Sistema de Evolución Universal - Capítulo 168
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Capítulo 168: De Afuera hacia Adentro.
La luz se filtraba en rojo, bajo un bosque de colores.
El viento soplaba con extraña libertad, sin obstáculos.
Las hojas mecidas al viento traían un festival de luces.
En tierra, las ranas eran de colores variopintos; las víboras reflectando luces en sus escamas. La vida transformada, ahora un espectáculo de luces.
En el cielo, las aves no descendían.
Un solitario y agudo zumbido sonaba atravesando del bosque, donde no habitaban insectos.
Llegó finalmente a una zona destrozada, donde el sol iluminaba una llanura en medio del bosque.
Los murciélagos se acurrucaron en sus cuevas, las aves pasaron de largo. El mosquito no, seguía zumbando alrededor del desierto.
Se posó en una mancha de sangre, la madera de alrededor parecía haberla enterrado, pero el sangrado fue abundante.
Alas rojas, probóscide alargada y ancha.
El viento se agitó, meciendo el cuerpo del mosquito con brusquedad, mientras dos manos cerradas fallaron el aplastamiento.
Aquél aplauso se extendió a lo lejos, achicando los corazones de la fauna.
Un hombre vestido con túnicas de adornos florales miraba con desprecio a la criatura.
—¿Qué hace un mosquito codiciando sangre de cultivador?
Observó con atención al insecto en vuelo, la luz del sol iluminando su figura.
Sus ojos se abrieron.
—Esto… ¿es un mutante del bosque?
Su mirada ensombrecieron.
—No se qué consecuencias podría traer que tome tal sangre, será mejor experimentar en aislamiento. Pensar que existiría un insecto acá…
El mosquito no se acobardó, posado nuevamente en la mancha de sangre seca, se frotó las patas. Pero tuvo que volver a escapar.
Una vez más, los corazones de todos se achicaron ante el estruendoso aplauso, mientras las aves de buenos ojos miraban el intento suicida.
Entrecerró los ojos.
—Si lo mato, entonces lo maté, es solo un mosquito.
Dándose vuelta, el insecto lo miró directamente.
El hombre levantó las cejas, sintiendo algo extraño. Pero su descontento volvió al ver que el testarudo no se rendía con la sangre.
Volvió a levantar las manos para aplaudir, esta vez con el qi fluyendo.
Sus brazos se movieron apenas, pero una mano lo sorprendió agarrando su hombro.
—¿Qué haces? Déjalo vivir. —dijo una voz femenina.
Dándose vuelta bruscamente, su boca se abrió en una expresión que delataba sorpresa. Llevó una mano al pecho, con aliento agitado.
—Mi vida pudo haberse acabado ya, si fueras un enemigo.
En realidad ella también se vio sorprendida.
—Un momento, estoy segura de que esta conciencia pertenece a Nadir, pero… ¿por qué ya no te ves como un anciano?
Él la miró parpadeando.
—Maribel, podría decir lo mismo de tus ojos.
Una sonrisa apareció en ella.
—Eso es eso, lo tuyo es aquello. No tiene sentido que de repente te volvieras joven.
Nadir levantó una ceja.
—Tuve un gran avance, pero lo tuyo tiene menos sentido.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Cómo es que un cambio en el color de ojos tiene menos sentido que el rejuvenecimiento? Este mundo está loco.
Un silencio incómodo se produjo.
Nadir parpadeó.
—Bueno… si la dama desea proteger la integridad de sus saberes, este caballero retrae sus deseos de conocimiento. Mas debo preguntar cuantiosamente, ¿qué hace un fervorosa dama del bien descalza, con el cabello seco y un camarón en manos? Las aves lloran y los mares alzan, un corazón clavado en una espada cuando los reyes ven al pasado.
Maribel escuchó sin interrumpir, una ligera brisa soplaba su rostro serio.
—Si tan solo supiera, ¿qué dolorosas causas atenúan el funesto sino sus vivencias…? ¡Injusticia, injusticia! Oh flor marchita que floreció en lodo, cual lian en cultivación, para poder corresponder a su sufrimiento y dar consuelo en la primavera eterna…
El ceño en Maribel se frunció, agitando la mano.
Las palabras de Nadir se desvanecieron, miró confundido al cielo, mientras intentaba pronunciar algo.
Pronto indicó a su propia garganta, haciendo ruidos sin sentido.
—No pienso volver a la primavera eterna —se inclinó. —Me disculpo profundamente, pero no lo considero correcto.
Tras disculparse, ella le regresó el habla.
Nadir guardó silencio, suspirando.
Finalmente se lamió los labios y la miró a los ojos.
