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Star wars: Nace una leyenda - Capítulo 3

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  3. Capítulo 3 - 3 CLAN
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3: CLAN 3: CLAN Cumplí un año.

Ya podía moverme por toda la casa con normalidad.

Pasaba la mayor parte del tiempo jugando con Fen’rar.

Siempre me vigilaba de cerca.

Mi cuidadora había sido seleccionada personalmente por mi madre.

Se llamaba Alía.

Se encargaba de alimentarme y atender todas mis necesidades.

No mentiré… extrañaría aquella comodidad infantil cuando creciera.

Mientras tanto, continué profundizando mi vínculo con la Fuerza.

No intentaba mover objetos ni nada espectacular.

Me centré en aumentar mi percepción, en sentir lo que me rodeaba.

Algo similar al haki de observación de One Piece… si es que lograba desarrollarlo.

No sería fácil.

Pero tenía tiempo.

Mucho tiempo.

Un día, aburrido de estar encerrado, decidí escapar para explorar el clan.

Por supuesto, primero debía librarme de la vigilancia de Alía… y del gran lobo.

Con Alía fue sencillo; bastó una distracción bien calculada.

Pero Fen’rar… ese desgraciado ya me estaba esperando fuera de la casa.

Suspiré.

Si iba a seguirme, al menos que fuera útil.

Me monté sobre su lomo.

No parecía gustarle demasiado la idea, pero tampoco me bajó.

Con mis piernas cortas sería lento; aunque físicamente aparentaba tres años, seguía siendo más práctico cabalgarlo.

No tardé en escuchar golpes, gritos y órdenes.

Señalé la dirección y Fen’rar avanzó con sorprendente sigilo.

A pesar de su tamaño, era increíblemente ágil.

Trepamos un muro de roca y nos ocultamos tras un árbol para observar.

Era un grupo de niños y jóvenes entrenando con lanzas.

Algunos practicaban posturas complejas; otros combatían entre sí con intensidad.

Todos eran supervisados por una guerrera de presencia imponente.

Llevaba un casco de beskar y una armadura oscura con detalles plateados.

Su porte era firme, autoritario.

No necesitaba verle el rostro para saber que nadie se atrevía a desobedecerla.

Me fascinó.

Todos usaban lanzas.

Me gustaba ese tipo de arma; a diferencia de las espadas o los sables de luz, ofrecía mayor alcance y versatilidad.

Observé cada movimiento con avidez.

No podía esperar para entrenar de esa manera.

Entonces— —¡Ssssh!

Maldito lobo.

Fen’ar decidió que era el momento perfecto para marcar territorio… justo en el árbol que nos ocultaba.

Intenté golpearle el costado para que se detuviera.

Demasiado tarde.

—¿Y a quién tenemos aquí… si no es el pequeño patriarca?

La voz era clara.

Serena.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

Un recuerdo acudió a mi mente: la última vez que intenté escapar, me encontré con mi madre en la puerta principal.

Aún podía sentir aquella mirada azul, fría como un glaciar.

Desde entonces, Fen’ar no me quitaba los ojos de encima.

Giré lentamente.

Allí estaba la guerrera.

Intenté culpar al lobo con la mirada… pero el traidor había desaparecido.

!Increíble¡ —Vamos —dijo ella con tranquilidad.

Me cargó con facilidad y comenzó a caminar.

Antes de marcharse, dio una orden breve para que el entrenamiento continuara.

Una loba de pelaje gris la siguió en silencio.

Al llegar a casa, encontré a Alía pálida, buscándome desesperada.

Por un segundo creí que aún podía librarme del castigo.

Hasta que escuché: —Señora Fela, gracias por encontrar al joven amo.

Su hermana se pondría molesta si no lo encontraba en casa.

Congelado.

Fela.

Hermana de mi madre.

Perfecto.

Ahora sí estaba perdido.

—Pequeño, ¿qué te sucede?

—preguntó Fela con tono burlón—.

No me digas que le temes a tu madre.

Se quitó el casco.

Su rostro era hermoso, aunque endurecido por las batallas.

Una cicatriz en forma de luna cruzaba el lado derecho de su rostro, otorgándole un aire místico y heroico.

Aproveché mi última esperanza.

—Tía… ¿no podrías decirle a mamá que estuve en el campo de entrenamiento?

Prometo no decírselo a nadie.

Usé mi expresión más inocente.

Ella soltó una risa suave.

—¿Y por qué debería guardar silencio, pequeño rufián?

No parece ser la primera vez que escapas.

Suspiré.

—Solo quería ver el clan.

Estoy aburrido encerrado.

Quiero conocer nuestras costumbres… nuestra gente.

Fela me observó en silencio.

Luego acercó su frente a la mía.

—Te pareces a tu padre.

Siempre siguiendo lo que le divierte, explorándolo todo.

Se incorporó.

—Por esta vez lo dejaremos así.

¿Verdad, Alía?

—S-sí, señora —respondió la criada rápidamente.

Antes de marcharse, Fela se inclinó hacia mí y susurró: —La próxima vez… no dejes que te atrapen.

Y se fue con su loba.

Me quedé en silencio unos segundos.

Fen’rar apareció poco después, como si nada hubiera pasado.

Lo miré con desconfianza.

Algún día te cobraré esta traición, lobo prostatico.

Desde entonces, perfeccioné mis escapadas.

Mi percepción a través de la Fuerza había mejorado notablemente.

Podía anticipar movimientos, esquivar adultos y desaparecer antes de que intentaran atraparme.

Recorrí el campo de entrenamiento.

Visité la granja de verduras y animales.

Entré en la forja y observé cómo trabajaban el metal.

Cada rincón del clan se convirtió en mi territorio.

Solo me faltaban dos lugares por descubrir: la guarida de los lobos —cuya ubicación aún desconocía— y el hangar de naves espaciales.

Sonreí.

Tal vez esa sería una aventura… para cuando fuera un poco más grande.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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