Sobreviví sin sistema en mi infancia y por eso el mundo me concedió - Capítulo 129
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Capítulo 129: EL ECO DEL VIEJO MIEDO
TEMPORADA 5 – CAPÍTULO 129: EL ECO DEL VIEJO MIEDO
El Guardián del Hábito, su figura gris ahora ligeramente desdibujada por la brillantez circundante, observó con una gélida furia cómo la plaza se transformaba en un ballet aéreo improvisado. Las risas y exclamaciones de asombro de los ciudadanos flotantes resonaban en el aire, superando el monótono zumbido de su propia voz. Las “nubes personales” de Jax eran un éxito rotundo, y los pequeños aerodeslizadores se multiplicaban, ofreciendo a cada habitante la oportunidad de experimentar el cielo.
“¡Insolencia!”, siseó el Guardián, aunque su voz ya no llevaba el mismo peso paralizante. “Están jugando con fuego. El placer efímero no puede contra el recuerdo del vacío.”
Lira se acercó al Guardián, sus ojos irradiando una compasión teñida de determinación. “No es fuego, es luz. Y el vacío no es una amenaza, es un espacio para crecer. El verdadero vacío es una vida sin elección.”
La ciudad, antes un entramado de troncos gigantescos anclados al suelo, ahora se extendía como un archipiélago de islas flotantes. Puentes de luz, tejidos por los Luminiscos y reforzados con la tecnología de Kael, conectaban las distintas estructuras, creando una red vibrante en el aire. Serenidad de la Violeta y su gente danzaban entre los edificios ascendentes, sus movimientos fluidos inspirando una sensación de ligereza y gracia.
Pero incluso en medio de esta euforia, un eco del viejo miedo persistía. Algunos ciudadanos, aunque flotaban, mantenían una cercanía cautelosa con los puentes de luz, como si temieran que el más mínimo desequilibrio los enviaría a una caída irreversible. Otros, los más mayores, permanecían en los niveles inferiores de las estructuras flotantes, observando la transformación con una mezcla de curiosidad y aprehensión. El Guardián del Hábito, a pesar de su menguante poder, aún tenía una tenue cuerda que tirar.
De repente, una ráfaga de viento inesperada, más fuerte de lo normal, sopló a través de la plaza. No era una tormenta, pero para aquellos que habían vivido generaciones temiendo el cielo, fue suficiente para sembrar la inquietud. Un pequeño aerodeslizador, con una anciana a bordo que apenas se había atrevido a subir, osciló bruscamente. Un grito ahogado se extendió por el aire.
El Guardián del Hábito aprovechó el momento. “¡Ahí lo tienen!”, clamó, su voz recuperando algo de su antigua autoridad. “¡El caos! ¡La incertidumbre! ¡Un simple soplo de aire y el terror vuelve a sus corazones!”
La anciana se aferraba con fuerza a los controles del aerodeslizador, sus ojos dilatados por el pánico. Abajo, en los puentes, algunos ciudadanos que aún no se habían atrevido a volar, comenzaron a retroceder, sus rostros reflejando el viejo miedo. El viento no era solo un fenómeno natural; era el presagio de su anclada memoria colectiva.
Elena, viendo el peligro de que el Guardián recuperara terreno, se giró hacia Kael. “Kael, necesitamos estabilizar el aire. ¡Crea un campo de fuerza que module el viento! Que sea fuerte, pero visible, para que vean que están seguros.”
Kael, con una concentración intensa, activó un dispositivo en su muñeca. Un zumbido apenas audible llenó el aire, y finas hebras de energía invisible comenzaron a ondular alrededor de los aerodeslizadores. El viento, aunque seguía soplando, ahora se sentía como una caricia controlada, una brisa gentil que los sostenía en lugar de empujarlos. La anciana, sintiendo la estabilidad, abrió los ojos y dejó escapar un suspiro de alivio.
Mientras tanto, Jax, consciente de que la música era su arma principal, ajustó las frecuencias. La melodía se volvió más rítmica y reconfortante, incorporando sonidos de campanillas y murmullos de agua, creando una sensación de calma y seguridad. Los Luminiscos respondieron a la nueva vibración, sus luces danzando de manera más serena y envolvente, disipando las sombras de la ansiedad.
“¡Miren el cielo!”, gritó Mara, su voz fuerte y clara, rompiendo el hechizo del miedo. “¡No es hostil! ¡Es el hogar de infinitas posibilidades!” Señaló hacia el horizonte, donde las nubes se teñían de colores pastel al atardecer, un espectáculo que muchos de los ciudadanos nunca habían apreciado desde esa perspectiva.
Lira, con su mano extendida hacia el Guardián, hizo un último intento. “No tienes que ser el Guardián del Hábito. Puedes ser el Guardián de la Estabilidad. Ayúdalos a mantener el equilibrio mientras exploran, en lugar de encadenarlos al miedo.”
El Guardián, aunque sus palabras seguían siendo de advertencia, ahora tenían un matiz diferente. Su figura gris, por un instante, pareció menos sólida, como si la energía de la alegría y la libertad que lo rodeaba estuviera erosionando sus bordes. “La seguridad… es lo primordial”, murmuró, pero su voz ya no era un mandato, sino casi una súplica.
La ciudad entera flotaba ahora, un testimonio de la valentía colectiva. Los niños volaban en espiral, los adultos se atrevían a mirar hacia abajo y hacia arriba con igual asombro, y los ancianos, aunque todavía cautelosos, permitían que una sonrisa apareciera en sus rostros mientras sentían la suave caricia del viento controlado.
La confrontación con el Guardián no había terminado del todo, pero su poder sobre ellos se había fracturado. La ciudad de las raíces profundas había encontrado sus alas, y aunque el eco del viejo miedo aún resonaba en algunos corazones, la melodía de la libertad era innegablemente más fuerte.
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