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Sistema de Evolución Universal - Capítulo 171

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Capítulo 171: De Adentro Hacia Afuera: Lo Que El Corazón Advierte.

Los pasos en las escaleras sonaban limpios, el eco esparcido en la gran sombra nacida en el pico de la montaña.

Oscurecidos quedaban los patios de abajo; el calor del sol reemplazado con el frío viento, colándose entre las telas y entumeciendo la piel.

No hubo agitación en el corazón, ni cansancio en los pies.

Maribel entrecerró los ojos.

—Este lugar es… peor de lo que recuerdo…

Nadir le dirigió una mirada confusa.

—¿A qué te refieres? No noté cambio alguno.

Ella apuntó al entorno, su mirada guiando a los patios debajo.

Nadir siguió las direcciones con la mirada.

—Bueno… ahora que lo dices, sí hay cambios… grandes cambios.

Tras observar por largo tiempo las lejanas y pequeñas siluetas, expulsó un suspiro resignado; las losas recibieron sus pasos mientras retomaba su silencioso caminar.

Maribel encontró el final del ascenso.

La entrada a la loma frondosa trajo una brisa que acariciaba el cabello; el viento aún frío, pero relajado.

Avanzar se sentía extrañamente seguro. El follaje a los laterales del camino separaba el salvajismo.

De a poco, las pisadas de Maribel sonaban más ligeras.

—¿Realmente tienen comida en ese lugar? Quiero decir… dudo que aún existan cocineros ahí.

Una sonrisa diminuta asomó en Nadir.

—La gente cocina… o mejor dicho nos turnamos para cocinar. Aún no estamos desamparados, nos tenemos a nosotros mismos.

Maribel ladeó la cabeza, la realización expresándose en su voz.

—Supongo que ahora incluso los discípulos externos tendrán más recursos.

Sus ojos encontraron la espalda de Nadir.

La caminata siguió en silencio.

Un castillo se divisaba en el horizonte; las paredes robustas como un fuerte para asediar.

Nubes se arremolinaban en círculos, perfumando a la atmósfera con humedad y…

—¿Relámpagos? —Maribel levantó una ceja.

Nadir miró aquella expresión, dejando escapar una sonrisa.

—Sordos los oídos, no le hablan a la mente lo que las lenguas no dicen; mas el corazón grita al alma: ¡peligro, peligro! Oh desafortunado que caminas a tu destino… saber que te esperan no es consuelo. ¿Existe hospitalidad regalada?

Ella lo miró de reojo.

—No pienses en que te utilizan, piensa en que te necesitan.

Atendieron el destino desventurado, con los pies cada vez más lentos.

El camino tenía algo extraño.

Los ojos de Maribel brillaron en dorado, examinando el entorno con el ceño contrariado.

Nadir paró, volteando con ojos atentos a Maribel.

Entrecerró los ojos, con la voz dispersa de toda dulzura.

—¿Qué puedes ver?

Ella tardó un momento para hablar.

—Yo… no sé… no tengo idea de qué es esto.

Las cejas de Nadir tuvieron un espasmo.

—Algo que nunca viste… ¿a qué se asemeja?

Ella observó el vacío unos momentos, sus ojos saltaban de un lugar a otro.

—Parece un hilo de vapor blanco, pero no lo es; toma esa forma cuando lo observo. Líneas azules lo circundan, parece ser qi en movimiento.

Su mirada siguió en dirección al castillo.

—Salen de ahí. —Maribel reclinó la cabeza. —Amara sería muy útil ahora mismo.

Exhalando audiblemente, la expresión del maestro era tranquila.

Siguió caminando con aparente indiferencia, sus manos reposaban detrás y los hombros colgaban relajados.

Llegaron a la entrada, encontrando un aroma de muerte.

Los cabellos de Maribel se erizaron, pareciendo regalarle unos pocos centímetros.

Aquél vapor blanco acariciaba su piel con movimientos suaves e hipnóticos, como una serpiente reptando; las ondulaciones azules pareciendo bailar.

Palideció un poco.

—Nadir… ¡este lugar me da malas vibras!

Él sonrió con ironía.

—Mis compañeros están adentro, seguro les agradarás. Colgamos la carne para cocinar, no te asustes.

Maribel entrecerró los ojos.

—No estoy nerviosa por conocerlos, realmente siento que hay algo mal.

