Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 11
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11: Capitulo 11: Gracias pequeña.
11: Capitulo 11: Gracias pequeña.
En ese instante, escucharon un fuerte batir de alas en el exterior.
Los tres se miraron entre sí antes de salir uno por uno.
Una bandada inmensa de aves cruzaba el cielo en dirección contraria, como si algo las hubiera ahuyentado.
Steven comprendió de inmediato que aquello solo podía significar una cosa: se acercaba algo peligroso.
Su instinto lo llevó a retroceder lentamente, sosteniendo con fuerza a la cabra entre sus brazos.
Amatista y Perla, en cambio, estaban absortas observando el comportamiento de las aves.
Qué raro, murmuró Amatista, cruzando los brazos con gesto pensativo.
Ya hemos pasado por este tipo de situaciones, esperar a que vengan a su casa y ya, ¿sabes?
Perla entrecerró los ojos, siguiendo el vuelo errático de una de las aves.
Estoy de acuerdo…
aunque, oye, ¿no te parece que esa se ve un poco grande?
Amatista giró la cabeza hacia donde señalaba Perla y sus ojos se abrieron como platos.
Carajo, exclamó, invocando de inmediato su látigo.
Perla reaccionó en el mismo instante, haciendo aparecer su lanza brillante.
Steven, ponte detrás de nosotras, ordenó Perla con firmeza.
El chico parpadeó, confundido, y al mirar atrás dio un paso hacia atrás con torpeza.
Sí, sí, yo me quedo atrás, respondió nervioso.
Sabes, tengo una cabra, y bueno, alguien tiene que cuidarla, ¿no?
Así que…
ustedes solucionen esto.
Dicho esto, se giró y corrió en dirección a la cúpula, estrechando al animal contra su pecho.
Ambas gemas quedaron en silencio, con una gota de sudor recorriéndoles la frente.
Bueno, comentó Amatista con un suspiro, al menos esta vez nos hizo caso.
¿Y cuándo no?
replicó Perla, arqueando una ceja con ironía.
Tú no sabes, respondió Amatista, recordando con una sonrisa los entrenamientos con Steven, en los que siempre se mostraba testarudo y difícil de convencer.
Perla la miró con enfado, pero no dijo nada más.
El silencio se volvió pesado.
Todo sonido desapareció, dejando a ambas en tensión absoluta.
Y entonces ocurrió.
Un estruendo sacudió el aire.
El agua del pequeño lago salió disparada hacia arriba con una fuerza brutal, formando una cortina líquida que brillaba bajo la luz.
De entre ella emergió una criatura descomunal: un ave gigantesca, su sombra oscureciendo el suelo bajo ellas.
Las dos gemas reaccionaron de inmediato, preparadas para enfrentar el peligro.
Por el tamaño de aquella bestia, no había duda de que sería fuerte.
Sin embargo, lo que las dejó realmente desconcertadas no fue su poder, sino su actitud.
El ave no se lanzó en un ataque inmediato, como solían hacerlo los monstruos de gema.
Amatista apretó su látigo entre los dedos y murmuró con el ceño fruncido.
Mierda…
esta cosa parece un poco más inteligente de lo que pensábamos.
El ave las observaba con la frialdad de un depredador que evalúa a su presa.
Ambas gemas se tensaron al instante y salieron a atacar sin dudar.
Amatista adoptó su forma de bola, rodando a toda velocidad contra la criatura, y al salir del impulso lanzó su látigo directo hacia ella.
El monstruo atrapó el arma con su pico y, con una fuerza brutal, arrastró a Amatista hacia sí misma antes de estrellarla contra el suelo con un movimiento violento.
Perla aprovechó la distracción.
Su lanza brilló mientras la lanzaba con precisión quirúrgica hacia la cabeza del ave.
Sin embargo, en el último instante, la criatura inclinó su cuello y esquivó el ataque con sorprendente agilidad.
El hecho dejó a ambas gemas petrificadas, incapaces de procesar que un ser así pudiera reaccionar con tanta rapidez.
Amatista corrió hacia Perla al notar que esta había quedado en shock.
Sus ojos se habían fijado en algo aterrador: el cuerpo del ave estaba compuesto por decenas de gemas incrustadas, fusionadas de manera irregular, como si hubiera devorado o absorbido a otras para formar su cuerpo.
Aunque eran gemas pequeñas, la cantidad era suficiente para volver a la criatura monstruosamente fuerte.
