavoridas.

Uno se salió de la formación, mostrando una gabardina roja con capucha negra. Su fallo desveló la ubicación exacta de los demás.

Apenas el hombre pisó mal, perdió estabilidad y cayó del árbol. Antes de tocar el suelo, una lanza voló con luz azul. Una sonrisa satisfecha se dibujó en el rostro de Amara.

Maribel la miró de reojo, con una ceja levantada.

Richard estiró una mano; un pulso de energía se extendió, pero no logró alcanzarlos.

Sofía lanzó un talismán en dirección a Maribel. Un breve intercambio de miradas, como un ligero chispazo. Maribel lo entendió. Apenas entró en su campo de visión, el talismán adoptó un tamaño considerablemente mayor. Sofía saltó sobre él. Los demás se sumaron.

El trozo de papel se movía como si el cielo mismo lo empujara, volando con libertad entre los árboles.

Amara se impulsó, con una luz en los pies. Estiró su arma y, con un solo movimiento, cortó el torso de una mujer.

Una varita se agitó. La nieve se derritió al instante; el agua se elevó como lluvia en sentido inverso y luego se arremolinó sobre las cabezas de otros dos, asfixiándolos.

Para el último no tuvieron apuros: simplemente bajaron y lo alcanzaron caminando. El sujeto hablaba con los dientes castañeteando.

—Impacto de qi. Impacto de qi. Impacto de qi.

Con cada entonación, un pulso de energía salía. Pero el tamaño del hombre era tan diminuto, el ataque tan insignificante…

Maribel lo miró con lástima, pero sus ojos se enfriaron antes de empujar la punta de su lanza con precisión. La cabeza voló. El hombre murió antes de darse cuenta.

Cuando el tamaño regresó a la normalidad, revisaron los bolsillos.

Amara miraba a Maribel con los ojos muy abiertos. El aire frío, su aura indolente. Tragó saliva.

—O-oye… mi pregunta. ¿Realmente estás bien? Estuviste actuando muy extraña.

Una ligera sonrisa apareció en el rostro de Maribel, tan calmada que resultaba inquietante.

—¿Por qué sigues preguntando?

Amara parpadeó. Soltó un suspiro, con la cabeza gacha.

—Creo… que empiezas a parecer alguien diferente.

Sofía tocó algo en uno de los bolsillos. Se quedó expectante ante la decisión del grupo, pero sus dos compañeras no prestaron atención. Al contrario, el ambiente había capturado la atención de todos.

Maribel miró de reojo a Abby. Luego a Amara.

—Si las cosas crecen hacia dentro y hacia fuera, entonces las personas cambian por dentro antes de cambiar por fuera.

Amara asintió.

—¿Qué tiene de relevancia?

Una ligera exhalación escapó de los labios de Maribel.

—Es relevante. Es como este mundo que muere, solo revive si evoluciona en una mejor versión. No se puede escapar del dolor; por eso la cultivación es un conglomerado de muerte.

Richard contrajo el ceño. Una molestia pulsó, atrayendo la mirada de todos.

—¿Insinúas que deseas la matanza?

Maribel negó lentamente. Miró los árboles marchitos. Estiró una mano, observando sus uñas.

—Insinúo que… estoy muriendo. Así como Abby lo acaba de hacer.

El viento sopló con fuerza. El cabello de Abby se agitó con despropósito; los giros entramados ocultaron su sorpresa, revelada solo por unos colmillos asomando entre sus labios.

Aether caminaba suavemente, pero el ritmo de sus pasos se rompió cuando echó a correr. Abrazó la túnica blanca de Maribel.

Ella giró apenas. Luego lo miró con sorpresa. Una sonrisa, un tacto suave.

—Es solo una forma metafórica —dijo con voz tranquila.

El niño la miró, con las manos aferradas a sus túnicas.

—¿Lo juras?

Maribel lo miró por un instante.

—¿Qué pasa? —preguntó el lobezno—. Responde.

Maribel levantó una ceja.

—No es nada. Solo… pensé en algo —desvió la mirada un instante; luego inclinó la cabeza en un gesto de disculpa—. Perdóname. Al principio solo te vi como una herramienta emocional para mí misma. No debí hacerlo.

Abby retrocedió un paso. Aether ladeó la cabeza.

—Eso no importa. Dame una respuesta —exigió el niño.

Maribel sonrió.

—Estoy un poco triste, no es para tanto. Simplemente encontré otro motivo para quedarme contigo, uno mejor. Así que te prometo: no moriré, porque estás tú.

Aether la abrazó de un salto. Maribel lo tomó en brazos con seguridad y desvió la mirada hacia Sofía.

—¿Qué tiene ese papel?

Ella lo desdobló. Un momento después, lo arrojó a Richard.

—¡Quémalo ahora mismo!

Richard estiró la mano. Ante sus ojos, el papel se desintegró en ceniza. El espadachín tragó saliva, con la voz tensa.

—No fui yo.

El aire se agitó con violencia. El estómago de Aether se revolvió. Amara inhaló con anticipación, sintiendo que un latido se escapaba.

