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Sistema de Evolución Universal - Capítulo 157

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Capítulo 157: Mil Almas No Compran El Alba

La oscuridad había extendido su abrazo. El mundo estaba cubierto de sombras.

Pisadas se escuchaban afuera de la casa. Acompañadas por el ahora lejano arrullo de las olas. Ya no había canción de cuna que esperar, las plumíferas aves no cantaron paz ese día.

El aroma salado se mezcló con el olor a óxido en la cocina. Mientras el frío azolaba el cuerpo de la joven oculta en un estante, solo siendo calentada por su padre en un abrazo tenso.

El hombre movió ligeramente la cabeza, temiendo incluso el rechinar de sus huesos.

Ahí estaba otro joven, con escamas y branquias. Sujetaba con fuerza una bolsa donde guardaba sus monedas. De fondo un cartel que pedía trabajadores, un estante de cañas de pescar y tablas de surf. Pero la mayor tensión estaba en esas manos, donde el metal de las monedas podría sonar.

La niña sintió algo en su boca, movió los labios lentamente preparándose para traga, luego se detuvo. Inclinó la cabeza lentamente, dejando caer un poco de saliva de entre sus labios.

Temblaron ligeramente cuando una pisada firme se escuchó afuera. El silencio llegó, soberano del tiempo. La respiración cesó por varios segundos, hasta que las pisadas volvieron a escucharse tomando distancia.

Las olas entonaban un murmullo lejano. Con su ir y venir constante, mil veces respiraron a su ritmo, mil veces pidieron a su corazón calma.

El padre tomó un cuchillo de la cocina, indicando al joven que deje las monedas lentamente y se dirija a la puerta.

Los tres salieron.

La arena dejaba memoria, un libro abierto. Las olas cómplices con su canción. El viento ausente, indiferente del terror.

Los pasos llevaban a los bordes de la ciudad costera.

La humedad pintaba las casas, impregnadas de un aroma nauseabundo. Hojas de espada empalaban el suelo, algunas empuñaduras rotas.

No había cuerpos en las calles, pero el olor a óxido era más fuerte que nunca.

Cada pisada era calculada, silenciosa. Las prendas aún colgaban en los techos, esperando el sol para secar.

Aterrizaron la mirada en la tierra.

El muchacho tomó una camisa dejada en perfecto estado en la arena, miró los pantalones posicionados perfectamente debajo de la prenda, como si la persona hubiera desaparecido en el suelo en vez de que la ropa hubiera sido llevada por el viento.

De fondo, una luz verde en el cielo servía de brújula para el grupo.

Detrás de una piedra mohosa, el aroma cambió con brusquedad.

La niña suspiró con alivio, tomó la mano del joven y se acercó a su papá. Tragó saliva.

—¿Estaremos bien?

Él la miró sin mostrar cambios en su expresión. Apenas lo pensó, asintió con la cabeza.

La niña apretó la mano del joven e inclinó la cabeza sobre el pecho de su padre. Un suspiro pesado se le escapó, dejando paso al alivio.

No había estrella, no había viento. El mundo parecía congelado en una noche sin fin.

—Quédate con nosotros, joven. —pidió el señor —Solo cuando todo esto pase, será más seguro que vuelvas al mar.

Asintió.

Los pies se extendieron en la arena, los cuerpos arrimados en el agujero de la roca, las sombras abrigando los cuerpos.

Antes de darse cuenta, las olas volvían a cantar en calma desde la lejanía. Fue ahí que lo vio, una ligera sonrisa se formó en el adulto.

La silueta de un emplumado, cuerpo pequeño, pico largo. Aún no era de día, pero seguramente el sol saldría pronto.

Su vuelo cambió de rumbo con naturalidad.

Entonces una voz se escuchó en el cielo, incluso la gaviota se agitó en el aire, sorprendida.

—El mundo rechaza la salvación. Prefieren las tinieblas y sus seres caminando entre los mortales.

Los ojos temblaron violentamente.

La niña se llevó una mano a la boca.

