Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 17
- Inicio
- Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga
- Capítulo 17 - 17 Capitulo 17 Un espejo
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
17: Capitulo 17: Un espejo.
17: Capitulo 17: Un espejo.
Habían pasado varios días desde que todo comenzó, y últimamente me encontraba hablando más de lo acostumbrado con Perla.
Era curioso, porque cada conversación con ella me relajaba un poco más.
Sentía que poco a poco dejaba de mirarme como la sombra de mi madre, y vaya que se lo agradecía.
Era como quitarme de encima ese espejo constante que no pedí.
También había estado entrenando; nada fuera de lo normal, pero sí con más disciplina.
Recuerdo que una vez fuimos con las chicas al Palacio de la Arena Celestial —o algo así se llamaba, ni yo me acuerdo bien—.
El lugar parecía sacado de una postal interdimensional.
Estaba todo tranquilo hasta que Perla comenzó a pelear con un holograma.
Al principio me pareció normal, porque bueno, es Perla, pero de repente el holograma la atravesó como si nada.
No voy a mentir, casi se me sale el alma del susto.
No todos los días ves a alguien que consideras familia siendo atravesado por su propia arma.
Sí, ya sé lo que piensas: ¿cómo no iba a recordar que pueden regenerarse?
Pues no lo recordé, porque tengo mil pensamientos diarios y mi cerebro no es precisamente un disco duro con almacenamiento infinito.
Me quedé mirándola y hasta me puse un dedo en la sien, diciéndome a mí mismo que pusiera orden en mi cabeza.
Ponte las pilas, cerebro, ponte las pilas.
Pasando por alto ese pequeño infarto, debo admitir que después de regenerarse volvió más reluciente que antes, casi como una lámpara recién pulida.
Pero ese no era el tema.
Después de todo el espectáculo, las gemas se dignaron a darme una explicación.
Obviamente no me contaron ni por asomo todo lo que sabían.
Sobre las Diamantes, por ejemplo, ni una palabra.
Nada de cómo eran unas colonizadoras espaciales ni de sus verdaderos planes.
Solo me dijeron algo que ya sabía: que eran gemas del espacio, que podían fusionarse y que habían hecho una guerra con su propia especie.
Vaya explicación, ¿eh?
Tremenda revelación…
digna de un folleto turístico.
Al final, me quedé con la sensación de que tenía que buscar yo mismo la información.
Así al menos podría tener una base de conocimiento para entender mejor a las gemas y no andar como turista perdido en un museo alienígena.
Algo que debo resaltar, y que honestamente me hace sentir bastante orgulloso, es que tengo poderes curativos.
Sí, lo sé, suena impresionante, y lo es.
Gracias a eso logré ayudar a Connie.
Ahora ya no está choca, y eso que me burlé de ella muchas veces por sus lentes.
Solía llamarla cuatro ojos, pero ahora solo puedo decirle cuatro y medio, porque le quité los cristales.
Ella, por supuesto, me agradeció con una mezcla entre gratitud y molestia, frunciendo los labios de una forma tan graciosa que terminé riéndome aún más.
Fue imposible tomarme el momento en serio.
Después de eso volví con las chicas, pensando que el día ya había tenido suficiente rareza por sí solo.
Pero claro, debía olvidarme de que con ellas nunca hay un día tranquilo.
Cuando regresé, me dieron un espejo.
En el momento no le di mucha importancia; pensé que era uno de esos objetos raros que Perla guarda por puro gusto.
Sin embargo, cuando me dijo que buscara algo en específico dentro de él, las cosas cambiaron.
Me quedé mirando el reflejo, intentando entender de qué hablaba, hasta que me di cuenta de lo que tenía frente a mí.
Era la gema Lapislázuli.
O tal vez Lazuli Lápiz…
o Gema de Laluli…
bueno, como se llame, mi pronunciación no es precisamente de experto.
Me quedé en silencio, procesando el hecho de que tenía literalmente una gema poderosa en mis manos.
No todos los días alguien te entrega semejante cosa como si fuera un suvenir.
Por un momento no supe qué hacer.
Y claro, mi cerebro hizo lo que mejor sabe hacer en situaciones así: nada útil.
Así que simplemente hice lo más razonable que se me ocurrió en ese instante, hablarle al espejo como un completo idiota, como si fuera una persona.
No sé si esperaba que me respondiera o que me lanzara un rayo láser, pero ahí estaba yo, saludando mi propio reflejo con una sonrisa nerviosa y cero dignidad.
Bueno, como te decía, espejo, murmuraba mientras caminaba por la playa con las olas acariciando sus pies descalzos.
Si hacemos que dos más tres sean seis, entonces las matemáticas tendrían un camino totalmente nuevo.
Imagina, los números imaginarios ya no tendrían que ser imaginarios.
X podría ser cualquiera y a la vez nada.
En serio, ¿por qué no puedo poner en un examen que la respuesta es X?
Si el maestro me califica con una X, eso significa que adiviné, ¿no?
Y si adiviné, entonces debería tener un diez.
Así de simple.
Siguió caminando, con el espejo bajo el brazo y una expresión tan concentrada que cualquiera habría pensado que estaba resolviendo los misterios del universo.
Se acercó al puesto de papas fritas, donde un rostro familiar lo recibió.
Oh, hola Peedee, saludó con una sonrisa amplia.
Hola, Steven, respondió el chico, acostumbrado ya a sus visitas constantes.
¿Lo de siempre?
Por supuesto, contestó mientras se frotaba las manos como quien está a punto de recibir un tesoro.
Gracias, Peedee.
Salúdame a Ronaldo y dile que no haga sus teorías sin mí.
El chico soltó una pequeña risa y asintió, prometiendo hacerlo.
Steven se alejó con su pedido y una sonrisa satisfecha.
Ufff, explotación infantil, pensó divertido.
No lo veía desde hace una semana.
El espejo que llevaba a su lado pareció brillar de pronto, pero él no le prestó demasiada atención.
No era la primera vez que su gema hacía algo extraño.
A veces, incluso, creía que era su propio cerebro jugándole malas pasadas, dándole algún tipo de microataque esquizofrénico versión ligera.
El sonido de un auto acercándose lo hizo detenerse.
No era tonto; sabía cuándo hacerse a un lado.
Pero entonces ocurrió algo que lo dejó helado.
Una voz suave, proveniente del espejo, repitió exactamente lo que él había dicho hacía un momento: explotación infantil, no lo veía desde hace una semana.
Steven se quedó inmóvil unos segundos.
Giró lentamente la cabeza hacia el espejo, parpadeando con incredulidad.
De todas las cosas que pudiste aprender de mí, pensó con resignación, justo aprendiste eso.
El espejo no respondió.
Solo permaneció quieto, reflejando su rostro confundido.
Al final, soltó un suspiro y se encogió de hombros.
Seguro era su mente jugándole otra broma.
Caminó hasta donde estaba su padre y le dejó unas papas, cosa que el hombre agradeció con una sonrisa genuina.
Steven le devolvió la sonrisa, sin saber que aquella voz que había escuchado no había sido producto de su imaginación.
La gema del espejo parecía sentirse bastante cómoda a su lado, observando y aprendiendo, en silencio.
El sol de la tarde se filtraba entre las nubes mientras subía la colina, con el espejo bajo el brazo.
Ese día Connie no vendría; estaba en una clase de yoga o algo por el estilo.
No le di mucha importancia, sinceramente.
Me acomodé sobre una roca, con la brisa del mar chocando suavemente contra mi rostro, y observé mi reflejo con una sonrisa de esas que solo uno puede soportar.
Sabes, espejo que todo lo ve y que obviamente reconoce que soy el más guapo de todos, dije en voz alta mientras posaba con exageración.
La vida tiene un sentido tremendo, pero me imagino que tú ya lo sabes.
Según Perla, has vivido más tiempo que ellas.
O eso entendí, porque sinceramente, no le presté mucha atención.
El espejo brilló de repente y, para mi sorpresa, reflejó palabras que había dicho antes.
Dos.
Gemas.
Son.
Malo.
Que.
Niños.
Me quedé quieto, con una ceja levantada.
¿Me lo estoy imaginando o me estás hablando?
El espejo volvió a responder con una secuencia de palabras entrecortadas.
Steve.
Gema.
Es.
Malo.
No.
Ahí fue cuando me quedé mirando el reflejo con cara de quien intenta descifrar un acertijo imposible.
O sea, ¿me estás preguntando si soy una gema o qué?
El espejo mostró un pequeño fragmento grabado de mí, como una especie de video en miniatura, donde aparecía hablando.
