Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 12
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- Capítulo 12 - 12 Capitulo 12 Un amigo muy rosado
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12: Capitulo 12: Un amigo muy rosado.
12: Capitulo 12: Un amigo muy rosado.
Gracias a aquel encuentro en la misión en la Torre Celestial, o como sea que se llame, Perla y Amatista ahora tienen una relación un poco más relajada.
Al final, verme ser devorado por un ave mágica no es algo que pase todos los días.
Para mí fue algo muy emocionante, aunque a ellas casi les da un infarto.
También he ido en secreto a ver si la cabra seguía allí.
Para mi emoción, el o ella sigue en el mismo lugar.
La verdad nunca supe, ni quiero saber, si es hembra o macho, y tampoco me interesa descubrirlo.
Solo sé que si algún día encuentro cabras por ahí, sabré reconocerla de inmediato.
Las chicas, ahora que se han fusionado, quieren que yo aprenda a hacerlo también.
No estoy del todo seguro de que me guste la idea, pero supongo que tarde o temprano tendré que intentarlo.
Hemos hecho unos bailes rarísimos y dejé muy en claro que eran ridículos y hasta obscenos.
Ellas se sonrojaron mucho cuando dije eso.
Me explicaron el proceso, pero por mi parte no tengo ninguna intención de intentarlo en este momento.
Connie me miró con el rostro totalmente perdido mientras yo le contaba todo aquello.
¿Todo eso has hecho?, preguntó con incredulidad.
Sí, respondí con orgullo.
O sea, puedes fusionarte con otras personas formando a otro ser distinto, dijo ella, todavía intentando procesarlo.
Yo la miré y asentí.
Sí, puedo hacerlo.
¿Por qué?
Bueno, como eres mitad humano, así no es, eso me has dicho, continuó.
Sí, soy mitad humano y, según la teoría que mi mente ha construido, también puedo fusionarme con humanos.
Connie abrió los ojos como platos, brillando de emoción.
O sea, ¿puedes hacer dos tipos de fusiones?, dijo casi sin aliento.
Sí, respondí viéndola y notando cómo se emocionaba.
Al mirar su reloj, Connie se sobresaltó.
Me tengo que ir, Steven.
Fue un gusto hablar contigo.
Me abrazó con calidez y añadió que nos veríamos luego, que le contara por teléfono cómo seguía todo eso.
Yo solo asentí y levanté las manos en un gesto de despedida mientras la veía alejarse.
Regresé a la casa de la playa y hablé con mi padre sobre las misiones.
Él debía estar al tanto de todo lo que sucedía, a menos que fuera un secreto que me ocultaba; de cualquier forma, no tenía intención de contarle demasiado.
Al entrar, la casa estaba tranquila, vacía, como tantas otras veces.
No me sorprendió; supuse que las chicas estarían en sus habitaciones, y con una mezcla de frustración pensé que no podía entrar.
Juro por mi madre que cuando intento abrir su cuarto la gema se pone a brillar como si se riera de mí.
Me burlaba de mis propios intentos y la maldije entre dientes.
Al levantarme la camisa con fastidio, la gema centelleó otra vez, burlona.
Seguramente es mi mente, me dije, pero lo extraño es que esto de que brille solo pasa cuando estoy delante de las chicas y ellas no lo notan, o simplemente no quieren saber lo que ocurre con mi gema.
Salí de esos pensamientos justo cuando una a una las tres fueron saliendo de sus habitaciones.
Parecían preparadas para una misión.
Ey, pero si es Steven, dijo Amatista al verme y, con la misma naturalidad, añadió si quería venir.
Perla salió en seguida con una advertencia sobre peligro.
Nah, Steven ha salido de peores, respondió Amatista despreocupada, pero Perla abrió la boca para objetar cuando Garnet la interrumpió sin miramientos y anunció que yo venía con ellas.
Asentí con una sonrisa.
