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Sistema de gacha mitológico - Capítulo 110

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Capítulo 110: Viaje al centro de la Tierra

(Pov Effiro)

Dejé detrás de mí a los todavía aturdidos asgardianos, que seguían aturdidos y esforzándose por comprender lo que habían visto, y a los agentes de S.H.I.E.L.D, que se adelantaron con avidez para recoger los restos del Destructor, sin duda con fines de investigación para realizar ingeniería inversa y replicar la creación original.

Tenía otra cosa que hacer, mucho más importante que responder a un flujo se preguntas poco importantes y ofrecer ayuda en investigaciones científicas sobre tecnología de origen extraterrestre.

Recorriendo el cielo sobre el Carro de Indra, un vehículo volador que me tocó en el gacha como una recompensa de rango legendario, tardé poco más de unos minutos en llegar a mi destino, tomándome mi tiempo para meditar mi próximo movimiento y admirar el paisaje bajo mis pies.

¿Así se sentían los dioses? Sin duda, usar un carro volador era más cómodo que volar montado sobre una espada.

Y lo bueno, además, es que el viento no representaba un problema gracias a una barrera protectora que cubría el carro por completo, una envoltura protectora infalible.

Estoy seguro de que activé los radares aéreos de múltiples países, pero no me importó mucho.

Incluso si decidían lanzar una andanada de bombas nucleares por precaución, no lograrían nada aparte de contaminar de radiación el entorno circundante. Y era muy improbable que alguno de ellos estuviera dispuesto a atacar un objeto desconocido que recorre el cielo a velocidades cientos o miles de veces superiores a la del sonido.

Como si pudieran tan siquiera alcanzarme, de todos modos.

Unos minutos después de dar la vuelta a todo el mundo solo por diversión y, en parte, planificación, finalmente llegué hasta mi objetivo: Kīlauea, uno de los volcanes más activos del mundo, ubicado en la isla grande de Hawai.

Era un volcán plano, de escudo, y a pesar de ser de los más activos del mundo llegué justo en uno de sus momentos de tranquilidad.

Parecía un hoyo gigante (probablemente porque así era) y ese era el uso que pensaba darle.

Sin pensarlo ni un segundo más, desinvoqué el Carro de Indra y me dejé caer desde más de mil metros de altura.

Me zambullí directamente en la bolsa de magma escondida en las profundidades del volcán, sintiendo cómo la temperatura a mi alrededor subía a más de mil grados.

Aún así, el entorno me resultaba tan inofensivo como un paseo por una pradera.

Buceé a través de la roca fundida, cuya viscosidad trató de frenar mi movimiento en vano, hasta llegar al fondo.

Las cámaras magmáticas se encuentran ubicadas dentro del rango de la corteza terrestre, así que desde aquí tendría que abrirme paso hasta el manto, y de ahí seguir en dirección al núcleo.

Algunos tal vez ya habéis adivinado qué es lo que pensaba hacer, ¿verdad?

En efecto, esperaba ir a por el Celestial que se estaba desarrollando en el núcleo del planeta.

Tarde o temprano, habría acumulado suficiente energía por parte de los humanos como para emerger, provocando la destrucción de la Tierra.

Aunque fue detenido por los Eternos, prefería encargarme de eso por mi cuenta. También me abriría la posibilidad de atraer la atención de los Celestiales sin verme como el villano que no quiero ser.

De hecho, en este caso ellos son los villanos por no preocuparse por la vida de toda una raza.

Mientras atravesaba el manto terrestre con mi pura fuerza, destrozando la roca con cada golpe de mis puños, una voz inesperada sonó justo detrás de mí, asustándome.

–No pensé que fueras tan atrevido como para ir a deshacerte de la cría de Celestial tan rápido. Típico de ti, supongo.

A mi lado en el paisaje ardiente, rodeada por una fina cobertura de energía mágica que la separaba del entorno, se encontraba Medea, mirándome con sus ojos oscuros y penetrantes.

–¿Qué demonios haces aquí? Pensé que estarías con Thor y el resto.

–Me aburro. Una vez que ves que ninguno de esos asgardianos apenas sabe algo importante sobre la magia, pierdes el interés en ellos y su cultura relativamente primitiva. Parecen una versión estereotipada y estúpida de los nórdicos.

Le di la mirada más plana que pude hacer aparecer en mi rostro.

¿De verdad la legendaria hechicera de la Cólquida se comporta como una niña pequeña cuando está aburrida?

Aunque, en su defensa, es perfectamente entendible.

Tiene el poder suficiente como para disfrutar de las maravillas que este mundo le puede mostrar, y sin embargo la dejo con un grupo de personas que apenas comprenden las fuerzas que actúan sobre este mundo y unos cuantos extraterrestres con aires de dioses a los que sólo les importa luchar.

En comparación, es mucho más interesante acompañarme al núcleo del planeta para acabar con la vida del embrión de una especie de seres divinos cósmicos.

Así que decidí dejar que me siguiera mientras me adentraba cada vez más en las profundidades terrestres, mientras el calor aumentaba con cada decena de kilómetros que recorría.

No pasó mucho tiempo antes de que bajase más de seis mil kilómetros, llegando ante una figura acurrucada en el metal fundido que la rodeaba, como si fuera una suerte de líquido amniótico, lo cual sea dicho de paso, seguramente era el caso.

