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Star wars: Nace una leyenda - Capítulo 6

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6: ENTRENAMIENTO 6: ENTRENAMIENTO Por fin llegó el gran día.

Después de lo que parecieron años de espera, por fin podía entrenar y volverme más fuerte.

Aunque siempre estuve entrenando mi haki, ahora ya podía sentir cualquier presencia en un radio de cincuenta metros, y mi capacidad de aprendizaje había aumentado mucho.

No sé si tendrá que ver con mi renacimiento o con la fuerza que actúa sobre mí, pero, sea lo que sea, mi capacidad de aprendizaje es muy superior.

Aún recuerdo cuando mi madre me trajo un pequeño robot educativo para enseñarme cultura, historia y matemáticas.

Podía comprender todo de manera instantánea.

Tenía memoria fotográfica y entendía perfectamente lo aprendido; incluso podía formular preguntas y críticas muy avanzadas, lo cual sorprendió mucho a mi madre, pero también la llenó de orgullo.

Desde ese día me planteé una nueva meta: tenía que acumular el mayor conocimiento posible y aplicarlo al desarrollo de mi clan.

Me recordaba una antigua frase de la Tierra: el conocimiento es poder.

Creo que ya divagué mucho.

Volvamos al presente.

Ya tengo cinco años, por lo cual puedo iniciar mi entrenamiento como aprendiz.

Estoy muy emocionado por lo que me espera en el campo de entrenamiento.

Me cambié a un atuendo de combate que mi madre me había preparado el día anterior.

Era el traje que debían usar los aprendices: similar a los trajes ninja, completamente negro, pero sin máscara.

Era áspero y grueso al tacto; supongo que era perfecto para resistir el entrenamiento.

Bajé a desayunar.

Allí se encontraba mi madre junto a Alia.

Me acerqué y la saludé con una sonrisa.

—Te ves muy alegre hoy, hijo —me dijo.

—Sí, madre.

Hoy comienza mi entrenamiento.

Al fin podré hacerme más fuerte y proteger a mi clan.

Ella solo atinó a despeinarme el cabello y sonreír como el sol por las mañanas, tan cálido y reconfortante.

Terminé mi desayuno y me preparé para salir rumbo al campo de entrenamiento.

Ya conocía el camino, pero mi madre decidió acompañarme; dijo que tenía que conversar algo con mi tía.

Caminamos uno al lado del otro.

Yo ya era lo suficientemente grande y maduro como para que no me tomara de la mano… por lo que quedé sorprendido cuando lo hizo.

No dije nada; simplemente lo disfruté.

Al llegar al campo de entrenamiento, mi tía se acercó a mí y me llevó junto a otros niños.

Éramos cinco en total: tres niñas y dos niños.

La verdad es que nunca había intentado hacer amigos de mi edad.

Siempre me la pasaba en aventuras o entrenando.

Era la primera vez que me encontraba en una situación así.

—¿Cómo te llamas?

—me preguntó una de las niñas cuando mi tía se fue y nos dejó solos.

—Me llamo Azmar Fen’ruus.

Mucho gusto.

—¡Entonces tú eres el famoso prodigio que descubrió la papa!

Mi madre nos contó que gracias a ti podemos comer esas deliciosas papas fritas.

Me sorprendí ante su reacción.

No pensaba que me conocieran; supongo que los rumores corren rápido en este pequeño pueblo.

Los demás niños me quedaron observando por un rato: algunos sorprendidos, otros curiosos.

Además, había crecido más alto que ellos; ya tenía la complexión de un niño de ocho años.

Después de ese extraño momento, comencé a interactuar más con ellos.

La niña del principio se llamaba Efi; tenía una personalidad alegre y juguetona.

Luego se presentaron las otras dos niñas.

Una se llamaba Ali: era callada, tímida y reservada.

La otra se llamaba Val: era todo lo opuesto, más segura de sí misma.

Aunque no hablaba mucho, cada vez que lo hacía transmitía una confianza poco común para su edad.