Perla estaba paralizada ante el descubrimiento, y la enorme ave extendía su garra para atraparla.
Amatista, sin pensarlo dos veces, la jaló fuera del alcance y la arrastró hacia la cúpula.
Corrieron a toda prisa, y apenas lograron entrar antes de que el monstruo embistiera contra ellas.
La puerta se cerró detrás en el instante justo, temblando por el impacto.
Las dos quedaron jadeando, respirando con dificultad, los nervios aún encendidos.
Lo viste, ¿verdad?, susurró Perla con la voz temblorosa.
Totalmente, respondió Amatista, aunque ninguna de las dos dijo más, porque allí estaba Steven.
El chico estaba agachado, completamente absorto en la cabra, que lo observaba desde el suelo.
Te llamarás Alfredo Segundo, murmuró, acariciándole la cabeza.
La cabra lo miró en completo desconcierto.
¿O quizá Roberta?
¿Eres hembra?
Para sorpresa de todos, la cabra asintió.
Steven se quedó helado, con una gota de sudor recorriéndole la nuca.
¿Qué demonios?
¿Me asintió?
¿O será mi imaginación?
La volvió a mirar, y ella seguía asintiendo con total naturalidad.
Según yo, esto no me pasaba ni hablando con Connie…
parece que viene de fábrica, pensó con resignación.
Amatista y Perla lo observaron en silencio, notando lo concentrado que estaba en aquel absurdo momento.
Intercambiaron una mirada seria.
Tenemos que fusionarnos, dijo Perla en voz baja.
¿Fusionarnos?, repitió Amatista, sorprendida.
Sí.
No me agrada la idea, pero tendremos que hacerlo.
Es por su bien, agregó Perla, dirigiendo una mirada hacia Steven.
El chico, que ya había levantado la cabeza, las estaba mirando con curiosidad.
Hola chicas, ¿terminaron?
Ellas se observaron entre sí, y fue Perla quien tomó la decisión.
Había llegado el momento de explicarle lo que pensaban hacer.
Steven, siéntate, tenemos que explicarte una habilidad nuestra.
El chico los miró un instante y, sin decir una sola palabra, se dejó caer al suelo junto a la cabra.
Ella, como si fuera lo más normal del mundo, apoyó su cabeza contra él, recibiendo las caricias de Steven con total naturalidad.
Bueno, Steven, sabes que nosotras somos gemas, ¿verdad?
Totalmente, respondió él con naturalidad, justo en el momento en que unos escombros cayeron detrás de su espalda, producto del ave monstruosa que seguía golpeando y destruyendo la cúpula en la que estaban.
Perla continuó, sin perder la compostura.
Bueno, nosotras tenemos una habilidad.
Una habilidad que nos hace más fuertes.
Ajá, dijo Steven mirándola como si estuviera escuchando una historia cualquiera.
Esta habilidad se llama fusión.
¿Fusión?, repitió Steven con fingida sorpresa.
¿O sea que pueden fusionarse?
Sí, respondió Perla con seriedad.
La fusión permite que dos o más gemas formen un nuevo ser.
Este ser posee pensamientos mezclados de ambas, sentimientos, fortalezas y debilidades compartidas.
En esencia, es un nuevo individuo nacido a partir de dos personas, o incluso más, como ya te dije.
Steven la miró con la misma naturalidad de siempre.
Entonces, ¿qué?
¿Qué de qué?, respondió Perla confundida.
¿Me están explicando esto porque una de ustedes se va a fusionar conmigo o qué?
Ambas se quedaron completamente paralizadas.
Este…
no, murmuró Perla con dudas.
Entonces, ¿para qué me explican esto en un momento tan crucial?, replicó Steven con el rostro inexpresivo.
Amatista soltó una carcajada desde el fondo, y Perla, resignada, solo asintió.
Bueno, era solo para que supieras, dijo al fin.
Un escombro cayó justo a un lado de Steven, pero él ni se inmutó, mientras Amatista gritaba con una sonrisa confiada.
Rápido, Perla.
Las dos gemas se posicionaron en lados opuestos.
Amatista giró la cabeza hacia Steven y señaló con orgullo.
Fíjate, Steven, así es como se hace.
Perla la miró con una expresión de fastidio, pero no dijo nada.
Entonces ambas comenzaron a moverse.
El baile de Perla era elegante, fino, completamente calculado, con una fluidez que parecía arte; un espectáculo delicado que cualquiera con gustos refinados disfrutaría contemplar.
