Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 22
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22: Capitulo 22: Azul?.
22: Capitulo 22: Azul?.
En serio, ¿quién pensaría que fusionarme con Perla provocaría que ella me preguntara cada cinco minutos si podíamos formar a Cuarzo Arcoíris otra vez?
Una sugerencia que, por supuesto, rechacé sin dudar.
No me gusta fusionarme a menos que sea algo cien por ciento necesario.
¿Me siento poderoso cuando lo hago?
Claro que sí, pero esa fuerza no es solo mía ni completamente suya.
Además, temo que termine dependiendo de mí, y eso no es algo que quiera.
Pensaba en todo eso mientras caminaba tras un largo día de entrenamiento.
Vamos a ver, murmuré mientras elegía un champú.
Pantene, perfecto, dije al notar una marca que evidentemente no era Pantene.
Lentamente entré a la ducha, dejando que el agua tibia cayera sobre mi cuerpo cansado.
Cerré los ojos y disfruté del momento, relajando los músculos con un toque casi sanador.
Muak, perfecto, otro día de entrenamiento puro.
Cada jornada siento que estoy alcanzando los límites humanos.
Bueno, en realidad, creo que ya los pasé, pero me gusta pensar que sigo dentro del rango de las máquinas humanas: coches veloces, motos rápidas.
¿Sabes?
Cosas así me hacen sonreír.
Son pensamientos extraños, lo sé, pero me ayudan a mantener la mente ocupada, a no caer en la locura.
A veces me pregunto si podría competir con alguien.
Imagino que, si el destino decide darme mi transformación rosa algún día, podría convertirme en el más rápido.
El más veloz.
The Flash, el flashero…
bueno, cosas sin sentido que se me ocurren mientras me seco al salir de la ducha.
Mis entrenamientos últimamente se han extendido más de lo normal, ¿quieres saber por qué?
Si has seguido mis divagaciones anteriores, sabrás que uno de mis pasatiempos después de entrenar es intentar abrir la habitación de mi madre.
Debo decir que ese lugar es simplemente increíble.
A veces incluso hablo con ella.
No físicamente, claro, sino con los remanentes que quedan en su gema…
o algo así.
No entiendo del todo cómo funciona eso, y sinceramente prefiero no hacerlo.
Si por alguna razón ella sigue dentro de mi gema, no quiero imaginar lo que pensará al escuchar mis pensamientos.
¿Sabes?
Si mi gema puede percibir mis emociones, ¿quién dice que no puede oír también lo que pienso?.
Volviendo al tema, me estaba poniendo una camisa negra con una estrella.
¿El porqué?
Bueno, me gusta el estilo de Steven Future y trato de tenerlo siempre presente en mi forma de vestir.
No tengo sus problemas psicológicos, o al menos eso espero.
Aunque, quién sabe, quizás algún día termine con una esquizofrenia grave.
Nah, cosas para el Steven del futuro.
Así caminaba hacia la habitación de mi madre, con el abdomen totalmente marcado, seis, diez paquetes, ya ni sé, pero me sentía bien.
Entré.
La habitación era justo como la recordaba: rosada, suave, con unas nubes flotando que daban una sensación de hogar.
Algo comenzó a formarse a mi lado, pero ya después de tantos días uno se acostumbra.
¿Saben quién era?
Exactamente, Rose.
La había dejado en esa forma por dos razones: una, porque era más agradable a la vista, y dos, por si alguna vez Amatista o Garnet lograban entrar.
Perla…
bueno, Perla me daba igual, sinceramente.
Creo que fue la gema de Rosa, ¿sabes?
Pero es mejor prevenir que lamentar.
Y ahora te preguntarás por qué se forma Rose.
Es sencillo: gracias a mis dotes de imaginación y a muchas pláticas internas, logré algo genial, una especie de inteligencia artificial dentro de la habitación.
¿Qué significa eso?
Si mis recuerdos —claramente cien por ciento verídicos— no me fallan, programé la habitación para que cada vez que yo, y solo yo, entrara, mi madre apareciera a mi lado.
Podía hablar conmigo, aconsejarme o simplemente estar ahí.
