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Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 15

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15: Capitulo 15: Perla.

15: Capitulo 15: Perla.

Pasaron semanas, semanas bastante estresantes, la verdad.

Durante ese tiempo estuve con León la mayoría de los días, y con Connie también.

Ella estaba feliz, claro, ¿quién no estaría feliz de montar a un león rosado que viaja por dimensiones?

No todos pueden decir que han hecho algo así en su vida.

Hace poco, León me llevó sin previo aviso a la zona donde mamá guardaba sus armas.

Fue…

intenso.

Todavía me da escalofríos pensar en la cantidad de cosas peligrosas que había ahí.

Gracias al universo no apreté nada por accidente, porque estoy seguro de que, con mi suerte, habría invocado a Satanás o algo peor.

No quiero imaginar qué pasaría si una de esas cosas se activara.

Pero eso fue hace unos días.

Ahora mismo, estaba caminando con las gemas por una zona frutal.

El sol se filtraba entre las ramas, el aire olía dulce, y los insectos zumbaban perezosamente.

Caminábamos sin prisa, aunque…

la verdad, ya se me había olvidado por qué estábamos allí.

¿A qué vinimos, chicas?

pregunté, rascándome la cabeza con una gota de sudor bajándome por la frente.

Perla, totalmente concentrada, iba al frente del grupo hablando emocionada sobre la antigua guerra de las gemas.

Su tono era tan apasionado que parecía estar dándonos una conferencia, no caminando por un huerto.

Amatista, en cambio, caminaba detrás de ella masticando algo metálico.

Estamos en la zona de guerra, y venimos por armas respondió sin levantar mucho la vista, con la boca llena.

No quise preguntar de dónde había sacado ese motor de auto que estaba comiendo.

De hecho, preferí no hacerlo.

¿Te gusta eso?

le pregunté con curiosidad, viendo cómo daba otro mordisco.

Tiene un sabor único contestó simplemente, como si hablara de una manzana.

Suspiré y volví mi mirada hacia Garnet, que caminaba en silencio como siempre.

¿Y tú?

Bueno, más bien…

¿todas?

¿Por qué necesitan armas?

Ya tienen las suyas, ¿no?

pregunté levantando mi escudo por instinto.

Garnet se limitó a ajustar sus gafas y decir con calma: Quién sabe cuándo las necesitaremos.

Me quedé en silencio, procesando eso.

En mi mente pasaron imágenes de todos los incidentes que habíamos tenido, desde babosas de piedra hasta templos colapsando.

Juraría por mi gema que, en todos esos casos, nunca vi que usaran las armas que recolectaban.

Así que solo suspiré y murmuré: Bueno…

si lo dicen ustedes.

Y seguimos caminando, entre los árboles frutales, mientras Perla seguía narrando historias de guerras antiguas y Amatista buscaba algo más que morder.

El día apenas comenzaba, y como siempre, sentía que algo raro estaba por pasar.

Garnet agarró un hacha de guerra con la misma calma con la que uno escoge una herramienta de cocina.

Steven la miró y, con una gota de sudor, pensó que parecía un poco grande para cualquiera.

Garnet negó con la cabeza y aseguró que para ella era perfecta.

Amatista, aburrida, simplemente tomó lo primero que encontró y siguió masticando como si fuera un aperitivo.

Perla, en cambio, no sabía qué elegir; su rostro mostraba una concentración absoluta, como si cada arma fuese un enigma que debía resolverse.

A lo lejos distinguí una maza rosa que me resultó extrañamente familiar.

Con una mezcla de incredulidad y esperanza comenté que parecía que León estaba por allí.

Sin esperar respuesta, fui directo hacia donde él escarbaba.

Al acercarme vi con asombro una funda de espada que conocía bien: era la de la espada de mi madre.

Sentí un latido en el pecho; qué suerte, pensé mientras observaba a León con ojos brillantes.

Él me devolvió la mirada, tranquilo como siempre.

Antes de que pudiera hacer o decir nada, Perla vio la funda.

Sus ojos se iluminaron con una fanática emoción y, en un arrebato, corrió hacia mí y me arrebató la funda de las manos.

Me eché hacia atrás tres pasos, sorprendido, y le dije que si la quería solo me la habría pedido.

La escena quedó suspendida unos segundos: Perla con la funda abrazada al pecho, Amatista con algo metálico aún en la boca, Garnet examinando su hacha como si evaluara su siguiente movimiento, y yo tratando de recomponer el gesto entre la sonrisa y la molestia.

La mañana seguía su curso, y la sensación de que algo más iba a ocurrir se pegaba al aire como humedad.

¡Es la espada de tu madre!

exclamó Perla con una emoción tan pura que casi parecía temblar.

