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Sistema de gacha mitológico - Capítulo 114

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Capítulo 114: Visita a la Ciudadela

(Tercera persona)

Effiro fue capaz de recolectar algo de información general gracias a las conversaciones con el buhonero que tan amable había sido de llevarle hasta la Ciudadela.

Al parecer, la zona oeste de aquellas tierras había caído bajo oleadas de monstruos, y mucha gente que había logrado huir de la tragedia se había acumulado en la Ciudadela, buscando un lugar seguro.

Eso significaba que debía de encontrarse en los eventos del segundo o tercer libro, lo cual era un inicio. Poco, pero algo era algo.

Sabría más una vez que llegase a la Ciudadela y comenzase su búsqueda.

Por suerte, no tardó mucho en llegar a su destino.

¿Cuánto fue, algo más de un día?

El camino era relativamente seguro, aunque eso no significaba que estuviera exento de peligros.

Más de una vez se vio obligado a lanzarse al combate, lanza en mano, para acabar con algún monstruo rezagado que aparecía en las inmediaciones.

No representaban una gran amenaza y posiblemente no se habrían acercado al carro, pero esto le permitía al menos estirar los músculos y poner a prueba su nueva arma, que pudo comprobar con satisfacción que cumplía su función a la perfección.

Además, la sorpresa del buhonero al verle matar monstruos con tanta naturalidad no tenía precio.

Para alguien como él, que era un humano normal que no se había visto obligado a luchar, los monstruos eran seres de lo más aterradores.

¿Pero para Effiro? Él se había enfrentado a seres mucho más poderosos que esos.

Tal vez eran variados y horribles, pero se había visto obligado a lidiar con cosas mucho peores.

Finalmente llegaron a las puertas de la Ciudadela, donde se encontraron con el primer problema.

En el exterior habían muchas personas. Alrededor de la muralla exterior de la Ciudadela, demasiado alta como para tan siquiera pensar en escalarla, se habían levantado campamentos temporales para recibirlos.

Y dando vueltas entre esas personas perdidas, con sus armas en mano, se encontraban personas de ojos dorados y plateados.

Guardianes.

Los Guardianes eran humanos con capacidades físicas superiores a las de un ser humano promedio, una resistencia inusitada contra los métodos de caza convencionales de los monstruos y una maestría innata para el combate.

Pero la manera más fácil de identificarles era mediante el color de sus ojos: siempre eran o dorados o plateados.

Se creía comúnmente que nacían de manera aleatoria, ya que podía surgir un Guardian en una familia que no tuviera miembros Guardianes, pero por supuesto que él lo sabía mejor.

Su origen no era tan simple como “aparecen sin razón dentro de una familia”.

Pero eso era un secreto muy bien guardado, y ni siquiera la mayoría de los propios Guardianes sabían sobre cuál era su verdadero origen.

Era mejor así. La verdad sobre el nacimiento de los Guardianes era algo que podía crear sospechas entre los humanos normales y afectar negativamente a la salud mental de los propios Guardianes.

Mirándolos trabajar con una eficacia clínica, Effiro no pudo evitar sentir algo de lástima por ellos.

Eran reclutados cuando todavía eran jóvenes y recibían entrenamiento para luchar contra los monstruos. Una vez que se “graduaban”, se unían a una de las dos divisiones de Guardianes que existían, la División Oro y la División Plata.

Se les enseñaba que no eran más importantes ni mejores que los humanos ordinarios, que su objetivo era proteger a la humanidad de los monstruos y que debían de evitar las relaciones amorosas.

Eran humanos con sentimientos, al menos en su opinión, pero les entrenaban para ser armas, soldados listos para sacrificar sus vidas por una única causa, sin realmente disfrutarla al máximo antes de perderla de alguna manera horrible y dolorosa.

Effiro pudo entrar en la Ciudadela gracias a que estaba en el interior del carro del buhonero. De lo contrario, tal vez tendría que haber esperado su turno antes de poder entrar al anillo exterior.

El lugar era tal y como se lo imaginaba: edificios desorganizados y cochambrosos, personas de ropa sencilla y un hervidero de actividad constante.

Vio varios edificios en construcción, sin duda para permitir que las personas del exterior pudieran entrar, pero las obras no parecían estar muy avanzadas.

Él sabía que la Ciudadela tenía mucha burocracia, demasiada para su gusto, y eso hacía que todo fuera mucho más lento.

Incluso las denuncias eran algo que llevaban su tiempo antes de ser procesadas correctamente y que se emita una sentencia.

Al menos pudo saltarse todo el proceso burocrático por el momento para entrar en la Ciudadela. El verdadero dilema sería conseguir un lugar donde quedarse y un trabajo.

Específicamente para las personas que vivían en el anillo exterior. Cada día hacían cola con la esperanza de ser reclutados por algún capataz, y sus trabajos no duraban más que un día.

Muchos de ellos se esforzaban con el propósito de poder mudarse al segundo ensanche y hacerse con un trabajo permanente.

