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Sistema de Evolución Universal - Capítulo 178

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Capítulo 178: Un Mal Día, Un Mundo Imperfecto: Despertando.

El sol brillaba apacible sobre la cabaña embrujada; su luz dorada y cálida se reflejaba en los troncos de los delgados árboles.

La ligera neblina en el aire dejaba un ambiente húmedo y frío.

En el piso de madera de la entrada se apiñaban cuatro pies, ambos muy cercanos y encarados de dedos.

Uno se sostuvo al ponerse de puntillas. El segundo giró noventa grados y se alejó.

Nuevos pasos resonaron en los tablones de madera: ahuecados y sonoros, aunque el caminar era ligero y casi sin peso.

En su lugar, la belleza caminaba pisando con fuerza.

La luz del sol se reflejó en sus ojos color cielo.

—¿Qué tal está? —preguntó la mujer recostada en un palo de madera que fungía como columna.

Los cabellos dorados y ondulados se mecieron con un movimiento armónico.

La respuesta tardó unos segundos.

—Nada mal.

Ambos pies descalzos miraron al sol: uno tan pálido que daba miedo, otro ligeramente sucio.

Una risita llegó desde la suciedad.

—Me alegra que haya vuelto… ¿pero estará todo bien?

La limpieza no respondió al principio; se tomó su tiempo.

—Ya veremos lo que pasa… a su debido tiempo.

En la entrada del hogar, la luz del sol iluminaba dos rostros.

Una era sencilla, sin nada especial, pero su belleza residía en una simplicidad inusual y tranquilizadora; como una armonía entre partes imperfectas que conformaban un todo arbitrario, fuera de valoración.

La segunda era una mujer de hermosos y afilados rasgos, con una expresión juvenil que destrozaba paradigmas junto a una voz que engañaba las edades; su piel blanca oscilaba entre pálida y albina, pero la luz del sol la coloreaba con una tez saludable.

Abby mostró los colmillos en una sonrisa.

—Llevo mucho tiempo sin mirar el sol así. Me trae un cosquilleo en el pecho.

Los pies con mugre se giraron, mientras el sol iluminaba el cuerpo completo de Sofía, que con rostro serio preguntó:

—¿Cómo se siente?

Abby bajó ligeramente la mirada, entre melancolía y nostalgia.

—No lo sé… es como si fuera una vida atrás. No recuerdo bien las emociones que sentía… pero sí que mi piel me quemaba con la luz, y me quemaba con la sombra. El frío calaba en esas noches, pero no importaba, me curaría de todas formas; mientras el sol enrojecía mi rostro en minutos… pero tampoco importaba, me curaría de todas formas…

La expresión de Sofía traicionaba una angustia apenas oculta.

Extendió la mano ligeramente.

—¿Quieres caminar?

Abby parpadeó, con las pupilas reflejando el antebrazo extendido.

Una sonrisa traviesa se dibujó, pero la contuvo.

—Claro, ¿por qué no? —la miró de reojo—. Solo no ofrezcas así tu brazo a alguien como yo.

Los dedos se entrelazaron.

Mientras caminaban, una rama se agitó en la copa de un árbol.

Ambas decidieron ignorarlo… por ahora, no sin antes enviar una mirada furtiva al cielo; los ojos de Abby, especialmente, peligrosos.

En el camino, la luz solar se filtraba entre las hojas, mientras una ligera sonrisa dejaba entrever los colmillos.

—¿Qué sientes tú? —preguntó de pronto Abby.

Sofía pensó un momento, luego otro más.

Lo siguió pensando mucho tiempo, pero no supo qué decir; se encogió de hombros.

Habló con voz insegura.

—Supongo que… ¿tranquilidad? Realmente no sabría decir qué siento, es como si mis emociones estuvieran atenuadas… —la miró con duda, pero tomando valor preguntó—. Abby, ¿crees… que somos cobardes?

La belleza detuvo el paso, mirándola a los ojos.

Sofía continuó:

—Quiero decir… solo nos la pasamos huyendo. Además siento que solo deseo sentar cabeza en algún lado, pero hay un futuro tan brillante por venir… y no quiero tomarlo —se encogió, presionando sus brazos con fuerza entre las manos; la voz le salió como un hilo de aire—. Yo… tengo miedo a morir…

Los ojos de Abby se agrandaron.

El reflejo de la mujer frente a ella, la humedad en esos ojos…

Sus labios se movieron apenas, pero no logró decir nada.

—Abby, tú ya viviste tantos años… y aun así huyes con nosotros. Sé que no eres tan adulta como esperaría, que para tu raza eres solo una niña, pero eso solo me hace dudar más… si al final yo soy más adulta que tú, ¿no debería sacrificarme yo, aunque sea más joven?—

Las manos de Abby se movieron sin pensar; se agarraron a los hombros de Sofía.

Ambas se miraron durante un largo momento, en silencio.

Abby contuvo la respiración, los ojos moviéndose apenas; al final soltó el aliento y los brazos cayeron sin fuerza.

—No sé… Puede que yo sea más joven, pero también viví más tiempo —apretó ligeramente los dientes—. Aun así, no sé qué decirte, pero siento que debería saberlo… —Tras observar el sol un momento, relajó los brazos. —Aunque… no pienso que sea malo querer vivir. Todos morirán algún día, pero no creo que sea malo querer vivir.

