Sistema Superhumano Más Fuerte - Capítulo 311
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Capítulo 311: No recuerdo lo que olvidé
¡Mark estaba furioso! Sabía que Luna tenía razón, que tenía todo el derecho a hacer lo que quisiera con su deseo, ¡pero estaba jodidamente cabreado por lo que había hecho!
Luna usó su deseo para recordar todo lo que había ocurrido durante el Juego de Dioses.
Mark no podía entender cómo alguien podía hacer algo así. ¡Tienes un deseo de un dios que puedes usar para conseguir lo que quieras y decides usarlo en algo tan inútil como esto! ¿¡Qué sentido tiene!?
—¿¡Solo querías recordar!? ¡Desperdiciaste tu deseo en eso! ¿¡De qué te va a servir!? ¡Sabes por lo que pasamos para conseguir ese deseo y lo desperdiciaste! ¿¡Qué te pasa!?
Luna acercó tanto su cara a la de Mark que podría haberle contado las pestañas, y gruñó hermosamente.
—¡Lo hice por ti!
Mark entrecerró los ojos mientras Luna continuaba.
—Nunca voy a volver a ser quien era. En ese corto tiempo que estuve contigo, encontré la felicidad. Encontré a alguien con quien podía hablar. Alguien con quien podía compartir mis sentimientos. Me diste más en esos pocos días de lo que he recibido de nadie en toda mi vida. ¡No iba a renunciar a eso por un puto deseo de un dios de mierda! ¡Por mí, que a los dioses les den por culo! ¡Hice lo que quise por ti!
Mark sintió cómo toda la ira que había en su interior se calmaba lentamente al oír lo que decía Luna. Seguía cabreado con ella, pero no había nada que pudiera hacer, ya que ella ya había usado el deseo como había querido. Pero Mark no iba a reconocer aquello como una decisión inteligente. Aunque Luna consideraba los recuerdos de ese juego como algo invaluable, para él habría valido la pena olvidarlo todo si eso significaba conseguir algo que le ayudara a fortalecerse en el futuro.
Pero a Luna no le importaba nada de eso. Luna había pasado por mucho en ese juego, y podría haber muerto más de una vez, pero si la enviaran de vuelta y le pidieran que lo hiciera todo de nuevo, no cambiaría nada, porque ese juego le permitió encontrar a Mark. Le dio a alguien en quien podía confiar y, para ella, eso era más valioso que un deseo de los dioses.
Mark finalmente soltó los hombros de Luna, y el rostro de ella mostró cierta decepción cuando él se apartó y metió las manos en los bolsillos. Él la observó larga y detenidamente, y Luna sintió que su ritmo cardíaco se aceleraba al sentir la pesada mirada de Mark recorrer su cuerpo, hasta que él finalmente suspiró y apartó la vista.
—Está bien, haz lo que quieras. No es como si pudiera controlarte ni nada. Era tu deseo.
Mark volvió a sentarse en la silla de oficina mientras decía todo esto y cruzó las manos al reclinarse en el asiento. Luna sonrió de alegría y Mark puso los ojos en blanco mientras ella se apoyaba en la mesa a su lado. Ella sonrió y Mark enarcó una ceja.
—¿Qué pasa?
Luna negó con la cabeza.
—Es solo que es un poco surrealista. Casi se me olvida que eras un estudiante de instituto. En ese juego, parecías mucho mayor de lo que eres.
Mark se encogió de hombros. Ya estaba acostumbrado a que la gente pensara que no debería estar en el instituto, así que no le sorprendió que Luna dijera lo mismo. Esta percepción errónea sobre su edad era algo que Mark siempre usaba a su favor cuando era un justiciero que luchaba como FANTASMA. A nadie se le ocurriría buscar a alguien con su aspecto en un instituto, por lo que nadie sospechó nunca que él fuera en realidad FANTASMA.
Luna sonrió mientras observaba a Mark desde un lado. Él no la miraba, y ella aprovechó ese momento para admirar de verdad sus rasgos. Mark era un hombre guapo, no se podía negar. Por mucho que lo mirara, Luna no podía imaginar a alguien como él en el instituto. Quizá era un efecto secundario de su bendición que hacía que su cuerpo creciera más rápido de lo necesario.
Luna negó con la cabeza mientras intentaba deshacerse de todos esos pensamientos. Eso no era importante ahora. Lo que de verdad importaba era que estaba aquí, en este momento, con él. Eso era lo importante.
Luna todavía recordaba lo perdida y confusa que estaba después de que terminara el juego. Inmediatamente después de que Mark matara al rey, le enviaron un mensaje diciéndole que había ganado el juego y que sería transportada a otra dimensión para recibir su regalo por ganar.
Tras ser transportada, Luna se encontró en una gran sala con una única luz blanca que lo iluminaba todo. El suelo era de baldosas y el techo y las paredes eran de hormigón, pero eso era todo. No había nada más en la habitación.
Luna supo inmediatamente que algo iba mal. Pensó en ello profundamente durante un largo rato. Pero por mucho que intentaba pensar, nada le venía a la mente.
No podía recordar.
Eso era lo único que se repetía en su cabeza una y otra vez. Por mucho que intentara recordar lo que había olvidado, era casi como si tuviera un agujero en alguna parte de su cerebro cuyo contenido alguien hubiera extraído. Simplemente, parecía no poder sacar nada de ese agujero. No sabía qué había estado haciendo. No sabía con quién lo había estado haciendo, y no tenía ni idea de cómo había llegado a esa habitación.
—Rosa Nieve, esa eres tú, ¿verdad? No hace falta que respondas, mi información no es errónea. Has ganado el Juego de Dioses orquestado por Ares, el dios de la guerra. Felicidades. Se te dará un regalo, pero tendrás que esperar un momento a que otra persona elija qué regalo recibirás.
Luna se giró bruscamente al oír una voz a sus espaldas. Quien había hablado era un hombre bajo y regordete que vestía un atuendo de un blanco puro con un alfiler de oro prendido en el bolsillo izquierdo del pecho. Tenía una tablilla en la mano que miraba constantemente, y cada vez que levantaba la vista para mirarla, fruncía el ceño y volvía a bajar la vista hacia la tablilla.
Luna habló de inmediato.
—¿Quién eres? ¿Qué es este lugar?
El hombre parpadeó antes de asentir en señal de comprensión.
—Ah, sí, la penalización. No lo recuerdas. Pensé que tardaría un poco más en surtir efecto. Esta es la sala de espera. Es el pasadizo entre dimensiones. Estoy seguro de que tu dios Neptuno ya te ha traído a uno de estos lugares antes. Este es el que pertenece a Ares, el dios de la guerra. En cuanto a mí, soy un asistente. El asistente del dios de la guerra. Me llamo Julius. Es un placer.
Julius hizo una reverencia y Luna no pudo evitar devolvérsela con una pequeña inclinación en respuesta a su saludo. Todavía estaba confusa, pero una vez que oyó que este hombre era el asistente de un dios, supo que debía ser cortés.
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