Lleva agua en una mochila, añadió Garnet, con esa autoridad serena que siempre tiene.
Veinte botes si es posible, precisó, y yo la miré extrañado, pero obedecí; quién sabe qué pasaría si no llevaba eso.
Rápidamente me alisté y me coloqué a su lado.
El portal empezó a encenderse.
—¿A dónde vamos?
—pregunté por inercia, aunque sabía que no me dirían nada.
Lo sabrás pronto, dijo Garnet con una sonrisa traviesa, y en ese instante pensé que esta Garnet era distinta a la Garnet de la serie, más juguetona, más humana.
No tardamos en llegar a nuestro destino.
Oh no, pensé con una gota de sudor que no era graciosa; literal, ya estaba sudando.
Guardé mi chaqueta, invoqué el escudo y lo coloqué sobre mi cabeza como si fuera una sombrilla improvisada.
Bien, vamos, dije tratando de sonar serio.
¿A qué?
dijo Amatista confundida, porque nadie nos había explicado el motivo de la misión.
A lo que sea, respondí con firmeza, y comencé a caminar en una dirección aparentemente aleatoria.
Garnet me miró un segundo y, sin cuestionarlo, me siguió.
¿Cómo sabe a dónde vamos?
murmuró Perla, extrañada.
Suerte, grité por lo bajo, avanzando un poco más adelante que ellas.
Con un suspiro colectivo, todas me siguieron.
Así los cuatro caminábamos por el desierto, bajo un sol que hacía que la arena brillara como pequeños cristales.
Después de unos minutos avanzando sin rumbo, rompí el silencio.
¿A dónde vamos?
pregunté, con el ceño fruncido y ajustando mi mochila.
Garnet se acomodó las gafas con calma, irradiando esa esencia de autoridad que siempre la distingue.
Vamos por una gema que controla la arena dijo con firmeza.
Es como en esas series que has visto donde controlan los cuatro elementos, solo que aquí…
esta controla la arena.
Para hacerlo, tiene que estar en contacto con ella, así que fácilmente podremos encontrarla por las columnas que forma cuando se aburre, supongo.
La miré serio, tratando de procesar la información.
Está bien…
pero, ¿cómo sabes tanto?
pregunté, esperando que me hablara de su visión del futuro para evitar problemas, aunque su respuesta casi me hace tropezar.
Suerte dijo, ajustándose las gafas de nuevo y esbozando una sonrisa divertida.
Suspiré y miré hacia adelante.
Demasiado específico murmuré mientras distinguía unas formaciones que podían ser columnas de arena, o quizás solo me engañaba el calor.
Hablando del rey de Roma comentó Perla, señalando también hacia las columnas.
Amatista simplemente tenía los brazos cruzados sobre la cabeza, relajada, observando con curiosidad.
Yo ya estaba sacando mi cuarto bote de agua cuando Perla intervino: Nosotras nos encargamos, para que no gastes más agua.
Pero igual invoca el escudo dijo Garnet con seriedad.
Si lo dijiste tú respondí, invocando el escudo.
Me detuve un momento, confundido.
Espera…
¿lo invoqué dos veces?
me pregunté, mientras el escudo desaparecía y creaba rápidamente una burbuja alrededor mío, sorprendiendo a las gemas.
¿Desde cuándo?
exclamó Perla, asombrada.
Ahí se ven dije, ajeno al asombro de ellas.
Voy a buscar una momia añadí, observando a mi alrededor en busca de alguna pirámide o estructura que me guiara.
Ok respondió Garnet, caminando con paso firme hacia las columnas, como si ya supiera exactamente lo que haría.
Perla solo pensaba que no encontraría ninguna momia, mientras Amatista rezaba en silencio para que sí lo hiciera.
Los tres avanzaban hacia las columnas que aparecían y desaparecían entre la bruma del desierto, moviéndose con rapidez y decisión.
Caminando por un rato, solo se escuchaban los golpes de las chicas mientras golpeaban la arena, concentradas en su tarea.