Una habitación vacía no es tan cómoda, ¿sabes?
Y bueno, eso lo deberían saber esas voces internas de mi cerebro a las que suelo contarles estas cosas.
Hola, madre, dije levantando una mano.
Ella me tomó de los cachetes y empezó a llenarme de mimos.
Intenté que la habitación reflejara lo que recordaba de ella, su personalidad, su calidez.
No sé si me estoy haciendo daño hablando con alguien que ya murió, pero a estas alturas no me afecta.
Me recosté junto a mi madre viendo televisión mientras jugábamos Mario Bros.
Algo que debo resaltar: aquí no existe Mario Bros, ni muchos de mis juegos favoritos del pasado.
Pero dentro de esta habitación puedo hacerlos realidad.
¿Verdad, madre?
PVP o miedo.
Ella me miró algo confundida, con una gota de sudor bajando por su mejilla.
Está bien, respondió.
Así pasó el día, entre risas y competencia, aunque no entiendo cómo logró vencerme en juegos donde yo solía ser invencible.
Me puse la chaqueta y la miré con una sonrisa.
Nos vemos, ma.
Y recuerda la configuración.
No te preocupes, hijo, dijo ella con una sonrisa luminosa mientras crecía, transformándose en un brillante diamante rosa.
Esta habitación es tu lugar seguro, nuestro lugar.
Su voz se desvaneció entre nubes rosadas, y me quedé mirando unos segundos más antes de salir.
Afuera, las chicas estaban hablando.
Perla, con expresión preocupada, miró a Garnet.
Creo que necesitas hablar con Steven, dijo con cautela.
No, respondió Garnet con rapidez.
Bueno…
no ahora.
Suspiró.
No estoy…
no estamos preparadas.
Miró sus propias manos, los dos rubíes que la componían, y bajó la vista.
Amatista, con una porción de pizza en la boca, las observaba.
Vamos, chica, dijo entre bocado y bocado.
Es Steven, él sabe perdonar.
Si no, ¿cómo nos habría perdonado después de casi matarlo con Sugilite?
Intentaba animarla, pero Garnet solo se tensó más.
A él, murmuró Garnet con la voz grave.
A él no le gusta la fusión…
y creo que eso me afectó más de lo que pensaba.
Se quitó las gafas y miró hacia otro lado.
Perla la observó y, con una sonrisa cansada, respondió en voz baja.
¿Sabes?
Cuando me fusioné con él, sentí parte de sus emociones.
Una de ellas…
era ese deseo de tener fuerza propia.
No odia la fusión por la unión en sí, sino por la dependencia que genera.
O algo así entendí en aquel momento.
Dijo esto llevándose una mano al mentón, con el rostro pensativo, mientras el atardecer teñía de dorado la sala donde las tres gemas guardaban sus silencios.
Por eso quiero, dijo Perla algo nerviosa, que se fusione conmigo.
Quiero que se sienta cómodo, no como si fuera algo desagradable o una forma fácil de ganar fuerza, sino como una herramienta, una ayuda para entender su propio poder.
Garnet se tensó al escuchar la palabra.
Herramienta.
Si él lo ve así…
Recuerda, Garnet, no todos tenemos tu perspectiva, continuó Perla con voz suave.
La perspectiva de una fusión nacida del amor.
Ustedes dos son algo único, algo que no todos podemos lograr.
Son la única prueba de que ese tipo de unión es posible.
Garnet la observó con sus tres ojos, agotada pero reflexiva.
Tienes razón, admitió.
Pero no…
no hoy.
Necesito prepararme mentalmente.
Amatista y Perla la miraron con comprensión.
Sabían lo mucho que significaba para Garnet ese tipo de conversación.
De pronto, la puerta del pasillo se abrió.
Las tres giraron al mismo tiempo, y Garnet se colocó de nuevo sus lentes con rapidez.
De la puerta salió Steven, con una sonrisa más brillante de lo habitual, tan despreocupado que hasta se veía radiante.
Hola, saludó levantando una mano.
Miró hacia la playa y añadió con entusiasmo, vaya, es un poco tarde, ¿no creen?