Una sonrisa amarga afloró en Sofía.

—Todos moriremos… ¿verdad?

Abby asintió.

Sofía apretó los puños. Una determinación, aunque ahogada por el miedo, lograba entreverse apenas en sus palabras.

—¿Y si no morimos…? ¿Qué pasa si no morimos y hacemos un lugar tranquilo donde sentar cabeza?

Abby guardó silencio un instante.

Soltó un suspiro y se rascó la cabeza.

—¿Sabes? Ese es el pensamiento de todos en el mundo, ¿qué tiene de especial?… Aun así, no me parece mala idea.

El sonido del agua corriente ya se escuchaba a lo lejos.

Los pasos escoltaban un coro de sonidos en la naturaleza, sin seres vivientes que se atrevieran a buscar problemas.

Bajo el río, los peces nadaban bajo la translucidez, revelando sus cuerpos escamosos gracias a la luz del sol.

Tres dedos irrumpieron en la profundidad, sujetando una tela que presentaba una angosta y estrecha línea azul; la luz de la tela desaparecía a la vista, como un espectro ilusorio.

Sofía retiró el objeto del río.

Lo miró de cerca: colgaba entre sus dedos, pero no se escurría ni una gota de agua.

Lo volvió a zambullir.

Abby extendió una varita, desviando parte del flujo de agua y acumulándolo en una enorme esfera líquida.

Cuando Sofía volvió a sacar la tela, ambas se miraron y asintieron.

Volvieron sobre sus pasos.

El camino estaba repleto de suelo húmedo y frío, pero a ellas no les molestaba.

Al llegar a la cabaña, vieron a Aether reclinado sobre sus rodillas; parecía buscar algo en las uñas de su pie.

Él levantó la vista.

—Hola. ¿Dónde estaban?

Abby entrecerró los ojos.

—Sabemos que nos vigilabas.

El lobo se encogió de hombros.

—Solo al principio.

Abby señaló la masa de agua que llevaba y luego hizo señas para que se apartara.

Ambas caminaron hasta dos grandes recipientes de madera: uno nuevo y otro mucho más antiguo.

Los bidones parecían llevarse siglos de diferencia.

—Por cierto, ¿cómo está Maribel? —preguntó Abby.

El niño se rascó un lado de la cabeza.

—Aún duerme.

Sofía lo miró de reojo.

Había colocado los dedos sobre el envase, con la tela colgando, mientras una gran cantidad de agua llenaba de a pocos el recipiente.

—¿No querías preguntarle sobre ese asunto?

Aether reclinó la cabeza, un dejo de tristeza en su voz.

—No es necesario.

Ambas parpadearon al mismo tiempo.

No comentaron nada; simplemente siguieron llenando de agua.

Aether cerró los ojos.

En su mente se reflejaban Amara y Maribel: una dormía, la otra… salió corriendo.

Amara estaba juntando frutas de la despensa a una velocidad como si muriera de hambre.

Aether levantó una ceja, reacción que no pasó desapercibida.

Abby aceleró la descarga de agua; unas cuantas gotas salpicaron fuera.

—¿Qué ves?

—Veo algo raro —admitió el niño—. Amara se fue a la cocina y está actuando rara. La veo agitada y está juntando frutas en una canasta.

Abby ladeó la cabeza; sus ojos cambiaron de azul a celeste y, finalmente, a blanco.

Una tonalidad rojiza comenzó a filtrarse lentamente en sus pupilas.

Entonces tanto Abby como Aether dieron un paso adelante.

Abby se detuvo, habiendo derramado un gran chorro de agua, pero Aether siguió corriendo.

Sin más miramientos, la vampira vertió la masa de agua dentro del bidón, sin preocuparse de llenarlo con cuidado.

Sofía se giró, confundida.

—¿Qué haces?

Abby empezó a correr de espaldas.

—Es Amara. Parece que vio a Maribel despertar.

Sofía apretó la tela entre las manos, dejando salir un gran chorro que empapó toda su ropa.

El objeto cayó; flotó un instante en el pesado bidón de madera, sin brillo ni rastro de absorción, antes de empezar a hundirse.

Cuando alcanzó a los niños, la puerta ya estaba abierta.

Entró y avanzó unos pasos. Entonces el mundo pareció cambiar.

Una sensación familiar, aunque ajena al mismo tiempo: una calma indiferente incluso a ella, una desconexión sutil.

Los jóvenes aguardaban frente a una puerta cerrada, hasta que un rechinar les devolvió la atención.

Amara se asomó del otro lado, haciéndose a un lado para mostrar la habitación entera.

Dentro, una mujer de ojos negros y cabello negro.

Frotaba los dedos sobre los contornos de sus párpados inferiores; legañosa, con líneas marcadas en el rostro por la sábana, el cabello desordenado y un aroma a sal de mar.

La habitación olía mal.

Maribel miró la puerta abierta.

No hubo reacción, solo un cambio en el ambiente.

Las pupilas de Abby se dilataron apenas.

El corazón de Sofía se apretó.

Los puños de Amara se cerraron y las orejas de Aether se erizaron un poco.

Incluso las sombras parecían volverse más profundas.

—¿Cuánto tiempo dormí?

Tras unos segundos, Amara se aclaró la garganta.

—Dos días.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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