Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 13
- Inicio
- Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga
- Capítulo 13 - 13 Capitulo 13 Pasos de unión
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
13: Capitulo 13: Pasos de unión.
13: Capitulo 13: Pasos de unión.
Pasaron los días y, por obvias razones, las chicas no me dejaron quedarme con el león.
Sin embargo, eso no lo detuvo, porque por sí solo aparecía de la nada en la casa.
Las tres no podían entender cómo era posible, ya que apenas un momento antes lo habían visto en el desierto.
Yo, en cambio, solo sonreí y le dije con tranquilidad que se sentara.
El león obedeció al instante, acomodándose frente a mí como si me conociera de toda la vida.
Ellas me miraron confundidas, y yo simplemente declaré con seguridad que era mío.
Luego me acosté sobre él sin ningún problema, hundiéndome en su melena cálida y suave.
No deberíamos tener miedo, penso perla, ¿o acaso creen que no nos pueda comer?
Las chicas observaron al león en silencio.
El animal estaba aún más acurrucado contra mí, como si eso lo hubiéramos hecho miles de veces.
Amatista arqueó una ceja y con tono relajado murmuró que seguramente no pasaría nada.
Acto seguido, se dejó caer sobre nosotros como si también fuera lo más natural del mundo.
El león apenas la miró de reojo, exhaló un resoplido y volvió a dormir.
Yo me voy, anunció Garnet, desapareciendo hacia su habitación con la calma que la caracterizaba.
Perla, en cambio, bajó los hombros con resignación y se acercó al león.
Finalmente se tumbó a mi lado, abrazándome con fuerza como si al rodearme con sus brazos pudiera impedir que volviera a lastimarme.
La escena quedó en un silencio cómodo, con todos acomodados alrededor de aquel león que parecía haber encontrado su hogar en nosotros.
Eso pasó, preguntó Connie con los ojos brillando como si tuviera estrellas en ellos, mirándome con emoción.
Claro que sí, respondí con una sonrisa mientras tomaba otro sándwich.
Estábamos en un día de picnic, con una música suave y relajante de fondo, y ella parecía más que feliz de escucharme.
Siempre estaba emocionada con mis historias.
No sabía si era porque realmente le interesaban o porque no tenía muchos amigos con quien compartir esos momentos.
A veces me preguntaba por qué no sentía miedo, aunque en realidad, nadie en Ciudad Playa parecía tenerlo.
Era extraño.
En mis tiempos, el miedo formaba parte natural de lo humano, un instinto que nos mantenía vivos, y aun así aquí parecía haber desaparecido.
Pero, ¿quién era yo para cuestionar?
La observaba mientras me contaba con entusiasmo cómo le había ido en sus clases de esgrima.
Sonreí sin darme cuenta, porque no veía un entusiasmo así desde la era Heian…
o al menos eso pensaba.
Me detuve un segundo.
¿Dónde había escuchado eso?
¿Por qué esa palabra rondaba en mi cabeza?
Antes de profundizar en mis pensamientos, la voz de Connie me sacó de ellos.
Es como un baile, decía ella mientras sus manos se movían con gracia, acompañando la explicación.
¿Baile?
repetí ladeando la cabeza con curiosidad.
Sí, contestó ella, levantándose de un salto.
En estas semanas que había estado a mi lado, su confianza había cambiado tanto que ahora parecía otra persona.
Antes apenas se atrevía a hablar, y ahora…
ahora iba a bailar.
Connie comenzó a moverse al compás de la música que sonaba a lo lejos, ligera como una pluma.
Sus pasos tenían una mezcla de técnica y espontaneidad, como si uniera su esgrima con la música.
El aire a su alrededor parecía vibrar, y yo no podía evitar pensar que aquella niña tímida se estaba transformando en alguien que pronto podría brillar en su propio escenario.
Vamos Steven, ¿quieres bailar?, me dijo Connie con una sonrisa llena de ilusión.
Yo la miré en silencio por unos segundos, y luego respondí con una sonrisa tranquila, qué más da, mientras me levantaba para acercarme a ella.
Ambos comenzamos a bailar.
Mis pasos eran torpes, nada practicados, pero gracias a mi entrenamiento fluían con cierta naturalidad.
No eran tan refinados ni tan ligeros como los de Connie, pero aun así tenían la armonía justa para que encajaran con los suyos.
Para mí, era perfecto.
Momentos como ese eran los que más apreciaba, un salto de la realidad, un instante en el que no estaba encadenado al peso del pasado de mi madre ni al destino que cargaba en este mundo.
En ese baile, no era Justin ni mucho menos un heredero de Rose Cuarzo.
Era Steven, un niño con mentalidad de adulto pero con el alma juguetona que todavía me pertenecía, dejándola salir a relucir con cada movimiento.