Yo, por mi parte, observaba algo rosado a lo lejos.
La curiosidad me ganó y me acerqué, notando dos columnas de ese color.
Me parecen conocidas, murmuré para mí mismo, aunque no les presté demasiada atención.
Mirando un poco más allá, descubrí otra mancha rosada.
Me acerqué cautelosamente y, cuando estuve lo suficientemente cerca, me sorprendí.
Un león.
Y no era cualquier león.
Era un leonazo rosa, tan imponente como extraño, con una mirada que parecía leerme.
El león me observó mientras se acercaba lentamente.
Yo solo lo miré y pregunté con naturalidad: Conoces a alguna momia por aquí?
El león se detuvo.
Jamás habría esperado esa pregunta, y su expresión lo decía todo.
Lo entendía.
Me miró, y asentir con un movimiento casi imperceptible.
Ostias, susurré, sorprendido.
De pronto, un fragmento de memoria llegó a mí, como un eco de algo que había olvidado.
El león, ahora consciente de lo que debía hacer, se acercó con majestuosidad.
Estiré la mano, y él apoyó su boca con delicadeza.
En ese instante supe que había conseguido un león mascota.
Eso es lo que habría pasado, pensé, sonriendo para mis adentros, como en la historia original que tanto me fascinaba.
Ahora, volviendo unos minutos atrás, a un momento donde nada de eso había sucedido, estaba caminando por unas montañas de arena.
Buscaba algo, o mejor dicho, a alguien.
Según sus recuerdos, el león debía estar por aquí, y sería clave para no morir en más de una ocasión.
Por supuesto, no dejaría pasar la oportunidad de conseguir a ese amigo peludo.
Recorriendo los caminos de arena, noté una figura frente a mí.
Una pirámide, pensé sorprendido.
Cuando dije que encontraría una momia, en realidad era mentira, pero ya que estaba allí, la idea de hallar a un ser sabio de hace cientos de años me parecía irresistible.
Tal vez tuviera secretos que yo desconociera.
Sin perder tiempo, caminé hacia la pirámide.
Al acercarme a la entrada, observé cómo todo era sorprendentemente estable.
Fascinante, murmuré en voz alta, disfrutando de la soledad.
Las estructuras, con un brillo como el de las gemas, eran increíbles.
Espera, gemas, pensé, paralizándome un instante.
Miré a mi alrededor, con el corazón latiendo más rápido.
¿Esa es…
una gema?, me pregunté confundido, avanzando más profundamente en la pirámide.
La puerta se cerró tras de mí y, sin dudarlo, invoqué mi escudo para protegerme mientras me adentraba aún más.
Bueno, si encuentro una momia, valdrá la pena, pensé con una sonrisa.
Al entrar en una sala repleta de jeroglíficos, me detuve.
¿Qué dice aquí?, murmuré, tratando de descifrar los símbolos.
Mientras caminaba, activé una trampa sin querer.
Miré hacia abajo con cuidado y dije: si no me muevo, tal vez no se active…
pero el destino parecía jugar en mi contra.
De pronto, un vacío se abrió bajo mis pies, y caí maldiciendo a la momia que, de alguna manera, me había traído hasta allí.
Cayendo, terminé en un tobogán que me arrastró a toda velocidad, deslizándome de un lado a otro sin control.
El trayecto duró apenas unos segundos, pero para mí fueron eternos, hasta que finalmente salí disparado y caí en una zona llena de puertas.
Al menos no fue una sala de trampas mortales, pensé con una gota de sudor deslizándose por mi frente.
Me incorporé con cuidado, asustado y preparado para invocar una burbuja defensiva.
Atraí mi escudo hacia mis manos, listo para cualquier cosa que pudiera surgir de ese lugar.
Caminando por los pasillos, mis ojos se fijaron en nuevas figuras talladas en las paredes de arena.