—Maribel, escóndenos. Aether, debemos correr.

Maribel evaluó el tamaño del grupo. Apretó los puños.

—Es imposible esconder a tantos durante una huida. Corramos.

Así lo hicieron. Escaparon sin preguntar, sin pensarlo de más.

Solo noventa segundos pasaron cuando un portal morado se formó. Una presión devastadora arrasó el lugar. Un grupo de cultivadores del nivel de Alma Naciente emergió, acompañado por tres magos élite.

El grupo miró a Amara con emociones encontradas.

Entonces una ola de calor barrió el lugar, acompañado de un grito furioso que reverberó cientos de kilómetros.

Las hierbas secas se erizaron, rebotando como si tuvieran voluntad. El aroma al otoño se esparció en todos lados.

«La muerte es solo una estación más.» dijo una voz profunda, como si entonase una poesía.

Maribel abrió los ojos con gran sorpresa.

«¡¿Nadir?!»

Una esfera flotaba en lo alto. Sobre las nubes. Sobre el bosque marchito. Un espejo del mundo, un invasor. Su reflejo mostraba un resurgir desde las hierbas secas, los árboles muertos y la tierra infértil. Una silueta de madera se formó.

Lejos, en el territorio del espejo, Drakar chasqueó la lengua al ver el reflejo en el Ojo del Horizonte.

Se reclinó sobre su asiento un momento, luego se puso de pie. Caminó entre los pasillos del castillo hasta llegar a un salón abierto, desolado, deshabitado.

Tomó un profundo suspiro.

Un portal se abrió, irreconocible a simple vista. Al cruzarlo, vio un campo extenso, repleto de árboles verdes. El río fluía con transparencia, pero su mirada permanecía afilada.

Observó el horizonte sobre la montaña. El sol empezaba a cambiar de color; la noche saludaba al mundo. Aún faltaba una hora, tal vez un poco más, pero la sensación de estar ya en la noche era clara.

Drakar levantó la mano a la altura de su pecho, con la palma en posición de supinación. Alzó los ojos: frente a él, los rayos del sol parecían cortarse, doblarse, evitarlo. La luz apenas era suficiente.

—Son realmente tontos al querer atacarme en mi territorio, ¿no les parece? —preguntó a la profundidad del bosque.

Al principio no hubo respuesta. Pasaron unos segundos; luego, en la oscuridad, unas luces rojizas se encendieron. Se movían como luciérnagas rojas flotando en la penumbra, acercándose poco a poco.

Drakar sonrió visiblemente.

—¿Qué los trae aquí? Este es un asunto humano.

Pisó ligeramente el suelo. Una luz roja, tenue y apenas visible, se extendió bajo su pie.

Las luces se detuvieron en seco. Entonces unas fauces surgieron de la oscuridad. No se acercaron: aparecieron, como si las sombras fueran un muro sólido.

—¿Asunto humano? Cuando no queden mortales, ya no será un asunto humano. Entonces será nuestro asunto.

Un brillo cruzó los ojos de Drakar. Abrió ligeramente la boca, como si fuera a decir algo. Una leve luz apareció en sus pies al pronunciar:

—Noctu—

Su voz fue ahogada cuando la sombra se manifestó. Como agua espesa, se extendió y atrapó su hombro.

El fuego iluminó el lugar, pero fue consumido por la sombra. Entonces Drakar se derritió, como un dibujo al ser quemado. De las cenizas que volaron, una brilló en rojo, y Drakar reapareció. Rodó los ojos, como si aquello no hubiera sido nada.

—Eso es muy violento, poco común en ustedes, que suelen ser más refinados y decorosos —dijo, levantando la mano como si sujetara algo—. No olviden dónde están. Muestren respeto o los haré polvo.

Cerró la palma.

En el interior del bosque, una gran bandada de cuervos se elevó, espantada. Un murmullo silencioso e insidioso recorrió el aire, haciendo cosquillas en la nuca. Drakar frunció el ceño.

—¿Tu territorio? —preguntó la sombra—. Tu territorio no existe. Solo existen las personas.

Entonces se reveló. Del interior de la sombra emergió un hombre con capa roja y ropas oscuras. Piel pálida, ojos blancos. Sonrió, mostrando una hilera de caninos que colmaban toda su dentadura.

—Y el corazón de las personas puede cambiar de amo… con mucha facilidad.

Drakar alzó una ceja y, al mismo tiempo, el dedo. La temperatura se elevó de forma errática; su rostro mostraba solo ironía. La silueta del vampiro se onduló, como si el aire fluctuara a su alrededor. Aun así, su sonrisa no desapareció.

—¿Qué crees que haces, serpiente?

Una espada fue desenvainada. La plata reflejó la luz del sol decadente, cegando a Drakar durante apenas un microsegundo. Al siguiente instante, el vampiro ya estaba frente a él. Drakar se movió apenas, esquivando la estocada, pero el ataque real llegó con la mano desnuda del adversario.

El vampiro golpeó el pecho de Drakar. El torso se transformó en fuego, dejando pasar la mano sin resistencia.

