Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 9
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9: Capitulo 9: Una Amiga.
9: Capitulo 9: Una Amiga.
Ambos caminaron tranquilamente, envueltos en el silencio que el mar imponía con su calma.
Connie no decía nada, parecía demasiado absorta en lo que veía, hasta que Steven, buscando romper la quietud, sonrió un poco y preguntó qué le parecía el mar.
Ella lo miró por un instante, respondió un poco rápido, es genial, y después, algo más tímida, añadió con una chispa de emoción, he visto muchos peces e incluso vi un delfín saltando.
Steven asintió con una sonrisa satisfecha, luego la observó de nuevo y preguntó si quería ir más profundo.
Connie dudó unos segundos, pero finalmente asintió.
En su mente pensaba que si ya estaba allí, lo mejor era llegar hasta el fondo.
Además, él le preguntaba primero, eso demostraba que no era un mal chico.
Bueno, tampoco es que haya conocido a muchos, reflexionó Connie mientras llevaba una mano a su mentón en un gesto pensativo.
Steven no se dio cuenta, demasiado concentrado en lo que estaba a punto de hacer.
Te preguntarás qué hago, pensó, dándole alimento a su esquizofrenia habitual.
Lo que haré será bajar la gravedad de la burbuja, un truco que había aprendido hacía tiempo, aunque todavía no lo controlaba del todo bien.
Sabía que le costaría más concentración de lo normal, y lo más seguro es que terminaría con ganas de dormir una buena siesta cuando regresara a casa.
Con cuidado, empezó a bajar la burbuja lentamente para no asustar a Connie.
Ella lo miraba fascinada mientras descendían poco a poco en las profundidades, observando cómo los tonos del agua se volvían más oscuros y misteriosos.
Los peces nadaban alrededor de la burbuja, brillando como destellos de luz en el azul marino.
Connie parecía una niña pequeña descubriendo algo nuevo por primera vez, maravillada y atenta a cada detalle.
Steven también estaba impresionado, pero no de la misma forma.
En su mente, se repetía que apenas hacía unos días había visto un gusano gigante escupir ácido, y de hecho, últimamente se había topado con demasiados de esos gusanos gemas.
Un leve estremecimiento recorrió su cuerpo, aunque se disipó pronto cuando una horda de peces rodeó la burbuja, creando una danza luminosa que capturó toda la atención de Connie.
Ella tenía los ojos tan abiertos y brillantes que parecía que acababa de descubrir cómo correr antes de aprender a caminar.
Steven la dejó disfrutar unos segundos más, observándola en silencio, como si quisiera guardar en su memoria ese momento de pura fascinación.
Estoy ilustrando de más mi imaginación, pensé con una gota de sudor resbalando por mi sien.
Pasaron varios minutos así, mientras Connie, con la emoción dibujada en su rostro, le explicaba a Steven cada especie de pez que aparecía ante sus ojos, describía los corales de formas y colores distintos, casi como si estuviera leyendo un libro vivo.
Steven la escuchaba con atención, aunque en el fondo ya conocía mucho de lo que ella decía.
Aun así, verla hablar con tanto entusiasmo le daba a ese ambiente una energía distinta, como si todo se volviera más brillante y especial.
Parece que ahora yo soy la esquizofrenia y ella soy yo, qué rara forma de ver esto, pensé en mi mente con otra gota de sudor por los ejemplos tan extraños que se me ocurrían.
Sin embargo, entre pensamientos y risas internas, un mal presentimiento empezó a apoderarse de mí.
Y no era nada bueno.
Cada vez que sentía esa sombra en el pecho, terminaba ocurriendo algo peligroso, así que empecé a estar mucho más atento a mis alrededores.
Connie, sin notarlo, continuaba explicando animada mientras señalaba un barco hundido que apareció ante nosotros.
Era pequeño, pero aún así le parecía fascinante, y no paraba de girar la cabeza para mirar cada detalle.
Yo, en cambio, aparté la vista hacia el fondo.
Algo captó mi atención, aunque estaba demasiado lejos y apenas se distinguía.
Fruncí el ceño.
Era un tubo…
¿amarillo?, ¿rosado?, ¿naranja?
No lo entendía bien.
Susurré con incredulidad, qué es eso.
Connie escuchó y volteó a verme, arqueando una ceja tras sus gafas.
Qué cosa, ¿otro barco?, preguntó sin notar mi tono de alerta.
Negué despacio, sintiendo un escalofrío.
No…
es como un tubo cilíndrico.
Y entonces, justo cuando empezábamos a acercarnos a esa cosa extraña, se movió.
Ambos nos quedamos tensos, el aire en la burbuja se volvió pesado y el corazón de Connie pareció detenerse.
Eh…
eh?, balbuceó nerviosa, ese barco…
¿se acaba de mover?
Yo ya no sonreía.
La expresión en mi rostro se volvió seria, fría.
El presentimiento se clavó como un puñal.
No puede ser, pensé, sintiendo arrepentimiento por haber bajado tan profundo.
