Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 19
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19: Capitulo 19: Alguien dispuesto a todo.
19: Capitulo 19: Alguien dispuesto a todo.
Han pasado varios días y he estado observando cómo el mar se ha ido llenando poco a poco.
Creo que fueron unos cinco días para que aquella columna desapareciera por completo; era enorme, la verdad.
Aun así, agradecí al dios que me trajo hasta aquí, porque sinceramente no recordaba si en la serie esa columna había causado algún desastre, si habían barcos implicados o muchas muertes, o si el gobierno había intervenido de alguna forma.
Aunque, siendo honesto, al tratarse de una serie, probablemente todos lo habrían tomado como algo bíblico y no le habrían dado mayor importancia.
Pero bueno, volviendo al presente…
los últimos días han sido algo raros.
Aunque, claro, raro para mí es un concepto relativo.
Soy un ser hermoso, y alguien hermoso, naturalmente, debería tener un guardaespaldas.
Eso fue lo que pensé en un sueño, y créanme, jamás imaginé que se haría realidad.
Connie, mi gran amiga, ha estado diferente desde aquel día en que fuimos a ver la columna de agua.
Parecía sentirse inútil, y sí, todas las voces en mi cabeza coincidían en que lo era, pero para mí, el original, no lo fue.
La verdad, no habría tenido tanto valor para hablar con Lapis si no fuera por ella.
Su presencia me daba cierta presión, esa sensación de que, si alguien la lastimaba, debía mantener la calma y actuar con lógica.
Pero, ¿saben lo que hizo?
Fue con la persona que, a simple vista, parecía la más sensata, la más tranquila y la más capaz.
Sí, hablo de Perla.
Y lo hizo completamente a mis espaldas.
Hasta el día de hoy, todavía no sé qué tramaron exactamente.
Lo descubrí una mañana, una de esas en las que todo parecía normal.
Había terminado un entrenamiento totalmente satisfactorio, o al menos eso me repetía para convencerme.
Luego me fui al baño, porque bueno, Fabricio necesitaba liberar sus necesidades, y ¿quién soy yo para negarle ese placer al cuerpo?
Mientras me lavaba las manos, escuché unos pasos dentro de la casa.
Y así comenzó el misterio.
Me quedé quieto, confundido, escuchando pasos que no venían de las puertas donde estaban las chicas.
¿Qué pasa?, pensé.
¿Un ladrón?
Ahora sí era hora de poner en práctica las enseñanzas que había visto en mi teléfono.
Invocaría mi escudo, haciéndolo un poco más pequeño; debo admitir que controlar ese poder era mucho más difícil de lo que parecía.
Mi esquizofrenia y demasiado tiempo libre por no estudiar me habían llevado a un nuevo nivel de imaginación, pero dejando eso de lado, presté atención.
La puerta del templo se abrió en silencio.
Connie susurró un saludo a Perla, y Perla respondió también en voz baja.
Aquello me desconcertó; por un instante pensé que habían inventado una nueva religión basada en susurros.
Desde donde estaba pude oír la conversación.
Perla preguntó si Connie estaba segura de no contarle a Steven aquello que escondía.
Connie respondió que estaba segura; había empezado a usar ropa más larga para ocultar sus heridas y le había dicho a alguien que la miraba mejor así.
La voz de Connie sonó más nerviosa de lo habitual, y recordé que en los últimos días la había visto con mangas largas y faldas más largas.
Perla insistió en que no quería que Steven lo supiera, y Connie, con emoción contenida, confesó que lo hacía porque quería impresionarlo.
Luego ambas se dirigieron al portal.
Salí del baño y me detuve un momento, todavía afuera de la escena, un poco ajeno a la realidad.
La idea de que alguien intentara impresionarme me hizo sonreír de forma absurda; mientras me apoyaba en el marco con un dedo rozando mis labios, me dije en voz baja que ojalá no se lastimara por eso.
