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Sistema de Evolución Universal - Capítulo 146

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Capítulo 146: La Misericordia que No Salva

Un líquido espeso y gris reptaba por el suelo, como una baba, como petróleo.

Drakar lo miró con desprecio. Se burló ligeramente y pisó el líquido hasta matarlo. Aquella cosa se disolvió, transformándose de pronto en un gran charco de sangre que escurrió por el suelo formando una ola de cinco metros, en vez de convertirse en cenizas. Un vapor blanco se elevó al contacto con la superficie.

De los ojos de Drakar brotó desaprobación. Miró su mano: un corazón palpitante descansaba en ella. Lo aplastó sin miramientos y lo arrojó como si fuera una bola de papel.

—Así que a eso apuntaban, ha mis ciudadanos… —una risa burlesca se formó— no importa la raza a la que pertenecen.

Un círculo mágico apareció por un instante bajo sus pies, dejó solo un ligera energía roja en su cuerpo, elevándolo sin esfuerzo. En poco tiempo llegó a la capital, observando el ambiente desolado. Posó un ojo sobre la ciudad mientras un pulso de energía barría los alrededores, dibujándole una sonrisa irónica en el rostro.

—Así que… solo queda la familia —dijo, mirando al palacio. —bueno, lo más parecido a una.

Sus pies tocaron el suelo frente a las puertas de la Residencia Suprema, donde se tomaban las decisiones más importantes.

Caminó con calma, avanzando con total familiaridad. Los muebles volcados y rotos, la sangre cubriendo los pasillos. Él suspiraba con una sonrisa, dejando huellas rojas a su paso. No había cuerpos en el suelo, ni ropas abandonadas al azar.

Finalmente se detuvo frente a una puerta con un sistema de reconocimiento oculto: un círculo en la unión de las hojas, tallado con la precisión de un artesano experto, líneas grabadas en el suelo y en los laterales de la pared. La observó, la puerta no reaccionó ante su presencia. No emitió brillo ni reacción alguna.

Chistó con molestia, estiró un dedo y abrió la puerta con magia.

Al entrar, encontró a un grupo de personas encerradas, acurrucadas tras un hombre noble. Este vestía ropas ensangrentadas, al igual que su espada. Su semblante no se relajó al ver a Drakar, pero el miedo por sus propias vidas desapareció.

Drakar sonrió. Su mente estaba alegre, sus pensamientos cargados de ironía.

«Como si esa actuación funcionara. Eso es… mejor oculta tus emociones.»

Lejos de pronunciar algo tenebroso, mantuvo un tono despreocupado, casi satisfecho.

—Hola, primo. Qué bueno que estés bien. El líder de la ofensiva ya murió.

La sombra de Drakar se extendió, cubriendo a las personas frente a él. Ladeó la cabeza, con una sonrisa y una mirada dulces.

—Así que al final te empecinaste en salvarla, ¿eh?

Los ojos de su primo se abrieron de golpe, pero antes de que pudiera girarse por completo, la sangre salpicó su rostro. Lentamente, temblando, volteó hacia atrás.

Una sirvienta de ropas ligeras estaba ensangrentada. No había debilidad en ella, solo un aliento frío. Se miraron en silencio. Luego las piernas de la mujer temblaron y cedieron; cayó de rodillas, se abrazó a sí misma y comenzó a temblar, con la mirada baja, sin atreverse a mirar al rey.

Una mujer vestida con ropas de cultivadora, adornadas con motivos florales, observó la escena con indiferencia.

Drakar rio entre dientes, bromeando con su primo.

—¿Creíste que la mataría? No soy tan cruel como para dejarla morir frente a ti. Curé el corte antes de que fuera grave. Solo quería jugarte una broma, primo.

Se hizo a un lado, indicándoles que salieran.

Subieron a un balcón desde el que se veía la capital desolada. Una mano se posó suavemente sobre la espalda de Drakar. Él giró un poco la cabeza, con una calma extraña.