—El cielo habló. —dijo ella en un susurro.

Cuando se dieron cuenta, la gaviota estaba a unos metros de ellos.

Caminó lento con sus patas cortas. Entonces ladeó la cabeza, dejando ver sus ojos verdes y ligeramente brillantes.

Su mirada iluminó apenas las sombras, dejando ver casi con claridad su cuerpo y sus plumas. Pero eran esos ojos…

Su pico se abrió lentamente como en una sonrisa, estiró el cuello y las alas, dejando escapar una carcajada vulgar. Cuando la risa paró, los miró detenidamente.

Su mirada saltaba pesadamente entre los tres, hasta que se posó en el joven con escamas.

Mandó al adulto una mirada significativa.

—Así que quieren vivir con nosotros. No se puede. Tendrás que renacer entre nosotros. —sus ojos verdes brillaron con intensidad. —así que tendrán que morir.

Las manos del hombre se movieron rápidamente.

Tomó al niño del brazo y lo empujó bruscamente a los pies del ave. La incredulidad estaba en el rostro de los dos jóvenes. Gritaron con desesperación.

El sonido de un cráneo rompiéndose fue lo que silenció los alaridos.

Tomó a su niña en la profunda oscuridad de la noche, arrastrándola. Sus pasos tiesos, pesados. Tiró nuevamente .

—¡Carajo, camina mi niña, rápido!

El silencio apenas duró un instante. Cuando la voz sonó.

—Señor… yo… no soy…

Sus rodilla cayeron, la arena sonó con un golpe seco.

No había entregado al niño.

Una risa estruendosa se escuchó a lo lejos.

El joven retrocedió un paso.

Entonces nuevas pisadas se escucharon desde la roca, caminando con calma.

—Papá, era solo una broma.

Los sonidos se acercaron peligrosamente, ignorando al joven.

Verde, la luz era verde.

Una sonrisa cálida, una mirada amorosa. Ella estiró la mano.

—Estaremos bien ¿Si?

Dudó un momento, con una brisa soplando por primera vez.

El hombre llenó sus pulmones, asintió débilmente y tomó la mano.

Una fuerza increíble tiró de su brazo, poniéndolo de pie.

Una media sonrisa estaba en su rostro.

—¿Qué haremos ahora? —dijo con voz quebrada.

La sonrisa de la niña se profundizó.

—Vamos a estar juntos por siempre.

Una sensación cálida recorrió sus sienes. Con movimientos dudosos, volteó la mirada. La luz en los ojos de su hija alumbraban apenas al niño tirado en la arena.

Ella juntó los brazos emocionada, mirando el cuerpo convulsionar.

—Ay… ahora podré estar contigo para siempre, corazón. —dijo entre brincos de felicidad.

Las manos del hombre temblaron, apretó con fuerza el cuchillo en sus manos. Había dudado antes, pero ya no. Lo blandió con todas sus fuerzas, cortando el cuello de su preciada hija.

Ella lo miró con sorpresa. La sangre bajaba lentamente. Ladeó apenas la cabeza y preguntó.

—¿Qué haces, papá?

Un paso atrás, la mano con el cuchillo levantado.

—Tú no eres… no eres mi hija.

Ella lo miró, una mejilla se levantó lentamente, luego sus hombros temblaron un poco. Finalmente, no pudo contener la risa.

La espalda se le heló.

La risa de su hija estaba en sintonía con la gaviota.

—¿Qué diferencia hay? —dijo ella— si ya tengo sus recuerdos y su cuerpo, entonces soy tu hija. Esto no es como cambiar la madera de tu barco, papá. Yo soy tu hija.

Apretó los dientes, tomó aire y tasajeó otra vez.

La niña gritó de terror. Él sintió una puñalada en el pecho, pero no se detuvo. Finalmente, la vio descuartizada. Se levantó y su espalda chocó con algo… alguien.

Lentamente, llegó a una realización.

—Ustedes… están jugando conmigo ¿verdad?

Tres risas sonaron en coro. Una detrás, otra abajo, otra en cielo.