Después me dirigí hacia la puerta del cuarto de la madre de Connie, sintiendo que aquel gesto denunciaba una vieja rivalidad.
Me encaré con un aire desafiante; por supuesto que pensaba entrar en ese cuarto.
Me coloqué frente a la puerta, puse la expresión más seria que pude y me preparé para reprocharle con esa voz tonta y teatral que sabía emplear cuando quería prolongar una escena durante horas.
Descubrí todo de esa manera, pero dejando de lado lo que hice, ¿debería preocuparme?
La respuesta fue clara en mi pecho: totalmente.
Sentí que Perla deseaba que Connie fuera su reflejo, con todo y traumas a cuestas.
Aquella idea me revolvió el estómago.
Con mi ingenio y mi coeficiente intelectual de ciento ochenta, llegué a una conclusión lógica: probablemente estaban entrenando en la arena celestial, o como se llamara ese lugar mítico.
Así que, fiel a mi vocación de chismoso preocupado, caminé hacia el portal y con un pensamiento me teletransporté hasta allí.
Al llegar, las encontré practicando con espadas, la escena tenía más teatralidad de la que me apetecía.
Perla incentivaba a Connie diciéndole que lo hacía por mí, y Connie respondía con una seriedad que a mí me parecía excesiva; aseguraba que moriría por mí.
Esa afirmación me detuvo en seco en las escaleras.
¿Qué demonios estaba pasando?
Miré a Perla con el ceño fruncido, como si fuera una gema capaz de resucitar cadáveres o de exagerar todo hasta el absurdo.
Perla notó mi mirada, se quedó rígida, y Connie, que seguía ajena a todo hasta ese momento, se paralizó también.
El silencio se extendió, denso y largo.
Me acerqué sin perder la compostura.
No estaba de humor para escuchar promesas de sacrificio.
Sabía lo que era morir y no quería que nadie sufriera por mí; esa idea me revolvía la moral.
Perla tomó aliento y habló con una convicción que dejó claro lo que tenía en mente: quería que Connie fuera mi escudo, mi mano derecha, la persona que recibiría mi daño y que me protegería a toda costa.
La emoción le temblaba en la voz; era la mezcla de orgullo y fanatismo que solo los maestros y los fervientes pueden mostrar.
Les miré con calma.
Pregunté si de verdad pensaban que era aceptable que alguien muriera por mí.
No me malinterpreten, no era vanidad; simplemente no soportaba la idea de una vida desperdiciada en mi nombre.
Pregunté a Perla si eso era lo que hizo antes, si había repetido el mismo patrón con mi madre, y las palabras parecieron clavarse en el aire.
Perla se tensó hasta los dedos.
Mi madre.
Esa palabra cargó el ambiente de una electricidad incómoda.
Expliqué que no quería un escudo ni una réplica de traumas alrededor.
Miré a Connie con firmeza y le ordené que se quedara en la casa.
Le dejé claro que hablaríamos allí, sin excusas ni negativas.
Advertí, más en broma que en amenaza pero con toda la intención de que me tomaran en serio, que si se encerraba en su cuarto la sacaría por la fuerza y la haría entrar a golpes.
El silencio volvió, pesado, hasta que Perla tanteó la posibilidad de llamar a Garnet en su lugar.
La mención de Garnet puso pálida a Perla, si es que eso era posible.
No hizo falta más.
Con decisión contenida, Perla corrió hacia el portal, y Connie la siguió sin vacilar.
Me quedé un instante mirando cómo se desvanecían en el resplandor del tránsito dimensional, pensando que en ese mundo todo iba demasiado en serio, incluso el drama heroico, y que tal vez yo tendría que empezar a tomar medidas más drásticas para evitar que mi vida se convirtiera en una obra trágica.
Mientras el eco del portal se apagaba, volví sobre mis pasos hacia la casa, convencido de que el chisme y la intervención paternal serían la única medicina para esa terapia de espada exagerada.