La joven cultivadora lo miró a los ojos sin el menor temor. Al contrario, parecía sentir aprecio por él. Sonrió con sinceridad, aunque los demás no compartieron esa reacción. Se acercó más, apoyando el rostro contra su armadura.

—Eres tan fuerte… pensar que derrotaste a quien dirigía a esos vampiros.

Drakar rodó los ojos.

—Solo fue una tontería. Pero fue divertido. Pude disfrutar de una pelea después de mucho tiempo.

Detrás de ellos, el noble se aclaró la garganta.

—Primo… mi rey. ¿Qué haremos ahora?

Una sonrisa fresca apareció en el rostro de Drakar.

—¿No es obvio? Usaremos este suceso como muestra para el mundo. Incluso es conveniente. Si existían rumores de que controlo las grietas, ahora esos tontos cerrarán la boca.

La mujer cultivadora sonrió, sus ojos dorados brillando con alegría.

—Así es. Ahora simplemente no pueden decir nada.

Con un ligero salto, abrazó al Dragón Rojo.

El noble se rascó la cabeza y suspiró. Miró de reojo la ciudad en ruinas.

Drakar tomó a la mujer por la muñeca, obligándola a apartarse con una delicadeza forzada.

—Lo que dijiste es cierto. El Maestro Soberano de las Hierbas Secas no estaba en la Secta de la Primavera Eterna.

La mujer sonrió, ladeando la cabeza. Tenía los ojos entrecerrados, con un aire burlón.

—Entonces estaba con ellos, ¿verdad?

Drakar asintió. Estiró una mano hacia el cielo; las nubes rojas comenzaron a arremolinarse mientras hablaba.

—Parece que estamos siendo atacados desde varios flancos. Pero está bien. Mientras más se dispersen nuestras fuerzas, mejor. No importa incluso si mueren —giró ligeramente, mirando a las cuatro personas—. Pero tengo planes distintos para ustedes.

El mago consejero se arrodilló de inmediato.

—Cumpliré sus órdenes, mi rey.

Drakar pasó la mirada por los otros tres. Uno a uno bajaron la cabeza y se postraron. Asintió, satisfecho. Pero su mirada era vacía, como si no hubieran personas frente a él.

—Ganaremos tiempo. Dejaré que las almas de mis seguidores ardan con fervor antes de cosechar los frutos prometidos. Entonces la maravillosa fiesta comenzará… y se reunirán conmigo.

Un viento frío atravesó el balcón. El primo tembló. En contraste, el mago consejero sonrió con entusiasmo.

—Así pues —continuó Drakar—, quiero que mi querido primo dirija la propaganda. Mientras tanto, mi mago consejero irá al puerto.—con voz más fría añadió—. Ya que no quedan sirvientes, requeriré los servicios de tu… protegida.

La sirvienta, con la ropa rasgada por un tajo limpio y sangre seca adherida a la tela, tembló ligeramente.

Los ojos de Drakar brillaron.

—Me servirás a mí ahora.

Giró la cabeza hacia la cultivadora de ojos dorados.

—Y tú me esperarás en mis aposentos. De hecho… ambas lo harán. Hay mucho que limpiar ahora mismo.

Una se inclinó apresuradamente, aterrada. La otra realizó una reverencia suave, con una sonrisa en los labios.

—Así será, mi señor —respondió.

Drakar llevó los dedos a la barbilla.

—De paso, mientras jugamos, puedes contarme más sobre ese grupo que escapó. Aquel que tiene al niño que cultiva… con un rostro similar al de ella.

Su sonrisa se amplió.

—¿Aún desea más? Le compartiré todos los recuerdos que quiera. Solo debe saber qué pido a cambio.

El qi brotó del cuerpo de Drakar.

—Por supuesto. Te ayudaré en tu cultivo. Solo déjame entrar, Elena.

Ella se reclinó con gracia. Los adornos florales de su hanfu se agitaron con el viento.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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