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Sistema de Evolución Universal - Capítulo 160

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Capítulo 160: ¿Quién Quisiera Ser Rey?

—¿Quién quisiera ser rey?

La sangre goteaba desde una boca abierta. Camisa destrozada, pantalón rasgado en las rodillas. La mitad del rostro quemado.

Drakar está encorvado en su forma humana.

El viento gritando en sus oídos, mientras su cabello se agita suavemente.

El mundo, iluminado por partes. El polvo, en todas direcciones.

Un estruendo final de fondo.

Retumbando, la solitaria puerta de un castillo cedió, dejando un terreno baldío, un trono abandonado.

Rojo, metal rojo clavado en el suelo. Una enorme lanza roja, destrozada, con 5 metros de largo.

El campo de batalla mostraba grandes zarpazos. Grandes porciones cubiertas de vidrio, fragmentos esparcidos en todas partes. Una grieta de casi cincuenta metros partía el campo de batalla, donde salía flora marchita.

Las gotas de sangre salpicadas apuntaban en dirección al trono.

Pasos arrastrados, sonoros, acompañados de una respiración temblorosa y grave.

En su caminar la oscuridad consumió el mundo, luego volvió a brillar.

Burbujas de luz parpadeaban en la llanura de batalla, trayendo el día en grandes porciones del terreno.

Un brisa sopló, levantando polvo en dirección al trono, donde el día bañaba el poder.

Detenido, contempló aquella invitación.

Con los ojos cerrados, una risa sarcástica.

Pies en marcha, temblando. Las botas negras pisaron las escaleras, los pasos sonoros y solitarios.

Llegó frente al trono, preparado para sentarse.

Con un quejido de voz, las piernas temblorosas cedieron, dejándose caer con todo su peso sobre el reposo.

En su mente estaba el vívido recuerdo: su carne cuarteada por el viento, la sangre cortando su piel, la luz quemando sus órganos. Sacudió la cabeza con desdicha.

—Me gustaría decir… que hicieron trampa.

No hubo respuesta.

Abriendo los ojos, el cielo azul se mezclaba con la noche.

Un ave volaba, acompañado de un murciélago.

Los ojos de Drakar se entreabrieron lentamente. Al final, una sonrisa, un suspiro.

…

El tiempo pareció detenerse, su mente se perdió en pensamientos, mas no encontró palabras.

—¿Terminaste? —preguntó el viento con calma —supongo que ya puedes morir.

Con ojos cerrados, lentamente, una sonrisa asomando en Drakar. Entonces una carcajada.

—Sabes que no importa si me matan, ¿Verdad?

Un rayo de luz, fino, cálido, se colocó en su frente. Vapor se elevaba, quemando la piel.

Cargado de enojo, llegó a sus oídos una voz distinta.

—Sí importa. La próxima vez que vengas, no esperaremos que crezcas, morirás siendo un feto.

Sombra en los ojos dorados, una mueca de repulsión.

—Dejen que este grano de polvo muera, les llevaré más lejos. Pero aún te aferras a este mundo. —reclinó su cuerpo —parece que aún no están listos. No tengo porqué esperar.

Del suelo, una rama creció apuntando al cuello. Se tensó. Movió el cuerpo un poco, esquivando.

La voz contenida de Drakar sonó.

—Realmente, ¿Quién quisiera ser rey? Es mucho trabajo.

Apuntando los ojos bajo la montaña de polvo donde se erguía el trono, escondido en la noche, un hombre con el brazo torcido lo miraba con intensión asesina. De su sangre brotaban flores vivas, intentando inútilmente cerrar las heridas.

Al quedarse sin fuerzas, la rama se hizo cenizas, él se dejó caer.

Drakar miró a la brisa de viento.

—¿Quién como ustedes, que hacen lo quieren, cuando quieren? Yo solo quiero eso…

Una risa burlesca flotó en el aire.

—Llévate tu miseria a la otra vida entonces.

Los ojos perdieron brillo, la voz sonó quebradiza.

—Este mundo… es injusto. Los débiles sufren, los fuertes son oprimidos por los cielos. ¿Por qué son ciegos?—

La temperatura cayó de golpe.

—A mí solo me importa una cosa. —dijo una voz autoritaria —Que mueras.

El tiempo pareció detenerse un microsegundo. El corazón de Drakar se achicó, tragándose sus emociones.

Sin pensar, estiró la mano con los ojos brillando en pavor. El calor intenso, acompañado de un círculo mágico.

Una pica de hielo oscura ya estaba ante sus ojos, apenas lo detuvo, reaccionando por puro instinto. El hielo parecía detener incluso la luz.

De fondo, se escuchó tres cuerpos caer al suelo, suspiros exhaustos, pero vivos.

—Maldita… vieja… bruja. Así que quieres… expulsarme… Val.