Nadir reclinó la cabeza.

Dudoso, volteó para preguntar.

—¿Dices que algo está pasando aquí?

Maribel asintió con certeza.

—Esta cosa que parece vapor se forma de una sola conciencia. Además tiene malas intenciones.

Nadir chasqueó los dedos, pero no hubo sonido.

Maribel levantó las cejas. Muchas raíces brotaron de las paredes, la proliferación cubrió techos, suelos, pasillos y finalmente el castillo entero.

Sonrió, alcanzando a Nadir ya dentro.

Juntos dejaron atrás muchas esquinas, hasta hacer el último giro.

Los recibieron dos portones abiertos.

Se filtraba el aroma a sangre, carne cruda, sudor y fritura; entremezclados, aunque distinguibles.

Maribel olfateó, sintiendo la fuerte humedad en el aire; al bajar la mirada, huellas lodosas manchaban el piso.

La sala era espaciosa y tenía animales de corral tendidos, como si fueran aperitivos para escoger; algunos comensales cortaban una extremidad, dirigiéndose a freírla en el cuarto de cocina.

El párpado inferior de Maribel tuvo un espasmo.

—¿Esto se considera seguro? Juraría que cualquier persona se enferma así.

Nadir negó con una sonrisa en los labios.

—No podemos enfermarnos.

Ella lo miró intensamente apuntando al comedor.

—Eso no importa, solo… que asco ver este lugar.

Rascándose la cabeza, él asintió en acuerdo.

—Mis compañeros no le prestan atención a la limpieza… nunca pensé que sería un problema, tal vez debamos comer afuera.

Ella asintió.

—Tomaré la comida para llevar.

Se dispusieron a cruzar el marco de los portones.

Un paso: las miradas cayeron en Nadir.

Dos pasos: la atención recayó en Maribel; la recepción fue desconfiada.

Los ojos de la mujer se abrieron sorprendidos.

Miles de hebras de qi se movieron, cubriéndola por todos lados.

No solo podía verlos, también sentirlos; el movimiento fue instantáneo, introduciéndose en su cuerpo y frotando su aura.

Un espasmo le recorrió los músculos.

Quitó una hebra con la mano, pero muchas más venían en camino.

Ella palideció, su mente en blanco; podía sentir algo creciente aflorar en su estómago.

Sus pupilas se contrajeron y apretó los dientes.

Nadir volteó sorprendido, pero fue muy tarde.

Maribel se cubrió con las manos, sintiendo su espacio personal invadido.

Un escalofrío subió por su columna y salió con una sacudida.

No pudo detenerlo, el qi ejerció presión.

Todo el castillo quedó en silencio; las personas escupieron sangre, los más desafortunados ya tenían sus almas flotando.

Los ojos de Maribel se abrieron con horror.

Un espasmo pasó por sus dedos.

Cien manos se extendieron, todas suyas; cubrieron todas las direcciones, algunas chocando entre sí.

Tomó a los fantasmas, algunos soltaron un quejido al recibir el agarre. Los apretaba de regreso sobre sus cuerpos, como si buscase tapar un sangrado o llenar una herida. El qi salpicaba con cada empujón; las extremidades, antes inmóviles, se tensaban.

Finalmente uno succionó aire, después más volvieron a la vida.

El salón quedó en silencio.

Maribel soltó un suspiro y se limpió el sudor, con la presión en su estómago desapareciendo.

—Que bueno… clínicamente seguían vivos… pensé que los había matado.

Pensamientos indignados llegaron, desconociendo que ella los escuchaba.

«¡Qué carajo!»

«¡Nos acaba de asesinar, pero finge que no!»

«¡Sinvergüenza, sinvergüenza! Nos mata y se atreve fingir inocencia… si no fuera por mi alma naciente…»

El cuello de Nadir giró lentamente, casi podía rechinar.

«Este poder… ¿qué clase de poder le dio el cielo?» sus ojos se abrieron con pavor. «No… ¿qué hay aquí que la hace desconfiar?»

Un sudor frío bajó por su espalda. Miró el castillo con inquietud indescriptible.

Muchos se prepararon discretamente, con las manos temblorosas sobre sus armas.

Entonces un golpe sordo se escuchó.

Nadir buscó a Maribel, pero no vio nada… hasta bajar los ojos.

Ella estaba sentada con las rodillas tocando el suelo, lentamente soltó un aliento cargado de tensión.