Tomé la mano de Connie y juntos comenzamos a improvisar pasos, sincronizados como si lleváramos años haciéndolo, sonriendo al ver lo bien que se sentían nuestras energías al unirse.
Lo que ninguno de los dos notó fue cómo mi gema empezó a brillar.
No era un resplandor como los de antes, cargados de poder o tensión, sino un brillo juguetón, casi alegre, como si hubiera estado esperando precisamente este instante para mostrarse.
La música llegó a sus últimas notas, y frente a frente, nuestros movimientos se detuvieron justo cuando un resplandor rosado nos envolvió a los dos, como si el universo quisiera congelar aquel momento y guardarlo para siempre.
Pasaron unos segundos en los que ambos, o quizá ahora uno solo, permanecía con los ojos cerrados.
Al abrirlos, notó algo extraño.
Primero, ya no estaba con Connie ni con Steven.
Sus pensamientos se entremezclaban, confusos, caóticos, como si no pertenecieran a una sola persona.
Uno tras otro iban llegando a su mente, preguntándose cosas que nunca antes habría considerado y dudando de cosas que siempre había dado por seguras.
La confusión era tan grande que apenas podía reconocerse.
¿Él?
¿Ella?
Las preguntas se atropellaban sin orden, generando una tensión que lo ponía, o la ponía, nervioso.
O nerviosa.
Ya no estaba seguro de qué pasaba.
Sin embargo, en medio de ese torbellino de pensamientos, hubo un instante de silencio, una pausa breve que permitió que un suspiro escapara de sus labios.
Intentó levantarse con la intención de buscar a su compañero de baile, pero al ponerse de pie notó algo imposible de ignorar.
¿Soy alto?
¿Soy alta?
Dos voces resonaban en su mente al mismo tiempo, pero en lo físico hablaba alguien totalmente distinto.
Lo comprendió de inmediato y, en un sobresalto, la duda se transformó en certeza.
¿Soy…
una fusión?
El grito resonó con una mezcla de asombro y miedo.
En ese instante, la parte de Connie tomó el control, mientras que Steven, preocupado, se replegaba en el fondo.
Ambos se complementaban de un modo extraño, distinto pero natural, como dos piezas que encajan aun cuando no saben cómo.
Mientras se observaba a sí misma, un pensamiento inquietante la atravesó.
Steven…
¿Connie?
La pregunta surgió al unísono, como un eco compartido que no sabía de quién provenía.
Steven, por su parte, hacía un esfuerzo enorme por no distraerse con ideas que pudieran desestabilizar la fusión, limitándose a dejar que Connie predominara en ese momento.
Connie, o más bien la fusión, dio unos pasos inseguros.
Sus movimientos eran suaves, incluso débiles, poco acostumbrados a aquel nuevo cuerpo que no terminaba de asimilar.
Apenas podía creer lo que estaba sucediendo.
En el fondo, ella había querido pedirle a Steven probarlo algún día, pero no así, no de forma tan repentina.
Y aun así, no podía evitar pensar que aquello era increíble.
Sin embargo, la duda y la preocupación de Steven se filtraban en la mente compartida, haciendo que aquella emoción vibrante se tambaleara.
Dos partes en conflicto: una emocionada por lo que estaba viviendo, y otra confundida por la magnitud de la situación.
Entonces, ¿quién soy?, murmuró la fusión en un tono más calmado, con la mirada perdida en el horizonte marino.
La pregunta quedó flotando en el aire, pero pronto fue interrumpida por un pensamiento cargado de una sonrisa pícara y a la vez preocupada.
¿Y si mejor vamos donde las chicas?
No quiero preocuparlas.
Vamos, no creo que nos digan algo malo.
Es genial, lo sé, es realmente genial…
pero, ¿y si ellas no se lo toman bien?
Las dudas chocaban entre sí, creando una pequeña tormenta interna.
Se repetía en su mente la sensación de que todo esto estaba ligado a lo que había pasado hace unos días.
Era como una discusión consigo misma, un murmullo extraño que, de haber sido escuchado por alguien, lo habría hecho parecer completamente loco.
Al final, respiró hondo y se decidió.
Con pasos firmes, aunque temblorosos, comenzó a avanzar hacia la casa de la playa.
Cada peldaño de las escaleras parecía más pesado de lo normal, como si cargara con el peso de dos conciencias a la vez.
Ya en lo alto, escuchó claramente las voces de las chicas conversando en el interior.
Justo aquí están, pensó con una gota de sudor deslizándose por su frente.
Vamos, no es tan malo, solo vamos a enseñarles y luego nos desfusionamos si quieres.
¡No!
respondió la otra voz interior con fuerza.
Solo pasemos un rato.
No todos los días puedes hacer esto, ¿sabes?
Con una mezcla de nervios y expectación, apoyó la mano sobre la puerta y, conteniendo el aliento, entró.
Vamos, Perla, dijo Amatista con una sonrisa traviesa.