Su cuerpo era enorme, fácilmente superando los quinientos kilómetros, y parecía cubierto por una suerte de armadura de apariencia exótica.

Pero no, esa era su forma verdadera.

Los Celestiales, desde luego, poseían una fisiología extraña. Aunque no tan extraña en comparación con la de muchas entidades de horror cósmico.

Incluso siendo un simple bebé que todavía no había nacido, podía sentir el poder abrumador que emitía su sola presencia.

Era una pena que no fuera capaz de usarlo todavía. De lo contrario, al menos podría ofrecer resistencia a lo que estaba por ocurrir.

–Entonces el plan es matarlo, ¿verdad? ¿Cómo piensas hacerlo exactamente? ¿Y qué es lo que pretendes lograr haciendo eso?

–Matarlo no debería de ser una tarea difícil. Es resistente, pero no puede hacer nada contra nosotros si decidimos atacar. Y lo que pretendo es salvar este planeta de la destrucción y, como un plus, atraer a otros Celestiales para luchar contra ellos.

–Suena a un plan loco. Me apunto. Ahora, ¿quieres responder a cómo lo piensas matar?

–Mejor te lo muestro.

Y, con esas palabras, me metí en la boca entreabierta del Celestial no nato.

El interior era cavernoso, oscuro y húmedo, con muy poco parecido con el interior de un ser orgánico.

Avancé sobre su lengua, un gran órgano húmedo y carnoso que actuaba como un suelo resbaladizo, hasta llegar a su garganta, una gruta ascendente cuyas profundidades eran imposibles de ver para una persona normal.

Decidí ascender hacia la cavidad nasal, deteniéndome justo antes de llegar al interior.

No quería mancharme con la mucosidad de una criatura extraterrestre. No quería descubrir qué tan asqueroso sería eso.

Saqué a Nýchta y apuñalé directamente hacia arriba, atravesando la carne y el hueso del interior con varios golpes veloces.

Después de abrirme paso durante unos minutos, finalmente llegué al interior de su cráneo.

El interior era enorme, con espacio suficiente como para permitir que me moviera con facilidad.

Y allí, flotando en el centro, se encontraba una esfera de energía de tonos púrpura, pulsando con un poder latente.

El cerebro de un Celestial…

Era interesante y me llamó la atención.

¿Qué clase de utilidad podría darle? Las posibilidades me intrigaban…

Así que corté por la mitad la masa de energía cósmica con un corte espacio-temporal y comprimí las dos mitades en la palma de mi mano.

Matar a un Celestial era complicado, ya que eran capaces de volver a la vida, pero era un caso diferente con uno que todavía no había desarrollado una conciencia.

Y así como así, un peligro de nivel planetario fue derrotado antes de que pudiera suponer una amenaza.

Me sentí un poco mal por él, pero era necesario para la salvación de la Tierra.

Si no lo hubiera hecho yo, los Eternos se habrían hecho cargo de la situación… espero.

Salí de su cuerpo por donde vine, sintiendo cómo el aura poder se desvanecía a mi alrededor.

En el exterior, Medea ya me estaba esperando, con los brazos cruzados sobre su pecho.

–¿Así de fácil? Esperaba algo más interesante, a decir verdad.

–Es un embrión, no puede hacer gran cosa. Eso sí, su cuerpo es una maravilla de la biología.

Ella abrió la boca para contestar, pero la cerró al instante y fijó la mirada en un punto determinado.

–¿Qué pasa ahora?

–Siento una fuente de energía poderosa, que no era detectable hasta ahora. No sé si acaba de aparecer o si la presencia del bebé Celestial la ocultaba, pero ahora es tan clara como el día.

¿Podría ser que los Celestiales ya hubieran llegado? No, eso era imposible. Era demasiado rápido como para ser ellos.

Así que le di a Medea los restos del cerebro del Celestial y la seguí a la superficie, hacia la ubicación misteriosa.

…

El sitio resultó ser Grecia.

Específicamente la cueva en la que se encontraba ubicado el antiguo oráculo de Delfos.

Tenía sentido que pudiera sentir el poder que provenía de aquí desde el núcleo de la Tierra. La cueva del oráculo era una zona volcánica, y las pitonisas que lanzaban las profecías inhalaban los gases volcánicos para entrar en trance.

Nos internamos en sus profundidades, atravesando una gruta llena de gas con olor a azufre y ceniza.

No era mortal, pero sí asqueroso.

Descendimos con tranquilidad durante unos pocos minutos, hasta que llegamos a sus profundidades.

Allí, en la pared de roca rugosa, se encontraba un grabado con la forma de una serpiente, atravesada por una flecha.

Incluso yo podía ver el poder contenido en su interior.

Esto me daba un mal presentimiento.

–Oye, Medea, esto no se ve como algo natural. Tal vez deberíamos regresar y mantenernos alejados de ese dibujito primitivo ¿vale?

Pero ella no me hizo caso y, con curiosidad, tocó el bajorrelieve.

La roca se fragmentó, deformando la figura de la serpiente, y el poder contenido en su interior invadió el cuerpo de Medea como un maremoto, quien cayó al suelo mientras se agarraba la cabeza.

–¿Medea? ¿Estás bien?

Una pregunta estúpida si tenemos en cuenta que su apariencia sugería un dolor de cabeza peor que una resaca.

Cuando el dolor pareció remitir y se puso de pie, se me puso la carne de gallina.

Porque eso ya no era mi Medea.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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