Joder, qué guapo me miro en este espejo, pensé con una sonrisa.
Bueno, soy una gema, pero también soy humano.
Y no cualquiera, el hijo de una loca: Rose Quartz.
¿Qué te parece eso?
El espejo no dijo nada.
Solo brilló un poco, como si procesara la información.
Bueno, no todos los días te cuentan algo así, continué.
Solo tengo trece años, pero pronto cumpliré catorce, por si me quieres regalar algo.
Le guiñé un ojo al espejo mientras giraba la vista hacia el mar.
¿Qué te parece?
Es lindo el mar, ¿no crees?
Muchas bellezas dentro de esta misma agua azul.
Sí.
Steven.
Es.
Genial.
El espejo respondió usando grabaciones mías, con un tono entre torpe y mecánico.
Me eché a reír.
Bueno, espejo, no todos los días te sacan a pasear.
Creo que no te gusta estar encerrado, ¿verdad?
No.
Gusta.
Steven.
Espejo.
No puedes responder un poco más fluido, ¿eh?
pregunté con una gota de sudor bajando por la sien.
El espejo, por supuesto, lo tomó literal y repitió grabaciones como si intentara hacerlo.
En ese momento decidí que mi esquizofrenia imaginaria ya había alcanzado su límite del día.
Caminé de vuelta a la casa con paso relajado.
Al entrar, las tres gemas estaban allí.
Saludé con una mano y con el espejo colgando del otro brazo.
Hola.
Amatista, como siempre, estaba comiendo algo que no debía.
En ese momento, una llanta de tractor.
Qué tal, viejo, murmuró con la boca llena.
No voy a preguntar de dónde sacaste eso, respondí resignado.
Mejor para mí, dijo ella con total naturalidad, tomando otra mordida de la llanta.
Perla, en cambio, me observó con brillo en los ojos.
¿Qué te parece el espejo?
Muy informativo, ¿no?
Por supuesto, contesté con una sonrisa.
Escucha muy bien y responde a todo…
aunque empiezo a sospechar que es parte de mi cabeza.
Pero entonces, el espejo volvió a emitir un brillo intenso y una voz distorsionada emergió de su superficie, entre fragmentos de grabaciones.
Steven.
Gemas.
Malas.
Niño.
Corre.
Sonido.
Megáfono.
El silencio se apoderó de la sala.
Nadie se movió.
¿Qué fue eso último?
pregunté, mirando al espejo con una gota de sudor bajando por mi mejilla.
No debería hacer eso, murmuró Perla, visiblemente confundida.
Garnet se levantó con expresión seria, sus gafas reflejando la luz del espejo.
Steven, danos ese espejo.
La miré de reojo, desconcertado.
¿Por qué?
Solo dámelo, dijo con una voz seca, avanzando hacia mí.
El espejo volvió a brillar, y en su reflejo, por un instante, juré ver algo moverse dentro.
Algo que definitivamente no era yo.
No, dije colocando el espejo detrás de mí como si fuera un escudo.
Son pocas las veces que me dan un regalo y me lo quieres quitar así nomás.
Steven, tú no entiendes, respondió Garnet avanzando.
Pues explícame, solté secamente, mirándola directo a los ojos.
No importa, eres un niño, murmuró intentando quitarme el espejo.
No lo agarres, advertí, apretando el espejo con fuerza.
Pero Garnet hizo un mal movimiento y, sin querer, terminé golpeándole la cabeza.
El silencio cayó como una roca.
Todos se quedaron mirando.
Las gafas de Garnet cayeron al suelo, y con una furia pocas veces vista me clavó la mirada.
Mierda, susurré antes de salir corriendo rápidamente hacia afuera.
Vamos, Garnet, es un niño.
No es tan malo tener un espejo, intentó calmarla Perla.
Garnet se limitó a guardar silencio unos segundos antes de decir con una calma escalofriante que ese niño estaría castigado todo lo que quedara de su existencia.
Amatista y Perla se miraron.
Vamos, chica, es un niño todavía y tiene razón, no todos los días le damos algo, y menos un espejo parlante.
¿Tiene una gema?, preguntó Amatista viendo hacia Perla.
Eh…
sí, respondió con dudas claras.
Entonces esa gema es peligrosa.
Las tres guardaron silencio.
Mi bebé, murmuró Perla antes de salir corriendo tras de mí.
