Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 16

  1. Inicio
  2. Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga
  3. Capítulo 16 - 16 Capitulo 16 Una perla rota
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

16: Capitulo 16: Una perla rota.

16: Capitulo 16: Una perla rota.

Toda la zona se iluminó con un resplandor rosado que recorrió las paredes como si el lugar hubiera despertado de un largo sueño.

En medio del salón, una mano de piedra emergió lentamente desde una pequeña torre, alzándose con solemnidad.

Steven se mantuvo tranquilo, observando todo como si aquello fuera algo completamente normal, mientras Perla, con los ojos brillando de emoción, apenas podía contener su asombro.

Steven la miró de reojo, con una mezcla de curiosidad y resignación, antes de avanzar hacia la torre.

Colocó su mano directamente sobre la superficie brillante, y el silencio llenó la cueva.

Por unos segundos, ambos se quedaron quietos, expectantes.

Eh…

dijo Perla mirando a Steven, su voz temblando un poco.

Tu madre…

solo podía hacer aparecer cosas con esto.

Bien dicho, respondió Steven con una ligera sonrisa.

Mi madre.

Yo no soy ella.

Perla frunció el ceño, primero con una expresión fría, pero luego su rostro se tornó en confusión.

Entonces…

¿cómo funciona contigo?

Así se hace, murmuró Steven llevándose una mano al abdomen, justo donde brillaba su gema.

En ese instante, el suelo tembló y varias columnas de luz se alzaron, revelando un conjunto de armaduras relucientes.

Las armaduras…

susurró Perla, maravillada, mientras avanzaba lentamente para contemplarlas más de cerca.

Aquí también, comentó Steven distraído, rascándose la nariz.

Aunque luego bajó la mirada con cierta incomodidad.

Que pena, pensó para sí, ya que tocar partes de su cuerpo parecía ser la clave para activar cosas aquí.

No sabía si sentirse poderoso o incómodo.

Vaya, exclamó Perla mientras examinaba varias espadas que se materializaban alrededor.

Estaba revisando cada una con una precisión casi obsesiva.

¿Qué buscas?

preguntó Steven, cruzándose de brazos.

Busco la espada de tu madre, respondió ella sin apartar la vista de las armas.

Steven solo suspiró.

En su mente, estaba maldiciendo silenciosamente a todas las gemas del universo y a las que aún no existían.

En algún lugar lejano del espacio, una Peridot sintió un escalofrío inexplicable mientras analizaba una pantalla holográfica.

¿Por qué siento que alguien me acaba de maldecir?

murmuró mientras tecleaba con indiferencia.

Bah, de todos modos.

Veamos…

mi próxima misión es…

¿Cluster?

Hmm, suena interesante.

Aunque será mejor reunir más información antes.

Sabes —dijo Steven mirando a Perla con calma—, creo que es una espada rosa, ¿no?

Perla lo observó confundida, tratando de seguirle el ritmo a sus palabras.

Sí…

es rosa —respondió lentamente—, pero…

¿por qué lo preguntas?

Steven ladeó la cabeza, rascándose la nuca con aire despreocupado.

Porque la tiene León, dijo con voz seca.

Perla se quedó congelada.

¿Eh?

Su mirada pasó del chico al aire, del aire a las espadas, y luego de nuevo a Steven.

¿Cómo que lo tiene León?

—preguntó con un tono entre incrédulo y alarmado—.

Debería estar aquí, este es el lugar donde Rose guardaba todas sus armas.

Steven se encogió de hombros, como si no viera el problema.

Bueno, supongo que ese “león cualquiera”, como tú dices, tiene la espada.

Perla se quedó en silencio por unos segundos.

Su ojo comenzó a temblar ligeramente.

¿Un…

león cualquiera…

tiene la espada de Rose?

—repitió con voz baja, casi temblorosa—.

Eso…

eso no puede ser.

Ella me dijo que estaba aquí…

o…

eso recuerdo.

Steven la miró con una mezcla de confusión y diversión.

Bueno, tal vez el león resultó ser más confiable que tú, pensó sin decirlo en voz alta, viendo cómo Perla parecía debatirse entre la incredulidad, la nostalgia y un toque de histeria contenida.

O simplemente tenía sus secretos, como todos, pensó Steven en silencio mientras veía a Perla, que todavía parecía debatirse entre la nostalgia y la confusión.