Me quedé en seco; le había pedido que se quedara y, aun así, se fue.
Caminé rápido, con el corazón a la carrera, murmurando que aquello era cosa de una niña de cuatro años y medio.
Juntos, los tres llegamos a la casa.
Connie ya estaba con las maletas, corriendo hacia la puerta, cuando decidí intervenir con algo más teatral que una orden: conjuré una burbuja.
Tremendo, ¿no?
Una burbuja Bluutho que apareció delante de ella y la dejó paralizada, como si de pronto recordara que yo, en una charla casual, había dicho que haría burbujas para mis enemigos o para otras gemas.
Ella se giró lentamente, alzó la mano con torpeza y se quedó ahí, en posición de saludo incómodo.
Se acercó titubeando, intentando sonar natural, ofreciendo comida y disculpas a la vez.
Dudó, ofreció comprar lo necesario y cocinar, como si la domesticidad fuera el antídoto contra el drama.
Me quedé mirando, extrañado.
¿Que me iba a pegar?
pensé, porque en serio, ¿por quién me toma?
Vi que un recuerdo la atravesó: imágenes de castigos en su pasado, una sombra de violencia que se clavó en su mirada.
Lo decía con los ojos, no con palabras.
Ella rompió el silencio culpable, preguntándose si había dicho eso en voz alta.
Yo, con una gota de sudor en la sien y sin entender por qué mencionó Vietnam, dejé la burbuja disiparse con un gesto.
La tomé con cuidado, la acomodé en el sofá y respiré hondo, pensando que a veces la vida en este lugar era menos heroica y más parecida a una comedia de errores que se empeñaba en convertirse en tragedia.
Sabes Connie, dije mirándola con calma mientras ella se quedaba sentada en el sofá como una niña que había sido castigada, no estoy enojado contigo, solo no quiero que nadie muera, ¿sabes?, y menos tú.
Eres una de las pocas amigas que tengo, y eso ya significa demasiado.
Connie no respondió.
Me miró con esa expresión de perro bajo la lluvia, tan triste que dolía verla.
En su mente, probablemente sonaba una canción melancólica, algo como “por eso esperaba con la carita empapada”, y tuve que contener una risa suave para no romper el momento.
Tomé su mano.
Ella no opuso resistencia, se dejó hacer como si el peso del mundo le hubiera quitado las fuerzas.
La miré con una serenidad que intenté transmitirle, y cuando alzó la vista noté que tenía los ojos llorosos y las mejillas encendidas.
Ah, pensé desconcertado, ¿por qué te sonrojas?
Sacudí la cabeza para no desviarme del tema.
Le sonreí con tranquilidad.
Mira Connie, no quiero que des tu vida por mí.
No quiero una mano derecha ni una sombra que cargue mis batallas.
Bueno, quizá una mano derecha, pero no de ese tipo, añadí sin poder evitar una sonrisa.
Su rostro se volvió aún más rojo, como si mis palabras hubieran activado una alarma interna.
Antes de que pudiera decir algo más, se levantó y me abrazó con fuerza.
Sentí cómo su calor me rodeaba y, por reflejo, el poder hizo lo suyo: una luz brillante nos envolvió, y de pronto ya no éramos dos.
Stevonnie parpadeó completamente confundida.
Se miró las manos, el cabello, el cuerpo entero, como si intentara procesar su nueva existencia compartida.
Eh, murmuró aún sin entender cómo había pasado, perdón, no quise.
No te preocupes, se respondió a sí misma con voz suave, podemos quedarnos así un rato, no quiero estar sola ahora.
Está bien, susurró aceptando la calma del momento, luego hablaré con Perla.
Y así, de forma literal, estuvimos juntos.
Pasaron unas horas jugando, hablando, probando cosas nuevas, redescubriendo cómo funcionaba ser una sola persona con dos almas.
Cuando finalmente se separaron, el sol ya caía.