Amatista, en cambio, se movía con un estilo completamente distinto.
Sus pasos eran bruscos, intensos, un perreo tan vulgar que incluso la cabra, ofendida, desvió la mirada con dignidad mientras Steven seguía acariciándola con calma.
A pesar de las diferencias, ambas comenzaron a acercarse.
Sus movimientos chocaban, contrastaban, pero la energía que desprendían empezó a brillar.
Justo cuando un resplandor estaba por envolverlas, se miraron con furia contenida.
La luz se formó, poderosa y cegadora, creando un resplandor enorme…
pero al instante empezó a parpadear con violencia, como si algo en su interior rechazara la unión.
Una turbulencia de energía sacudió el lugar y, en un destello repentino, ambas se separaron bruscamente.
Amatista, gritó Perla con furia, totalmente enojada, mientras el fracaso de la fusión resonaba en el aire como una burla cruel.
¿Qué quieres?
gruñó Amatista, acusadora.
Yo no fui, me miró mal, replicó Perla con el ceño fruncido.
La discusión subió de tono hasta que me levanté cargando a la cabra y traté de calmar las aguas.
Chicas, cálmense, murmuré.
Ambas me gritaron al unísono un calla te que me dejó paralizado; aquello resultó más difícil de manejar de lo que había imaginado.
En ese instante entendieron lo que acababan de decir, pero antes de que pudieran disculparse el ave rompió el techo de la cúpula con un estruendo.
Mi pensamiento fue una maldición privada y absurda: espero que se fusionen o les meteré a este pájaro por el…
no terminé la frase porque la criatura me tragó junto a la cabra.
Steven, gritaron las dos gemas, y miraron con horror cómo la cabra emitía un ruido que parecía tragar.
El ave se alejó como si hubiera satisfecho su apetito.
Dentro del estómago de la criatura todo era una cavidad extrañamente luminosa.
Invocando el escudo por instinto, supe que al menos ahí estaríamos algo seguros; no obstante, prefería no averiguar cómo sería una digestión de gema.
La cabra, sin inmutarse, caminó delante de un montón de joyas y objetos relucientes que yacían como tesoros dentro del vientre.
Observé fascinado la cantidad de cosas que el ave había acumulado.
La cabra regresó con algo pequeño entre los dientes y me lo dejó en la mano con total naturalidad.
¿Qué tienes ahí, pequeña?
la mira ría y le ofrecí la palma para que lo soltara.
Ella depositó una diminuta criatura: un escarabajo resplandeciente.
Ni siquiera recordaba que habíamos venido por eso; una gota de sudor me recorrió la nuca mientras sonreía y susurraba un gracias absurdo a la cabra.
De pronto el ave dio un giro brusco y la cabra y yo empezamos a flotar.
Al instante adopté la misión autoimpuesta de salvarla, la abracé con fuerza.
Un par de brazos atravesaron el interior de la criatura y tiraron con violencia; qué carajos, pensé, y entendí de golpe la urgencia de la fusión en situaciones como esa.
Fui directo hacia las manos que buscaban algo frenéticamente.
Tomé con decisión la de una de ellas y con la otra sujeté a la cabra.
Al mirarla descubrí a una mujer imponente.
Tenía una gema incrustada en la frente y otra en el pecho que resaltaban sus rasgos exquisitos.
Sus cuatro brazos se movían con una gracia mortal y su piel brillaba con un tono pulcro, casi noble.
Me sonrió con un ápice de pánico y, sin dudar, golpeó con fuerza al ave; el impacto hizo que la criatura explotara en miles de fragmentos.
No terminó ahí la amenaza.
Esos fragmentos no eran mero desperdicio sino piezas que se transformaron en picos de aves pequeñas que se lanzaron en picada, kamikaze, contra nosotros.
La mujer —ya claramente una fusión— se movió con naturalidad.
Saltó conmigo como si rescatar personas de estómagos de aves gigantes fuera el pan de cada día y, con una elegancia que nos costó sudar hasta alcanzar la salida, descendió por las escaleras mientras yo la sujetaba firme.
Haría un backflip totalmente innecesario pero espectacular, saltando por las piedras flotantes hasta que llegamos casi al portal.
Ella me depositó en el suelo con suavidad y me sonrió con esa calma que ponía nervioso y dijo que la esperara allí.
