Sistema de Evolución Universal - Capítulo 180
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Capítulo 180: El Cielo No Deja Que Subamos, Entonces No Nos Deja Opción.
El sol mostraba su cresta en el horizonte; el aire frío de la madrugada acariciaba el rostro de Elena.
El devenir de las olas volcaba rastros de arena, oscureciendo el agua en la orilla.
Sus pasos avanzaban por arena seca, mientras de fondo observaba la playa húmeda, marcada por la marea que había decrecido poco antes.
Su camino, sin embargo, no estaba limpio.
Restos de diversas criaturas marinas, incluso algunas antropomórficas, se extendían sobre la playa.
Sangre y extremidades podían encontrarse al azar: algunas de entidades marinas… otras de humanos.
Enormes colas de varios metros; cabello y ropa destrozada. A la penumbra de la madrugada, el ambiente era… encantador.
Elena tomó un gran bocado de aire y lo retuvo, la cabeza hacia el cielo y el pecho hinchado.
Lo soltó en un suspiro, disfrutando del entorno.
—Qué miedo… todo está tan horrible.
Su voz irónica cayó en el vacío, acompañada de una sonrisa.
No hubo respuesta.
El sonido de las olas siguió sin parar, el viento soplando con pereza.
Su sonrisa desapareció, reemplazada por una tristeza que asaltó su corazón.
Sin permiso ni advertencia, su qi estalló en una gran presión.
El pecho subía y bajaba; las manos golpeaban la tierra y la arañaban.
Apretando los dientes, su mirada se llenó de intención asesina y la dirigió al mar, donde una ola expansiva abrió una línea en las aguas.
Las lágrimas comenzaron a formarse en silencio mientras se revolcaba en la arena, con aquella estatuilla de serpiente entre las manos.
La abrazó y la presionó contra su pecho.
En sus ojos, empañados por lágrimas contenidas, vio el cuerpo destrozado de un tritón.
Se quedó mirando el escenario frente a ella.
Para cuando se dio cuenta, el cielo comenzaba a tornarse celeste.
—Esto no es tan malo —se dijo a sí misma—. Puede ser peor…
Al levantarse, caminó por la costa.
La sal y la sangre se mezclaban en un aroma penetrante.
Entonces encontró a un humano.
Una sonrisa torcida se formó casi por instinto, sin control… sin conciencia.
Se acercó y colocó una mano en el abdomen; estaba limpio.
Lo frotó un rato antes de cargar el cadáver en brazos.
Ya fuera de la playa, pegó el amuleto a la piel del hombre.
Suspiró.
—Supongo que no es necesario.
Guardó el amuleto.
Mientras caminaba por la playa, podía ver el muelle de madera a lo lejos; sus pasos eran confiados, su dirección clara.
Fue mientras cruzaba el puente cuando la vio.
Una mujer sobrevivía con un brazo amarrado a un palo, flotando apenas gracias a los soportes del muelle.
El agua estaba manchada con algo de sangre, apenas visible.
—Qué inesperado —murmuró.
Alzó a la mujer sin esfuerzo; bastó agitar la mano para elevarla en el aire.
La piel estaba pálida, helada; su presencia, débil.
—Me sorprende que hayas sobrevivido.
Miró al mar.
Un cuerpo flotaba sobre las aguas, casi parecía ahogado, pero las escamas en su cuerpo contaban otra historia.
Elena parpadeó un momento.
Cuerpo humano, piel humana; pero porciones escamadas en la columna y manos palmeadas, casi aletas.
Al revisar a la mujer, encontró un collar con forma de pez, hecho con escamas.
Lo retiró de su cuello.
Luego hizo levitar al muerto en el mar y comparó las escamas con las de aquel sujeto; entrecerró los ojos.
—Ya veo…
La mujer extendió una mano palidecida, temblando de frío, con la piel arrugada.
—P-p-p-por f-fa… v…
Elena soltó un suspiro.
—No es tan malo como parece.
Colocó ambos cuerpos juntos y los contempló.
Sus ojos se desviaron hacia la ciudad muerta… y sonrió.