Eran imágenes de gemas, un registro que mostraba una especie de jerarquía.
Desde las más pequeñas, del tamaño de una manzana, hasta lo más alto de la cadena: las diamantes.
Cuatro diamantes se distinguían con claridad.
Diamante Blanco, la cabeza de todas las diamantes; Diamante Amarillo, la mano derecha; Diamante Azul, la mano izquierda, no tan importante pero igual de fundamental; y, finalmente, la última figura, el sostén de todas ellas: Diamante Rosa.
Al parecer, estas imágenes representaban los primeros tiempos, cuando apenas comenzaban a colonizar la Tierra, pensé mientras recorría los murales, cada vez más intrigado por la historia que se desplegaba ante mis ojos.
Avanzando, llegué a una sala distinta.
Era redonda, con un aire extraño y solemne.
Me acerqué a la pared y noté un botón tallado en la piedra, con el dibujo de una mano.
Dudé unos segundos, pero mi curiosidad fue más fuerte.
Coloqué mi palma sobre el relieve y, de inmediato, la sala entera cobró vida.
El suelo comenzó a girar con una fuerza descomunal.
No estaba preparado para eso.
Todo, absolutamente todo, giraba a mi alrededor.
Estaba tan mareado que apenas podía mantener los ojos abiertos.
Voy…
a…
vomitaaar, pensé con desesperación mientras mi estómago daba vueltas más rápido que la sala misma.
El movimiento se detuvo al fin y, como era de esperarse, terminé vomitando la comida acumulada de los últimos tres días.
Exhausto y desorientado, alcé la mirada.
Frente a mí se desplegaba una sala magnífica, tan hermosa que por un instante olvidé el mareo.
Decoraciones exquisitas adornaban las paredes, relucientes como si hubieran sido creadas ayer.
Y, al centro, se elevaba una torre de escaleras que ascendía hacia lo más alto.
Allí, dominando todo el espacio, se encontraba un trono imponente.
Un trono rosa, brillante, que resaltaba sobre cada rincón del lugar.
Agarré un bote de agua y bebí con desesperación para quitarme el mal sabor de la boca.
Aún mareado, seguí observando la sala con cuidado.
En mi mente no dejaba de repetirse una sola pregunta.
¿Por qué?
¿Qué cosa?
¿De verdad era necesario hacerme pasar por esa trampa giratoria solo para entrar aquí?
Caminaba con cautela, sospechando que podía haber más sorpresas desagradables escondidas en el lugar.
Entonces mi vista se posó en lo más llamativo de todo: el trono.
Algo en él me obligaba a mirar más de cerca.
Entrecerré los ojos, concentrándome.
Era tan grande que al inicio casi no lo notaba, pero cuando lo vi con claridad, me quedé helado.
Era él.
El león de mi madre.
Estaba allí, recostado sobre el trono como si fuera suyo, respirando con calma.
Levantó la cabeza para mirarme y, como si no le importara mi presencia, volvió a acomodarse para dormir.
Sentí una gota de sudor recorrerme la frente.
¿Me estaba esperando?
¿O simplemente el destino había decidido ponerlo en mi camino?
Me quedé paralizado, pensando en cómo llamar su atención.
Pero antes de que pudiera hacer algo, escuché un ruido viscoso, como algo arrastrándose.
El sonido me sacó de mis pensamientos y rápidamente giré la mirada a mi alrededor.
No me digas, murmuró mi mente con enojo.
De la arena emergió lentamente una criatura enorme.
Mi expresión se torció con fastidio.
No podía ser…
Una babosa gigante se alzó frente a mí, moviéndose con lentitud amenazante.
La babosa de arena, dije con el alma llena de ironía.
Ahora solo me falta una de lava y otra de aire, y habré completado la colección de malditas babosas.
Maldito sea mi destino, solo babosas me tocan estos días.
La criatura me observaba con la misma expresión que tendría un animal hambriento frente a su comida.
