Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 18

  1. Inicio
  2. Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga
  3. Capítulo 18 - 18 Capitlo 18 El mar es hermoso
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

18: Capitlo 18: El mar es hermoso.

18: Capitlo 18: El mar es hermoso.

Nota:Gracias a todos por el apoyo a esta historia.

Estoy en unas pruebas de la universidad y por eso no les traigo capítulos tan seguido como antes.

Créanme, con todo ese apoyo que me dan, me da tristeza no poder traerles un nuevo capítulo.

Sigan apoyándome, pongan sus piedras de poder y dejen sus reseñas 😀 Habían pasado tres días desde que Steven apenas cruzaba palabra con las gemas.

El ambiente en la casa era tan pesado que hasta el aire parecía tener forma.

Caminaba por la playa con los pies hundiéndose en la arena caliente, mirando el horizonte con una mezcla de culpa y curiosidad.

Sentía que todo estaba bajo control, pero al recordar la explosión, no podía evitar preguntarse qué habría pasado si él hubiese estado ahí.

Si me hubiera encontrado justo en ese punto, ¿habría explotado también?, pensaba en voz alta.

¿O solo habría quedado herido?

Podía curarse, sí, pero eso no quitaba el dolor.

Las heridas se cerraban, pero el ardor seguía ahí.

Se giró hacia Connie, que lo acompañaba en silencio.

Ella observaba la playa con una expresión rara, como si algo no encajara.

Steven, ¿por qué la playa está…

seca?

preguntó Coniie, ladeando la cabeza.

El la miró y luego volvió la vista al mar, o al menos, al lugar donde el mar solía estar.

Steven suspiró, alzando las manos al cielo.

Ah, sí, la playa.

Bueno, imagino que fue Lapis dijo encogiéndose de hombros.

Digo, pude haber evitado todo esto, pero claro, soy un niño, no entiendo nada, ¿verdad?

¡Aghhhh!

gritó, revolviéndose el cabello con frustración.

Connie solo lo observó, con esa mirada de paciencia mezclada con tristeza que usaba cuando no sabía cómo ayudarlo.

Finalmente, le acarició la cabeza suavemente, tratando de calmarlo.

Steven soltó un suspiro resignado y se dejó mimar, notando que, aunque Connie no tenía mucha experiencia con las gemas, sabía exactamente cuándo necesitaba silencio.

Entonces Steven levantó la voz.

¡León!

Desde la casa, el león rosado alzó la cabeza con un bufido.

Estaba mirando cómo las gemas discutían por enésima vez sobre el espejo, pero al escuchar el llamado de Steven, simplemente giró la melena y avanzó hacia la puerta.

Oye, León…

dijo Perla, con una gota de sudor en la frente.

No sé si me entiendes, pero Steven está allá afuera.

León la miró fijamente, como si entendiera cada palabra, y sin decir nada, caminó hasta la puerta.

Ya abro murmuró Amatista, empujando la puerta con una sonrisa cansada.

El león soltó un leve rugido de afirmación y salió, dejando atrás a las tres gemas, que se quedaron en silencio por un momento.

Garnet cruzó los brazos.

Va con Steven dijo simplemente, y aunque sonaba como una afirmación tranquila, había una leve tensión en su voz.

Mientras tanto, en la playa, Steven sonreía al ver acercarse la silueta rosada de su fiel compañero.

Sabía que vendrías, gran felino rosado dijo con tono dramático.

Ahora ven, vayamos a salvar el día…

o al menos a conseguir unas papas fritas, que ya me dio hambre.

Connie soltó una risa leve, mientras el león rugía bajito, casi como si aprobara la idea.

Steven lo montó, y mientras el viento golpeaba su rostro, no pudo evitar pensar que, aunque las cosas estuvieran patas arriba, siempre había algo de humor en medio del caos.

Connie lo miró con cierta preocupación, cruzando los brazos mientras el viento le movía el cabello.

Preguntó si en serio pensaba ir solo, y Steven, con esa sonrisa confiada que solía poner cuando no tenía idea de lo que hacía, respondió que obviamente sí.

Connie soltó un suspiro y le dijo que tal vez sería mejor esperar a las gemas, ya que ellas tenían más experiencia en ese tipo de cosas.

Steven se quedó en silencio unos segundos, mirando el suelo con una expresión que mezclaba resignación y terquedad.

