Star wars: Nace una leyenda - Capítulo 4
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4: LA GRANJA 4: LA GRANJA Los días parecen más largos cuando eres niño.
Pasaba el tiempo jugando con el gran lobo, buscando nuevas aventuras dentro del clan y, por supuesto, entrenando mi “haki de observación” … o, mejor dicho, mi percepción de la Fuerza.
Prefiero el primer nombre.
Sabía que el poder lo era todo en este mundo.
Si quería proteger a mi clan y a mi familia, tendría que volverme lo suficientemente fuerte como para que nadie deseara tenerme como enemigo… o, en el peor de los casos, que entendieran las consecuencias de meterse con lo que más amo.
Entre juegos, entrenamientos y pequeñas travesuras, cumplí tres años.
Aún no sabía en qué punto del canon me encontraba, pero gracias a la práctica constante de mi percepción, ya podía sentir a los seres vivos en un radio de cinco metros.
No necesitaba abrir los ojos ni tener línea directa de visión; incluso detrás de un muro podía notar su presencia.
Eso facilitaba enormemente mis escapadas.
Físicamente aparentaba cinco años, pero mi madre seguía negándome el ingreso formal al entrenamiento de los aprendices.
—Todo niño del clan comienza a los cinco años —decía con firmeza—.
No serás la excepción.
Así que solo me quedaba esperar dos largos años más.
También le pregunté cuándo podría tener mi propio lobo, como ella o mi tía.
Sonrió.
—No te apresures, pequeño bribón.
Todo llega a su tiempo.
La prisa nunca ha sido una virtud de este clan.
Cuando sea el momento, lo sabrás.
Suspiré.
Cada vez se parecía más al viejo Yoda con sus frases enigmáticas.
Al no obtener una respuesta clara, decidí investigar por mi cuenta.
Escuché a algunos padres hablar sobre una competencia que decidiría quiénes visitarían la cueva de los lobos y obtendrían el reconocimiento de estas nobles bestias.
Solo los mejores aprendices podían aspirar a ello.
La competencia se realizaba cuando cumplían diez años.
Diez.
Demasiado lejos.
Así que abandoné temporalmente esa investigación.
Otro de mis lugares favoritos era la granja.
Un conjunto de parcelas donde se cultivaban la mayoría de los alimentos del clan.
Había plantas y frutos que jamás existieron en la Tierra.
Algunos eran dulces y refrescantes; otros, agrios pero agradables.
Me gustaba colarme y “tomar prestadas” algunas frutas.
Era un sitio fuertemente vigilado —la alimentación del clan dependía de él—, pero gracias a mi percepción podía evitar a los guardias con facilidad.
Por suerte, no llevaban lobos.
Con su olfato, sería casi imposible escapar.
Un día, mientras saqueaba mi botín habitual, algo llamó mi atención.
Una planta.
Me quedé inmóvil.
Se parecía demasiado a algo que conocía de mi vida anterior.
Y entonces lo entendí.
Una planta que cambió el rumbo de la alimentación humana.
Un alimento versátil.
Delicioso.
—No puede ser… Papas.
Había descubierto papas.
¿Cómo estaba tan seguro?
Culpa a la Fuerza.
Desde que despertó en mí, mi memoria se había vuelto casi perfecta.
Recordaba incluso una enciclopedia de botánica que leí años atrás.
Era idéntica.
Si lograba cultivarla correctamente, podría asegurar una fuente estable de alimento para el clan.
No era un santo… pero podía ver claramente las ventajas estratégicas y económicas.
La pregunta era otra: ¿Cómo convencerlos?
¿Les gustaría el sabor?
¿O sería un fracaso absoluto?
Solo había una forma de saberlo.
Antes de regresar, desenterré algunos tubérculos con cuidado.
Tenía que hablar con mi madre.
Ella sabía que me escapaba; lo confirmé el día que casi caí de un muro y me advirtió que tuviera más cuidado.
Desde entonces supe que siempre me observaba… de alguna manera.
Esa noche decidí preparar la cena.
Quería hacer dos versiones: papas hervidas y papas fritas.
Las hervidas eran sencillas: agua y un poco de sal.
Las fritas fueron más complicadas.
No existía aceite vegetal en el clan, así que utilicé grasa animal.
No era perfecto, pero funcionaría.
Más adelante podría perfeccionar el proceso.
Cuando llegó la cena, presenté ambos platos.
Mi madre me observó con sorpresa contenida.
Alía parecía…
completamente desconcertada.
—Encontré estas plantas en la granja —expliqué con naturalidad.
Mi madre probó primero las papas hervidas.
Su expresión apenas cambió.
Luego tomó una frita.
Vi algo raro.
Una mínima mueca en su rostro normalmente imperturbable.
Me miró.
—Hijo… ¿de dónde sacaste esto?
Nunca antes había probado algo así.
Es… sabroso.
Sonreí con satisfacción.
Le expliqué dónde estaban las plantas y cómo las preparé.
Su sorpresa fue evidente.
Susurró algo a Alía, y esta salió rápidamente.
Minutos después llegó la encargada de la granja: una anciana alta, de porte recto pese a su edad.
La había visto varias veces durante mis incursiones.
Me dedicó una sonrisa extraña.
Al principio no tomó la idea muy en serio.
Hasta que probó una papa frita.
Su expresión cambió.
Interés.
Mi madre me pidió que las guiara hasta la plantación.
Les mostré las plantas, cómo desenterrarlas sin dañarlas y cómo volver a sembrarlas.
Nunca lo había hecho antes, pero el conocimiento estaba ahí.
No hicieron más preguntas.
La anciana se quedó inspeccionando el terreno mientras yo regresaba a casa con mi madre.
Ella se encerró en su estudio —asuntos de líder—.
Yo me fui a dormir.
Con una pequeña sonrisa.
Sabía que ese día había hecho algo importante para el clan.
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