Star wars: Nace una leyenda - Capítulo 8
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
8: PROGRESO 8: PROGRESO —¡Ah…!— Mi cuerpo se movió automáticamente después de una larga noche de recuperación.
Me dirigí al baño para comenzar mi rutina de limpieza.
Me acerqué al lavabo y enjuagué mi rostro; el agua fría despejó mis sentidos al instante.
Me observé en el espejo.
Ojos negros como la noche.
Cabello oscuro con mechones plateados que resaltaban bajo la luz tenue.
Rasgos definidos.
Si estuviera en la Tierra, probablemente sería considerado modelo.
Hace una semana cumplí ocho años.
Medía aproximadamente un metro con cincuenta centímetros, más alto que mis compañeros de entrenamiento.
Aunque en este universo eso no significaba demasiado; existían razas que superaban fácilmente los dos metros.
Al alcanzar esta edad, por fin comenzamos el entrenamiento con lanzas y arcos.
Aún eran de madera, pero representaban un avance importante.
Aprenderíamos las técnicas ancestrales que alguna vez hicieron temido a nuestro clan.
No dejé de practicar mi “Haki” ni de profundizar en la Fuerza.
Ahora podía sentir presencias en un radio de cien metros y, en ocasiones, anticipar los ataques de Alf o Val durante los combates de práctica.
No lo dominaba por completo, pero estaba convencido de que lo haría pronto.
Mi progreso no se limitaba al combate.
Estudié todo el conocimiento al que pude acceder: droides, maquinaria, informática, física… Junto con Efi mejoré varios droides agrícolas.
Ahora cultivaban y cosechaban con mayor eficiencia.
Ya no necesitábamos tantos aldeanos trabajando; solo los suficientes para supervisar.
Logramos establecer un ciclo productivo casi perfecto, garantizando alimento constante para el clan sin depender de comerciantes ambiciosos.
También desarrollamos droides de exploración, inspirados en modelos militares que recordaba de conflictos pasados.
Y fue una decisión acertada.
Había demasiados ojos observándonos desde el exterior.
El conflicto en Mandalore se intensificaba día a día, y la tensión comenzaba a sentirse incluso en Concordia.
Quise ir más lejos.
Diseñar unidades de combate, sistemas automatizados, nuevas líneas de defensa… pero carecíamos de los materiales y la infraestructura necesaria.
Por ahora, esa ambición tendría que esperar.
Seguiría estudiando.
Le pediría a madre más holocrones con conocimiento tecnológico.
No solo yo había progresado.
Mis compañeros también se habían fortalecido.
Nuestro vínculo trascendía el entrenamiento; podía confiarles mi vida sin dudarlo.
Habíamos hecho un pacto: cuando cumpliéramos quince años, viajaríamos por la galaxia como mercenarios.
Alf sería el tanque, siempre al frente de la línea de fuego.
Efi, la técnica, responsable de la nave y los droides.
Val, la estratega, encargada de seleccionar misiones y trazar planes; además, una combatiente excepcional.
Ali sería la francotiradora.
Más adelante construiríamos un arco especial de mayor alcance y potencia; su agilidad y adaptabilidad la hacían perfecta para ese rol.
Esa tarde aprenderíamos la primera forma de la Lanza de Fenrir: Instinto de Fenrir.
Una técnica defensiva diseñada para crear un perímetro impenetrable dentro del alcance de la lanza, capaz de desviar disparos de bláster e interceptar ataques cuerpo a cuerpo.
Llegué temprano al campo de entrenamiento número dos.
Las arenas de combate estaban vacías, el viento levantaba pequeñas nubes de polvo y el sol golpeaba con fuerza.
Mi tía apareció poco después.
Avanzaba con porte firme, una lanza negra adornada con patrones de estrellas y lunas descansando en su espalda.
—La Lanza de Fenrir está dividida en siete formas —dijo con voz clara—.
Hoy aprenderán la primera: Instinto de Fenrir.
La defensa es el fundamento de todo guerrero.
Clavó la lanza en el suelo y comenzó a moverse.
Sus movimientos eran lentos, precisos, casi hipnóticos.
Había algo primitivo en ellos, algo salvaje y elegante a la vez.
Sentí la brisa sobre mi piel.
El cambio mínimo de temperatura.
El sonido de la madera cortando el aire.
Intentamos imitarla.
Al principio nadie logró completar la secuencia correctamente.
Yo avancé con rapidez, impulsado por mi capacidad de aprendizaje.
En pocas semanas ya podía ejecutar la forma completa.
Y entonces… me detuve.
Mi progreso se estancó.
Al inicio había superado con facilidad a mis compañeros, pero poco a poco ellos comenzaron a alcanzarme.
Mientras ellos mejoraban con disciplina constante, yo permanecía igual.