Sus manos se suavizaron. Primero cayó el cuchillo, luego una lágrima… luego dos, finalmente el mar desbordaba de sus ojos.

La niña en el suelo suspiró. La carne se movió como si tuviera vida propia, reconstruyéndose. Al pararse, acomodó su ropa sin sentido de estética.

—¿Sabes qué? Tengo una idea. —dijo.

Estiró una piedra, brillaba en verde y una ligera presión emanaba de ésta.

Ella sonrió.

—Dame a mil almas y te regreso a tu hija.

El hombre levantó la cabeza y miró a la persona en ese cuerpo. Sus ojos recuperaban el ánimo.

La niña sonrió.

—Los semihumanos valen por dos.

Lo tomó, sintiendo su poder incrementar. Un murmullo legó a su mente… al inicio lo era. Poco a poco, el sonido se volvía más claro, más nítido.

Eran los gritos de muchas personas.

La piedra se deslizó, cayó rodando en la arena.

Inclinado en el suelo que lo vio nacer, miró a los pies de su hija, el hombre rogó.

—Solo mátame ya…

Esperó la muerte.

La canción de las olas le trajo consuelo, dándole certeza de que estaba vivo, de que aquellos tres por algún motivo dudaban.

La niña habló primero.

—¿Cómo mostraba incomodidad en estas situaciones?

El resto tampoco mostró lenguaje corporal.

—No lo sé. Creo que rascándote la cabeza. —dijo el niño.

La niña se rascó la cabeza.

—Él no lo ve, así que mejor mueve los pies. —propuso el ave.

La niña movió los pies incómoda.

—Si deseas morir, así será. —dijo ella.

Entonces algo cambió en el mundo. No era el frío abrazo de la muerte, sino algo diferente. Una luz amarilla en el cielo, un pulso extraño en el mundo que acarició su corazón como un cosquilleo.

Enderezó su columna, mirando aquella luz.

Sus tres sicarios lo hicieron igual.

La luz pasó por el mundo, como un lazo que lo rosaba. Se dividió en miles de filamentos y pasó entre ellos cuatro. Se desplazó más allá del horizonte.

Parpadeó sorprendido.

Uno de ellos preguntó con voz plana.

—¿Cómo se indicaba sorpresa…?

Silencio.

Los segundos pasaron sin escucharse respuesta alguna.

Con el corazón dudoso, el hombre volteó la mirada lentamente. Ahí, su hija y el joven movían las manos con desesperación en busca de aire.

Finalmente el primer cuerpo en caer fue el ave.

Al abrir la boca, ojos verdes y fantasmales se elevaron en la noche.

Lo siguieron su hija y el joven. Los espíritus parecían asfixiarse incluso en fuera del cuerpo.

El silencio había irrumpido nuevamente sin permiso. Hasta que algo lo rompió.

Las olas del mar sonaban en calma, el viento volvió a soplar.

Al voltear la mirada nuevamente, aquella luz ya no estaba. No había luz alguna en el horizonte más que la luna.

—El día… está demasiado lejos de llegar. —dijo con un suspiro cansado, sus emociones frías.

Bajó la mirada.

La arena se movió como si tuviera un corazón enterrado.

Una tortuga emergió, saliendo de los huevos bajo la arena. Luego le siguió otro, luego otro. No sabían quienes son, pero seguían la luna.

Una gota rodó por sus ojos.

—Ellas no necesitaban mil almas. Solo tiempo.

Miró el cielo nocturno, pero no habían gaviotas que se los lleven.

Rendido, se quedó mirando a la nueva vida llegar intacta al mar.

Él pidió la muerte.

El mundo respondió con vida.

Puede escucharse, resonando en el vacío, un suspiro triste.

Un alma flotando en el infinito cosmos.

En su mente, reflejadas muchas imágenes. Algunos varones, otras mujeres; algunas personas ricas, otras pobres; algunos vivían felices y otros tristes. Un desfile ininterrumpido.

Hasta llegar a cierto recuerdo.