Bueno dijo Steven dando un par de palmadas para romper la tensión, vamos por León.

Quiero ver si esa funda queda bien, ¿sabes?

comentó mientras se dirigía a la salida de la cueva con desgano.

¿En serio tenemos que volver por todo ese camino?

Dios mío…

vámonos antes de que aparezca una babosa de diamante o algo así.

Así, los dos regresaron a la casa.

El portal los envolvió en un destello y, en un segundo, estaban de nuevo en la sala.

En casa…

suspiró Steven con alivio, soltando todo el aire de golpe.

Literalmente nos encontramos una maldita gema babosa de diamante, ¿qué clase de suerte es esa?

murmuró mientras caminaba lentamente, exhausto, con la ropa toda destrozada.

Umgh…

murmuró Perla con la voz temblorosa.

¿Eh?

Steven la miró y notó que Perla no le respondía, sino que estaba mirando fijamente a León con una mezcla de expectación, nervios y temor.

Ah, sí…

dijo Steven, acercándose a León con calma.

En ese momento, Amatista y Garnet salieron de su cuarto.

Ambas se quedaron viendo cómo Perla no le quitaba la vista de encima al león, como si estuviera frente a un secreto prohibido.

León, ¿me dejas entrar?

preguntó Steven con una sonrisa tranquila.

León lo miró confundido, ladeó la cabeza y luego lo miró más confundido todavía.

¿Y esa cara?

preguntó Steven con tono burlón.

¿Cómo sé que tienes ese poder?

Magia añadió con una sonrisa pícara.

León resopló, resignado, y alzó su melena hacia Steven.

Al tocarla, esta comenzó a brillar con un resplandor suave.

Nos vemos en dos minutos.

Si no vuelvo, es porque morí —bromeó Steven con una sonrisa antes de desaparecer en la melena brillante.

¿No morirá, cierto?

preguntó Amatista con una gota de sudor en la frente.

Puede ser respondió Garnet ajustándose las gafas con calma, como si no le preocupara en absoluto.

¿Eh?

dijeron Perla y Amatista al mismo tiempo, alarmadas.

Ambas corrieron hacia León y empezaron a sacudirlo desesperadas, intentando que expulsara a Steven.

Steven había salido del interior de la melena de León con la espada en la mano, respirando agitado y con una gota de sudor recorriéndole la frente.

La escena frente a él era tan absurda como cotidiana: León estaba prácticamente inmovilizado entre Perla y Amatista, que lo sacudían sin descanso mientras Garnet observaba todo con su habitual calma, como si aquello no fuera nada nuevo.

Al verlo salir, Garnet simplemente levantó un pulgar, luego miró la espada y levantó dos, en un gesto que decía más que cualquier palabra.

Steven soltó una pequeña risa cansada y murmuró para sí mismo que su madre era toda una luchona.

Cuando al fin Perla se percató de su presencia, se quedó inmóvil, con los ojos fijos en la hoja rosada que Steven sostenía.

Su rostro, normalmente tan sereno y preciso, se descompuso en asombro y nostalgia.

Balbuceó que esa era, esa era…

la espada de su am…

y se detuvo abruptamente, corrigiéndose con torpeza para decir que era la espada de su madre.

Steven, Amatista y Garnet se miraron entre sí en silencio, como si hubieran escuchado demasiado.

Steven, en su mente, decidió hacer como que no había oído nada, manteniendo su rostro completamente inexpresivo.

Perla, sin embargo, parecía haber olvidado a todos los presentes.

Tocaba la espada con delicadeza, como si se tratara de un diamante sagrado, forjado no por manos comunes, sino por veinte enanitos gigantes trabajando al unísono.

La devoción en su mirada era evidente, y la mezcla de respeto y emoción que emanaba de ella hacía que la habitación entera se sintiera distinta, como si la presencia del arma trajera de vuelta un pedazo del pasado.

Steven la miró y pensó con un dejo de ironía que sí, eran tremendos ejemplos, y que de alguna manera aquella espada parecía más importante para Perla de lo que él había imaginado.

Steven la miraba en silencio, con la espada aún en la mano y el sudor pegándosele a la frente.

La pregunta de Perla flotaba en el aire como una acusación.

¿Por qué estaba la espada en un león?

¿Por qué no en el lugar que le correspondía?

Su voz temblaba, cargada de frustración y rabia contenida.

Él tragó saliva y respiró hondo antes de responder con calma, aunque por dentro también estaba confundido.