Saliendo de la noche, una elfina se presentó sonriendo, con la victoria en los ojos. Ella miró desde arriba con deleite.

—¿Qué pasa? Allá arriba se decepcionan.

Drakar sonrió levemente.

Extrayendo lo que le quedaba de fuerza, se levantó en una rápida rotación, mientras el hielo, sin fuerza opuesta, caía de lleno en el trono.

Lo destrozó.

Miró con burla a la elfina. Marcas moradas ya circulaban en su brazo, deteniéndose como un tatuaje. Tres cabezas de dragón, tres escudos.

—Que desagradable, detesto a esta gente… pero detesto más esa sonrisa tuya.

Vaelithra contrajo el ceño, empujando ligeramente la mano. Las moléculas frenaron su cinética bruscamente, comprimidas en un pequeño espacio, la energía se liberó de golpe, un pulso poderoso; la tierra en su camino se resquebrajó, rompiendo la barrera del sonido.

Drakar chasqueó dos dedos.

Como una mancha caída en una pintura, una grieta apareció.

El impacto fue absorbido por el infinito espacio.

El silencio cayó con tal grieta delante suya.

—¿Cómo es que aún puedes invocar esta cosa? Las criaturas del vacío… ya no son capaces de estar aquí.

Del otro lado, las cosas se filtraron lentamente.

Olor a carne cruda se extendía por el aire, acompañado de podredumbre. Primero llegó el aliento, caliente, blanco; seguido de filas de una dentadura amarilla con cuatro caninos, orejas lupinas, una cola peluda. Ojos de depredador.

La persona contaba con ropa casual y ajustada, músculos marcados y uñas en forma de garras. Se alargaron, la queratina poco a poco comenzó a ennegrecer, adquiriendo un aspecto petroso.

Se lamió los labios.

—¿Qué tenemos aquí?: Una serpiente pidiendo ayuda.

Drakar no respondió. Respirando profundamente, pegó un saltó y desapareció lejos.

La mirada de Vaelitrha se agudizó. Movió los ojos, pero ya había perdido de vista a su objetivo.

El lobo levantó un pie, cruzando al mundo… se tambaleó.

El aire era espeso, literalmente, como si no pudiera moverse. Caminaba como en el fondo de una piscina.

Fue ahí, el mundo se congeló, sin hielo, sin frío; pero la sola idea de movimiento parecía… extraña.

La reina miró con ojos salvajes. Un estoque de hielo apareciendo en sus manos.

—Así que tú eres el último truco.

Los ojos del hombre lobo temblaron, su cuerpo aún rígido, comenzaba a emanar un brillo morado por la espalda.

Desde el cielo, un pilar de luz verde.

Cayó desde las nubes, aterrizando con fuerza. Un brillo, más intenso, resaltaba en la mitad de la columna.

Enterrada en los escombros, una piedra verde se elevó.

Como una estrella, flotando en la porción nocturna de la llanura. Vibró apenas un segundo y voló al pilar, la luz abriéndose, el brillo misterioso la recibió. Flotando en el cielo, la piedra llegó a la palma estirada de Drakar.

Lentamente la acercó a su pecho, venas verdosas comenzaron a extenderse sobre la piel, con un vapor verdoso que la quemaba. La piel se abrió, revelando un corazón palpitante, iluminada en verde, el corazón comenzó a transmutar, mientras la piedra se destruía en pedazos.

Con la piedra hecho polvo, nació una copia: el corazón de jade verde solidificado, latiendo, emanando vapor.

El pecho se cerró a velocidad visible.

Motas de luz surgiendo en todos lados. De la tierra comenzaba a aflorar impurezas, el viento dejaba caer un líquido negro como llovizna.

Valithra lo notó: El aire pesado, acelerando el corazón. Era como un susurro, como una súplica, su poder de permanencia… o tal vez el mundo, le pedía que detenga aquello.

Respirando con fuerzas renovadas, Drakar bajó la mirada. Ahí, la incredulidad de Vaelithra. El círculo azul bajo sus pies parpadeando.

Una risa profunda se escuchó.

—No Val… mi último truco aún no se a mostrado.

Estiró los brazos. Las motas de luz, en todas direcciones, se elevaron mientras eran absorbidas. Del suelo, aire y agua, muchas vidas desapareciendo. Las aves cayeron del cielo, las plantas desaparecieron sin dejar hojas.

Como agua expandiéndose, luz en todos lados tornándose carmesí.

Vaelithra retrocedió, pálida. Su piel quemando, al observar, comenzaba a descamarse. Una formación bajo sus pies se iluminó, cubriendo su cuerpo con magia protectora.

Detrás, los tres heridos hicieron lo mismo, ya retirándose a gran velocidad.