Connie se fue todavía algo sonrojada, mientras su madre la esperaba afuera con una expresión de control disfrazado de preocupación.
Desde aquel día en que volvió tarde, su madre había dejado de confiar del todo, especialmente en Garnet, que había sido la representante del grupo esa vez.
La vi subir al auto y cerrar la puerta, con una sonrisa que se desvanecía en la distancia.
Luego me quedé solo, mirando el cielo anaranjado desde la puerta del templo, pensando en lo extraño que podía ser el amor cuando mezclaba magia, fusiones y un toque de torpeza adolescente.
Connie, nah, dije negando con la cabeza una y otra vez, ya no tenía sentido insistirle más.
Vamos a hablar con Perla.
Caminé lentamente por el pasillo, cada paso resonando con un eco suave, hasta llegar frente a su puerta.
Toqué tres veces, despacio, como si cada golpe fuera una advertencia envuelta en calma.
Perla, dije con una voz tan tranquila que parecía la de un ángel tocando una puerta.
Ábreme, quiero hablar contigo.
A solas.
El silencio respondió primero.
Pasaron varios minutos y la puerta seguía cerrada.
Suspiré con una mezcla de paciencia y fastidio.
Bueno, quieres que haga lo que prometí.
Contaré hasta tres, advertí con un tono seco que contrastaba con mi serenidad anterior.
Uno.
Nada.
Dos.
El mismo silencio obstinado.
Y justo cuando iba a pronunciar el tres, mi gema comenzó a brillar con un resplandor fuerte, vibrante, como si reaccionara a mi creciente impaciencia.
En ese momento tan oportuno, la puerta de la habitación de mi madre se abrió lentamente.
Me quedé en el umbral, con los ojos entornados.
Ahora abres, murmuré, casi divertido.
No querías que rompiera la puerta, ¿verdad?
Mi gema brilló una vez más, como si me respondiera con un asentimiento silencioso.
Simplemente entraré, pensé, cruzando el marco con la decisión de quien ya no tiene tiempo para juegos de escondite.
La habitación de mi madre era un mundo hecho de nubes rosadas, suaves y cálidas, un lugar donde mi mente podía perderse por completo.
Allí, mi esquizofrenia encontraba su máximo esplendor, así que decidí hacer algo para no dejar en vano aquel rincón de locura y recuerdos.
Sal aquí, Rosa.
El silencio reinó durante varios minutos, hasta que una figura comenzó a materializarse lentamente frente a mí.
Rose Quartz apareció, resplandeciente, con una sonrisa maternal que me golpeó directo al corazón.
Dije Rosa, no Rose.
La figura titubeó por un instante, pero asintió obediente.
Su cuerpo comenzó a cambiar, la luz se volvió más intensa, y su gema giró lentamente sobre su abdomen.
En un destello rosado, una nueva figura emergió: el majestuoso y brillante Diamante Rosa.
Su presencia llenaba toda la habitación, y sus ojos me miraban con la ternura y firmeza de una madre.
Ya que eres parte de mi mente, llévame donde pueda llegar a las habitaciones reales de las chicas.
Ella asintió y extendió su mano, guiándome.
Siempre quise saber cómo se vería realmente Diamante Rosa.
Gracias a este lugar, ahora lo sabía.
Aunque su aspecto era distinto al que recordaba: su piel era de un tono rosa pálido, sus ojos brillaban como diamantes tallados y su cabello, blanco como la luz del amanecer, caía en ondas suaves.
Llevaba un traje que parecía una mezcla entre armadura y túnica real.
Quizá así la percibía mi mente.
Ella me observó con una sonrisa y se colocó a mi lado.
Hola, hijo.
¿Has estado bien estos años?
La miré unos segundos y respondí con una sonrisa algo pícara.
Bueno, si tranquilo es estar en medio de guerras y problemas, entonces sí, he estado bien.
Diamante Rosa bajó la mirada.
Sabes, yo nunca quise dejarte eso, dijo con voz baja.