Caminó hacia su habitación, se puso ropa deportiva y anunció con naturalidad, voy a correr un rato, no me esperen.
Y si no regreso hasta mañana, probablemente me llevaron los Zetas, así que, por favor, ahí sí búsquenme.
Las tres gemas quedaron con una gota de sudor imaginaria resbalando por sus rostros ante los comentarios de Steven.
Él simplemente tomó su botella de agua y salió trotando con total tranquilidad.
El silencio se apoderó de la habitación por unos segundos.
Vaya, comentó Amatista rompiendo la calma, qué dedicado.
Ahora es más…
¿no lo creen?
Definitivamente, respondió Perla con una sonrisa nostálgica.
Me recuerda a su madre.
Garnet ajustó sus gafas, lo que siempre significaba que estaba observando los posibles futuros.
Una gota de sudor bajó por su sien al pensar: ¿quiénes son los Zetas y por qué, en alguno de esos futuros, secuestran a Steven mientras él lo menciona tan feliz?
Negó con la cabeza, apartando el pensamiento absurdo, y miró a las chicas con una sonrisa tranquila.
Saben, agradezco estas charlas con ustedes.
Realmente no sé qué haríamos si no las tuviéramos.
No hay visión del futuro que me ayude más que esto.
Gracias.
Las abrazó con sinceridad, y las tres compartieron ese breve momento de calma.
Gracias a Steven, aunque él no lo supiera, las Gemas de Cristal estaban más unidas que nunca, incluso más que en el canon original.
Su madurez había cambiado la forma en que lo veían.
Ya no era solo el hijo de Rose Quartz, sino alguien que irradiaba liderazgo.
Un posible sucesor digno de ella.
Mientras tanto, Steven corría por la costa con los audífonos puestos.
Realmente apreciaba ese regalo de su padre.
Greg no ganaba mucho, pero desde que Steven le sugirió abrir un taller de autos junto al autolavado, las cosas mejoraron.
Aunque todavía no entendían cómo el alcalde lograba meter su coche al agua cada dos semanas, el negocio iba bien.
Negando con la cabeza y sonriendo, Steven siguió corriendo.
Su ritmo era el de un atleta profesional, aunque para él apenas era un trote ligero.
Al llegar a la montaña, observó el cielo estrellado, respiró hondo y sonrió.
Una estrella fugaz cruzó el firmamento, y por un instante pareció dirigirse hacia un punto específico del horizonte.
Steven la observó fascinado, pero luego sacudió la cabeza con una sonrisa.
Es hora de romper mi récord, pensó.
Tensó el cuerpo y, con un impulso poderoso, salió disparado.
Por unos segundos, superó incluso la velocidad de Perla.
¿Sudor?
Claro.
¿Esfuerzo?
Por supuesto.
Pero aquello…
aquello era un logro personal.
Sentía que cada paso que daba lo acercaba a su máximo potencial.
Y, para recordárselo a esas voces internas que lo acompañaban, pensó divertido: no olviden que Perla era una gema fina, de diamante.
Así que si logré alcanzar su velocidad, eso solo puede significar una cosa…
estoy progresando, y a lo grande.
¿Genes humanos y de diamante?
Potencial infinito.
Con una sonrisa competitiva corrí hacia la casa tan rápido como pude.
Al llegar, estaba sudando, jadeando y mucho más cansado de lo habitual.
Todo estaba oscuro.
Cerré con llave, porque uno nunca sabe cuándo podrían venir los Zetas a llevarme.
Fui directo a la ducha otra vez.
El agua siempre me relajaba.
Después, bebí un poco de agua con saliva, mi extraño remedio personal para “curarme por dentro”, por si tenía algo raro ahí dentro.
Así que sí, terminé acostado en mi cama, completamente relajado.
Mis músculos se soltaron por completo y, con un suspiro de alivio, me quedé dormido.
Abrí un ojo.
Estaba soñando.
Hacía mucho tiempo que no tenía uno.
Tal vez te preguntes cómo lo sé.
Bueno, dile eso a alguien que pasó años en la oscuridad y es mitad gema, y verás que uno aprende a notar la diferencia.
Miré a mi alrededor.