Siempre había sido el mejor.
Siempre el más talentoso.
¿No se suponía que era especial?
La frustración me invadió.
Sin darme cuenta, golpeé el muro del campo de entrenamiento con el puño.
Una vez.
Y otra.
—¿Qué tenemos aquí?
—escuché una voz desde lo alto.
Mi tía estaba sentada sobre el muro, observándome con una ligera sonrisa que no era burla… era comprensión.
Intenté ocultar mi ira, pero ya era tarde.
Bajé la mirada y apreté los puños.
Ella descendió con un salto ágil.
—El prodigio Azmar se derrumba ante una simple complicación —dijo con tono firme—.
Este mundo está lleno de genios.
He visto guerreros prodigiosos caer porque nunca conocieron la derrota.
Cuando enfrentaron un obstáculo real, su arrogancia los traicionó.
Se acercó un paso más.
—Yo nunca fui un genio.
Pero me esforcé más que cualquiera.
No recuerdo cuántos huesos me rompí ni cuántas veces tuve que levantarme.
La disciplina y la perseverancia me hicieron fuerte, no el talento.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Si este tropiezo te destruye, entonces nunca fuiste tan especial como creías.
Y se marchó.
Me quedé solo, con el sol descendiendo en el horizonte.
Desde que nací, todo había sido fácil.
Nunca conocí una verdadera dificultad.
Me creí superior… destinado.
Pero al primer obstáculo me quebré.
Cerré los ojos.
La brisa rozó mi rostro.
Mi respiración se estabilizó.
Sentí el latido firme de mi corazón.
Instinto de Fenrir… No se trataba solo de defenderse de un enemigo externo.
Se trataba de dominar a la bestia interior.
Entendí algo en ese momento.
No era especial por renacer con ventajas.
Sería especial si lograba superarme cuando dejara de tenerlas.
Abrí los ojos.
No estaba solo.
Tenía compañeros.
Tenía un clan.
Y si quería llevarlos a la gloria… primero debía vencerme a mí mismo.
Me di la vuelta y caminé hacia casa con el ocaso a mi espalda.
Esta vez, no me sentía invencible.
Me sentía decidido.
Con el paso de las semanas recuperé la confianza y logré atravesar aquel obstáculo.
Dominé por completo la Primera Forma.
Se podría decir que fue mi verdadero primer paso como guerrero.
Según lo que comentó mi tía, había alcanzado el rango de Aprendiz.
Aún existían más niveles dentro de cada forma de la Lanza de Fenrir: Aprendiz, Competente, Avanzado y Maestro.
Mis compañeros también progresaban con rapidez.
Val era quien más cerca estaba de alcanzarme, y eso, lejos de molestarme, me motivaba.
Los ayudaba siempre que podía, compartiendo consejos y corrigiendo posturas.
Esta vez no competía contra ellos… avanzábamos juntos.
Sin embargo, noté algo importante.
La repetición constante de rutinas comenzaba a generar un progreso cada vez menor.
El cuerpo se adaptaba, pero la mente dejaba de sentir presión real.
Si quería avanzar, necesitábamos algo distinto.
Así que propuse una idea.
Junto con Efi diseñamos una sala de entrenamiento aislada donde se dispararían rayos láser aturdidores.
No eran letales, pero sí dolorosos.
La intensidad podría regularse en distintos niveles de dificultad para poner a prueba la Primera Forma en condiciones más cercanas al combate real.
Con el apoyo de mi madre conseguimos los recursos necesarios.
No era un sistema militar sofisticado, pero sí funcional.
Tras varias semanas de trabajo, lo terminamos.
Al principio pocos mostraron interés.
Preferían las rutinas tradicionales.
Pero cuando mis compañeros y yo consolidamos nuestro rango de Aprendices gracias al nuevo método, la curiosidad comenzó a crecer.
Uno por uno empezó a entrar en la sala.
Y comprendieron.
Allí no bastaba con repetir movimientos mecánicos.
Tenían que reaccionar.
Adaptarse.
Sentir.
Era una experiencia más cercana al campo de batalla… sin el riesgo de morir.
El impacto fue inmediato.
Guerreros de distintas edades comenzaron a utilizarla.
La demanda creció tanto que tuvimos que ampliar el proyecto.
Con ayuda de mi tía construimos más salas.
Cinco en total.
Suficientes para que todo el clan entrenara bajo turnos organizados.
La mejora colectiva fue evidente.
Las posturas se volvieron más firmes, los reflejos más agudos, la confianza más sólida.
Por primera vez sentí que no solo estaba creciendo yo.
El clan estaba evolucionando.
Todo marchaba de maravilla.
El futuro parecía prometedor.
Y, sin embargo… En este universo, cuando todo parece ir demasiado bien… es porque algo se está preparando en las sombras.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com