¿Qué me ves, wey?, solté con sequedad.
Para mi sorpresa, la babosa se quedó quieta unos segundos, como si hubiera entendido lo que quise decir.
Pero la calma no duró.
El suelo tembló cuando comenzó a avanzar hacia mí.
¿Quieres pelea?
murmuré con furia, encogiendo mi escudo hasta hacerlo más pequeño y compacto.
Ven a mí, maldita babosa.
Con un rugido viscoso, la criatura se lanzó.
Yo corrí hacia ella a toda velocidad y en el último instante salté hacia un costado, esquivando su embestida.
Sin perder tiempo, trepé sobre su lomo.
La babosa se retorció violentamente, deslizándose en todas direcciones para sacarme de encima.
Me aferré con todas mis fuerzas a la arena compacta de su cuerpo, sintiendo cómo mis dedos se hundían en la textura sólida y resbaladiza al mismo tiempo.
La criatura levantó un apéndice de tierra afilada, transformándola en una lanza dirigida hacia mí.
Cuando la punta estaba a centímetros de atravesarme, salté con todas mis fuerzas y creé una burbuja protectora.
El impulso me catapultó hacia arriba justo en el momento en que la cola de la babosa me azotaba como un látigo.
El golpe me mandó volando y caí torpemente contra el suelo.
El impacto me abrió una herida en la cabeza, haciendo que la sangre resbalara por mi frente.
Con dolor, levanté la vista.
La babosa había sido atravesada por su propia lanza de tierra, pero aún me observaba con ojos llenos de odio.
Babosas de los cojones, gruñí en mi mente mientras me preparaba para seguir luchando.
Me preparé, apretando el escudo hasta que me dolieron las palmas.
Miré la lanza clavada en la babosa con la mirada gélida y pensé que si la sacaba y la clavaba en su cabeza, ganaría.
Sonreí con amargura; no había nadie que viniera a ayudarme.
Era vida o muerte, yo contra la babosa, uno contra uno.
Esto sería clave para mi vida.
No siempre tendría la opción de sortear los obstáculos con facilidad.
Entonces lo haría a la manera difícil, grité, más para convencerme a mí que al mundo.
Corrí hacia la babosa y ella respondió con un movimiento igual de furioso.
Salté varios metros por el aire; la criatura me siguió y trató de tragarse mi cuerpo entero.
Agrandé el escudo hasta cubrirme el torso, y por unos instantes quedé a centímetros de sus fauces.
No podía ser devorado mientras el escudo me protegiera.
Rápidamente urdí un plan.
Expandí el escudo con todas mis fuerzas hasta que la babosa empezó a rugir de dolor, golpeando su cabeza contra las paredes y el suelo para intentar desprenderme.
Eso no entraba en mis cálculos, pero perseveré.
Igual que con el ave, me dejé tragar aun con el escudo en la boca de la criatura para evitar que la digestión me alcanzara, si es que aquel monstruo tenía voluntad o jugaba a la digestión.
Cuando caí en su vientre y vi huesos asomando en la oscuridad, deseé que no fueran humanos.
Hice una burbuja alrededor de mí y, en el último instante antes de que todo terminara, expandí de golpe la burbuja y mi escudo en una maniobra desesperada.
Hubo tensión absoluta, un silencio que se pegó a los oídos, y después la babosa explotó en una nube de arena, una detonación de polvo y pedazos que barrió la estancia.
El león que reposaba en el trono, como si hubiera esperado ese final, se incorporó con tranquilidad, estiró las patas y caminó con lentitud hasta el hueco que dejó la batalla.
Allí me encontró en medio del desorden: magullado, sangrando, pero con una sonrisa de victoria pegada en la cara.La gema era redonda y recordaba a la del gusano verde de días atrás, aunque no quise darle demasiada importancia.
La encapsulé en una burbuja como tantas veces había practicado y la acerqué a mí, todavía jadeando.