En su momento no pensé mucho en lo que hacía, y ahora que ya no existo…
solo quedan fragmentos de recuerdos dentro de tu gema.
Gracias a ellos puedo hablarte así.
Nunca quise que vivieras mis batallas, las cuales parece que ahora te toca enfrentar.
Solo puedo desearte suerte, porque ya no tengo la fuerza para hacerlo por mí misma.
Llegamos a un tubo luminoso que conectaba con las demás habitaciones.
Ella me miró con un brillo maternal en los ojos.
Te quiero mucho, hijo.
Sé que aún no has visto el video que está en la melena de León, pero míralo cuando puedas.
No fui la mejor madre, pero debes saberlo…
te amo, y nunca lo olvides.
Por favor, habla con Perla.
Su sonrisa se deshizo lentamente mientras su cuerpo se desvanecía en destellos rosados.
Sentí un nudo en la garganta y unas lágrimas rebeldes cayeron de mis ojos.
¿Eh?
murmuré mientras me limpiaba el rostro.
Parece que estás llorando, Steven, pensé en voz baja, intentando recomponerme.
No lloraba así desde aquella vez que las gemas casi me matan.
Me giré hacia el hoyo que conectaba con el resto de las habitaciones.
Bueno, vamos allá, dije, y salté dentro.
Mientras caía, algunas lágrimas traicioneras siguieron deslizándose, pero desaparecieron antes de tocar el suelo.
Debería entrar más seguido a ese cuarto, pensé con una sonrisa nostálgica.
Pasé por la habitación de Amatista, quien me miró confundida, pero me saludó con una sonrisa.
Le devolví el gesto antes de seguir.
Finalmente llegué al cuarto de Perla.
Salté del tubo y observé el lugar: una superficie de agua calma, casi etérea.
Allí estaba ella, sentada, con las piernas cruzadas, la mirada perdida y una tristeza profunda en los ojos.
Me acerqué despacio y, tras unos segundos, murmuré.
Hola, Perla.
Ella no respondió, pero su cuerpo se tensó.
El silencio se prolongó hasta que finalmente habló con voz quebrada.
Te fallé, ¿verdad?
Te fallé de nuevo, Rose.
Dios mío, no puedo superarla, sabes.
No importa cuánto tiempo pase, siempre te veré igual.
No puedo verte como tú, como tu verdadero tú.
Me quedé callado.
Estás decepcionado, ¿no?
Intenté olvidarla, pero no puedo.
Te miro y solo veo a Rose, suspiró, con lágrimas cayendo por sus mejillas.
Sabes, le dije con calma, no puedes cambiar seis mil años en solo cinco.
Nadie olvida tan rápido.
Con que lo estés intentando, basta.
Perla me miró con los ojos brillosos, sorprendida por mis palabras.
Pero hay algo más, añadí.
No me gusta que te proyectes en Connie.
Sé que no lo haces por malicia, pero…
morirías por mí.
¿Te has detenido a pensar en eso?
Me senté a su lado.
No quiero que nadie muera por mí, Perla.
No quiero que nadie cargue con algo que no le pertenece.
Ella bajó la cabeza, temblando, y yo me levanté, extendiéndole la mano.
Vamos, levántate.
Ella se incorporó de forma mecánica, y sin pensarlo, la abracé.
Sabes, creo que ella nunca quiso que dependieras tanto de su recuerdo.
Según ella, tú debías ser libre.
Pero mirándolo ahora…
creo que estaba equivocada.
Quiero que seas feliz, Perla.
Eso nos hace iguales, a ti, a ella y a mí.
Somos uno.
Perla rompió en llanto, abrazándome con fuerza.
Por un instante, casi se fusionaban, pero Steven se contuvo, manteniendo el equilibrio.
Así, Steven habló con Perla de corazón a corazón.
Y Connie, desde aquel día, comprendió que él estaba dispuesto a todo por un amigo.
Fin capitulo 19.
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