Estaba en un bosque que me resultaba familiar, aunque algo en él se sentía diferente, como si no perteneciera del todo a ese lugar.
Extraño, murmuré.
Caminaba y flotaba al mismo tiempo, una sensación que aún no había logrado dominar con mi gema.
Seguí avanzando sin rumbo, como si el camino no tuviera fin.
Todo se veía azul, incluso el aire parecía teñido de ese color.
Qué bonito, pensé.
Tal vez pinte mi cuarto así, rosa y azul, buena combinación…
No, se vería raro.
Estaba tan distraído, con una mano en el mentón, que no noté hacia dónde iba hasta que llegué a una zona distinta.
Levanté la mirada, confundido, y frente a mí se alzaba una enorme construcción rosada.
¿Eh?, murmuré.
Miré a mi alrededor buscando a alguien, a su posible dueño.
Caminé un poco más cerca.
Esto es…
¿un pañamano?
¿Un palanñom?
No, ¿cómo se llamaba?
Me rasqué la cabeza, intentando recordar, hasta que una voz suave, pero cargada de tristeza, me sacó de mis pensamientos.
El palanquín de Rosa.
Me giré rápidamente.
Dentro de la estructura había una figura grande y elegante, su silueta azulada brillando en la penumbra.
A su lado, una criatura alta permanecía erguida y atenta.
Todo es azul, como el mar azul, dije sin querer, apenas en un murmullo.
¿Quién dijo eso?
preguntó la figura alta, mirando alrededor, confundida.
¿Qué cosa?
respondió la otra, con voz grave.
¿No lo escuchaste?
Para nada, mi diamante.
¿Mi qué?, pensé, sintiendo cómo un escalofrío me recorría la espalda.
Lo escuché otra vez, murmuró la figura azul, visiblemente alterada.
Mi diamante, le juro que no oigo nada, respondió la más alta, mirando a su alrededor con nerviosismo.
Creo…
creo que me lo estoy imaginando, susurró la figura azul, llevándose una mano al rostro.
Mierda, dije en voz baja, con el corazón acelerado.
La figura azul comenzó a llorar, frustrada, murmurando que parecía tener voces en su cabeza.
Mi mente era un mar de preguntas.
Mierda, mierda, mierda…
Todo iba tan bien y ahora me encuentro con una Diamante.
Pero…
¿qué hace aquí?
Entonces, recordé algo que mi madre me había dicho una vez, dentro de su habitación.
Aquellas palabras resonaron en mi mente con claridad, dulces y profundas, como si el mismo sueño las hubiera traído de regreso.
Flashback.
Madre, dije mirándola a los ojos, ¿cómo eran las Diamantes?
Ella permaneció en silencio unos instantes.
Sabes, respondió con un tono cargado de nostalgia y un leve dolor de cabeza, no recuerdo mucho, pero puedo decirte que, en su modo, éramos una familia, aunque con otras gemas.
Hizo una mueca de dolor.
No son tan buenas que digamos, pero si logras tener una conversación con ellas, la más razonable sería Azul.
Aunque muchas veces solo me regañaba para sentirse superior, sé que lo hacía por mi bien, de una manera un poco loca.
Entonces, si por alguna razón del destino me encuentro con las tres Diamantes —y por mi suerte estoy cien por ciento seguro de que lo haré—, ¿la más razonable sería Azul?
Totalmente, respondió ella con una sonrisa pícara.
Pero ten cuidado, ella no es humana.
Eso es lo malo de casi compartir pensamientos, dije secamente.
Más que dijiste, añadió con una sonrisa traviesa.
Oh, Dios mío, pensé, ¿qué cree?
De vuelta al presente, observé a Diamante Azul mirando a todos lados, algo nerviosa.
Bueno, el que no arriesga no gana, así que caminé hacia su lado.
Ella percibió mi presencia, pero al mirar en mi dirección no me vio.
Hola, dije con voz tranquila, soy tu conciencia.
Me ignoró por varios segundos.
Sabes, es malo ignorarte a ti misma, comenté con tono burlón.
¿Quién eres?
No tengo conciencia, dijo con frialdad.