—No es tan malo como parece.
Así pues, descendió al piso de madera, donde ambos cuerpos yacían tendidos.
Deslizó las manos sobre la piel de ambos, mientras ella misma se acurrucaba a su costado, con movimientos gráciles y una voz que acompañaba al mar en su embiste.
Finalmente empujó al hombre hacia la orilla, con una mirada decepcionada.
—Inútil…
Su atención volvió a la mujer pálida.
Frotó su herida; el dolor hizo gemir a la mujer con un hilo de voz.
—Nada mal. Déjame calentarte.
La alzó a la altura de sus ojos, pero la mujer no abrió los suyos; sus labios tornándose morados.
Retiró las prendas del pecho, sus senos faltos de color y helados.
La pálida mujer recibió marcas en el cuello.
Pasados unos minutos, Elena encendió una fogata y dejó a la mujer junto al fuego.
Cuando el sol ya estaba casi a quince grados sobre el cielo, caminaba de regreso al muelle.
Pasó de largo y saltó hasta hasta una pequeña isla cercana.
Allí caminó hacia una cueva, con un fastidio nuevo en los dientes; hacía sonidos incómodos con la lengua, los pasos algo irregulares.
—A ver si ahora vives —murmuró, mirando a la mujer inerte a lo lejos.
La entrada estaba resguardada con una gran roca.
Ella no intentó empujarla; simplemente insertó el amuleto de la serpiente en un encaje.
La entrada se reveló con facilidad.
Un pasadizo estrecho, solo cabía una persona a la vez.
Avanzó de costado.
En el interior la esperaba una cámara de meditación: esteras, una fragancia tranquilizadora, el arrullo del mar, una repisa de libros.
En el cajón de un escritorio yacía una llave; en una pared de madera, el cerrojo.
Al abrir el almacén, una pila de cajas apiladas una sobre otra; en todas podían encontrarse píldoras.
La fragancia le arrancó una sonrisa.
—El olor del poder…
Tomó una caja de color azul. Al abrirla, encontró un hermoso anillo.
Sonrió.
Deslizó el dedo dentro, soltó un suspiro y apretó el puño.
Luego señaló el almacén, y todo desapareció.
En el piso encontró una marca: una línea muy estrecha y corta, pero ella la vio.
Golpeó suavemente con el talón, haciendo colapsar el suelo.
Su cuerpo cayó lentamente, envuelto en una capa de qi.
Giró la muñeca, como guiando un baile, y el polvo fue succionado hacia el exterior.
—Ya llegué… mi tesoro.
En el piso estaba una runa roja dibujada, dejando ver colmillos bífidos, gotas de veneno. La formación rodeada de muchas estatuas de una gran serpiente.
—Solo treinta minutos; así podré sacar el máximo provecho.
Colocó un pie sobre la formación, lista, con el artefacto colgando como collar.
A su entrada, ambos resonaron al unísono.
Elena cerró los ojos. En la oscuridad de su conciencia lo pudo ver: manos arrastrándose sobre la superficie, gritos inhumanos fusionados con voces humanas, piernas caminando sin torsos en una espesa niebla.
La luz roja emanó de sus propios pies, extendiéndose sobre un fondo sin luz.
Abrió los ojos; un aura roja y ojos carmesí iluminaban la cueva.
Un vapor extraño inundaba todo, dándole al interior un aspecto peligroso, pero ella miró el entorno con desconfianza.
«¿En qué momento invoqué niebla?»
Entonces un grabado del círculo se movió.
Elena parpadeó, confundida.
Un escudo se formó automáticamente a su alrededor.
Mientras se daba vuelta para ver la aparición de una mujer, esta emergió de la niebla; sus ojos verdes le trajeron un escalofrío, su mano inexistente era más bien un hueso afilado.
El daño fue detenido, pero la mirada sin vida estaba demasiado cerca; los labios torcidos en una sonrisa que no encajaba con esos ojos muertos.
Elena sintió su corazón apretarse.
Rápidamente realizó un sello de manos.
