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Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 10

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10: Capitulo 10: Un paso a la vez.

10: Capitulo 10: Un paso a la vez.

Han pasado algunos días, y después de aquel enfrentamiento todo ha estado relativamente tranquilo, en lo que cabe dentro de esa palabra.

Sin embargo, aquella batalla me dejó una enseñanza que ya venía arrastrando desde hace tiempo: Amatista y Perla no se llevan bien, y aunque es algo evidente, yo no había querido notarlo.

Estaba tan ocupado pensando en mí mismo que no me di cuenta de que las que están a mi alrededor también sufren.

Intenté hablar con ellas en varias ocasiones.

Bueno, en realidad sí logré acercarme, pero siempre evitaban el tema como si fuera veneno.

Una tarde, por ejemplo, me acerqué a Amatista.

Hola Amatista, la saludé con calma.

Ella respondió con un simple gesto mientras seguía comiendo.

Oye, quiero hablar contigo, algo importante.

Ella levantó la vista, un poco curiosa, y preguntó, ¿acerca de qué?

Perla, respondí sin rodeos.

El cambio fue inmediato: Amatista se tensó como si hubiera mordido un limón entero.

Oye Stevo, justo recordé que tengo que hacer algo…

bueno, este…

ya vengo, dijo atropelladamente antes de desaparecer rumbo a su cuarto.

Me quedé con cara de palo, suspirando.

Mientras caminaba hacia la puerta, siguiendo mi rutinaria lucha contra el aburrimiento, me sorprendí al ver que las tres salían al mismo tiempo.

Garnet, Perla y Amatista me miraron con cara de qué estás tramando.

Yo, que segundos antes estaba relajado, de pronto me tensé.

Eh…

estoy entrenando, ¿algún problema?, respondí nervioso.

Me observaron en silencio por un momento hasta que Garnet ajustó sus lentes y habló con su voz firme.

Bueno Steven, tienes una misión.

¿Tengo?, pregunté desconcertado.

Tienes, repitió ella sin darme espacio a réplica.

Y será con Perla y Amatista.

Qué conveniente, pensé en mi cabeza.

¿Y tú?, pregunté, esperando que al menos nos acompañara.

Garnet me miró fijamente y volvió a ajustar sus lentes.

Tengo una misión en solitario.

Así que se me cuidan, dijo antes de desaparecer en el portal sin darme oportunidad de abrir la boca.

El zumbido del portal se desvaneció y quedamos los tres envueltos en un incómodo silencio.

Las miré con una sonrisa nerviosa.

Este…

¿alguna de ustedes me diría qué haremos?

Ellas me miraron, luego se miraron entre sí, pero enseguida desviaron la vista como si el contacto visual doliera.

Finalmente fue Perla quien habló.

Ajustándose la voz con elegancia, dijo con firmeza: Bueno Steven, lo que haremos será recuperar un escarabajo de la Torre Mágica.

Son dos, pero Garnet ya tiene uno…

creo, diría Perla ahora con cierta duda en su voz.

Yo la miraría mientras Amatista, con su actitud despreocupada y con tal de cortar la tensión, decía apresurada, nos vamos, nos vamos, y me arrastraba de un brazo para salir rápido, dejando atrás a Perla.

Esta última solo negaría con la cabeza, frustrada por el comportamiento infantil de Amatista.

Al final, los tres llegaríamos a la torre.

¿Cómo se llama?

Ni idea.

Garnet no me lo dijo y, con la tensión entre ellas dos, me daba pena preguntar.

Así que simplemente seguimos avanzando.

El lugar era extraño, con rocas flotando en el aire que teníamos que esquivar saltando o agachándonos.

El ambiente era mágico, pero a mí lo que me estaba pesando más era el ruido detrás de mí: Perla y Amatista discutiendo sin descanso.

Yo soy paciente, mucho más de lo que parezco, y trato de mantener la mente abierta.

Pero escucharlas sin Garnet de por medio para equilibrarlas era como tener dos martillos golpeando mi cabeza una y otra vez.

Me detuve en seco, pero ninguna de ellas se dio cuenta, siguieron caminando y discutiendo.

Vamos Perla, no puedes tomarte esa broma en serio, reclamaba Amatista.

¿Broma?

¿Llamas broma entrar a mi cuarto y cambiarme todas las espadas?

Pasé días buscándolas, ¿sabes lo frustrante que fue eso?

No, claro que no, porque tú no eres ordenada, replicó Perla, su tono cada vez más tenso.

Que no soy ordenada, repetía Amatista indignada.

Soy ordenada a mi manera.

Si tú entras a mi habitación no tienes idea de dónde están mis cosas, pero yo sí lo sé.