¿La espada?

pregunté confundido, observando lo que claramente era solo una funda.

Digo…

corrigió rápidamente Perla, recompuesta pero aún emocionada, la funda de la espada de Rose.

Se había perdido en la guerra…

pero tú la encontraste.

Me miró con admiración, con esa mezcla de nostalgia y devoción que siempre mostraba al hablar de mi madre.

No me mires a mí, ¿sabes?

respondí algo incómodo, señalando a León.

Míralo a él, fue quien la encontró.

Perla giró la cabeza hacia León con intención de agradecerle, pero el león rosado soltó un gruñido bajo y severo, casi con desprecio.

¿Eh?

pensé en voz alta.

¿En qué momento se hicieron enemigos?

Perla desvió la mirada, fingiendo no darle importancia, y regresó a mí para empezar una de sus largas explicaciones llenas de entusiasmo.

Hablaba de historia, de batallas y de honor, con tanta pasión que no notaba que yo estaba cada vez más distraído.

Amatista y Garnet intercambiaron una mirada silenciosa, una de esas miradas que decían más que cualquier palabra: pobre Steven.

Yo solo suspiré, dejando que Perla hablara sin interrumpirla.

Mientras tanto, León se acercó y caminó a mi lado con pasos firmes.

¿Me llevas?

le pregunté, rascando suavemente su melena.

El león se agachó sin emitir sonido alguno.

Sonreí, subí a su espalda y me recosté en su melena suave y tibia, sintiendo la calma que siempre me daba estar con él.

La voz de Perla seguía de fondo, narrando con solemnidad: Bueno, Steven…

tu madre fue un gran apoyo durante la guerra.

Alguien que dio su vida o su gema por lo que creía.

Fue quien lideró a las gemas rebeldes contra el planeta madre.

Las gemas que vivían allí lo hacían bajo una opresión constante, siguiendo órdenes sin rechistar.

Bueno…

eso dicen las malas lenguas.

Ninguna gema era realmente feliz bajo el mando de las Diamantes.

Levanté la vista al oír ese nombre.

Era la primera vez que alguien lo mencionaba frente a mí.

Perla lo notó de inmediato.

Se tensó, tragó saliva y, con una gota de sudor bajándole por la mejilla, intentó seguir hablando rápidamente, como si así pudiera evitar las preguntas.

Hija de la mandarina, pensó Steven mirando a Perla con cara de fastidio.

Me dejas con la duda bien insana y ahora haces como si nada hubiera pasado…

genial.

Suspiró, soltando el aire por la nariz.

Bueno, saliendo del tema, ni cuenta me di de en qué momento llegamos a la casa.

Steven, dijo Perla con un tono suave, casi solemne, creo que es momento de que te lleve a un lado.

…

¿Lado de qué?, preguntó Steven, arqueando una ceja.

Es algo de tu madre, aunque ahora es tuyo, respondió Perla, con una sonrisa de oreja a oreja.

Steven la miró con expresión plana.

Eres muy fanática, dijo sin pensar.

¿Eh?, Perla parpadeó, saliendo de sus ensoñaciones.

Una gota de sudor rodó por su mejilla.

Se me fue…

bueno, qué más da.

Ven, sígueme.

Sin esperar respuesta, caminó hacia el portal con la emoción de quien está a punto de abrir un cofre sagrado.

Ven, Steven, te llevaré al legado de tu madre.

Steven no respondió.

Solo la miró en silencio, con esa mezcla de resignación y curiosidad que ya era costumbre.

Dio un paso al frente y dejó que el portal lo envolviera junto a ella, mientras detrás de ambos León se quedaba tranquilo…

hasta que empezó a romper los muebles del hogar sin ningún tipo de remordimiento.

El portal los llevó a una zona rocosa, amplia y árida.

El viento soplaba con fuerza, levantando polvo y pequeños fragmentos de piedra.

Steven miró alrededor con cara de aburrimiento.

¿Y aquí qué?

¿Cuál es el gran secreto?

Porque, sinceramente, solo viendo esto ya me quiero volver, pensó con tono sarcástico.

Perla, si lo notó, decidió ignorarlo por completo.

Oh, Steven, mi pequeño niño, aquí no es.

Esto solo es para acortar camino.

En breve lo que tenemos que hacer es subir hasta la cima de esa montaña, correr unos diez kilómetros, bajar tres acantilados y después atravesar tres cascadas mientras caminamos sobre una zona de agua.

¿Te parece?, dijo sonriendo con un brillo en los ojos que rozaba lo inquietante.

Steven se quedó en silencio unos segundos, mirándola fijamente.

Por qué siento que tú estás más emocionada por este camino tan largo que yo, murmuró finalmente, mientras Perla ya empezaba a caminar con paso firme, como si se tratara de una peregrinación sagrada.