El amuleto de la serpiente dejó caer sangre al suelo; el círculo se borró y uno nuevo empezó a reemplazarlo.
Pero se detuvo.
Elena se detuvo.
—¿Qué pasa? ¿Cómo se hacía esto?
Empezó a golpearse la cabeza, frustrada.
—Maldición, ¡recuerda!
Rin asestó un golpe a la barrera.
Elena le hizo una seña grosera con los dedos.
Una risa fría e inhumana resonó.
El eco rebotaba en todas direcciones mientras los hombros de Rin saltaban.
—Estás terriblemente jodida… olvídalo, no tienes esperanza. Mejor ríndete, tu cuerpo será mío.
Una oleada de asco, un temblor, una repulsión. Elena retrocedió con el espasmo de quien tiene mil hormigas caminándole por el cuerpo.
—No sé qué me pasa… sé que debía hacer algo para escapar…
Entonces lo escuchó: primero un suspiro.
Identificó el lugar, pero su mente sentía una incomodidad extraña al mirar.
Parpadeó con fuerza; los ojos se desviaban, la atención se perdía. Solo con fuerza de voluntad logró ver.
Maribel estaba de pie ahí.
Elena se quedó sin palabras.
—¿Qué es esto?… ¿Tú… por qué haces esto?
Maribel sonrió con tristeza.
—¿Por qué no lo haría?
Elena sintió una punzada en el corazón.
—Tú me salvaste, no quieres verme muerta. Tú… eres muy amable.
Por un momento no hubo respuesta, solo el sonido de Rin rasgando la barrera.
Entonces una risa seca salió de Maribel.
—¿Así piensas…? Qué desgracia. Casi me das pena… mentira, no te tengo nada de lástima. Pero al final solo eres una joven más, manipulada y torcida… —la mirada se le volvió fría—. Intentaré que no puedas sentir el dolor de morir; créeme, duele mucho.
El horror se materializó en el rostro de Elena.
—Noooo. ¡Déjenme ir!
Se encogió ante el nuevo impacto de Rin.
La barrera que la protegía empezaba a agrietarse, mientras su propio corazón retumbaba en sus oídos.
Entonces Maribel dio un paso.
—Deja de asustarla así —dijo, levantando un dedo—. Prefiero la eutanasia.
Y dio un golpecito.
La barrera vibró a partir de una sola grieta… y se derrumbó.
Elena se quedó sin aire; un aliento frío salió de sus pulmones.
El abrazo helado de la muerte le acarició el pecho; veía los dedos de Maribel apuntar lentamente a su corazón.
Entonces algo cambió.
Un aroma a muerte, un qi opresivo.
Lo último que escuchó fue un ligero choque entre metales, y entonces todos se congelaron.
Elena sintió una de sus mejillas elevarse mientras giraba la cabeza.
Detrás vio… nada. Una puerta invisible, una falta de existencia, una grieta en la realidad.
Del otro lado, una voz familiar, arrogante, con un desprecio innato por el mundo.
—¿Intentas quitarme a mi discípula? ¿Cómo puede ser? Quien sea que…
El silencio aguardó del otro lado.
Elena frunció el ceño, esperando que algo ocurriera, pero solo volvió a escuchar la voz, esta vez en un susurro.
—Tú… ¿acaso no eres…?
Elena aprovechó que Rin y Maribel estaban siendo oprimidas por el qi para saltar a la brecha.
—¡Por favor, cierra el portal!
Del otro lado, Drakar la sostuvo entre sus brazos.
Soltó un suspiro, giró un cubo Rubik… y el portal se cerró.
Del lado de la cueva, Maribel y Rin cayeron al suelo tomando bocanadas de aire.
—¿Qué carajo era eso? Su avatar no era tan fuerte —exclamó Maribel.
En sus ojos una notificación titilaba:
[Alguien cercano está quebrando las leyes del cielo e incitando un castigo celestial.]
Volteó la mirada, pero el cuerpo de Rin ya estaba tendido sobre el suelo, inerte.
El espíritu de ojos verdes flotaba en el aire, despotricando barbaries.