Lo tuyo es lo predecible, lo mío es más libre.

Las dos seguían caminando y discutiendo, sin notar que yo las observaba desde atrás con una mezcla de preocupación y agotamiento.

Se habían calmado un poco en comparación con otras veces, pero yo había llegado a escuchar cómo incluso se insultaban mencionando a mi madre, y eso…

eso dolía y no tenía ningún sentido.

Con una gota de sudor mental seguí caminando detrás de ellas, sin interrumpirlas, aunque el nudo en mi estómago se hacía más fuerte.

Amatista, ya cállate, me estás estresando más de lo que ya estoy, espetó Perla.

¿Estresarte?

Claro, siempre soy yo la culpable, ¿no?

Siempre tiene que ser por mis problemas.

¿Nunca piensas que tú también tienes la culpa?, replicó Amatista, levantando más la voz.

De pronto, Perla se detuvo y frunció el ceño.

¿Qué…

haces?, dijo en voz baja, dándose cuenta de que algo estaba mal.

Al mirar al frente, notó que yo ya no estaba con ellas.

Su rostro cambió al instante.

Oh no, murmuró con nerviosismo.

Amatista también se tensó, aunque trataba de ocultarlo.

¿Dónde está Steven?, gritó Perla, ya entrando en pánico.

Sus ojos se movían de un lado a otro con desesperación.

¿Dónde está mi bebé?, exclamaba, buscando por todos lados.

Yo, completamente ajeno al caos que había quedado detrás, seguía subiendo tranquilamente las escaleras de la torre, sin notar lo que ocurría abajo ni la tormenta emocional que estaba a punto de desatarse.

Ellas estaban aterradas, buscaban por todos lados, incluso llegaban a gritar desesperadamente.

Yo, que me encontraba en mi momento más esquizofrénico, pensaba en mil cosas distintas; en este plano astral no estaba del todo presente, así que puedes imaginar lo asustadas que se encontraban.

Perla le gritaba a Amatista con la voz rota por la angustia.

Amatista, por tu culpa perdimos a Steven.

Mi culpa, exclamaba Amatista completamente confundida.

¿Cómo esto va a ser mi culpa?

Por estar discutiendo contigo ahora perdimos a Steven.

No sé dónde está, estará solo, aterrado, dios mío, ¿tendrá hambre?, repetía Perla con los nervios al límite.

Amatista la miraba en shock, no solo porque Perla le estaba echando toda la culpa de que Steven desapareciera, sino también por todas las posibles consecuencias que venían a su cabeza.

Morir de hambre sonaba exagerado, pero las ideas estaban allí, como agujas envenenadas.

Cómo eso va a ser mi culpa, replicaba mentalmente Amatista, tú también estabas discutiendo y encima yo fui la que me di cuenta primero.

Tú eras la que estaba despotricando conmigo y ahora quieres echarme la culpa.

Si no fuera por mí y no reaccionara, ni siquiera te darías cuenta de que había desaparecido.

Incluso parece que yo me preocupo más por él; ni parece que tú eres la que lo llama “bebé”, pensó Amatista con veneno en su interior.

Perla se quedó paralizada.

Sabía que Amatista tenía razón, pero por orgullo no se lo daría.

Así, ambas permanecieron unos cinco minutos hablando aún más sobre quién tenía la culpa en lugar de buscar a Steven.

El mencionado ya estaba llegando y escuchaba cómo dos monos discutían por tener la razón.

Miró hacia un lado y, en un árbol cercano, vio realmente dos monos peleando por una banana.

Después de un rato, mientras se gritaban y se empujaban, uno de ellos partió la banana a la mitad para que ambos tuvieran su parte.

Steven no pudo evitar sonreír, con una gota de sudor en la frente, recordándoles a alguien.

Dejó de pensar demasiado y su mente se calmó.

Fue gracias a eso que escuchó los gritos cada vez más cercanos.

Rápidamente comenzó a correr, entrando justo en algo que había querido evitar.

Eres una inútil, gritaba Perla con los ojos llenos de rabia, su voz retumbaba como un cristal que se quiebra.

Se que soy inútil, respondía Amatista entre lágrimas, con la garganta rota por la frustración.

¿Crees que yo pedí estar aquí?

¿Crees que yo pedí ser creada?

¿Crees que yo quiero estar aquí contigo?

No, no quise, no tengo ni tuve elección.

Las palabras se perdían en el aire como cuchillas invisibles, dejando a ambas respirando con dificultad, jadeando como si el peso del mundo cayera sobre ellas.

En medio de ese silencio que dolía, ambas escucharon pasos suaves, cada uno acercándose como si perteneciera a un fantasma.