Luego levantó la vista con una media sonrisa y preguntó si realmente lo creía necesario.

Connie asintió sin dudar, completamente convencida.

Steven suspiró teatralmente, bajó los hombros y dijo que estaba bien, pero que por lo menos enviaría a León a hacer algo productivo.

Se bajó del lomo del enorme felino y lo acarició detrás de la oreja.

Le pidió que fuera por unos pescados y regresara en una hora, dándole unas palmaditas como si fuera un perro obediente.

León soltó un rugido grave y poderoso, abrió un portal rosado en el aire y desapareció sin más.

Connie lo observó con los ojos muy abiertos, todavía sin entender cómo funcionaban esas cosas.

Preguntó a dónde había ido, ya que siempre le había generado curiosidad.

Steven se encogió de hombros con una gota de sudor deslizándosele por la sien.

Admitió que no tenía ni la más mínima idea, pero que mientras regresara con los pescados, no había razón para preocuparse.

Connie lo miró en silencio, entre confundida y divertida.

No sabía si admirar su tranquilidad o preocuparse por su falta total de planificación.

Steven, por su parte, solo sonrió, como si todo fuera parte de un día normal en su vida, y se dejó caer de espaldas sobre la arena seca, mirando el cielo sin la menor intención de cambiar su manera de hacer las cosas.

te quedaras solo ahi?, esperando a que el mar se vaya al espacio?, steven la miraria desde su comodo suelo, definitivamente, si ellas quieren que las ayude que es lo mas probable tendran que disculparse, osea, todavia estoy enojado sabes?, tratarme con condencendencia, no me cuentan nada y quieren que actue normal?, ni parece que han vivido a los largo de los mileneos en la tierra, osea es lo mas basico de los humanos connie: …

tienes razon, pero bueno, ven diria jalando de la mano a steven, steven seria jalado por connie hasta la casa, leon estaria al frente de la misma comiendo pescados de dudosa procedencia pero ninguno de los dos le tomaria importancia por que me llevas pregunte con una gota de sudor viendo como connie intentaria levantarme por las escaleras vamos steven, tienes que hablar con ellas, solucionar tus problemas, aghh, diria haciendo fuerza intentando levantarme, por que?, preguntaria con una ceja levantada esta desapareciendo el mar, algun otro punto mas?

steve: …

tienes un grandioso punto, crees que haga stusamis si eso cae totalmente diria seriamente connie, bueno tendre que convencer a lapiz que deje caer con cuidado el agua, asi se levantaria para caminar hacia la casa entrando mirarian a las gemas las cuales por cierto estaban totalmente fuera de control, garnet parecia en una esquina castigada, amatista estaria sin comer, algo muy preocupante y perla estaria en una pizarra con un dibujo de una nave subterranea.

El silencio en la habitación se rompió con un tímido saludo.

Hola, dije con una gota de sudor corriéndome por la frente.

Perla y Amatista me observaban con ojos brillantes, como si acabaran de descubrir el sentido de la vida.

Mejor no preguntaré, murmuraba mientras desviaba la mirada hacia la pizarra.

Pero…

¿por qué tienes una nave subterránea?

Y más importante aún, ¿cómo funcionaría eso si vamos al mar?

¿Vamos?, repitieron las tres al mismo tiempo.

Garnet me observaba desde su esquina, completamente abatida.

Pues claro, respondí encogiéndome de hombros.

Ni modo que solo vayan ustedes.

Según lo que vi, esa gema controla el mar, y el único con el que tuvo un contacto decente fui yo.

Bueno…

si consideramos decente que quisiera llevarme al espacio, al…

plantel madre.

¿Plantel?, preguntó Perla, visiblemente confundida.

Mantel, planeta…

es lo mismo, dije con total seriedad.

Connie me miró en silencio.

Todos me miraron en silencio.

Bueno, ¿vamos o qué?

La verdad, sí quiero bañarme en la playa, comenté mientras veía por la ventana la enorme columna de agua que se elevaba hasta el cielo.

Qué clase de mentalidad tan rota debe tener alguien para creer que con solo el agua del mar puede llegar a otro planeta.

Las chicas se quedaron calladas, pero alguien rompió el ambiente sombrío.

Aventura, exclamó Connie con los ojos brillando como dos estrellas.

¿No estabas nerviosa por la columna de agua?, le pregunté con tono seco.