Vaelithra miró al Dragón Rojo con incredulidad.

—Usaste incluso a las bacterias.

Sonriendo profundamente, Drakar declaró.

—No vivirás para ver mi último truco.

Detrás de ella, su instinto le presionó la nuca.

Giró bruscamente, el movimiento ante sus ojos ralentizados, mientras observaba: una intención de espada avanzando a su cuello, acompañado de uñas petrosas.

Ojos dorados miraban desde lejos.

Dos mujeres, una recostada, otra de pie con dignidad y elegancia.

En su visión: vidrio, arena, una franja con plantas apenas vivas. Y un hombre moribundo, pronto un cadáver.

Los ojos dorados podían ver, en secreto, una magia cargándose en el trono. No lo lograría a tiempo.

Tomó aire.

—El mundo cumplirá su promesa. —murmuró.

—¿A qué te refieres? —preguntó la elfina.

Negando, volvió a mirar a lo lejos y apuntó.

—Él va a morir. Además, esos tres están cansados, ve a matarlo.

Los ojos de Vaelithra se abrieron. Una sonrisa exquisita, bajo la atenta mirada de Maribel.

La temperatura cayó bruscamente.

El mundo estaba dividido entre día y noche, visible a plena vista. Cápsulas de luz iluminaban las sombras nocturnas.

Vaelithra ya no estaba.

Maribel giró la mirada, observando el campo de batalla destrozado.

—Pensar que todo esto era la capital de un reino… que horrible.

Entonces en la distancia una luminiscencia verde se elevó, para después caer como un pilar atravesando las nubes.

Con una queja incómoda, Maribel llevó una mano al pecho. Dolor opresivo, falta de aire. En un instante sensaciones alarmantes y antinaturales llegaron, pero no hubo cambio en su expresión.

Al contrario.

Una sonrisa inesperada surgió en Maribel, quien miró un poco más. No pasó mucho hasta que rodó los ojos con ironía.

—Ni siquiera sabe usarlo.

El viento sopló, trayendo el olor de la batalla.

Vidrio, arena y líquido negro.

Entonces ocurrió.

Un susurro recorriendo el mundo, preguntando desorientado.

Ya no estaba.

##########################

Una sonrisa inesperada surgió en Maribel, quien miró un poco más. No pasó mucho hasta que rodó los ojos con ironía.

—Ni siquiera sabe usarlo.

El viento sopló, trayendo el olor del agua salada.

Sal, arena y agua espumosa.

Observó en silencio el entorno, acompañada por el sonido de las olas. Finalmente, Maribel dejó de reposar la cabeza entre las manos, poniéndose de pie.

Aparecieron huellas en la arena, mientras ella aún bajaba de una casa. Al salir, sus pies pisaron exactamente ahí.

Viendo su propio caminar, una sonrisa irónica brotó.

Los pasos siguieron su rumbo, posados sobre las sombras de sus pisadas, las que aún no llegaban.

Levantó la mirada.

Entonces encontró un rostro desconocido.

Adulto, masculino, sentado sobre la arena en posición de meditación, se dio vuelta para encontrarla.

—¿Fuiste tú quien me tocó? —preguntó el hombre.

Ella llegó caminando, sin cambiar el ritmo de sus pasos. Tranquilamente estiró una mano, dando un suave golpecito en la espalda del hombre.

Sonrió.

—Así es, fui yo. —apuntando con el dedo a la piedra dijo —Esa cosa es peligrosa, ¿Qué haces con eso?

Rápidamente el hombre lo escondió, con los ojos temblando.

Se arrojó al suelo, con las rodillas dobladas.

—P-por favor… se lo suplico, no me quite esto. Mi hija… mi hija… es solo… quiero guardar su recuerdo.

Los ojos de Maribel se entreabrieron, mirando al mortal postrado.

—Está bien, déjame ayudarte.

Sorprendido, el hombre levantó la mirada.

Ella sintiéndose un poco incómoda, esquivó esos ojos. Al observar en cierta dirección, decidió acercarse a donde la playa tenía mucha arena, una zona extensa.

«Sistema.»

[Dígame ¿Qué desea?.]

Maribel se lamió los labios.

«Tráeme a Rin.»

[Orden aceptada.]

El viento ya se agitaba. Viajando y ondulándose, esta vez de formas inesperadas sobre la arena, un círculo mágico se formó, casi naturalmente.

Primero fue un brillo, luego como un fuego, después como luces led. El verde brilló, encendido, elevándose hasta cinco metros.

La boca del hombre cayó de sorpresa.

Cuando la luz cesó, desde el interior del círculo podía verse a un hombre, vestido elegantemente como mayordomo, aunque con algo de polvo.

Se sacudió la ropa observando el entono. Al echar un vistazo a la mujer delante suyo, reclinó la cabeza confundido.