Los ojos de Nadir se entreabrieron.

Giró bruscamente a donde sus compañeros.

—¡¿Se puede saber qué les pasa?! Traigo aquí a una invitada importante y simplemente la escanean así, ¿dónde están sus modales?

Todos se pusieron firmes.

Murmullos se expandieron mediante el sentido divino. El castillo seguía en completo silencio.

Girando suavemente, ofreció una mano con cortesía.

Ella lo recibió con mano pálida.

Al acercarse al comedor, las personas reaccionaron; con prisa arrebataron una extremidad que estaba siendo cocinada. El hombre dentro no se atrevió a reclamar cuando le quitaron su comida.

Maribel juntó las manos nerviosa, luego se inclinó ligeramente.

—Me disculpo por el inconveniente, me sorprendieron y reaccioné sin pensar… no estoy acostumbrada a tratar con tanta gente.

Al levantar la cabeza, las personas reunidas finalmente vieron su rostro con claridad.

Algunas mandíbulas cayeron.

—Creía que murió…

Se escuchó un golpe sordo seguido de una queja reprimida.

Maribel ignoró el regaño silencioso y carraspeó.

—Esto puede parecer extraño, pero ¿cómo saben que morí?

Nadir la miró de reojo y extendió una mano.

De su anillo salió una noticia impresa en papel.

—Es conocimiento público.

Ella asintió distraídamente, rosando con la yema de los dedos el objeto.

«¿Cómo se supone que voy a ocultarlo ahora?.»

Tras un momento, miró a la multitud.

Las miradas le fueron negadas; algunos ya sudaban frío.

Sin rodeos dijo.

—El maestro Nadir me salvó la vida.

Ellos lo miraron con expresiones complicadas.

Maribel interceptó un pensamiento.

«¿Por qué salva a alguien tan peligrosa?»

Su ceño se contrajo apenas, causando que todos se silencien.

—De todas formas, vine porque me enteré del asunto de la marca del Dragón Rojo. Si no puedo ayudar me iré.

La súplica de todos cayó en Nadir.

«Vamos hombre… no se cómo esos viejos lograron sellar a alguien como ella, pero si te debe un favor hazla irse de aquí.»

«Sí, esta mujer da miedo. ¿Qué tal decide robar los tesoros de la secta? Incluso si nos usa para refinar, no podemos hacer nada.»

«Como uno de los ancianos de pico, seguro usted conoce a los venerables, ¿verdad? Preséntale al venerable de sangre, seguro que se va contenta.»

«No los nombren a la ligera, nuestros cultivos marchitarán.»

«¿Qué sabes? Si resulta que le gusta esta mujer, podrían florecer como nunca antes.»

«Es verdad, incluso si no conoces al venerable de sangre, seguro que se interesa por ella. Nadir, deshazte de esa mujer por tu bien.»

El rostro de Nadir se llenó de líneas negras.

Maribel suspiró, reclinada sobre la mesa.

El sonido de su plato la hizo levantar la mirada; el ornamento fue colocado con sumo cuidado sobre la mesa.

Tocó la pata del animal: se agitó como gelatina.

Entrecerrando los ojos, pensó.

«¿Esta gente está segura de que la comida no saldrá corriendo?»

Mirando de reojo a Nadir, hizo una petición.

—¿Podemos ir a ver la evolución de la formación? Quiero comprobar una sospecha.

Nadir asintió.

Maribel hizo flotar el plato.

Tras ponerse de pie, examinó detalladamente el lugar.

En el segundo piso había una barandilla.

Su ceja se levantó ligeramente; encontró una sensación familiar.

—¿Hay discípulos aquí?

Un hombre juntó las manos antes de responder.

—Solo dos.

Ella asintió.

—Ya veo.

Girando sobre sus pasos, siguió al maestro del pico espiritual hasta la salida.

Afuera del comedor, habló en voz alta.

—Nadir, ¿conoces a una mujer llamada Elena? Solía juntarse con los tres prodigios.

Él la miró con calma.

—Solo escuché de ella, no la conozco en persona.

Maribel asintió.

—Es amiga mía… espero que se encuentre bien.

Se volvió para ver la segunda planta.

—Arriba hay dos discípulos. Uno tiene la conciencia pesada, la otra es Elena… y el vapor blanco viene de arriba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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