Por último, estaba Alf.

Se acercó a mí y se presentó como mi futura mano derecha.

No sé qué estaba pensando ni de dónde sacó esa idea, pero al escucharlo le respondí en tono serio, como si hablara con un cadete en entrenamiento: —Entonces, soldado Alf, espero grandes cosas de ti.

Observé cómo se le abrían los ojos y comenzaba a temblar, lo cual me causó mucha gracia, pero me contuve.

Al final solo respondió: —S-sí, jefe.

No sé si entendió, pero captó la esencia.

Minutos después, mi tía regresó.

El entrenamiento estaba por comenzar.

Nos indicó que la siguiéramos.

Yo ya estaba emocionado por blandir mi lanza y derrotar a todos mis enemigos.

Al parecer, mi tía se dio cuenta de las muecas que hacía y me lanzó una breve mirada, como si pensara: no sabes lo que te espera.

Llegamos a un campo vacío con una pista de carreras y otra de obstáculos.

El campo de entrenamiento estaba dividido por edades y rangos.

Nunca había visto este; siempre observaba a los jóvenes de diez a quince años.

—Entrenamiento físico y de resistencia —dijo después de que nos alineáramos.

Algunos pensaron que entrenaríamos con la lanza desde el principio, pero estaban muy equivocados.

—Lo primero que tienen que aprender es a sostener una lanza —continuó—.

Y si no cuentan con un físico lo suficientemente entrenado, no serán capaces de blandirla correctamente.

Su mirada se volvió más dura.

—Entrenarán durante dos años para demostrar su resiliencia y perseverancia.

El camino de la lanza es largo, y no quiero que se acobarden a mitad de camino… porque yo misma les haré saber lo que significa no tener la fuerza para proteger lo que aman.

Sus palabras calaron profundamente en mí y en mis compañeros.

Algunos apretaron los puños; otros mostraron miradas de pura determinación.

Al parecer le gustó nuestra reacción.

—Lo primero que harán es correr en esta pista sin obstáculos —ordenó—.

Den todas las vueltas que puedan.

Su único enemigo… es su mente.

Hizo una pausa.

—Espero ver a la próxima generación de guerreros en ustedes.

No me decepcionen.

Comenzamos a correr.

No teníamos un objetivo fijo, pero sí la convicción de dar lo mejor de nosotros.

No sé cuánto tiempo pasó ni cuántas vueltas di.

Algunos ya habían caído y mi tía se los había llevado —supongo que a la enfermería—.

Al final solo quedábamos Val y yo.

Pensé que Alf resistiría más, pero aquella niña demostró ser mucho más dura de lo que aparentaba.

Me sorprendió… pero no pensaba rendirme.

¡Diablos!

Me quedé inconsciente.

Pero creo que gané.

Recuerdo que a Val se la llevaron primero; después de eso no sé cuántas vueltas más hice.

Desperté en una cama junto a los demás niños.

Al parecer era el último en despertar.

Todos estaban bien, aunque mentalmente agotados; se notaba en sus rostros.

Si esto fuera la Tierra, medio mundo se indignaría por la explotación a la que fuimos sometidos.

Muchos condenarían a mi clan por tal atrocidad.

Al diablo con ellos.

Este es el universo de Star Wars: donde existe la esclavitud, abundan las guerras y millones sufren hambre… donde la corrupción del Senado de la República está en su punto máximo, y los senadores viven rodeados de lujos mientras su pueblo es saqueado por piratas interestelares.

En algún momento llegó mi tía.

—Esto es todo por hoy.

Lo hicieron bien… mejor de lo que esperaba.

Pero no se alegren antes de tiempo.

Aún les queda un largo camino.

Se retiró sin más.

Me despedí de mis nuevos compañeros y cada uno tomó un rumbo distinto.

Pero todos teníamos claro nuestro objetivo: Tener la fuerza para proteger, no para destruir.

Me detuve un momento y miré el ocaso.

Recordaría este día.

El comienzo de mi historia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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