El suelo marino tembló.
Y emergió desde la arena un gusano gigantesco, no tan colosal como el verde que había enfrentado días atrás, pero lo suficientemente grande como para helarnos la sangre.
Su cuerpo brillaba con destellos enfermizos, y una gema palpitaba incrustada en su interior.
La baba caía en hilos espesos y venenosos, derritiendo la arena bajo él.
Una gema y una babosa otra vez, resonó en mi cabeza, mi aura volviéndose sombría mientras apretaba los puños con fuerza.
Solo babosas me habían aparecido estos días, dije en voz alta, sobresaltando a Connie e incluso al gusano que nos llevaba.
Dios mío, solo miro gusanos, ¿acaso no puedo ver un ave, un rinoceronte o alguna bestia antigua de la civilización maya?
Estaba despotricando con fastidio, mientras Connie me observaba confundida por semejante queja.
La babosa, en cambio, nos miró fijamente y de pronto se lanzó hacia nosotros.
Abriendo su boca, atrapó la burbuja en medio de su ataque.Connie estaba aterrada y emocionada al mismo tiempo al ver cómo la burbuja resistía.
Yo, sin prestar mucha atención, seguía quejándome de que mi vida estaba llena de babosas, que ya deberían llamarme Steven Babosa.
Mientras tanto, apoyaba un brazo en el hombro de Connie para que no se cayera, mientras el gusano nos arrastraba con fuerza por toda la costa de Ciudad Playa en medio del mar.
Connie, notando que la burbuja resistía sin problemas, solo me miraba con una mezcla de confusión y asombro.
Al fin, con su vocecita dudosa, preguntó mientras señalaba con su manita hacia la criatura.
Y esto…
¿qué es?
Yo la miré luego de desahogarme y respondí con calma.
Bueno, ya viste que puedo invocar cosas, ¿cierto?
Ella asintió con la cabeza, todavía con un dejo de incredulidad.
Es una gema, continué, algo parecido a lo que soy yo.
Connie miró a la babosa que intentaba devorarnos y luego volvió a mirarme con el ceño fruncido.
Pues…
no se nota, murmuró con una gota de sudor en la frente.
Yo simplemente sonreí y me levanté un poco la camisa.
Connie, instintivamente, se cubrió los ojos con ambas manos.
Pero la curiosidad pudo más, y entre sus dedos dejó un hueco diminuto para mirar lo que estaba oculto.
Lo primero que Connie notó fue la gema incrustada en mi estómago, un pequeño brillo que la hizo dudar de la realidad misma.
Me observó con los ojos abiertos, como si estuviera comprobando que aquello no fuera un sueño.
Yo bajé de nuevo la camisa y seguí explicando en voz baja, tratando de no asustarla más de lo necesario, que aquellas criaturas eran una especie de corrupción de las gemas.
Ella volvió a mirar la piedra luminosa y luego me preguntó qué hacía yo con ellas, aún con esa mezcla de incredulidad y curiosidad.
Yo solo le pedí que mirara y cerré los ojos un instante para concentrarme.
Con calma fingí dirigir la burbuja hacia una dirección concreta y la corriente que la envolvía obedeció, la babosa siguió la estela como si careciera de libre albedrío en esa forma deformada, y así nos acercamos de nuevo a la playa.
Al sentir la cercanía de la superficie, la babosa nos soltó de improviso, probablemente creyendo que había capturado un pescado redondo para dejarlo morir en la orilla.
Caímos los dos sobre la arena; yo me incorporé de un salto y, sin pensarlo, rompí la burbuja por un lado para sacar a Connie y asegurarla dentro de la mitad que quedó intacta.
La dejé protegida mientras yo me exponía por completo.
Cómo lo hice fue algo que me sacó una sonrisa torpe; la esquizofrenia me había dado una idea rápida y extraña, pero efectiva.
Lo único que todavía no dominaba eran las púas, aunque no era momento de lamentarse por eso.
Invocando mi escudo decidí atacar de frente.
Corrí hacia la criatura sosteniendo la defensa luminosa, lancé el escudo hacia una loma rocosa para confundirla y, al rebotar contra una piedra afilada, la pieza giró y golpeó la frente de la babosa.
El impacto la hizo tambalear, y la bestia, enfurecida, se deslizó por la arena para abalanzarse sobre mí.
Vi la velocidad de su ataque y me preparé.
Coloqué el escudo frente a mí, resistiendo mientras la baba intentaba arrastrarme.
La boca inmensa rozó la superficie del escudo, tirando de él como si quisiera triturarlo, pero la defensa sostuvo.
Desde la arena, con todo el peso de mi cuerpo, empujé el escudo como una palanca, guiando la embestida de la criatura.
Usé la fuerza del choque para desviar su trayectoria y lograr que su impulso la hiciera chocar contra una pared de rocas cercanas.
El estruendo fue tremendo y la criatura gimió, el sonido retumbó entre las olas y la orilla.