Decía que había muchas cosas de su madre, demasiadas, y que ni él mismo comprendía todo.

Miró a León, que tras sentir su mirada simplemente se sentó en un mueble, como si olvidara que hacía apenas un momento Perla y Amatista casi lo fusilaban.

Perla, sin embargo, no se detenía.

Su voz se volvió cada vez más aguda, más rota.

Decía que su madre nunca le había tenido secretos, que siempre le contaba todo.

Era su mejor amiga, su todo.

Perla despotricaba, casi sin aire, insistiendo en que la había conocido antes que ellos, que le había confiado sus problemas, sus virtudes, todos sus secretos.

Steven sintió cómo algo se le encogía en el pecho al verla así.

La imagen de Perla, normalmente tan firme, se desmoronaba frente a él.

Con una voz tranquila y pausada, casi en un susurro, le dijo que todos tenían secretos.

Garnet tenía secretos, Amatista tenía secretos, él tenía secretos, incluso ella tenía secretos.

No podemos contarlo todo a alguien, explicó con suavidad.

Si no, ¿qué quedaría para nosotros mismos?

Perla lo miró con los ojos encendidos, temblando de ira.

Gritó, Tu no sabes nada, no la conociste, tu.., tu no eres ella.

Su voz se quebró en furia y con un puñetazo golpeó la pared.

El cuadro de su madre se desprendió del clavo y cayó, pero Garnet, sin apartar su expresión imperturbable, lo atrapó antes de que se rompiera.

La habitación quedó en un silencio denso, cargado de palabras no dichas y recuerdos que parecían demasiado pesados para sostenerlos.

Me quedé paralizado, el aire se me atascó en la garganta.

¿Esto fue lo que vivió el Steven original?

¿Cómo demonios soportó algo así?

Sentí el pecho apretarse, un vacío enorme expandiéndose dentro de mí.

Si a mí me dolió tanto escucharlo, no podía imaginar lo que debió sentir él, ese chico que siempre trataba de sonreír aunque el mundo se le cayera encima, un crío que solo quería entender por qué todo a su alrededor parecía tan roto.

Perla se dio cuenta de lo que había dicho.

Sus ojos se abrieron, el temblor recorrió su cuerpo y, sin pensarlo, corrió hacia el portal.

Esper— Perla, grité con la voz quebrada, pero antes de que pudiera terminar la palabra, ella ya había desaparecido entre el resplandor.

El sonido del portal cerrándose fue lo único que quedó.

Me quedé allí, con la mano extendida hacia el vacío, temblando.

Amatista no dijo nada.

Su expresión lo decía todo: no había palabras que arreglaran lo que acababa de pasar.

Sabía que Perla me había dicho de todo, me había echado en cara cosas que ni siquiera eran mías, cosas que pertenecían a otra persona, a un pasado en el que yo ni siquiera existía.

Garnet permanecía en silencio, aunque en su mirada se notaba que entendía algo que yo aún no comprendía.

Steven, dijo finalmente con una voz tranquila pero firme.

La miré, aún con la garganta seca.

Sí.

Ve por ella, sabes qué decir.

La observé unos segundos, intentando procesarlo.

¿Crees que quiera verme?, pregunté con la voz baja, dudando.

…

…

…

Posiblemente no, respondió sin alterar su tono.

Pero tienes una oportunidad de hablar.

Algo es algo.

Déjala que se desahogue.

Solo tú puedes hacerlo.

Si vamos una de nosotras, no será tan efectivo como si vas tú.

La miré unos segundos y solté una risita leve, cansada.

Hasta parece que ves el futuro o los posibles futuros.

Garnet se tensó un instante, apenas perceptible, antes de volver a su calma habitual mientras colocaba el cuadro de mi madre otra vez en la pared.

Puede ser, dijo simplemente.

Quién sabe.

Y por un momento, esa simple respuesta me dio el impulso que necesitaba para salir tras Perla.

León, me llevas, pidió Steven con una sonrisa.

León se levantó sin chistar, como si entendiera exactamente lo que decía.

Vamos, León, hacia las islas lejanas, añadió Steven, aunque al instante se preguntó en voz baja dónde estaría Perla.

León lo miró confundido un segundo y luego abrió el portal propio, uno de esos resplandores que parecía brotar de su melena.

Amatista parpadeó, incrédula.