Él solo suspiró y la siguió con las manos en los bolsillos, pensando que con Perla, la aventura siempre terminaba siendo más extraña de lo que esperaba.

Perla, llena de emoción, corrió hacia el muro de la montaña y empezó a escalar con una destreza casi obsesiva, como si cada roca que tocaba fuera parte de un ritual sagrado.

Sus movimientos eran rápidos y precisos, pero su expresión era la de alguien que estaba viviendo un sueño.

Steven, que apenas levantaba las cejas, la miró con una mezcla de resignación y confusión.

¿Eh?

¿Por qué simplemente no saltas?, pensó mientras la observaba trepar como si estuviera escalando el templo de su ídolo.

Sin mucha emoción, empezó a dar saltos cortos y firmes, subiendo poco a poco hasta llegar a la cima sin apenas esfuerzo.

Al asomarse hacia abajo, miró a Perla, que aún escalaba con la cara iluminada de fanática.

Dios mío…

¿qué hizo mi madre para que Perla estuviera así?, pensó Steven, viendo esa expresión de devoción casi desbordada.

La gema de su ombligo dio un brillo tenue, como un destello de pesar.

Steven la miró, ladeando la cabeza.

¿Qué?

¿Ahora también te pones sentimental?, murmuró en voz baja.

Mírala, la dejaste tonta, añadió con un tono casi cómplice, como si le hablara a alguien invisible.

La gema volvió a brillar suavemente.

Steven siguió hablando con ella, aun sabiendo que era su imaginación, su forma de llenar los huecos de un pasado que apenas entendía.

Pero en ese instante, mientras Perla subía fascinada y el brillo de la gema lo acompañaba, sintió que esa “imaginación” era la única con la que podía desahogarse de verdad.

Así, Perla llegaría con mocos en la nariz, tomada por la emoción y el cansancio, pero sin perder ni un gramo de energía.

Apenas alcanzó la cima, agarró la mano de Steven y comenzó a correr sin descanso.

Cruzaron rocas, saltaron grietas y esquivaron ramas, mientras Steven sudaba a mares, jadeando y soltando maldiciones a medio camino.

Entre resbalones, tropezones y gruñidos, llegó a pensar que su madre diamante se estaría riendo desde algún rincón del universo por hacerlo pasar por todo eso.

Tras una larga travesía llena de obstáculos y esfuerzo, los dos llegaron finalmente a la zona que Perla había prometido con tanto entusiasmo.

Steven, cubierto de polvo y con el cabello pegado a la frente por el sudor, apenas levantó la vista cuando Perla, con voz temblorosa de emoción, exclamó entre tartamudeos y respiraciones agitadas: Mira, Steven, esta es la zona de armas de tu madre.

Esta…

esta…

esta zona es…

es tuya.

Steven alzó una ceja, mirando a su alrededor.

La “zona de armas” resultó ser la misma cueva a la que habían llegado días atrás con León.

Mismo aire pesado, mismas paredes cubiertas de gemas incrustadas y la misma sensación de humedad y eco.

No había nada nuevo, nada impresionante.

Solo un lugar que ya conocía.

Su mirada se cruzó con la de Perla, que seguía observando el lugar con devoción como si fuera un templo sagrado.

Steven soltó un suspiro profundo, entre frustrado y agotado, y pensó que todo ese recorrido épico bien podría haberse evitado si simplemente hubieran venido con León desde el principio.

Ya estuve aquí, diría Steven secamente, cruzándose de brazos mientras observaba la cueva con evidente desinterés.

Perla lo miró, parpadeando varias veces, sin comprender lo que acababa de escuchar.

Eh…

¿cómo?

Eso es imposible, tartamudeó confundida.

Solo tu madre y yo conocemos este lugar.

Mi madre, tú…

y León, respondió Steven con tono tranquilo, pero con una media sonrisa que solo aumentó la confusión de Perla.

¿León?

repitió ella, inclinando la cabeza como si acabara de oír una locura.

Debes estar confundido, Steven.

Aquí solo tu madre y yo hemos estado.

¿Qué va a saber un león totalmente random de este sitio?

Steven permaneció en silencio unos segundos, mirándola fijamente con una mezcla de ironía y paciencia.

Entonces, con una sonrisa pícara, dio un paso adelante y señaló hacia la plataforma de piedra.

Entonces, si León no me trajo aquí, ven, sígueme, dijo con un tono desafiante, mientras comenzaba a caminar con seguridad hacia el centro del lugar.

Perla, insegura y aún tratando de procesar lo que oía, lo siguió sin cuestionar más, aunque en su interior una ligera duda empezaba a formarse.

Fin capitulo 25.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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