O sea sí, pero…

es mi segunda aventura, así que vamos, dijo mientras me tomaba de la mano y tiraba de mí hacia afuera.

Las demás se miraron entre sí, se encogieron de hombros y corrieron detrás de nosotros.

Pensemos en grande, anunció Perla con una sonrisa que delataba que llevaba esperando este momento desde hace tiempo.

Podrías decirle a tu padre que traiga la camioneta.

La miré fijamente, sin decir nada.

¿Qué pasa?, preguntó ella, nerviosa ante mi expresión.

Mi padre no va, y punto, respondí con seriedad.

Tengo una idea mucho mejor que llevar una camioneta al mar.

¿Cuál?, preguntó Garnet, rompiendo su silencio sepulcral.

Solo levanté la cabeza y grité con fuerza.

¡León!

El mencionado apareció de inmediato, con un pescado en la boca, como si lo hubiera estado esperando todo el día.

Me agaché un poco y susurré a su oído.

Me echas un paro, León.

Después de esto te invito una cahuama.

León no respondió, pero se acostó pacientemente para que todos pudiéramos subir.

Suban rápido, dije mientras las ayudaba a acomodarse.

Connie y yo nos sujetamos de su melena, medio sumergidos, para no caernos.

Bien, grité con una sonrisa.

¡Vamos, León!

¡Rumbo al One Piece!

El león me miró de reojo con una expresión de puro arrepentimiento existencial, como si se preguntara qué pecado había cometido para terminar con un dueño como yo.

Luego rugió suavemente y abrió un portal frente a nosotros.

En un destello, aparecimos justo frente a la gigantesca columna de agua.

Nos bajamos uno por uno, observando con asombro.

De cerca, la estructura era aún más majestuosa, una torre líquida que reflejaba el cielo.

Le entregué mi espada a Connie, quien la tomó con los ojos brillantes.

Debes tener un arma, por si vienen los municipales, le dije con total seriedad.

¿Por qué vendrían los municipales?, preguntó, visiblemente confundida.

Uno nunca sabe, respondí mientras observaba la torre con mirada estratégica.

Avanzamos los cinco hacia la base.

El viento del mar nos golpeaba el rostro, y el sonido del agua resonaba con un tono casi místico.

Oye, Lápiz, grité.

¿Me escuchas?

Vengo a hablar contigo.

Pasaron varios segundos sin respuesta.

La torre permanecía inmóvil, ignorándonos por completo.

Nos dejó en visto, murmuró Amatista entre risas, aunque se le borró enseguida la sonrisa cuando cuatro figuras comenzaron a materializarse frente a nosotros.

Eran ellas.

Las cuatro integrantes de las Gemas de Cristal.

Tremendo, pensé, viendo la escena con una mezcla de emoción y nerviosismo.

Si esto fuera un anime, seguro habría una música de fondo épica en este momento.

¿Por qué no?, Musica de atraco dije en mi mente con emoción.

Oye, ¿nos mandaste aquí solo para hablar?, preguntó Amatista con una sonrisa nerviosa, interrumpiendo mis pensamientos.

Por supuesto que ese no era el plan.

Antes de que pudiera decir algo, su figura de agua se adelantó, desatando su látigo con una velocidad casi imperceptible que fue directo hacia ella.

La sonrisa de Amatista se borró en un instante, y con reflejos felinos activó su propio látigo, bloqueando el ataque en medio de un chasquido que hizo vibrar el aire.

Las otras gemas no tardaron en reaccionar: cada una se lanzó contra su contraparte líquida.

Perla luchaba codo a codo con su versión acuática.

No era tan fuerte como ella, pero la capacidad de regenerarse le daba una ventaja frustrante.

Cada vez que lograba golpearla, la otra se recomponía como si nada.

Garnet tenía el mismo problema.

Su fuerza era colosal, pero cada impacto se disolvía entre chorros de agua que volvían a tomar forma una y otra vez.

Mientras lanzaba golpes, Garnet sentía una presión distinta, no física sino emocional.

A veces se le olvidaba que Steven era humano…

bueno, parcialmente, pero lo suficiente como para no soportar el mismo tipo de carga que una gema milenaria.

Y sin embargo, ella lo trataba como a una igual, una gema de dos mil años que debía soportarlo todo.

Por eso estaban en este punto.

Steven había estado molesto, no solo con ellas, sino con ella especialmente.

Garnet lo sabía.

Era la líder, y debía reconocer cuando sus errores afectaban a los demás.

Pero no lo había hecho.

Y ahora sentía que Steven la odiaba, aunque en el fondo sabía que no era cierto…

o al menos eso quería creer.

Durante días lo esperó, sentada en la misma esquina, como una niña castigada.

Esperando que regresara, que hablara con ella.

Y cuando por fin lo hizo, el encuentro fue frío.

Steven llegó directo al grano, hablando solo de la misión.

Ni un saludo, ni una mirada cálida.

Eso la rompió por dentro.

Incluso Ruby y Zafiro, sus dos mitades, estaban tristes.

Ruby rara vez se dejaba ver así, y Zafiro…

bueno, ella siempre mantenía la compostura.

Pero al verlo, las dos se estremecieron.

Cuando vieron cómo Connie lo arrastraba fuera, casi pierden la fusión.

Aun así, mantuvo el control.

Caminó hacia Steven, notando que él ya tenía un plan.

Uno que no se parecía en nada al que Perla había planeado, y que ella, como líder, debería haber encabezado.

Pero se había dejado consumir por la culpa, por lo que no lo hizo.

Fue entonces cuando lo vio aparecer, montado en León, el animal de Rose.

Le sorprendió ver lo obediente que era.

Y aunque no quería admitirlo, sintió una punzada de orgullo.

A fin de cuentas, si ese león había sido de Rose, ahora estaba sirviendo a su hijo.

Todos subimos y el viaje nos llevó directo hacia la torre de agua.

Era imponente, casi intimidante.

Pero para Steven y Connie, parecía algo hermoso, majestuoso…

tan sublime como lo que representa una fusión.

Garnet no pudo evitar recordar el momento en que los ayudó a lograrlo.

Lo hizo con cariño, intentando transmitirles el significado del amor y la unión.

Pero Steven, agradecido, le había dicho con total sinceridad que los pasos eran ridículos y que no le interesaba volver a fusionarse.

Aquellas palabras la habían herido más de lo que quería aceptar.

Fue ese dolor el que la llevó a actuar impulsivamente con el espejo, igual que antes.

Y ahora, viendo los resultados, entendía que todo eso los había conducido a este instante.

El grito de Steven resonó en el aire, pero no lo tomó en serio hasta que lo vio.

Frente a ellos, cuatro figuras comenzaron a emerger del agua.

Eran ellos mismos, copias idénticas, pero hechas de líquido brillante.

Las Amatistas se enfrentaron primero, chocando látigo contra látigo.

Cada golpe era un estallido de energía y salpicaduras.

Sin embargo, Garnet notó algo: aquellas versiones no eran simples imitaciones.

Tenían fuerza, coordinación…

y se regeneraban a cada instante.

Perla también lo notó, y ambas se miraron brevemente antes de lanzarse otra vez al combate.

Garnet cerró los puños, los guantes reluciendo con energía.

Golpeó con una serie de movimientos rápidos, cada impacto resonando como un trueno.

Pero el agua simplemente se recomponía.

Una Lápiz Lazuli de primera generación, pensó.

Las recordaba del Planeta Madre: no estaban hechas para luchar, pero cuando se lo proponían, podían ser devastadoras.

Sacudió la cabeza, dejando de lado los pensamientos.

Sujetó a su copia de agua y la levantó en el aire con una fuerza monumental, para luego estrellarla contra el suelo en un suplex que hizo temblar el terreno.

El cuerpo líquido se deshizo, pero rápidamente volvió a formarse.

Ambas se lanzaron de nuevo, corriendo en direcciones opuestas, chocando con puños, patadas y cabezazos que hacían vibrar el aire.

Garnet terminó apoyándose en una roca, acumulando poder en sus brazos.

Dio un golpe tan fuerte que el impacto levantó una ola, casi disolviendo a su oponente en el acto.

Las gotas se dispersaron por el aire, brillando bajo la luz del sol como cristales diminutos.

La batalla apenas comenzaba, y Garnet sabía que esta vez no se trataba solo de vencer a una copia.

Se trataba de redimirse a sí misma, de luchar por aquello que había perdido, y de demostrar que todavía podía ser la líder que Steven necesitaba.

Las peleas se extendían como una danza descontrolada entre el agua y la luz.

Cada golpe, cada destello, se reflejaba en la superficie salada del mar que los rodeaba.

Las chicas luchaban con determinación, pero en el fondo, sus pensamientos eran similares.

Todas estaban agotadas, emocionalmente rotas, y sin embargo, decididas a proteger lo que quedaba.

Solo Amatista parecía relajada, casi divertida.

En medio del caos, reía, esquivaba y golpeaba con una sonrisa confiada.

Ella siempre había sido así, despreocupada, ligera…

y sobre todo, la única que aún trataba a Steven como su pana.

Y eso, aunque él nunca lo decía en voz alta, era algo que le gustaba.

Connie se mantenía detrás de él, espada en mano, observando con tensión la escena.

Quieta, le dijo Steven suavemente mientras extendía un brazo para protegerla.

Ella asintió sin decir palabra, sus ojos firmes, aunque su respiración delataba los nervios.

Entonces, el último ser de agua tomó forma frente a ellos.

Su silueta era idéntica a la de Steven, con el cabello flotando como si estuviera bajo el océano y una mirada vacía pero poderosa.

Ambos se observaron por varios segundos, en un silencio extraño, como si el mundo se hubiera detenido para ver qué pasaría.

Steven inclinó la cabeza con genuina sorpresa.

Qué guapo soy, murmuró con una incredulidad tan sincera que el silencio se volvió aún más profundo.

Incluso las figuras de agua que seguían combatiendo se detuvieron.

Todas lo miraban con la misma expresión, una mezcla entre desconcierto y resignación.

¿En serio?

¿Ahora mismo?

Qué, dijo él con toda la naturalidad del mundo, fingiendo que no había dicho nada fuera de lugar.

Soy guapo y fuerte, agregó haciendo un intento de marcar los tríceps.

Connie se sonrojó sin poder evitarlo, desviando la mirada, y las demás gemas simplemente se quedaron quietas, procesando la escena.

Garnet suspiró, Perla rodó los ojos, y Amatista se rió a carcajadas.

Por supuesto, Steven pasó por alto todo eso, completamente concentrado en su reflejo viviente.

Bien, dijo mirándose a sí mismo con seriedad.

Hablemos o lo que sea.

Sabes perfectamente que no llegarás a nada con el agua de aquí.

Solo te estás engañando a ti mismo.

Las figuras de agua que aún peleaban comenzaron a detenerse una a una.

Era como si esas palabras hubieran tenido peso, como si algo dentro de ellas se quebrara.

En cuestión de segundos, las copias se disolvieron, deshaciéndose con el viento.

Vaya, pensé viendo cómo una flecha de agua se formaba frente a mí, señalando hacia la gran columna que se alzaba en el horizonte.

Daba la impresión de estar esperándome.

Di un paso hacia adelante, pero Connie me tomó del brazo.

Qué pasa, pregunté al verla con una mezcla de nervios y preocupación.

Sé que no podré detenerte, eres demasiado terco, respondió con una pequeña sonrisa que se transformó pronto en seriedad.

Pero ten cuidado, ¿sí?

Recuerda que tu pa—, digo, tu padre te está esperando.

La miré durante unos segundos y, sin decir nada, levanté la mano para acariciarle la cabeza.

Vamos, Connie, hablas como si fuera a morir, dije con una sonrisa cansada.

Si ella quisiera que estuviéramos muertos, créeme, ya lo habría hecho.

La flecha de agua pareció tensarse por un instante, como si hubiera escuchado mis palabras, pero luego volvió a su forma normal, apuntando en silencio hacia su destino.

Ten cuidado, Stevo, dijo Amatista con una voz que por primera vez sonó más preocupada que bromista.

Cuídate, agregó Garnet con una expresión seria, el reflejo del agua tiñendo sus gafas de azul.

Parecía que la batalla no había sido de su agrado.

Perla, en cambio, no pudo contener las lágrimas.

Lloraba abiertamente, como si aquello fuera una despedida.

Suspiré, sintiendo una mezcla de nervios, ternura y algo más difícil de describir.

Con una gota de sudor deslizándose por mi frente y una emoción diferente palpitando en el pecho, di el primer paso dentro del agua.

La superficie se onduló, y el mundo se distorsionó frente a mí, como si me tragara una puerta líquida hacia otro universo.

Steven ascendía en silencio, sostenido por una gigantesca mano hecha de agua que lo elevaba hacia lo más alto de la columna.

El viento le golpeaba el rostro con suavidad, y durante un instante pensó en algo que había querido intentar desde hacía tiempo.

Una burbuja de oxígeno se formó alrededor de su cabeza, clara y brillante.

Sonrió satisfecho al ver que funcionaba.

Nunca se sabía cuándo podía terminar flotando en el vacío del espacio o atrapado en el fondo del mar.

Era fuerte, sí, pero no inmortal.

Qué listo que eres, Justin, pensó con orgullo.

Luego se detuvo.

Justin, ¿eh?

Hacía mucho que no se llamaba así a sí mismo, como si el nombre le perteneciera a otra versión de él mismo, una que existía antes de todo esto.

Con una pequeña risa, sacudió la cabeza y siguió subiendo.

La mano de agua lo depositó suavemente en la cima.

Frente a él, se alzaba Lápiz Lazuli.

Era más imponente de lo que recordaba, pero también más triste.

Sus ojos…

Steven se dio cuenta de que no eran como los de antes.

Eran como espejos.

Hola, dijo con una sonrisa relajada.

Lápiz lo miró, algo confundida, como si no esperara que él hablara con tanta naturalidad.

Tienes unos ojos bonitos, ¿lo sabías?, añadió para romper la tensión.

Eh…

fue todo lo que ella logró decir, una gota de sudor resbalándole por la mejilla.

Bueno, dijo Steven encogiéndose de hombros, ya que no me has mandado todavía a la luna con el agua que actualmente me tiene prisionero, pensé que podríamos hablar.

La palabra prisionero la hizo tensarse un instante, pero al ver que solo bromeaba, relajó los hombros y deshizo la burbuja de agua que lo mantenía flotando.

Lápiz se sentó a un lado, con la mirada perdida en la inmensidad del cielo.

La superficie del océano brillaba tan abajo que parecía otro mundo.

Sabes, dijo ella en voz baja, quiero regresar a mi hogar.

He estado demasiado tiempo en este planeta…

y no de una forma bonita.

Fui encerrada en un espejo por siglos, confundida con una rebelde.

No podía hablar, ni moverme, ni siquiera pensar con claridad.

Todo era silencio.

Hasta que escuché tu voz.

Su mirada subió un poco, volviendo a encontrarse con la de él.

Cuando me hablaste, me sentí libre.

Aunque seguía atrapada, me sentí fuera, como ahora.

Me hiciste sentir…

querida.

Como una gema.

O como una persona.

No sé cómo explicarlo.

La sonrisa que acompañó esas palabras fue débil, como si le costara mantenerla.

Eres único, Steven.

En estos milenios, nadie se había tomado el tiempo de hablarme.

Y eso…

eso me gustó.

Sus manos descansaban sobre las rodillas, temblorosas.

Steven no dijo nada.

A veces, las palabras no servían de mucho.

Solo se acercó y apoyó suavemente una mano en su hombro, para hacerle saber que estaba allí.

Lápiz no se tensó; simplemente lo miró con esos ojos de espejo que parecían reflejar todo y nada a la vez.

Estoy atrapada todavía, murmuró.

Es como si aún estuviera en ese espejo.

Me siento vacía…

extraño mi hogar.

Pasaron unos segundos de silencio.

¿Y qué te lo impide?, preguntó él con voz calmada.

Mi gema, respondió ella con tristeza.

Está rota desde la guerra.

Es un milagro que siga casi igual, con solo unas fisuras.

Debería haber muerto hace mucho.

Steven se quedó pensativo, observando las marcas en su pecho.

Luego sonrió con esa expresión que mezclaba ingenuidad con confianza absoluta.

Sabes, puedo curar tu gema.

Ella lo miró de inmediato, con una mezcla de sorpresa y esperanza.

Sus ojos brillaron, reflejando la luz del agua.

¿En serio?, dijo casi sin aliento.

Claro, respondió él con una sonrisa cálida.

Pero necesito que hagas algo antes de eso.

Ah, claro…

quieres algo a cambio, murmuró Lápiz, bajando la mirada, ya con un toque de tristeza en la voz.

Bueno, es solo una pequeñez, dijo Steven, rascándose la nuca y desviando la vista hacia el suelo.