Desde cuándo el león puede crear portales, preguntó sin ocultar la sorpresa.

No sé, contestó Garnet con calma, como si aquello no fuera peor que cualquier día normal.

Amatista se encogió de hombros y dejó la pregunta en el aire.

El portal los tragó y Steven llegó a una zona de flores que le quitó el aliento.

Qué bonita, musitó al ver un mar de rosas y otras flores brillantes que flotaban sobre pequeñas islas.

Al frente, Perla corría entre los pétalos; Steven apretó la mano en sus bolsillos, pidió a León que se quedara atrás y echó a correr tras ella.

Perla iba desesperada, gritando que la dejara en paz y desviándose por senderos imposibles.

Steven la llamaba con la voz recortada: Perla, Perla, ven, por favor.

Ella no respondía, solo repetía que quería quedarse sola.

Garnet, con un tono entre amenaza y dije: Si no me das algo por esto, juro que averiguaré cómo entrar a tu cuarto y dejaré libres a las gemas.

Garnet solo estornudó en señal de indiferencia.

Salud, dijo Amatista rápida; gracias, añadió garnet.

Ambos corrían ahora por tierras flotantes, pequeñas porciones de roca cubiertas de musgo y flores que se suspendían en el vacío.

De dónde habían salido esas islas, se preguntó Steven con una gota de sudor en la sien; todo el mundo parecía normalizar lo imposible aquí.

Avanzó entre pétalos y brumas, decidido a alcanzarla.

Tenía una oportunidad, pensó, y no la dejaría escapar.

Perla estaba en la zona de la última piedra flotante.

Perla…, dije en voz baja, hablándole.

Ella solo estaba acostada en la hierba.

Bueno, parece que es lo mismo que el original, pensé con una ceja levantada.

Qué casualidad.

Solo unos pequeños detalles, pero parece que me olvido de algo.

Rápidamente corrí hacia Perla y de un salto llegué a la piedra flotante.

Cuando ya casi iba a alcanzarla, su mirada me dejó helado.

Eh…, murmuré perdiendo la concentración.

La ma…

¡mierdaaa!, grité mientras caía.

Esto era lo que se me había olvidado.

Rápidamente me agarré a unas ramas que salían de la tierra flotante y así evité por poco una muerte segura.

Miré hacia arriba y vi cómo Perla solo me observaba y luego se metía de nuevo en la tierra.

Qué cojones, dije con furia.

¿Esto era la mejor opción?, pensé recordando lo que me dijo Garnet.

Así, agarrándome, hice algo que solo hacía en juegos.

Invoqué mi escudo, lo puse como plataforma y salté.

¿Cómo lo hice?

Magia.

Steven llegó arriba y su furia desapareció.

Miró a Perla, la cual estaba con la espada de su madre, agarrándola como si fuera a desaparecer.

Lo recuerdas, ¿no?

Estábamos aquí.

Steven permaneció en silencio.

En la guerra, me dijiste que siempre estarías para mí, que yo era irreemplazable, alguien a tu lado, un igual…, dijo Perla con tristeza.

A veces pienso si ella puede verme a través de tus ojos.

¿Estará decepcionada de mí?, ¿o simplemente ya me dejó de lado como me dejó hace trece años?, preguntó con la voz rota.

Steven caminó a su lado.

Sus pensamientos se habían ido.

Solo estaban ella y él.

Se sentó detrás de ella.

Perla se tensó, pensando que él iba a insultarla, golpearla o lo que fuera, pero simplemente la abrazó.

Perla quedó en silencio.

Sabes, Perla, siempre piensas en mi madre.

Aunque muchas veces ustedes me dicen lo increíble que fue, lo dudo al verte así.

Ella ya no está, no tienes sus expectativas.

Si quieres que alguien te tenga en confianza, ese seré yo.

Quiero que estés a mi lado, por favor, dijo Steven abrazándola aún más fuerte.

Perla quedó en shock.

Todo lo que esperaba no era eso.

Y lloró.

Lloró y abrazó a Steven como si fuera una niña perdida.

Steven dejó que se desahogara.

Tranquila, ¿sí?

Eres buena.

Eres…

eres una madre buena, dijo acariciando su cabeza.

Así, Steven tuvo su primera redención gracias a que su madre dejó a una Perla traumada.

Y esto no será lo único que su madre le dejó de regalito.

Fin del capítulo 15.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Acerca de
  • Inicio
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo