Star wars: Nace una leyenda - Capítulo 11
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11: HISTORIA 11: HISTORIA Salón de estudio Hoy la casa estaba extrañamente silenciosa.
No hubo entrenamiento.
Mi tía había partido junto a mi madre a una reunión de clanes que, según los rumores, podía terminar mal.
Por precaución se llevaron a un pequeño destacamento de Guardianes Lobo Oscuro… y, por supuesto, a mi tía.
Cuando los jefes de clan comienzan a movilizar guerreros, significa que las palabras pueden dejar de ser suficientes.
Quería aprender un poco más sobre mi clan, además de los clanes y casas de Mandalore y de Concordia, ya que esa información sería muy importante para mis futuros planes.
La verdad, había demasiada información.
No sabía por dónde empezar.
Pero entonces un antiguo holocrón llamó mi atención.
Me transmitía una sensación de misterio y antigüedad.
Nunca lo había visto antes.
Siempre venía al estudio en busca de conocimiento, pero esta era la primera vez que veía un holocrón diferente a los que solía usar.
Me acerqué al estante donde se encontraba.
Sentía como si me llamara… como si me susurrara.
Alcé mi mano y lo tomé.
Al instante sentí como si mi cuerpo pesara el doble, como si llevara troncos atados a la espalda.
Comencé a sudar y a resoplar por la nariz.
Nunca pensé que pesaría tanto.
¿Cómo era posible que ese maldito estante lo soportara?
Intenté calmar mi mente y concentrarme por un momento.
Lo llevé hacia la mesa de estudio.
Mis pasos sonaban pesados y mis piernas temblaban.
Fue una maldita eternidad hasta que finalmente lo dejé sobre la mesa.
De repente todo ese peso desapareció.
Había sudado bastante.
Tenía toda la espalda empapada.
—¡Diablos!
¿Qué fue eso?
—pensé.
Me quedé observándolo durante un momento.
No sabía por dónde comenzar.
Era diferente a los otros holocrones electrónicos del estudio, los cuales solo requerían presionar un pequeño botón para acceder a toda la información.
Proyectaban un holograma similar a un libro.
Pero este era distinto.
No podía encontrar la manera de acceder a su contenido.
Comencé a buscar en mis recuerdos.
Tal vez encontraría la forma.
Empecé a caminar de un lado a otro.
Mi cerebro siempre funcionaba mejor así.
Holocrón… ¿Quién más usaba esta tecnología?
Me puse a pensar.
Entonces lo recordé.
Claro.
Los Jedi… y los Sith.
Este era similar a los que usaban para transmitir sus enseñanzas.
Y la única manera de abrirlos era con la Fuerza.
Inmediatamente me acerqué y coloqué mis manos sobre el holocrón.
La sensación anterior regresó.
Mierda… ¿cómo era posible si ni siquiera lo estaba levantando?
Comencé a concentrarme e intenté introducir la Fuerza en el objeto.
Al inicio no reaccionó.
Ya me estaba agotando cuando pensé que todo había sido en vano.
De pronto mi vista comenzó a desdibujarse.
Mi mente empezó a dar vueltas.
Y, de un momento a otro… me encontraba en la oscuridad.
Como si hubiera vuelto a renacer.
—Bienvenido, joven descendiente.
Escuché una voz suave y etérea a mi espalda.
Me di la vuelta.
Por un instante quedé cegado por la luz que emanaba.
Poco a poco recuperé la visión.
Y entonces la vi.
Una hermosa mujer de cabellos plateados, cejas delicadamente arqueadas, una nariz perfecta y ojos azules que brillaban como estrellas.
Vestía una túnica negra como la noche, que parecía flotar alrededor de su cuerpo.
Era como un hada etérea suspendida en el vacío.
—¿Terminaste de observarme, joven cachorro?
—dijo con un tono ligeramente burlón.
Al instante recuperé la compostura.
—Perdóneme, bella dama.
No quise ofenderla.
Solo… admiraba su belleza.
Ella resopló ligeramente antes de continuar.
—Te preguntarás dónde estás y cómo llegaste aquí.
Permíteme responder eso.
Pero primero debo presentarme.
Hizo una leve reverencia.
—Soy la guardiana de esta biblioteca del conocimiento.
Mi creador me llamó Atena.
Soy una entidad etérea sin cuerpo físico, pero puedo existir gracias a mi conexión con la Fuerza.
—Es un placer conocerla, guardiana Atena.
Mi nombre es Azmar Fen’ruus—respondí con cortesía.
Ella asintió.
—Te traje aquí a través de la Fuerza.
Solo tu conciencia puede entrar a este mundo, mientras tu cuerpo permanece en un espacio etéreo entre la realidad y lo imaginario.
Nadie podrá tocarte.
Luego me observó con interés.
—Esperé mucho tiempo por un descendiente digno… y parece que por fin lo encontré.
Sus palabras me dejaron desconcertado.
—Solo los descendientes del gran Droll, domador del gigante Fenrir, pueden entrar aquí —continuó—.
Pero esa no es la única condición.
También deben ser sensibles a la Fuerza.
Me miró fijamente.
—Eres el primero en siglos en cumplir ambos requisitos.
Quedé completamente anonadado.
Nunca imaginé encontrarme en una situación así.
Pero no permitiría que la sorpresa me paralizara.
—Tengo algunas preguntas —dije intentando mantener la calma—.
¿Por qué nadie en el clan ha oído hablar de usted?
¿Y cuál es su propósito?
Atena sonrió levemente.
—Buena pregunta.
Comenzó a caminar lentamente por el espacio oscuro.
—Pocos han estado en contacto conmigo.
Puedo moverme por este espacio y pasar desapercibida.
Solo aparezco cuando lo considero necesario.
Se detuvo.
—En cuanto a mi propósito… es simple.
—Buscar un heredero.
Sus ojos brillaron con un destello antiguo.
—Mis recuerdos se remontan a más de dos mil años, cuando tu antepasado me creó para transmitir su legado.
Mi curiosidad despertó de inmediato.
—¿Podría contarme sobre él?
Atena asintió.
—No dejó demasiada información sobre su origen, pero sí algunas historias.
Su voz adoptó un tono más solemne.
—Fue un gran guerrero que logró formar su propio clan.
Domó con éxito a una antigua manada de lobos en Concordia, lo que hizo famoso a su linaje.
Luego continuó: —Pero un día, mientras cazaba en los bosques, ocurrió algo extraño.
Una montaña cercana comenzó a derrumbarse y extrañas grietas espaciales aparecieron, desgarrando todo a su paso.
Hizo una pausa.
—Después de lo que pareció una eternidad, las grietas desaparecieron.
Todo volvió a la normalidad.
Pero tu antepasado temió que aquel fenómeno volviera a ocurrir.
Así que fue a investigar.
Tras una larga caminata llegó al lugar donde antes se alzaba la montaña.
Solo quedaban escombros.
Buscando pistas encontró un sendero entre las rocas.
Y entonces lo vio.
Un joven lobo negro con mechones grises en las patas.
Sus ojos parecían un cielo lleno de estrellas.
—Ese lobo se presentó en su mente —continuó Atena—.
Su nombre era Fenrir.
Portador del caos, la destrucción… y el destino.
Desde ese día formaron un vínculo de amistad.
Fenrir creció más grande que cualquier otro lobo.
Podía comunicarse con él mediante pensamientos.
Con su ayuda el clan prosperó.
Con el tiempo Fenrir alcanzó un tamaño colosal.
Podía alterar el espacio, abrir grietas dimensionales y viajar por el universo.
A pesar de su poder, nunca buscaron conquistar otros mundos.
Solo querían proteger y hacer prosperar a su clan.
Atena guardó silencio.
—Eso es todo lo que puedo contarte sobre mi creador.
La historia me dejó impactado.
Nunca imaginé escuchar algo así.
Pero antes de poder pensar demasiado, Atena volvió a hablar.
—Debemos continuar.
Asentí.
—Este holocrón fue creado únicamente para los descendientes capaces y sensibles a la Fuerza —explicó—.
Su propósito es encontrar un heredero digno de recibir el legado completo de mi creador.
Me miró fijamente.
—Pero hay una prueba.
Tragué saliva.
—¿Y si fallo?
—Entonces perderás los recuerdos de haber estado aquí —respondió con calma—.
Nunca volverás a saber de mi existencia.
Hasta ahora… nadie ha superado la prueba.
Sentí un escalofrío.
Pero también una enorme emoción.
Si lograba superarla… podría llevar a mi clan a un nuevo nivel.
—Tengo otra duda —dije—.
Si obtengo esta herencia… ¿habrá alguna restricción?
No existía nada gratis en este universo.
Atena negó con la cabeza.
—Mi creador dejó una única condición: que el heredero fuera su descendiente y superara la prueba.
—Nada más.
—No estarás encadenado a ninguna voluntad.
—Y yo serviré al nuevo portador del legado.
Sentí alivio.
La Fuerza también me confirmaba que no mentía.
—Entonces solo queda una pregunta —dijo Atena—.
—¿Estás listo para enfrentar la prueba?
Respiré hondo.
Sería un idiota si dejara pasar una oportunidad así.
—Sí.
—Estoy listo.
Atena levantó la mano.
El espacio a nuestro alrededor cambió.
Ahora estábamos frente a una enorme puerta blanca, cubierta de patrones que parecían representar el universo.
—Entra —dijo serenamente—.
—La prueba te espera al otro lado.
Caminé hacia la puerta en silencio.
Con expectativa.
Y con temor.
No temía a la muerte.
Temía fallar.
Temía perder esta oportunidad única.
Ajusté mi mentalidad.
Y avancé.
El fracaso no era una opción.
Porque el futuro del clan Fen’ruus… estaba ahora en mis manos.
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