Lentamente, siendo sus ojos más y más abierto; su voz llena de tristeza e impotencia.

Pronunció un nombre, pero sin poder entenderse.

—######### por favor ven, no me dejes de nuevo ¿Dónde estás?

Un joven vestido con ropas blancas, hechas de nubes, acompañado de un aura dorada, en forma de esfera.

Con las miradas encontradas, el llamado cesó.

Él observó, quieto en su lugar.

Sus ojos sin movimiento no delataban, el cielo, ni el vacío del espacio… solo a Maribel.

Negó lentamente, dándose vuelta con decepción.

—Ya lo vieron, pero no hay redención. Los de arriba me decepcionan, me salvo a los de abajo.

Su cuerpo emanando una luz: desaparecía poco a poco .

Maribel, ya en vuelo, le tomó un brazo con apuro.

—No… no, por favor. Va a pasar de nuevo.

Soltando un aire cargado de emociones, la luz paró.

—Fue mi último intento. Pero si tú no logras cambiar la opinión, nada puede hacerlo. Parte de mi reino deberá ser destruido.

Acompañado a su voz, un pulso helado. Las prendas nubosas temblando, como si él mismo temblara.

Maribel sostenía la mirada, sin parpadear y con los labios apretados. Forzándose a hablar con voz ronca.

—No me abandones en este mundo. Estaba feliz así…

Él negó lentamente.

Una sonrisa triste, una carica en la cabeza; no ofreció más consuelo, solo… la verdad.

—Perteneces al ciclo de la reencarnación.

Ella aún, sin terminar de escucharlo, ya hacía otro pedido.

—¡Al menos… permite que Aether siga cultivando, al menos deja que él suba y viva a tu lado! —tembló, pero ignorando su condena, siguió —Ese chico… es tu discípulo también, te llama papá.

Las túnicas quietas, la expresión invariable, como si sus palabras no existiesen. Aún así, cerró los ojos un momento.

—¿Recuerdas aquello? —preguntó.

Maribel apretó su agarre. Humedeciendo sus labios antes de responder.

—Eso no importa, no son yo.

—No lo eres —interrumpió — pero aún cargas con aquello.

Apuntando a su corazón, un ligero brillo se comenzaba a asomar.

—Tienes un corazón tal, pero aún con impurezas. Podrías cubrir este universo y aún así no extraerlo todo.

Ella, con la mirada baja, el miedo apretando su estómago.

Él, con ojos inmutables, esperando la reacción.

El tiempo no frena, ni siquiera por ellos.

Pudo ser un segundo, pudo ser un año.

Con impaciencia, levantó la mirada. Girando, su percepción la llevó a la mente de él.

Agua abajo, vacío arriba; sin división clara entre ambos, solo contraste. Con pies hundidos, en el agua no hay movimiento.

Una sensación ominosa, no por miedo, sino temor al comprender.

Un mar muerto la recibió.

Tambaleándose, perdió el sentido por un momento. Ya se encontraban ante sus ojos las galaxias dando vueltas. Su rostro azul, a punto de vomitar algo desconocido.

Hasta que algo la frenó: una mano extendida.

—No hagas eso. —dijo él— no puedes… —suspiró —no importa. Si tanto te preocupa saber, no lo abandonaré.

Asintiendo, buscó algo que atase su sentido de orientación.

Y ahí estaba.

La silueta del mundo reflejada en sus visión, la confirmación indiscutible de su muerte.

—Ya… realmente va a pasar… otra vez.

En la esquina de su visión, un mensaje con cuenta regresiva.

[Espera la reencarnación.]

Rascándose la cabeza, la ropa blanca de nubes tembló.

—Maribel. —llamó él.

Al girar, encontró un rostro con una ligera sonrisa.

Entonces ocurrió. Un pulso, tal vez un tirón.

Un estremecimiento compartido.

No era en ella, sino en el todo.

—¿Qué está pasando?

Al levantar la mirada, una luz amarilla en descenso.

Luego otra.

Luego incontables.

Sus ojos se abrieron.