—Qué saludo más desagradable —comentó Drakar.

El vampiro escupió al suelo.

—Mandaste un ataque sin invitación. Es lo menos que podemos hacer.

Drakar estiró un dedo. Entonces, como un fusil de asalto, pequeñas flamas fueron expulsadas con gran potencia, perforando al vampiro.

—¿Supongo que es tarde para exigir que desistas? —preguntó el chupasangre.

Drakar sonrió abiertamente.

—No sé cómo se enteraron, pero ya es demasiado tarde. El mundo ya está encaminado.

La boca del vampiro se torció en una mueca burlona.

—¿En serio no te diste cuenta? Eres lamentable…

Entonces ambos desaparecieron. Solo quedaron sombras y luces entrelazadas.

En lo profundo del bosque, los ojos rojos se movilizaron hacia el interior del reino. Drakar desvió la mirada hacia las sombras.

El vampiro cortó el aire con la mano, dejando un hilo de sangre casi invisible. Drakar saltó, impulsado por su qi, y entrecerró los ojos.

—¿Cuánto tiempo más vamos a jugar así? Empiezo a sentirme insultado.

El invasor sonrió con ironía.

—Qué gracioso. Pensaba lo mismo.

Su cuerpo se deformó. Partes de él se fundieron con las sombras, revelando las articulaciones de hombros y espalda. Extendió los brazos, dejando que su sombra se expandiera, llena de miles de ojos rojos observando.

—Saluda a quienes te esforzaste por expulsar, Dragón Rojo.

En el campo de batalla, un gran tornado de fuego se alzó, quemando cien metros a la redonda en segundos. Las secuelas se expandieron muchos kilómetros más.

De las sombras creadas por la luz del fuego, miles de fauces voraces se levantaron y atacaron a una velocidad increíble, sin apenas dejar rastro. Hocicos de murciélagos gigantes, con filas de dientes afilados. Cuando todo se redujo a cenizas, sin nada que interrumpa la luz, las sombras se levantaron, danzando en el fuego como una marea furiosa, con tentáculos surgiendo incluso del mismo tornado que las calcinaba.

Las personas vieron el pilar de fuego y escucharon los miles de gruñidos. Las alarmas sonaron. Las lanzas fueron tomadas. Los círculos se encendieron, formando una barrera fina en el límite de la capital. La tensión entre los guardias aumentó, esperando hechizos.

Las horas pasaron. Los preparativos se completaron. Pero no hubo ataque mágico.

Solo una infinidad de murciélagos cruzó la barrera, ignorando a los guardias.

En el muro, los soldados se miraron con confusión. Alzaron las varitas, aún esperando algo. Pasaron los minutos sin reacción, hasta que un sonido les hizo sobresaltarse: al principio era un murmullo… pronto, los gritos se escucharon con claridad.

El asedio no tuvo piedad. Algunos murciélagos se aglomeraron, formando cuerpos enormes que helaron la sangre de las personas. Pero ningún civil que cayó lo hizo estando muerto: se levantaron, mostrando los dientes a sus parientes. Bocas sangrientas, ojos iluminados en rojo.

Los nuevos reclutas parpadearon, horrorizados, al ver las torres envueltas en fuego rojo y los emblemas de tres cabezas marcando el caos.

Una mujer miraba con horror lo que tenía frente a su puerta.

Un niño sonrió gentilmente desde afuera, observándola.

—No te preocupes, mamá. Pronto te dejaré ver la verdad.

Entonces las fauces se abrieron, mostrando dos grandes caninos superiores. Cuando la sangre cubrió su pecho, esta onduló, dejando entrever el emblema del Dragón Rojo.

Afuera, los infectados bajaron la mirada hacia sus propios pechos. La sangre, aún tibia, ondulaba igual en todos. Ninguno se atrevió a tocar la marca. Estaban horrorizados. Apretaron los dientes y miraron a los humanos que conocían.

En las calles, los murciélagos alzaron los ojos al cielo. Esferas flotaban sobre la ciudad, imperceptibles para los ojos humanos, pero visibles para ellos.

La sonrisa dentada de los grotescos monstruos contrastó con la emoción en otros tres tronos: dos en la tierra, uno en el mar. Los asientos eran majestuosos, adornados con exquisitez, pero el último era enorme: una ciudad entera.

En una gran ciudad sumergida, un ojo colosal brilló de emoción, observando la esfera, apenas una partícula de tierra en comparación. Los tentáculos, de kilómetros de longitud, que envolvían la ciudad, se agitaron levemente.

Mil cantos viajaron por el agua desde la ciudad.

—Mi señor… ¿Qué planea hacer?

Un silencio pesado cayó sobre todos, con el polvo aún suspendido, como si esperaran que se asentara. Entonces unas tenazas se cerraron con fuerza. El estruendo resonó en todas direcciones.

Las criaturas se movilizaron. Especies variopintas giraron la mirada hacia las costas. Las olas cambiaron de forma abrupta, como si algo gigantesco se hubiera movido bajo ellas.

¡Juguito de fresa, compren su juguito de fresa!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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