Vamos, viejo, no mueras, gritó Amatista corriendo detrás de ella.
Garnet solo caminó lentamente, porque por sus visiones sabía que esto terminaría muy mal…
o mal.
Yo estaba detrás de una columna, murmurando maldiciones.
Espejito, espejito, dime por favor que tienes una solución.
Dímelo, porque si no ambos estaremos fusilados.
El espejo brilló intensamente y comenzó a emitir unas instrucciones, como si confiara en mí.
Mi plan estaba dando frutos; antes de liberar a Lápiz quería ganarme su confianza, y parece que lo logré.
Rápidamente seguí las instrucciones y arranqué la gema.
Debajo de mí aparecieron unas marcas de agua bellísimas que se desvanecieron al momento de sacar la gema.
La gema brilló, y con un resplandor hermoso una figura comenzó a formarse.
Era una chica de tono azul, su paleta de colores vibraba con un azul intenso que era agradable a la vista.
Llevaba un vestido largo desde la cintura, dejando el ombligo al aire, y una camiseta que resaltaba su figura juvenil.
La gema quedaba en su espalda, pero algo arruinaba aquella belleza: su gema estaba rota.
Quise arreglarla antes de que se llevara el agua del mar, pero antes de que pasara eso, la gema casi cayó.
Sin pensarlo fui a ayudarla.
¿Estás bien?
pregunté con genuina preocupación, olvidando por completo el plan que tenía.
Sí, muchas gracias, Steven, me liberaste.
No eres una gema, no eres como ellas, susurró con una voz rota.
Tranquila, ya estás bien, respondí con una sonrisa.
Pero algo nos interrumpió.
Una explosión en la roca donde antes estaba yo hizo retumbar el lugar.
No era nadie más que las gemas.
Steven, aléjate de la gema, dijo Garnet con furia.
Ustedes, murmuró Lápiz con enojo.
Ustedes sabían que yo estaba encarcelada en ese espejo y aun así me dejaron allí.
El mar detrás de ella comenzó a moverse, formando un gigantesco brazo de agua.
Oye, este…
¿cómo te llamas?, pregunté intentando guardar las apariencias.
Lápiz.
Lápiz Lázuli, respondió ahora mirándome con una sonrisa.
Ese cambio de carácter hizo que todos sudaran frío.
Steven, vámonos, dijo ella en voz baja.
¿A dónde?, pregunté confundido.
No recordaba esto de la serie.
A casa, susurró.
Perdóname, Lápiz, pero mi casa está aquí, respondí después de unos segundos, mirándola con una sonrisa pícara.
Eres bienvenida.
La gema solo me miró, caminó hacia el mar y, antes de quedar sumergida, dijo en un susurro que me atravesó la piel: No confíes en ellas.
Y así, la gema del mar que terraformaba planetas se fue.
Todos se quedaron en silencio.
Garnet me miró con severidad.
Estás castigado.
Si no fuera por ustedes, esto estaría más tranquilo, respondí secamente, mirando con furia a las tres.
Garnet se sorprendió por el veneno en mi voz.
De todos los futuros, este era el más tranquilo, pero mi actitud no estaba en ninguno.
Si solo hubieran escuchado antes de actuar verían que la gema estaba dañada, y encima su gema estaba rota.
Algo que, por cierto, parece ser culpa de la guerra o de ustedes.
Si no fuera por ustedes podría haber arreglado a alguien y evitado un problema mayor.
Caminé con las manos en los bolsillos al lado de ellas, que seguían paralizadas.
Nunca les había hablado así.
Y por cierto, dije viendo hacia atrás, no me busquen hoy.
Iré con mi padre.
Si me van a castigar por hacer algo bien, entonces no es necesario seguir viviendo en un lugar que solo ponen sus reglas y no cuentan con mi opinión.
Caminé hacia la camioneta.
Un silencio quedó en toda la playa.
La cagamos, ¿no?, murmuró Amatista mirando hacia mí.
Mi bebé…, susurró Perla.
Garnet brilló por un instante, pero rápidamente dejó de hacerlo.
Perla y Amatista se miraron.
Esto es serio, pensaron.
Vamos, vamos a la casa, dijo Garnet con una voz un poco ronca.
Y así, una relación se dañó por impulsos que quizá podrían arreglarse…
o quizá no.
Fin del capítulo 17.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com