En el mundo oscuro, donde no había estrellas en el cielo, Elena apretó los dientes.
—Esa perra…
Una mano se posó en su hombro.
—¿Por qué te enojas?
Ella estalló:
—Porque perdí mi hermosa montaña verde y casi me mata quien creía mi amiga.
Drakar sonrió en la oscuridad.
—¿Llorando por una colina verde? Tendrás muchas más, hermosas y grandes. Olvídate de la amistad; tendrás gente que te ame y mate por ti.
La expresión de Elena se calmó. Su voz salió insegura al inicio, pero cobró fuerza a la mitad.
—Y esos cadáveres son solo un error del mundo, no mío.
Mostrando dientes blancos, los ojos dorados de Drakar se tiñeron de rojo.
—Así es. El cielo no deja que subamos, entonces no nos deja opción. Es culpa del mundo, al fin y al cabo, porque no nos deja ser prósperos y felices.
Un bocanada de sangre cayó al suelo.
Maribel tosía con dificultad, el aire pasaba a trompicones y el estómago se le constreñía por dentro.
Un esputo enorme brotó por su boca, como una masa, antes de ser expulsado por completo.
Finalmente pudo respirar con libertad.
Inhala, exhala.
Su realidad se redujo a solo dos actos repetitivos.
Su cuerpo se inclinó hacia adelante, mientras su equilibrio la abandonaba. Cayó al suelo.
Rin simplemente la miró con indiferencia.
—No te mueras ahora.
Su cuerpo espectral estiró una mano y brotó una luz verde.
Maribel se recompuso lentamente.
—Gracias… esto fue horrible.
Miró a su alrededor, solo para notar que Rin ya no estaba.
Siguió la dirección de la salida.
Afuera, el espectro recorría la ciudad.
El qi se manifestó y elevó a Maribel en el aire.
Al cruzar la playa, pudo ver una mujer pálida junto a una débil hoguera.
La ignoró y buscó a Rin.
—¿Intentas meterte en ese otro cuerpo? Pensaba que te quedarías con el de la mujer.
El cadáver de un hombre se levantó. Estaba casi desnudo; la mitad de su camisa colgaba, con un corte que revelaba el abdomen.
—Carajo… qué humillante. Creo que jamás escuché de alguien que cambie de cuerpo tan rápido.
Maribel se encogió de hombros.
—¿Qué más da? No es como si te murieras por eso.
Rin, en su nuevo huésped, escupió al suelo.
—Cambiar tan a menudo implica incompetencia.
Rodando los ojos, Maribel se dio vuelta.
—Entonces no lo hagas. Dime, ¿puedes curar a la mujer de la fogata?
Rin miró desde lejos.
—Olvídalo. Ya está muerta.
Maribel entrecerró los ojos. Efectivamente, podía ver el espíritu de la mujer flotando, pero estaba lejos de verse en paz.
Tras soltar un suspiro, Maribel negó para sí misma.
«Yo me encargo de los vivos, no de los muertos.»
Estiró una mano y dejó colgar una cadena.
El tintineo del metal atrajo la atención de Rin, que observó con expresión en blanco.
Maribel agitó la mano frente a su rostro, llamándolo.
—Rin, no te olvides de hacer expresiones.
Repentinamente, Rin sonrió.
—Bien hecho.
La respuesta de Maribel fue una sonrisa devuelta.
Apretó entre sus manos el artilugio de la serpiente, cuando de pronto Rin miró al cielo con una expresión maliciosa.
—¿Qué pretendes hacer? —preguntó Maribel, desconfiada.
Rin volvió la mirada hacia ella.
Sus ojos se cruzaron.
—Buscaré algunos juguetes… Tengo un nuevo objetivo que me quite este vacío en el corazón. Claramente no me rendiré aunque muera —su sonrisa se ensanchó—. No es que importe si muero.
Maribel abrió los ojos.
—Tú… ¿robaste tantas armas?
La sonrisa de Rin se hizo más grande.
—No solo eso… Si sigues buscando en mi memoria encontrarás el otro cubo. Solo necesito a alguien que me lleve arriba.
Maribel apretó los puños.
Una brisa trajo el aroma de sangre y sal mezclados, mientras el silencio se cernía sobre ambos.
Finalmente, ella se relajó.
—No te lo recomiendo, eres muy débil.
Rin asintió.
—Por eso mismo necesito un método de cultivo, o transformar mi cuerpo mediante un ritual. Pero dudo que me dejes sacrificar gente.
Soltando un suspiro, Maribel preguntó:
—Déjame preguntarte una cosa: ¿planeas que tus “esbirros” te consigan un método y una escalera al cielo?
Tras asentir, Rin agregó:
—No me serían útiles si se niegan.
A lo lejos, los pasos de un grupo resonaron.
Richard caminaba a paso firme, seguido de Aether.
El hombre negó con la cabeza.
Maribel hizo una mueca.
—Aether, ¿puedes juntarlos?
El niño asintió.
Cuando los cuerpos estuvieron dispuestos sobre la arena, fue Amara quien tomó la palabra.
—Hay gente en camino… no son pocos.
Tras pensarlo un poco, Maribel miró a Richard.
—¿Qué deberíamos hacer?
Él se encogió de hombros.
—Solo podemos dejárselo a la ley.
Pronto una docena de personas llegó.
No eran soldados; llevaban rastrillos y palas, alguno una armadura de cuero roída.
Los vieron, frenaron… y tragaron saliva.
Un murmullo se encendió entre los mortales, hasta que obligaron a alguien a salir del centro, casi arrastrándolo.
Un joven mago, varón, de unos veintiún años, cabello ondulado.
Las pecas en su rostro acompañaban un semblante frío que, sin embargo, dejaba ver extrema precaución y… sospecha.
Maribel suspiró.
—No es obra nuestra. Solo juntamos a los fallecidos.
El mago miró de reojo a Rin.
Se contrajo levemente.
Siguiendo esa mirada, Maribel habló en voz alta:
—Rin, deja ese cuerpo. Es hermano de su padre. Aún puedes ocupar otro, ¿verdad?
El rostro de Rin tembló, mientras un aura esmeralda y celeste se elevaba desde su cuerpo.
El grupo entero lo miró, presionándolo con las miradas.
—Bueno, está bien… No es como si realmente fuera tanto. ¿Qué dignidad me queda por perder?
El cuerpo cayó al suelo, y el espectro se elevó en el aire.
Gritos de pavor se alzaron entre la multitud antes de que Rin ocupase un nuevo cuerpo.
El mago retrocedió unos pasos mientras Maribel se acercaba.
Se encontraron; él se retrajo, huyendo de su mirada tanto como podía.
—Me disculpo por lo de ahora. ¿Sabes qué pasó aquí?
Tragando saliva, el joven apretó la varita antes de tomar aire.
—Las tropas del Rey del Mar se abrieron paso en muchas regiones del reino. Retiraron el mar y atacaron la tierra.
Asintiendo, Maribel hizo otra pregunta.
—¿Cómo siguen vivos?
El corazón del joven dio un salto. Pero una calma ajena se le metió en el pecho cuando ella levantó la mano; un terror aún más hondo vino con ella… y aun así, parecía no querer aplastarlo del todo.
No estaba seguro de si era inmune, o si la mujer simplemente no quería tomarse la molestia de hechizarlo más.
—Nos recluimos en unas ruinas antes de que iniciara la guerra. Hasta que exploradores informaron que algo muy raro había pasado, y cuando salimos todo el mundo estaba muerto.
Maribel asintió lentamente.
—Qué bueno. Me sorprende que hayan logrado sobrevivir; debieron tener una buena organización.
El joven mago asintió.
—Sobrevivimos y nos aferramos a la esperanza; así vencimos a los demonios verdes. Cuando empezó la adoración al Dragón Rojo, unos cuantos vimos que algo estaba mal, así que nos fuimos, después bloquearon las salidas del reino.
Maribel se giró apenas, clavando la mirada en Rin.
Lo señaló antes de preguntar al joven:
—¿Le tienen miedo?
Él asintió.
—Sí… No podemos matar a los suyos, pero sí evitar que se infiltren.
Parpadeando con sorpresa, Maribel acercó sus ojos con interés.
El joven se apartó, cubriéndose el rostro.
Dando unos pasos conscientes hacia atrás, Maribel se mostró incómoda.
—Perdón por eso, creo que la curiosidad me ganó.
El joven le devolvió la mirada.
—¿Qué piensan hacer aquí, señorita cultivadora de qi? Como dos jóvenes, creo que podemos entendernos mejor. Seguro los dos perdimos familia.
Maribel ladeó la cabeza, en silencio.
Tras un momento, el joven carraspeó.
—Dicho esto, me gustaría preguntar… ¿por qué trae consigo a alguien tan… peligroso?
Retomando conciencia, respondió sin rodeos:
—Es porque no me va a matar. No lo llamaría de confianza, pero no es enemigo —se inclinó un poco, bajando la voz—. A decir verdad, es como un subordinado que te quiere matar, pero sabe que aún no debe.
Una mueca de desprecio se formó en el rostro del joven, ahogada detrás de su mano.
—Tú eres la que habla. ¿Es porque tienes algún poder mental?
Maribel asintió.
El joven miró al grupo completo y luego a los suyos.
Detrás, alguien le tomó el hombro.
En sus ojos, un semblante oscuro y desolado le rogaba:
«Quédate.»
Dudoso, el mago volvió la vista a Maribel, que ya mostraba una expresión contrariada.
Una brisa pasó, pero el sudor frío en la espalda del joven le trajo un estremecimiento.
Entonces una mano cayó con suavidad, revolviéndole el cabello.
—No lo pienses mucho. Solo escucha a tu corazón y toma la decisión que no lamentarás —lo meditó un segundo y añadió—. Y usa el cerebro: sopesa la mejor opción.
Él la miró un instante a los ojos, antes de retroceder por pura inercia.
Maribel sonrió.
Alzó la mano en despedida, pero repentinamente se detuvo.
El joven corrió hacia ella.
—Una petición, tengo una petición.
Volteando ligeramente, ella le dio audiencia.
—Quiero que me enseñen a cultivar.
Maribel miró a sus compañeros.
Todos negaron.
—Eso… parece que no es tan simple. En realidad es bastante difícil hacerlo por uno mismo; requiere un estudio complejo, una rotación y movimiento precisos de qi, además de formar una base.
El joven apretó los labios.
—Pero tú ya iniciaste, y eres tan joven.
Una mirada de lástima asomó en el rostro de Maribel.
—No soy tan joven como parezco.
El chico asintió.
—Lo sé, debes tener casi veinticuatro años, ¿verdad? Si tú puedes, yo también debería ser capaz.
Tras un suspiro, Maribel señaló su armadura.
—Quítatela.
El joven obedeció de inmediato, dispuesto a ofrecer un intercambio.
Luego se arrodilló y extendió la ofrenda.
Maribel tomó la pieza entre las manos y lo miró de reojo. Estaba casi completamente rota, más parecido a una camisa que una armadura.
—Esto es lo único que puedo hacer por ti.
La armadura brilló; la luz se movía como la marea del mar, deformando el metal.
Pronto, la cota de malla dejó de ser un entretejido de acero para convertirse en una pulsera oscura.
—Te deseo suerte —miró a las personas detrás—. A todos ustedes.
Cuando el joven mago se puso la pulsera, una fina barrera se extendió y desapareció; sin embargo, la piel seguía tan flexible como antes.
Maribel tomó una piedra y se la arrojó con suavidad. Rebotó sin causar daño.
Mientras se alejaban, las personas a su espalda vieron cómo varios cuerpos se elevaban con qi, dejándolos con los rostros pálidos.
Ella misma se detuvo, se giró y se despidió.
El qi brotando de su cuerpo dejó boquiabierto al joven mago, mientras la mujer se elevaba en el aire.
Un suspiro ahogado, una voz contenida:
—Núcleo… como mínimo estaban en Núcleo… Incluso ese niño podía volar.
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