Por muy lleno de comercio que estuviera el anillo exterior, Effiro tenía más interés por entrar en el primer ensanche.

En circunstancias normales hubiera sido más complicada, pero ya fuera porque Afrodita decidió brindarle algo más de ayuda o porque tenían cosas más importantes en las que centrarse, los Guardianes que vigilaban el acceso al segundo y primer ensanche le dejaron pasar sin mucha resistencia.

El primer ensanche tenía mucho mejor aspecto: los edificios habían sido construidos usando materiales de mayor calidad, convirtiéndose en construcciones sólidas y hermosas, la gente vestía ropa presentable y el ambiente era algo alegre y digno.

Allí se concentraba una gran cantidad de negocios, por lo que era una zona muy concurrida.

Effiro podría visitar cualquiera de los negocios para conseguir un trabajo y establecerse en el segundo ensanche, pero ese no era su objetivo.

Así que preguntó a los transeúntes a su alrededor por la información de cierta ubicación y, después de dar vueltas y retroceder sobre sus propios pasos varias veces, finalmente llegó al establecimiento que buscaba.

Era una biblioteca. Porque, a pesar de que ese mundo tal vez ni siquiera podía ser considerado al mismo nivel tecnológico que la edad media, habían bastantes personas que sabían leer y escribir.

Aunque, cómo no, la mayoría ni siquiera se dignaban a poner en uso ese conocimiento tan excepcional.

El lugar resultaba bastante bonito en su opinión: mesas de madera, estanterías llenas de libros encuadernados y personas bien vestidas que se paseaban de un lado a otro con material de escritura entre los brazos.

Debía admitirlo, le resultaba una idea acogedora vivir de esa manera, relativamente lejos de todo el ruido de la aventura y los combates, pero también era una vida que carecía de la emoción que tanto anhelaba.

De entre las varias personas que revoloteaban en el edificio, una de ellas llamó su atención: una mujer joven, posiblemente no mayor que él, vestida con ropajes limpios de colores poco llamativos, con cabello marrón castaño, ojos color avellana y una altura que se podía considerar media en el mejor de los casos.

Pero eso no fue su característica más llamativa, sino la cojera en uno de sus pies, sin duda procedente de una lesión sufrida en el tobillo.

Ella era el objetivo que Effiro estaba buscando.

Se acercó a ella con paso firme, mostrando una sonrisa radiante ya preparada. Era mejor abordar todo con optimismo y alegría.

–Buenos días, señorita. Por casualidad no sabrá si puedo trabajar en esta biblioteca ¿verdad? Estoy buscando un lugar en donde establecerme, y pensé que unirme a la biblioteca sería una opción excelente para alguien como yo.

La chica le miró con duda, pensándolo por un momento antes de responder a su pregunta.

–Hace poco que un amigo mío dejó la biblioteca por asuntos familiares, por lo que podrías tomar su lugar, supongo. Aunque eso tendrías que hablarlo con la maestra Prixia primero y ver si ella te acepta.

Señaló a una mujer de mayor edad y porte regio, la cual emitía un aura digna de la jefa de una biblioteca.

Según lo que Effiro recordaba, la maestra Prixia no era tan estricta como podía parecer a primera vista, aunque eso no significaba que fuera a pasar su prueba con facilidad. Tendría que demostrar que realmente se merecía su lugar allí si quería hacerse con un puesto de trabajo.

Se acercó a la mujer mayor, cambiando su postura deliberadamente para hacerse más pequeño. Tal vez así pudiera apelar al sentimiento de superioridad de la otra parte y ganarse su simpatía.

¿Era una táctica sucia de manipulación psicológica? Sí, pero no se avergonzaba en absoluto.

–¿Maestra Prixia? Me gustaría trabajar para usted. Estoy buscando trabajo y me pareció que la biblioteca era mi mejor opción. Espero que sea capaz de aceptarme entre los suyos.

Agachó la cabeza en señal de respeto, y la maestra Prixia le examinó de pies a cabeza con la mirada, juzgándole con la mirada.

Las primeras impresiones eran importantes, pero no podías juzgar a un libro por su portada. Una bibliotecaria como ella, con muchos años de experiencia, sabía la verdad detrás de ese dicho.

–Supongo que está bien. Tenemos un puesto libre que nos gustaría rellenar, pero entenderás que no podemos dárselo a cualquiera. Por lo tanto, me gustaría ponerte a prueba antes de tomar una decisión.

–¡Por supuesto, maestra Prixia! ¡Me juro que haré todo lo que esté en mi mano para no decepcionarla!

Volvió a inclinarse, esta vez en señal de gratitud, y permitió que la mujer le guiase a una mesa cercana para ver sus talentos literarios y decidir si valía la pena contratarle o no.

Definitivamente había sido un buen comienzo. Ahora solo le tocaba conseguir un trabajo y esperar a que la trama siguiera su curso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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