Yo solo asentí, incluso sentí a la cabra asentir conmigo, lo cual no sabía si era gracioso o inquietante.
La fusión no perdió tiempo.
Invocó el arma de Amatista junto con la de Perla, y en un destello hermoso ambas se combinaron para formar un arco majestuoso.
De él emergió una flecha de luz que apuntó directamente hacia las aves que se abalanzaban sobre nosotros con furia.
Perdónenme, susurró la fusión, y dejó ir la flecha.
El proyectil atravesó el aire con tanta fuerza que las aves no tuvieron tiempo de reaccionar.
Una tras otra fueron empaladas y atrapadas en burbujas que aparecían a su alrededor.
En cuestión de segundos, cientos de ellas quedaron selladas y transportadas hacia la casa.
Mientras tanto, Garnet, que estaba tranquila en su cuarto, notó la llegada repentina de tantas burbujas.
Al ver el color de estas solo sonrió levemente.
Lo sabía, murmuró con voz serena y un poco alegre.
Su mirada se posó en un escarabajo que guardaba en una pequeña cajita decorada con cuidado.
Parece que tu amorcito vendrá pronto.
Como si entendiera sus palabras, la criatura se agitó felizmente.
De regreso en la misión, Steven observaba asombrado toda aquella demostración de poder.
Yo mismo no podía ocultar mi sorpresa y, con voz temblorosa, pregunté quién era realmente.
La fusión sonrió aún más y respondió con firmeza que era Ópalo, nuestra fusión de confianza.
Incluso la cabra pareció comprenderlo, aunque solo Steven notaba esas sutilezas como si la criatura también conversara con nosotros.
Pasamos el resto de la tarde juntos, casi hasta la noche.
Finalmente los dos volvimos a casa.
La cabra, sin embargo, no regresó.
Quizás te preguntes por qué.
Yo mismo lo intenté, mirándola y diciendo que si venía con nosotros.
La cabra me devolvió una mirada de reojo y simplemente se marchó sola.
Bueno, parece que no me quiere al fin de cuentas, dije con una gota de sudor rodando por la frente.
Ópalo me miró entonces.
No entendía por qué seguían fusionadas, pero tampoco hice preguntas.
Sin previo aviso, me tomó de los cachetes y comenzó a llenarme de mimos exagerados.
¿Quién no querría estar contigo, cosito bonito y precioso, mi bebé fuerte y adorable?, dijo en una mezcla de ternura y juego que me dejó totalmente rojo.
Pasamos otro rato así, entre risas y vergüenza, y aunque no lo admitiré, me gustaron esos mimos.
Finalmente, cuando llegamos al portal de la casa, Garnet ya nos estaba esperando, de pie con esa tranquilidad misteriosa que siempre la acompañaba.
Parece que les fue bien, dijo Garnet con una sonrisa tranquila al ver a Ópalo.
Y todo fue gracias a este pequeño, respondió la fusión con otra sonrisa radiante.
Yo solo pensé con una gota de sudor en la frente que en realidad no había hecho nada.
¿Y bien?
¿Dónde está el escarabajo?
preguntó Garnet.
Un silencio incómodo se extendió de pronto.
Quizás te preguntarás por qué Steven no dijo que lo tenía en ese momento.
La respuesta era simple: la fusión le tenía la boca cubierta y no podía pronunciar ni una palabra.
Lo olvidó, murmuró Ópalo, su voz sonando doble, extraña y entrecortada.
En ese instante, la fusión se deshizo rápidamente.
Amatista y Perla volvieron a la normalidad.
Amatista, gritó Perla totalmente alterada, y la discusión comenzó sin demora.
Tú fuiste la que quería lucirse.
Ambas empezaron a pelear entre sí, acusándose y contradiciéndose.
Mientras tanto, yo miré a Garnet, y ella me devolvió la mirada.
Sin decir nada, simplemente le entregué el escarabajo.
Garnet lo recibió con calma, lo colocó junto a su compañero y lo envolvió en una burbuja que desapareció en dirección a su cuarto.
Ambos observamos cómo la pelea de Amatista y Perla se transformaba ahora en una disputa por quién había olvidado el asunto del escarabajo.
Garnet, serena como siempre, me dijo con voz firme que un paso a la vez.
Yo la miré de reojo, respiré profundo y respondí en un susurro que sí, un paso a la vez.
Y viendo hacia la habitación murmuraria.
Gracias pequeña.
Fin del capítulo 11.
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