—Eso es…

—Así es —con una ligera sonrisa, agregó —ahora sí te permito ver desde mi perspectiva. Aunque solo dos de ellas.

Maribel contenía, apenas, una sonrisa modesta.

—Con gusto.

Entonces lo vio.

Pilares tan grandes… cerrarían la distancia de muchos sistemas solares. Bajando a una velocidad inaudita.

Hilos dorados volaban en todas direcciones.

La visión cambió, en este espacio eran columnas, en otro era agua.

Mirando de reojo a aquél hombre, sin necesidad de preguntar, entendía que no era la apariencia final, supo que él estaba mirando más escenas.

—Lo lograste… ¿Por qué solo ahora?

El sistema le frotó la cabeza.

—Eso es algo que no te debo explicar.

Maribel ladeó la cabeza, dejando ver una mueca.

—¡Tacaño! Antes me lo decías todo sin rodeos.

Él suspiró con los ojos rodando.

—Te lo decía todo… pues mira como acabaste.

Los ojos de Maribel se desviaron lentamente.

—Está bien, te doy la razón solo en eso.

Una sonrisa apenas marcada, aclaró.

—No te lo digo, para que puedas seguir cultivando. Temo arruinarte mañana si te revelo esto.

Encontraban sus ojos sin cambio alguno, sin mentiras.

Procesando las palabras, ella sonrió.

—Así que ya sabes que cambiaría mi pedido…

Él asintió.

—Parece que no los quieres perder. No hay problema ¿Qué cultivador sensato iría a un mundo perfecto, donde no hay dificultades para el corazón?

Ella sonrió sin darse cuenta, pero entonces llegó.

Un pensamiento repentino. Una incomodidad, un temor.

—Espera… te olvidaré ¿Verdad? Ya todo acabó, entonces te irás. Cuando vuelva… ¿Ya no estarás?

Él perdió la sonrisa, negando con un suspiro.

—Aún no cumpliste tu promesa conmigo. Dijiste que me alcanzarías y me pagarías como se debe.

Ella sonrió.

—¿Qué te parece mi cultivo?

Parpadeó un poco. Ladeando la cabeza, con expresión pensativa.

—Supongo que sería genial verte realizada. Pero no digas más cosas en doble sentido… —con ironía agregó —podría confundirme y tomarlo.

Rascando su cabeza, ella habló.

—Parece que Rin deberá esperar por su hogar… ¿Podrías decirle…?

—Díselo tú, fue tu decisión quedarte.

Asintió resignada.

Ahí estaba Maribel. Una sonrisa tranquila, sin indicios de querer hablar.

Sin advertencia alguna, su figura desapareció, como si nunca hubiera estado ahí.

Una luz viajaba, siendo observada con calma. Los ojos de él siguiendo aquél recorrido, cayendo en aquella mota de polvo.

Nuevamente, ahí estaba Maribel… de regreso en el mundo.

Oscuridad. Acompañada de un gran temblor en todo el cuerpo.

No era de la anterior alegría y comodidad.

El cuerpo físico sufriendo.

—Demonios… duele como el infierno… Nadir, ayúdame… por favor.

Cada segundo, dolor. Cada respiración, perforaciones internas.

Aún así, la voz en su cabeza interrumpió.

[Has adquirido el título: Mártir.]

«¡Cállate sistema!»

Una mano temblaba con desesperación, rasguñando el capullo.

«Tal vez deba romper esta cosa.»

Primero una mano de madera, luego un jalón brusco en una de las lanzas. Nadir apareció sin aviso.

Los tres sobrevivientes contemplaban boquiabiertos el cielo… hasta escuchar un grito desgarrador.

La noche, el fenómeno, la voz conocida… sus corazones cayeron al suelo, la sangre helada.

—¡E-esa maldita perra…! ¿Acaso volvió a la vida?

El capullo vibró, acompañado de un grito… y otro más.

La noche volvió a la calma.

Un momento después, observaron atónitos la madera abriéndose.

Retrocedieron, sin necesidad de ver.