Miré al león y, con una mezcla de desafío y alivio, le pregunté si ahora me comería.
El león resopló, indiferente, y se echó a mi lado como si fuera su costumbre.
¿Y eso es todo?, pensé, medio eufórico.
¿Lo domesticé con mi fuerza o qué?
El león me miró de reojo, perezoso, y volvió a cerrar los ojos.Me recosté junto a él, sintiendo la arena fría bajo la espalda, y por primera vez en mucho tiempo la victoria supo a algo más que a polvo: supo a alivio.
Así pasaron unos minutos en los que ninguno dijo nada.
Bueno, tampoco es que el león fuera muy hablador.
Yo permanecía recostado junto a él, tratando de recuperar el aliento, hasta que un pensamiento me golpeó con fuerza y me levanté de un salto.
Las chicas, exclamé, recordando de pronto que me habían dejado con una misión.
El movimiento brusco sobresaltó al león, que abrió un ojo y me miró con calma, como preguntándose qué pasaba.
Oye, ya que te domestic…
o lo que sea que haya pasado, ¿me llevas con ellas?, le pedí con dolor en la mirada.
El león me observó unos segundos que parecieron eternos.
Luego se agachó un poco, dándome a entender que quería que me subiera.
Con una sonrisa cansada, acaricié su melena y dije con voz ronca, buen chico.
Subí a su lomo y él comenzó a caminar por un pasillo distinto, uno que yo no había visto antes porque estaba demasiado ocupado peleando.
Cuando por fin nos acercábamos a la salida noté que había dos caminos y, por lo visto, yo había elegido el equivocado.
Carajo, pensé, pero al menos tengo un león.
Me sentía extraño, una mezcla de orgullo y alivio mientras veía cómo avanzaba tranquilamente, su melena rosada moviéndose con el aire seco de la pirámide.
Pasaron unos minutos en silencio hasta que ambos escuchamos dos voces histéricas que retumbaban en el pasillo.
Amatista, gritaba Perla, encontró una momia y se comieron a mi bebé.
Estaba totalmente alterada.
Vamos, Perla, no creo que se lo haya comido una momia, replicó Amatista encogiéndose de hombros, aunque en su voz también había un dejo de preocupación.
Garnet, a lo lejos, me había visto ya desde hacía rato.
Ella no dijo nada, solo observaba con ese aire sereno que tenía siempre, aunque en su mente algo no encajaba: había visto muchos futuros, pero en ninguno Steven volvía con un león.
Desde que lo divisó, estaba sorprendida.
¿Y quién dice que no?, insistió Perla con dramatismo, imaginemos que encontró una de esas pirámides y cayó en sus trampas mortales.
Peor aún…
que se haya encontrado con un político.
Amatista la miró con cara de incredulidad.
¿Un político?, repitió con voz seca.
Cosas feas, dijo Perla con seriedad, casi temblando.
Fue en ese instante cuando un león apareció justo detrás de ella.
Amatista pegó un grito, sobresaltada, y señaló con desesperación.
Atrás, chilló Amatista.
¿Eh?, dijo Perla confundida, girando lentamente.
Su rostro chocó de lleno contra el hocico del león, que resopló molesto para apartarla.
¡Ay!, gritó Perla saltando de golpe a los brazos de Amatista.
¿Oye, qué te pasa?, protestó Amatista, intentando sostenerla sin caerse.
Chicas, interrumpí con voz alegre, asomándome desde la melena suave del león.
No conseguí una momia, pero sí un león.
Las tres se quedaron congeladas, con los ojos abiertos de par en par.
Garnet fue la única que no gritó, aunque por dentro estaba igual de asombrada.
Ni siquiera ella, que había visto tantos futuros, esperaba este desenlace.
Y allí estaba yo, sobre la majestuosa melena rosada, con una sonrisa orgullosa, presentándoles a mi nuevo compañero.
Fin capitulo 12.
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