—No te culpo, llegaste en el estrato más bajo, seguro la vida no fue cómoda. Sin mencionar el estado actual del territorio del espejo… —llevó las manos a su rostro, con angustia clara.
Maribel suspiró.
—No te bloquees a ti mismo, siento que ocultas lo que dices. ¿Qué es lo que realmente deseabas?
Nadir soltó un suspiro, bajando las manos.
—Solo me preguntaba si lo que hiciste para revivir funcionaría con otros.
Maribel se tragó sus palabras, mirando fijamente a Nadir.
—¿Quién murió?
Él negó lentamente.
—¿Quién no? Casi tres cuartas partes del reino del espejo…
Un escalofrío le recorrió las espalda, la idea de una muerte tan masiva…
—¿P-pero… por qué?
Nadir negó con tristeza.
—No sabemos, la única pista son un grabado a fuego del emblema del Dragón Rojo en la carne de la gente. Por eso volví aquí, con la esperanza de que volvieras sobre tus pasos.
Él la miró esperando una respuesta.
Ella asintió.
—Llévame a la primavera eterna.
Nadir emitió un fuerte silbido, entonces se vio a lo lejos un cometa.
Maribel se acercó a su sangre seca, extendiendo un dedo para que el mosquito se suba.
«Resulta que el fúnebre sino era de él, aún así esperaba que no intentase manipularme. Dime tú, ¿qué haces acá?»
El mosquito la miró con alegría extraña.
«Vine a buscarte, mis hijos nacen como mosquitos normales y débiles, ¿cómo puedo tener una progenie fuerte, longeva y que crezca sin límites como yo?»
Maribel arrugó las cejas.
Algo en su memoria se agitó, difuso y esquivo; una sombra que no era ella, pero sentía conocerla.
Una joven entrando a un hotel, cargando una pequeña cama para mascotas.
Un hombre suspira, pero aún así asiente.
La cama en recepción.
Hasta que la tierra tembló y el hotel cayó, aquel hombre desapareció. Cuando ella volvió adulta, la silueta en la cama tomó forma humana… y la abrazó. En la entrada del hotel en ruinas, había una pupila gigante.
Ella negó lentamente.
«Si tus hijos nacieran tan fuertes como tú, entonces acabarían con el ecosistema. Perdón, no puedo concederlo.»
El avestruz aterrizo, invitando a que se suban.
Sus ojos se encontraron, causando que el animal se sobresalte un poco.
Maribel guardó al mosquito en su ropa.
«No me piques.»
Mientras el sol brillaba alto y el viento se atenuaba por la barrera, ella miró abajo. Un extraño descubrimiento llegó.
«¿En qué momento esto se volvió normal?»
Una sonrisa se formó, recordando su primera vez en esta montura.
Miró el horizonte en camino.
«Solo subí a la avestruz unas cuantas veces, pero ahora la vista no me emociona como antes…»
Entonces una voz interrumpió sus pensamientos.
«¿La vista es hermosa?»
Ella parpadeó.
«Hola, sistema. Bueno… creo que sí es hermosa.»
La luz del sol se reflejaba en sus ojos, contrayendo su pupila.
«Eso es la respuesta, Maribel. Si es hermosa, entonces es hermosa.»
Tras pensar un momento, ella asintió.
«Tiene sentido, la emoción se va, lo hermoso se queda.»
Bajó la mirada, observando ciudades en silencio, mientras a lo lejos un vapor negro se elevaba junto al aroma de una hoguera.
—¿Qué hacen allá? —preguntó.
Nadir respondió con voz oscura.
—Queman las posibles plagas.
Al descender, la ciudad estaba vacía. Letreros en buen estado, casas en perfectas condiciones, ropas aún secando al sol. El viento arrastraba periódicos y los puestos de comida estaban abarrotados de productos.
Simplemente era el silencio.
Un camino pavimentado llevaba en dirección a la montaña, las puertas solitarias y abiertas, sin un alma invasora.
Volteando la vista a la ciudad, el olor a quemado y carne asada llegó a su nariz, mientras su conciencia se perdía un instante.
Una ciudad tranquila se reflejó en su mente. Mientras los ciudadanos hacían sus vidas en calma, sombras de serpientes se movieron en la oscuridad, anidando en los corazones de la gente.
Finalmente cuando el sol se ocultó, una gran serpiente se alzó para remplazarlo, tomando a las personas como armas para rasgar el mundo.
Finalmente, la imagen de la serpiente enroscada en una pila de cadáveres, mientras crecía infinitamente, se quedó sin cuerpos y cayó en un estanque, donde se retorció hasta ahogarse.
La mente de Maribel volvió a la realidad, sus ojos se volvían ligeramente vidriosos y su respiración acelerada.
—Quiero ver uno de estos cuerpos, entonces sabré si puedo ayudar.
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