Un cambio en la atmósfera, un movimiento invisible. Como se hiciera una preparación… no para que ocurra algo, sino porque algo va a ocurrir.

Los cabellos de la nuca se erizaron, la figura apenas visible, sin presencia, como una ilusión. Un depredador frente a ellos, pero sin poder verlo, listo para saltar al cuello. Lo sabían… lo sabían muy bien.

Ella se puso de pie con algo de incomodidad, alisando su ropa. Las prendas antes rotas, ahora reparadas.

Aquel hanfu se agitó sin motivo, dejando una sensación extraña.

Entrecerraron los ojos.

Finalmente, la brisa los alcanzó. Y pese al viento, las prendas de la mujer ya no se movieron.

Ella se llevó una mano a la cabeza, observando con desgana.

—Ush… les juro, solo quiero descansar un momento. Luego vuelvo para matarlos.

La misma voz, la misma figura. Pero diferente… de algún modo.

El anciano apretó los dientes. Con expresión oscura, salto directo al abdomen, introduciendo su mano.

—Con esto no importa que truco tengas, sin dantian estás acabada.

Bajando la mirada, ella encontró al anciano.

Sacudió el polvo persistente antes de hablar.

—Eso duele, no lo hagas porque estoy de mal humor.

En él, una sacudida involuntaria. Levantó la vista.

La voz volvió, con una mirada afilada

—Saca tu mano ahora.

El anciano exclamó en furia.

—¡Eres una insolente hasta el final!

Apretó, sin que pase nada.

Mientras rebuscaba con el puño, la ira abría paso a la confusión.

Ella rio por lo bajo.

—¿Qué? ¿Sigues buscando en ese lugar? Olvídalo, no está ahí. —una amenaza cruzó sus ojos —Además… yo si fuera tú, no hubiera intentado destruir mi dantian.

El anciano saltó hacia atrás. Pero no hubo ataque.

Maribel desvió su atención.

Ante sus ojos un mensaje brillando.

[El enemigo a superado la tolerancia del cielo. Iniciando protocolos.]

Sin reaccionar, esperaba, observando la imagen de carga.

[Actualización: Ascensión Inversa desbloqueada. Ya no te esfuerzas por refinar los cielos, los cielos te alcanzan a ti. Se ha juzgado el tiempo de la habilidad.»

Un cronómetro de veinticuatro horas apareció.

El anciano miró a Maribel con sorpresa.

—¿Dónde está tu dantian?

Ella negó lentamente.

—¿Por qué debería decirte?

Lo siguiente los dejó sin aire.

Ella se elevó. Sin qi, sin técnica. Sin resistencia. Simplemente elevándose en el aire.

El anciano tropezó con sus pies.

—Es… es… ¡ES UN JODIDO INMORTAL!

Del cuerpo de Maribel surgió una mano. Se estiró hasta alcanzar al anciano, atravesando sin dañar su pecho.

Al caer, el golpe fue sordo.

La voz de Maribel era escuchada como un arrullo, casi un consuelo.

—Tú no tienes perdón. Hice lo mejor para ti.

Los demás sintieron que se enfriaban hasta la médula. Tales palabras, tal simpatía…

Corrieron como ratas ante un gato.

Con calma, sin alterar su expresión, más manos surgieron en persecución.

Con la noche en calma, bajó la mirada.

Descendiendo lentamente, sus pies dudaron apenas antes de tocar el suelo.

—¿Un inmortal?… entiendo, así se llaman ahora los Reconocidos por Acumulación.

[Has alcanzado el Reconocimiento Celestial.]

Lentamente llevó una mano a la cabeza.

—Rayos… empiezo a olvidar. Pero aún hay algo que debo hacer.

Una luz amarilla surgió.

Repitiendo los movimientos de su cultivación, la energía surgió de lo más micro cósmico de su ser y se infiltró en toda célula.

Cuando el brillo desapareció, ella parpadeó con calma. En su caminar sereno, los pies descalzos acumularon tierra, en sus ojos amarillos una estela de luz.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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