Por un instante todo quedó en silencio, salvo el jadeo de Connie dentro de la mitad de la burbuja y el crujir de la roca bajo el peso de la bestia.
Mi corazón latía con fuerza; sabía que aquello no había acabado, pero al menos habíamos ganado un respiro.
La roca con filo apareció frente a mí en el último segundo, la misma que Perla siempre usaba para afilar su lanza.
Te preguntarás para qué necesitaba afilar algo que parecía imposible de desgastar, y créeme, yo también lo hice.
Cuando se lo pregunté, su respuesta fue tan simple como extraña: era la roca favorita de tu madre.
En ese momento la miré con cara de palo, incapaz de comprender su lógica, pero esa memoria fugaz se desvaneció cuando la realidad me obligó a actuar.
Guié a la criatura directamente hacia aquella roca y, cuando la embestida ya casi nos iba a atravesar la garganta, me hice bola en el aire y creé una burbuja protectora justo en el instante en que fui tragado.
La babosa, eufórica por lo que creyó ser su presa, no notó que había sellado su propia condena.
El choque fue brutal; la bestia quedó empalada por completo en el filo y un sonido seco, seguido de un destello blanco, sacudió toda la costa.
Arena y fragmentos de roca volaron como una nube cegadora.
Connie observaba la escena con estrellas en los ojos, hipnotizada al ver cómo el monstruo que hace segundos parecía invencible se desvanecía de golpe.
Cuando el polvo se asentó, yo aparecí entre la bruma, mi ropa desgarrada y la mirada seria, sosteniendo una gema encapsulada en una burbuja rosa.
Mi expresión era un punto intermedio entre la tristeza y el cansancio; suspiré y caminé hacia Connie, mostrándole la burbuja.
Esto es lo que hago, murmuré.
Ella, aún fascinada, se acercó un poco más y preguntó para qué servía esa esfera.
Para que no vuelva a salir en su forma monstruosa, respondí sin rodeos.
Su curiosidad no se detuvo ahí, y quiso saber si tenía cura.
Por los momentos no, dije con un tono grave, mirando la piedra corrupta que vibraba débilmente en su prisión rosa.
Para aliviar la tensión, saqué algo de mi bolsillo.
Ah, cierto, esto es tuyo.
Le extendí una pulsera roja.
Ella parpadeó confundida, sin comprender.
Yo sonreí un poco y le expliqué que la había perdido en un desfile, que me había parecido verla entre la multitud y decidí guardarla.
El recuerdo vino de golpe a su mente y, con una sonrisa leve, tomó la pulsera y se la colocó en la muñeca.
Pasaron unos segundos de silencio y al final dijo gracias.
Yo asentí con una sonrisa y pregunté si le había gustado el viaje.
Connie reaccionó de inmediato, como despertando de su asombro, y respondió con entusiasmo.
Sí, sí, estuvo increíble, emocionante.
Luego bajó un poco la voz para preguntar si esto pasaba todos los días.
¿Babosas?
Sí, contesté secamente, mirando hacia el mar.
Gema corruptas hay bastantes, aunque muchas andan sueltas, sin control.
Para cerrar el encuentro, levanté la burbuja y la gema atrapada desapareció en un destello suave, liberada de nuestra vista pero no de su corrupción.
Connie, nerviosa, intentó buscar las palabras para pedirme mi número, pero el reloj en su muñeca marcó la hora y la ansiedad la hizo titubear.
El momento se le escapó entre los dedos, como las olas que rompían en la orilla, y se quedó en silencio, con las mejillas apenas sonrojadas.
Eh, dije confundido, ¿ya es tarde no?
Tus padres se pueden preocupar, añadí con una sonrisa, y le di mi número por si quería hablar luego.
Ella lo anotó en silencio.
Bueno, dije, nos vemos, puede que nos veamos luego, y caminé en dirección contraria con las manos en los bolsillos.
Connie se quedó inmóvil unos segundos, luego murmuró emocionada que era su primer amigo.
Me quedé un momento sonriendo para mis adentros.
Bueno, pensé, el día no fue tan mal; al menos el monstruo ese era débil.
Viendo que mi escudo no servía mucho como arma, pensé que quizá debería conseguir un rifle o una espada, algo más contundente, y me saqué una media sonrisa por la ocurrencia.
De pronto escuché un chapoteo y miré hacia la casa quedándome helado.
Las gemas estaban siendo sujetas por otra criatura, pero esta vez la babosa tenía tentáculos de agua que se enroscaban y tironeaban con fuerza.
Garnet se mantenía con su cara inexpresiva, Perla estaba aterrada porque no podía hacer nada, y Amatista, por alguna razón, parecía disfrutar de la sensación de ser arrastrada por los aires.
Suspiré, invoqué mi escudo y hablé muy rápido para mis adentros, organizando la esquizofrenia estratégica que a veces me salva la vida.
Sin pensarlo más, me lancé contra la criatura, decidido a recuperar las gemas y a proteger a quienes pudiera.
Fin capítulo 9.
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