Ah…

comprendió ella al instante, notando de qué se trataba.

Quiero que dejes el mar como estaba.

Si lo liberas así nada más, podría causar catástrofes tremendas.

Y no quiero muertes en mi conciencia por eso.

Lápiz lo observó con genuina confusión, casi sorprendida de la sencillez del pedido.

¿Solo eso?, preguntó finalmente.

Steven observaba cómo Lapis asentía con una mezcla de nerviosismo y resignación.

Él la miró con esa sonrisa suya que parecía decir “¿te parece fácil eso?”.

Ella tosió un poco, intentando recuperar la compostura, y luego respondió con un suspiro rendido.

Claro, dijo ella finalmente, ahora cómo hacemos, añadió dejando su gema al aire libre.

Esto te parecerá raro, murmuró Steven mientras sacaba la lengua.

Ella alcanzó a decir un “¿cómo que ra–?” antes de quedarse completamente paralizada por lo que ocurrió después.

La saliva de Steven cayó sobre su gema, y un estremecimiento recorrió todo su cuerpo.

Oye, exclamó ella con un rubor inmediato, sin entender del todo lo que acababa de pasar, aunque pronto se dio cuenta de algo extraño.

No sentía dolor.

Su gema, su esencia, estaba curada.

Lapis miró su reflejo en el agua, con sorpresa y lágrimas formándose en sus ojos.

Steven, con una expresión tranquila, la observaba mientras sus propios ojos volvían a la normalidad, ya no eran cristales, sino unos ojos humanos con una pupila negra que resaltaba su rostro.

Muchas gracias, dijo ella entre sollozos, no creí que algún día dejaría de sentir ese dolor.

Las lágrimas cayeron en torrentes mientras corría hacia Steven y lo abrazaba con fuerza.

Él simplemente le devolvió el abrazo, dándole suaves palmaditas en la cabeza, pensando que claramente lo necesitaba.

Pasaron unos minutos en los que ella se desahogó en silencio, hasta que finalmente murmuró un suave gracias antes de separarse poco a poco.

Miró hacia el mar y su gema comenzó a brillar intensamente.

De su espalda surgieron unas alas transparentes hechas de agua pura, resplandecientes bajo la luz del sol.

Lapis las contempló emocionada, giró hacia Steven con una sonrisa llena de vida y dijo que cumpliría su parte del trato.

Quieres que te baje o prefieres hacerlo por tu cuenta, preguntó con tono divertido.

Steven miró hacia abajo y, con una gota de sudor deslizándose por su mejilla, respondió que si podía bajarlo, sería perfecto.

Ella asintió, conteniendo una risa, y extendió una mano de agua, mucho más firme que antes, que se desprendía de la gran columna que se alzaba desde el océano.

Steven se acercó, la miró por unos segundos y, antes de subir, le dio un abrazo rápido.

Cuídate, susurró con una sonrisa, vete con Diosito, el viejito loco ese.

Lapis parpadeó, confundida por esa última parte, pero le devolvió el abrazo con una pequeña risa.

Nos vemos, dijo ella antes de elevarse lentamente.

El mar comenzó a descender poco a poco mientras su figura se perdía en el cielo, envuelta en un brillo azul que se desvanecía hacia el horizonte.

Steven se acomodó sobre la gran mano de agua, que descendió suavemente hacia donde estaban las chicas.

En cuanto lo vieron, corrieron hacia él y lo recibieron entre abrazos y lágrimas.

El nivel del agua apenas llegaba a sus caderas, pero a nadie le importaba.

El alivio se sentía más grande que cualquier ola.

Connie rompió el silencio con una pregunta que todos querían hacer.

Steven, ¿qué pasó?

¿Qué fue lo que quería la gema?

Él levantó la vista hacia el cielo, observando una imagen tan magnífica que no pudo resistir sacar su teléfono, tomar unas cuantas fotos y volver a guardarlo.

Ella…

solo necesitaba a alguien que la escuchara, respondió con una sonrisa serena mientras el sol reflejaba su luz sobre el mar ya en calma.

Así, las Gemas de Cristal aprendieron que incluso una enemiga podía cargar con un dolor que solo pedía ser comprendido.

Tal vez habían ganado una nueva aliada…

o tal vez una futura rival.

Solo el tiempo lo dirá.

Fin del capítulo 18.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo