Star wars: Nace una leyenda - Capítulo 10
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10: PELIGRO OCULTO 10: PELIGRO OCULTO Campo de entrenamiento.
Me encontraba descansando, con la espalda apoyada en la corteza de un viejo árbol que vio crecer a muchos guerreros del clan.
El sol comenzaba a ocultarse y, a lo lejos, podía observar Mandalore.
Nunca estuve allí.
Toda mi vida, hasta ahora, la pasé en el clan, en Concordia.
Lo más lejos que llegué fue cuando me escabullí y seguí al equipo de caza.
Quería ver los bosques y montañas de Concordia por mi cuenta.
Pero, después de recorrer un par de kilómetros, se dieron cuenta de mi presencia.
Al parecer, aún no podía escapar del olfato de los lobos, aunque me mantuviera a más de cien metros de distancia.
Ese día recibí el frío regaño de mi madre.
Me castigó con lo que más me gustaba, aparte de entrenar: mis holocrones de tecnología y conocimiento.
No pude acceder a ellos durante una semana.
Pero no todo terminó ahí.
Mi madre se lo comentó a mi tía, quien me tuvo otra semana entera realizando únicamente ejercicios de resistencia.
Fue la peor semana de mi nueva vida… hasta ahora.
La fecha de la prueba de cacería estaba cada vez más cerca.
Faltaban solo seis meses.
Se realizaba a inicios de cada año; supongo que tuve suerte al nacer también a comienzos de año.
Dejé de pensar y me levanté.
Hoy mi madre tenía una reunión con los demás miembros de alto rango del clan, por lo que no estaría en casa.
Últimamente la notaba distraída y cansada; al parecer había dificultades internas.
Ella lleva un gran peso sobre los hombros, y es una de las razones por las que la valoro tanto.
Recordé que Efi me había pedido ayuda para reparar algunos droides de reconocimiento, así que me dirigí al taller donde dijo que me estaría esperando.
Al llegar vi innumerables pilas de repuestos y piezas mecánicas.
Ella estaba sola, inclinada sobre una mesa de trabajo, intentando reparar el circuito de uno de los droides.
Estaba tan absorta que no notó mi presencia hasta que me coloqué a su lado.
Se sobresaltó, pero al reconocerme comenzó a hablar de inmediato, inundándome de preguntas y reprochándome por llegar tarde.
—Me perdí en el camino de la vida —le dije.
Ella alzó una ceja y suspiró, cansada de escuchar siempre lo mismo.
—¿No te cansas de repetir eso?
—Supongo que sí —respondí entre risas.
Tras un breve intercambio, comencé a ayudarla.
—¿Y qué le pasó a este?
—pregunté.
Era difícil que se dañaran, a menos que recibieran disparos de bláster.
—Hay mucha actividad reciente alrededor de las murallas del clan.
Mi madre, junto a un grupo de Colmillos Feroz, encontró tres droides de reconocimiento destruidos después de que perdieran comunicación.
Al escuchar eso comprendí mejor la actitud de mi madre.
—¿No te comentó algo más sobre la situación?
—No directamente.
Pero hoy la escuché hablar con uno de sus subordinados sobre Mandalore.
Al parecer se aproxima una guerra civil entre el bando pacifista del duque Kryze y los clanes guerreros tradicionales.
Los clanes más poderosos buscan alianzas para enfrentarlo o, en todo caso, someter a quienes no se unan.
En Mandalore la situación es complicada: muchos clanes se están aislando y preparando para la guerra; otros ya comenzaron a anexar a los más débiles.
—¿Y aquí, en Concordia?
—Los clanes tradicionales están reuniendo a sus guerreros y preparando recursos militares.
Guardé silencio.
Si no elegíamos bien nuestro bando, el clan podría estar en peligro.
Incluso manteniéndonos neutrales, existía la posibilidad de ser conquistados.
Debíamos aumentar nuestra fuerza.
Los droides de reconocimiento eran buenos, pero necesitábamos más y con mayor alcance.
Los cuartos de entrenamiento fortalecían al clan, pero eso requería tiempo.
Pensé en mejorar arcos y lanzas en la herrería, pero aún no dominaba su fabricación.
Me llevaría demasiado.
Solo podía enfocarme en los droides.
Era hora de construir una fábrica de producción en masa.
Un proyecto grande, que requeriría tiempo y recursos.
Intentaría convencer a mi madre de exportar la papa a sistemas lejanos y, con esas ganancias, iniciar el proyecto.
Nos tomaría al menos cuatro años, lo suficiente antes del estallido de la guerra.
—Azmar, ¿sigues ahí?
¡Despierta!
—gritó Efi.
—Supongo que me perdí en mis pensamientos.
—Continuemos.
Hay mucho por hacer.
Observé el taller desordenado y ruidoso.
Solo espero que la guerra no comience pronto.
Una semana después.
Ya era de día cuando me dirigí a la granja.
Debía revisar el excedente de papa destinado a la exportación.
Lo logré.
Fue una larga semana de concesiones y pequeñas victorias, pero al final mi madre me apoyó.
Yo había descubierto e introducido el método de cultivo a gran escala, así que tenía derecho a una parte de las ganancias.
Por supuesto, la usaría toda para la construcción de la fábrica de droides.
Tras caminar unos minutos llegué a la granja.
Allí me esperaba la anciana.
Ya conocía su nombre; mi tía me lo había dicho: Arami Fen’Black.
En el clan Fen’ruus todos llevaban “Fen” al inicio de sus apellidos, pero solo los descendientes directos portaban el nombre completo del linaje, como mi tía, mi madre y yo.
—Buenos días, anciana Arami.
—Buenos días, joven lobo.
—Creo que ya sabrá por qué vengo.
Mi madre debió comentárselo.
—Sí.
Aquí están los registros de la producción total y los excedentes de la última cosecha.
Me entregó los documentos.
—Gracias, anciana Arami.
Antes de que comenzara a revisarlos, me detuvo.
—Azmar, quiero darte un consejo.
Tal vez te sirva.
—Sería un honor escucharla.
—He analizado las propiedades de este producto.
Siempre creímos que solo ayudaba a recuperar energía y resistencia más rápido que otros alimentos.
Pero descubrí algo más: si se consume con frecuencia, puede mejorar el físico —humano o de cualquier especie compatible— hasta en un cuarenta por ciento.
Me quedé en silencio.
—Eso solo se logra con los mejores ejemplares —continuó—, los cuales he reservado exclusivamente para el clan.
Supongo que considerarás no exportarlos.
—Por supuesto.
Nunca haría algo tan imprudente.
—En los registros que te entregué solo figura la producción que mejora entre un cinco y diez por ciento con consumo prolongado, casi imperceptible para personas comunes.
Además, modifiqué ese lote para que no pueda reproducirse fuera de nuestras tierras.
Me sorprendió.
—No por nada soy la mejor científica del clan —añadió con orgullo.
Aquello resolvía una de mis mayores preocupaciones: que otros replicaran el cultivo y perdiéramos nuestra ventaja.
—También mejoré tu proceso y desarrollé un fertilizante más eficiente.
El rendimiento de la cosecha aumentó considerablemente.
Nunca imaginé que tuviera ese lado juguetón.
Siempre la vi como una anciana seria y de pocas palabras.
—Gracias, venerable anciana Arami.
Me ha ahorrado muchas preocupaciones.
—De nada, joven cachorro.
Espero mucho de ti.
Su tono volvió a ser firme y distante.
Le agradecí nuevamente y regresé a casa.
Tenía mucho que planificar.
El tiempo seguía avanzando, y no sabía si mi renacimiento había alterado el curso de los acontecimientos.
Todo era posible.
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