Era Steven.

Caminaba tranquilo, como si no escuchara nada, como si el aire no estuviera tan cargado.

Ellas se quedaron paralizadas, con la mirada perdida.

¿Habrá escuchado eso?

se preguntaban en silencio, temiendo que Steven hubiera oído ese lado tan frágil y roto de ellas.

Steven, con una sonrisa inocente, levantó las manos.

Hola chicas, me dejaron muy atrás.

Me quedé viendo unos monos muy interesantes, dijo mientras señalaba hacia atrás, su voz intentando suavizar la tensión.

Y bueno, seguimos por delante, ¿no?

Con esa calma, Steven caminó hacia el frente.

Ellas se miraron entre sí, respiraron hondo y, con un leve resoplido, comenzaron a seguirlo.

Esta vez no apartaban la vista de él, concentradas, conscientes de que se les había escapado de las manos antes.

Mejor no hablar, pensaban, mientras sus ojos seguían cada paso del muchacho.

Steven sentía una gota de sudor frío recorriendo su nuca.

¿Por qué?

Porque sabía que en medio de una misión importante no era tiempo para hablar de sentimientos, y mucho menos de heridas abiertas.

Y si acaso se podía hablar, no sería de la mejor manera.

Podría dar un paso para ayudarlas, sí.

¿Podría yo ayudarlas realmente?

Posiblemente.

¿Querrían ser ayudadas por un crío de trece años y tomar en cuenta su opinión?

Era un cincuenta-cincuenta.

En su mente, Steven lo tenía claro.

En este mundo, en esta versión de Steven Universe, no seguiría los mismos pasos.

No se arriesgaría demasiado en una relación que posiblemente no tuviera sanación inmediata.

Las ayudaría, claro que sí, pero necesitaba encontrar un momento mejor para hablar.

No cuando sus mentes o sus gemas estaban tan alteradas.

Steven caminaba alrededor de la torre, la cual por alguna razón se parecía bastante a la del agua.

Era imponente y hermosa, casi majestuosa en su diseño, y a pesar del silencio que reinaba entre los tres, el aire estaba cargado de tensión.

Steven, en cambio, recordaba fragmentos de la serie y sabía, más o menos, lo que ocurriría a continuación.

Aquello le convenía, así que decidió dejarse llevar.

De pronto, como si el universo quisiera ponerle un toque cómico al momento, una cabra apareció a su lado.

Los tres se quedaron mirándola con absoluta seriedad, como si estuvieran frente a una amenaza de otro mundo.

Amatista frunció el ceño y exclamó sorprendida en voz alta en su cabeza que quizás era una gema.

Steven, sin perder la calma, la tomó en brazos y respondió con naturalidad que no, que no era ninguna gema.

Era una cabra normal, hecha de carne y vida orgánica, dijo mientras le sobaba la cabeza como si fuese un tesoro y la sostenía con cuidado para protegerla de lo que estaba por venir.

En medio de la torre se levantaba una cúpula enorme, un espacio vacío que transmitía misterio.

Los cuatro, ahora con la cabra incluida, entraron lentamente.

Perla, siempre atenta y seria, avanzó al frente para confirmar que no hubiera peligro.

Tras unos segundos observando, declaró con cierta confusión que no había nada.

El lugar donde debería estar la pequeña torre central que albergaba el escarabajo estaba completamente vacío.

Amatista, con su toque despreocupado y lógico a su manera, comentó que seguramente el escarabajo habría salido a pasear.

Perla no pudo evitar resoplar con frustración, lo que provocó que Amatista levantara una ceja molesta.

¿Qué pasa?, pensó Amatista algo irritada por la actitud de Perla.

Perla, con gesto de superioridad, replicó que era imposible que un escarabajo saliera de paseo.

Amatista se cruzó de brazos, desafiante, preguntándose entonces qué pretendía insinuar Perla.

Esta, con orgullo en su voz, respondió con seguridad que debía de estar escondido.

Steven los observaba en silencio, mirando de reojo a la cabra, que a su vez lo miraba a él como si esperara que pusiera orden.

Con una sonrisa calmada intervino antes de que estallara otra pelea verbal.

Oigan chicas, dijo con serenidad, y si el escarabajo tiene un sentimiento de familiaridad con este lugar.

Lo que quiero decir es que tal vez, como las bestias o incluso como los humanos, pueda tener un sentido de pertenencia hacia un sitio que considera hogar.

Entonces, quizá deba regresar aquí por voluntad propia.

La idea flotó en el aire como una chispa inesperada, pausando momentáneamente la tensión entre Perla y Amatista.

Fin capitulo 10.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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