Star wars: Nace una leyenda - Capítulo 9
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9: JERARQUIA 9: JERARQUIA Hoy cumplo nueve años.
Mis compañeros y yo acordamos salir a comer al mercado.
Es bueno dejar el entrenamiento por un momento y divertirse un poco; al menos eso considero después de un año de trabajo duro.
Un año en el que nuestro progreso fue enorme, no solo físicamente, sino también mentalmente.
Gracias a los cuartos de entrenamiento, mejoramos considerablemente en la Primera Forma de combate.
Cada cuarto tenía distintos niveles de dificultad.
Para quienes aspiraban a convertirse en Aprendices estaba el Nivel 1.
Contaba con dos droides que se coordinaban para disparar rayos láser aturdidores desde distintos ángulos, aunque no demasiado complejos.
Eran pequeños, de unos cuarenta centímetros, capaces de levitar.
Podían moverse a distintas velocidades y aumentar o disminuir su cadencia de disparo según la configuración.
Para alcanzar el rango de Competente existían los niveles 2 y 3, donde los aprendices se enfrentaban a tres y cinco droides, respectivamente.
Estos eran más rápidos y variaban su ritmo de ataque, a diferencia de los del Nivel 1, que resultaban más predecibles.
La mayoría de los jóvenes se encontraba allí.
Los guerreros que buscaban llevar la Primera Forma al rango Avanzado utilizaban el Nivel 4.
Allí aparecían diez droides, mucho más precisos y capaces de coordinar ataques simultáneos.
Un día, al finalizar el entrenamiento, mi tía decidió enseñarnos la jerarquía del clan.
Al parecer, había olvidado explicárnosla antes, aunque era un conocimiento básico.
Más vale tarde que nunca.
La jerarquía estaba dividida en cinco niveles.
El primero era el de los Cachorros de Sangre: niños que iniciaban su formación a los cinco años.
Aprendíamos fundamentos básicos y fortalecíamos el físico hasta los ocho, edad en la que comenzábamos a entrenar con lanza y arco.
También se nos enseñaba la Primera Forma de la Lanza de Fenrir: Instinto de Fenrir.
Una técnica defensiva esencial para la supervivencia, que practicaríamos hasta los diez años.
En cuanto al arco, aún no se enseñaban técnicas avanzadas.
Solo practicábamos puntería contra objetivos fijos.
Más adelante, los mejores serían seleccionados para un entrenamiento especializado.
Yo creía que Ali lo lograría.
Era la mejor en tiro con arco.
Yo también era bueno… pero tenía mi Haki.
A veces se sentía como hacer un poco de trampa.
Si lográbamos superar la prueba final —una cacería real— nos convertiríamos en Colmillo Feroz, el segundo rango.
No todos la superaban, pero podían intentarlo nuevamente al año siguiente.
Tras aprobar la prueba, solo los más destacados eran elegidos para entrar a la Cueva del Lobo y obtener su compañero.
Sin embargo, no bastaba con desearlo: el padre o la madre del lobo debía considerarte digno.
Solo con su aprobación se formaba un vínculo verdadero.
Lo lobos no eran simples bestias de caza ni armas de guerra.
Eran hermanos.
Compañeros de vida.
El tótem del clan y el legado de nuestros ancestros.
Quien conseguía un lobo era reconocido como Gran Colmillo Feroz.
Seguía dentro del segundo rango, pero se distinguía por encima de los demás.
Este rango abarcaba aproximadamente desde los diez hasta los veinte años.
Entre los diez y doce se aprendía la Segunda Forma de la Lanza de Fenrir: Furia de Fenrir.
Una técnica de ataque rápido y feroz, diseñada para abrumar al enemigo con golpes continuos.
Durante los primeros meses también se fortalecía el vínculo con el lobo, antes de enseñarle a cazar y combatir en conjunto.
Entre los trece y quince años comenzaba la especialización.
Algunos elegían la herrería; otros, el taller de droides, el hangar de naves, la granja, el grupo de caza o la guardia del pueblo, lo cual era bueno para el clan, ya que cada una de estas profesiones aportaba mucho a su crecimiento.
Los Grandes Colmillos podían forjar su primera lanza con punta de beskar u otro material resistente.
También podían fabricar protecciones para sus lobos, como cotas de malla capaces de resguardarlos de blásters y bestias salvajes.
Nunca vi al lobo de mi madre usar armadura.
Supongo que solo la emplean en tiempos de guerra.
Aunque recuerdo haber visto algunos lobos del grupo de caza con cotas plateadas de brillo azulado, como si llevaran el invierno sobre el lomo.
Me gustó mucho aquel diseño.
Quienes decidían continuar por el camino del combate podían aspirar a convertirse en Guardianes Lobo Oscuro, el tercer rango.
Alcanzarlo era difícil, pues requería superar una prueba que podía resultar mortal.
Se formaban equipos compuestos por cinco Colmillos Feroz y un Guardián como líder.
Entre los quince y veinte años, el Guardián les enseñaba la Tercera Forma de la lanza: Emboscada de Fenrir.
Un ataque de precisión y paciencia que explotaba los puntos ciegos del enemigo para asestar un golpe decisivo.
Por encima de los Guardianes estaban los Señores Lobo del Abismo, el cuarto rango.
Eran los comandantes más poderosos del clan.
Actualmente solo había tres: Mi tía.
Mi madre.
Y la anciana de la granja.
La anciana de la granja no era solo una agricultora.
En su juventud había sido una de las guerreras más temidas del clan.
Eso me impactó más de lo que esperaba.
Escuchar sus nombres en ese contexto era diferente.
No eran solo mi familia.
Eran pilares del linaje principal.
Eran la razón por la que Fen’russ seguía en pie.
Desde pequeños nos enseñaban quiénes éramos.
No con cuentos.
No con promesas.
Con disciplina.
Con coraje.
Porque Fen’ruus no era solo un clan.
Era herencia.
Era oscuridad.
Era Caos.
Herederos de la noche sin fin.
Destructores del destino Somos Fen’ruus.
—Ahora les hablaré del último rango —dijo mi tía, devolviéndome a la realidad.
El ambiente cambió.
Ese rango solo lo alcanzó nuestro ancestro fundador: El Alfa del Caos.
Para llegar a ese nivel no bastaban fuerza ni inteligencia.
Era necesario forjar un vínculo con tu lobo que trascendiera todo lo conocido.
Algo que se perdió con el tiempo.
El silencio nos envolvió.
Yo solo pensaba en una cosa: ¿Podría llegar a ese nivel algún día?
Mi tía me miró como si hubiera leído mis pensamientos.
—No piensen demasiado.
Aún son Cachorros de Sangre.
Avancen con constancia.
Para ir más allá necesitarán algo que solo ustedes podrán descubrir.
Luego se dio la vuelta.
—Ahora regresen a casa.
Mañana nos espera un entrenamiento infernal.
Me despedí de mis compañeros y caminé hacia casa.
Antes de abandonar el campo de entrenamiento, me detuve y miré el horizonte.
El sol se ocultaba lentamente.
Una brisa cálida rozó mi rostro.
Tenía un largo camino por recorrer.
En esta nueva vida no habría arrepentimientos.
Me giré y continué avanzando.
Esta vez… con una meta más clara.
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