Solo porque Steven no quiera fusionarse contigo y prefiera pasar más tiempo con su león no significa que no te quiera.
Amatista, tú no entiendes…
respondió Perla con un dejo de tristeza.
¿Y si me reemplaza?
Amatista la miró con una gota de sudor bajando por la sien, sin saber bien qué contestar.
Garnet, mientras tanto, observaba en silencio, intentando vislumbrar un futuro donde aquella conversación no se complicara.
Sin embargo, al revisar los posibles caminos, encontró uno que la sorprendió tanto que ni siquiera pudo reaccionar antes de que la puerta se abriera de golpe.
Las tres giraron la mirada y se quedaron petrificadas.
¿Quién eres?, soltó Amatista al instante.
Garnet permaneció inmóvil, aunque su cuerpo se tensaba de emoción al notar la gema que brillaba ante sus ojos.
Perla, confundida al principio, tardó apenas un segundo en fijarse en la piedra incrustada en el vientre de aquella figura.
Cuando lo comprendió, el peso de la revelación la hizo desmayarse de inmediato.
Un golpe seco retumbó en el suelo, pero nadie le prestó atención.
Amatista, al ver la gema en el estómago de la chica, bajó la guardia con una mezcla de curiosidad y desconcierto.
Oye, viejo, no me dijiste que podías cambiar de forma.
Aunque no eres el único, ¿sabes?, añadió con una sonrisa burlona mientras hacía una pelota con sus cejas, subiéndolas y bajándolas como gesto de superioridad.
La fusión la miró con una gota de sudor recorriéndole la frente.
Perla se reincorporó tambaleante, sabiendo que no era momento de dejarse vencer por el desmayo.
Sus ojos se clavaron en la figura frente a ella con un aire de incredulidad.
¿Eres…
Steven?
La chica la sostuvo con la mirada unos segundos que parecieron eternos, hasta que una sonrisa pícara apareció en su rostro.
Soy una parte de él.
Ostias…
murmuró Amatista, ahora comprendiendo.
Recuperó su forma original y soltó una carcajada.
Encontraste a una gema y te fusionaste con la primera que viste.
¿Y no con Perla?, dijo con un tono descaradamente burlón.
La mencionada se quedó paralizada.
En un abrir y cerrar de ojos, apareció al lado de la fusión y, conmocionada, comenzó a inspeccionarla con nerviosismo.
Oye…
dijo la fusión después de unos segundos, no es necesario.
No fue con una gema.
Amatista y Perla se miraron, atónitas.
¿Eh?, alcanzó a balbucear Perla.
Mitad humano…
fusión humana, respondió la chica, levantando un pulgar con orgullo.
¡Ah, cabrón!, soltó Amatista, riéndose incrédula.
Perla, en cambio, volvió a desmayarse de lleno, balbuceando algo incoherente sobre bebés rebeldes.
Garnet se levantó de pronto con una sonrisa tan amplia que parecía como si hubiera ganado la lotería nueve veces seguidas.
Sus lentes brillaban con emoción mientras se acercaba lentamente a la fusión.
No quiso usar su visión del futuro para averiguarlo; al contrario, deseaba sentir la emoción de descubrir algo en el momento, de dejarse llevar por lo inesperado.
La fusión la observaba atónita, un poco nerviosa, hasta que tosió suavemente y respondió.
Connie.
Su amiga…
murmuró Amatista, comprendiendo de inmediato.
¿Y cómo pasó?
¿O qué?
La fusión explicó, con cierta timidez, cómo en medio del baile, de una forma inexplicable, habían terminado fusionándose sin que Steven siquiera lo buscara.
Qué raro…
comentó Amatista, rascándose la cabeza con intriga.
Pero Garnet no estaba sorprendida, estaba emocionada.
La alegría la recorría como un torrente eléctrico.
Con una firmeza casi abrumadora, tomó a la fusión por los hombros y, con una sonrisa contagiosa, exclamó.
Steven.
Connie.
No…
eso no es conveniente.
Stevonnie.
Los ojos de Garnet brillaban de entusiasmo.
Ustedes, ahora mismo, son una experiencia única.
Vayan a disfrutarla.
Hagan lo que quieran.
¿Saben qué?
Una misión.
Vamos.
La ahora conocida como Stevonnie apenas tuvo tiempo de abrir la boca para replicar, cuando Garnet la agarró con fuerza y la arrastró directamente hacia el portal.
Amatista se quedó inmóvil, atónita, mirando cómo ambas fusiones desaparecían en cuestión de segundos.
Con una mezcla de desconcierto y resignación, murmuró para sí misma.
Qué carajos acaba de pasar…
Sus ojos bajaron hacia el suelo, donde Perla seguía tendida, murmurando en sueños con voz temblorosa algo sobre Rose y sobre cómo nunca pudo darle a un niño bueno.
Fin del capítulo 13.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com