—Juraría que moriste, salió en muchos periódicos.

Ella se encogió de hombros.

—No quería morir. —apuntó a la piedra verde que sostenía el hombre. —Puedes regresarlos al mundo, ¿Verdad?

Gruñendo, Rin respondió.

—¿Qué te hace pensar que te obedezco?

Ella guardó silencio, mirándolo a los ojos.

La tensión aumentó a cada segundo.

—No pienses que puedes presionarme, Maribel.

Ella tomó aire, luego lo dejó salir en un suspiro.

—En realidad… no me gusta portar las malas noticias, pero parece que no podrás tener un hogar en el corto plazo.

Los dedos de Rin temblaron, causando que Maribel levante una ceja. Lentamente, ella levantó la mirada, encontrando una expresión indiferente.

—¿A qué te refieres con eso…?

Ella levantó la otra ceja.

—Impresionante, parece que no todas las reacciones están internalizadas.—

—Responde… por favor. —agachó la cabeza al final.

Maribel se rascaba la cabeza, mirando de reojo al hombre a lo lejos.

—Está bien… en realidad no es culpa tuya, si no mía—

Guardó silencio un momento, tropezando con sus palabras.

—¿Y bien? Explícate.

Tras unos segundos de pensar, ella levantó la mirada.

Rin casi cae de espaldas. No se sabe qué vio. Toda rección desapareció, suplantado por una quietud extrema. No hubo suspiro, ni movimiento ocular, no sudó ni tembló.

Parecía un cadáver tieso.

—Es por esto. —dijo Maribel.

Rin tomó aire.

—Ya veo. Así que por eso era. —la miró a la ojos —por ahora está bien… que los míos no puedan venir acá es suficiente.

Maribel asintió.

—¿Me ayudarás, pequeño brote?

Rin se puso de pie, su energía verde rebosando sin control. Tomó aire y lo sostuvo un buen rato, tras relajarse respondió.

—Claro que sí.

Una sonrisa confiada en Maribel bastó, tras su emoción, un pulso perdiéndose a lo lejos.

Rin se estremeció. Rascándose el brazo, miró al hombre, quien tembló al encontrar aquellos ojos verdes. Sus pasos sonaron en la arena, acercándose al mortal estiró la mano para recibir la piedra.

El hombre, congelado, solo pudo entregarlo.

Rin acercó el objeto a sus ojos, luego volteó para mirar a los jóvenes cuerpos en la arena.

—Tal como pensé, no están aquí. —dijo agitando la piedra.

Maribel se acercó a los niños.

El joven con escamas, la niña humana.

Se puso de cuclillas, estirando la mano sobre la frente de la niña.

—Rin, parece ser que ella misma aún no ha sido devorada.

—¡¿Qué?! Eso es… —volvió la mirada al hombre. —Eres un gran suertudo, normalmente los míos eliminan al huésped.

—Este niño tampoco. —informó Maribel.

El padre se desinfló como si su alma escapara, cayendo de rodillas. Entonces una pregunta apareció.

—P-pero ¿Por qué no despiertan?

—Parece que están atrapados en sus mentes. Tal vez los brotes pensaban usarlos para algo más.

El hombre tenía las manos sobre la arena, temblando. Un llanto contenido que dejaba huellas húmedas. Al calmarse, la arena marcaba con sombras donde alguna vez estuvieron sus manos.

Maribel se arrodilló, secando las lágrimas con la manga de su hanfu. Inclinó la cabeza en dirección al hombre.

—Lo arreglaré.

Poco después, tomó en brazos a la niña, llevada cerca del padre. Una mano sobre la frente, tomándose un momento de concentración.

El hombre juntó las manos cerca de la boca, soplando nerviosamente para calentarlas.

Pasaron unos minutos, un movimiento ocular se observó en la niña, reanimando el espíritu del padre.

Maribel no dijo nada, simplemente la entregó tan rápido como pudo, dando la espalda a la escena. Ya estaba caminando en dirección al otro cuerpo, cuando algo llamó su atención.

El padre se tensó.

Una luz verde afloró en el centro la ciudad, muy arriba.

Con movimientos contenidos se dio vuelta, temblando, solo para presenciar algo que no esperaba.

La luz se agitó, mientras pequeñas estrellas verdes salían de la piedra, formando nuevamente a la gente perdidas.

Antes de darse cuenta, personas desnudas caminaban por las calles, corriendo en busca de alguna prenda.

Maribel observó el espectáculo con seriedad, los contornos de sus ojos brillando en verde. Finalmente se despreocupó de la escena, colocando una mano en la frente del niño.

—Parece que no podrá hacerse en menos de una noche.

La luz del sol comenzaba a asomarse.

—Aún quedan muchos lugares más…

—«»[]

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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