¿Quién soy?
murmuré arqueando una ceja que ella no pudo ver.
Miré hacia el asiento de Rosa y, tras unos segundos de silencio, dije: alguien que comprende tu dolor.
Ella rompió en llanto.
No sabía si se sentía segura o simplemente no me percibía como una amenaza al escuchar una voz dentro de su mente.
¿Tú también perdiste a alguien?
A varios, respondí recordando a alguien de mi antigua vida.
He perdido mucho más de lo que he vivido.
¿Por qué no puedo verte?
preguntó mirando a su alrededor.
Ni yo sé cómo estoy aquí contigo, admití.
Es algo nuevo para mí, no tengo idea de cómo llegué aquí.
Pasaron segundos que se sintieron eternos.
Diamante Azul suspiró.
Aunque no pueda verte, puedo escuchar tu sinceridad.
¿Ah, sí?
dije con curiosidad.
¿Y por qué estás tan segura?
Mi poder, respondió tocando su gema, está ligado a los sentimientos.
Sé cuándo alguien miente, cuándo alguien está alegre o triste.
Controlo eso.
Es mi parte, es mi poder.
Vaya, murmuré con las manos en los bolsillos mientras me sentaba en el palanquín.
¿Y qué haces aquí?
Como te dijo esa señorita azul, ¿Diamante Azul?
Ella asintió.
Perla la observaba confundida, viendo cómo su diamante hablaba con alguien invisible, pero no se atrevió a interrumpirla.
Parecía feliz, pensó Perla con una sonrisa.
Bueno, parece que este lugar pertenecía a alguien conocido, y por su estado diría que tiene años de abandono, observé mirando a mi alrededor.
Aunque, debo admitir, se conserva bastante bien.
Era de ella, murmuró Diamante Azul entre lágrimas.
Perla también lloró, aunque sin dejarse llevar demasiado.
Qué emocional eres, dije con una sonrisa divertida.
Ella frunció el ceño, irritada por mi comentario.
¿Por qué no te vas?
preguntó secamente al cabo de unos segundos.
Si pudiera volver a mi hogar, créeme que lo haría, respondí mientras observaba a mi alrededor.
Pero parece que, por ahora, estoy atrapado en lo que sea que sea esto.
Aunque te daré un consejo: esa persona a la que tanto extrañas no se opondría a que limpies un poco este lugar, ¿sabes?
¿Tú crees?
murmuró tras unos segundos.
Yo diría que sí, contesté sonriendo.
Si por alguna razón muero y me entierran, lo primero que querría es que limpiaran mi tumba, para que no me olviden tan fácil.
Ella guardó silencio unos instantes.
Sabes, no me dijiste tu nombre, dijo al fin.
Mi nombre es Universe, respondí, decidiendo no revelar el verdadero.
¿Universe?
repitió ella, alzando una ceja.
Claro, yo no me llamo como mi gema, respondí con picardía.
Touché, dijo ella misma con una leve sonrisa.
Fue bueno hablar contigo, Universe, pero debo irme.
¿Crees que podamos volver a vernos?
Por supuesto.
Si logro controlar lo que sea que sea este poder, te visitaré a menudo.
Así que, si puedes tener lista una taza de café, sería perfecto.
¿Café?
preguntó confundida.
Miré mis manos desvanecerse lentamente.
Parece que llegó mi hora.
¿Ya te vas?
murmuró triste.
Claro.
Sabes, yo duermo con una sonrisa.
Espero verte otra vez, Diamante Azul.
Con una sonrisa, desaparecí.
Diamante Azul permaneció inmóvil por unos segundos, sintiendo aquella presencia que ya no estaba.
Vaya, Universe, dijo tocándose el mentón.
Perla.
Sí, mi Diamante, respondió la mencionada.
Busca en todos los planetas cercanos al Planeta Madre una especie llamada Universe.
Por supuesto, mi Diamante.
Me encantaría conocerlo en persona, dijo Diamante Azul caminando hacia su nave.
Perla, aún confundida, solo la siguió mientras comenzaba a dar órdenes.
Mi Diamante, dijo Perla inclinando la cabeza con respeto.
Dime, respondió ella mientras se bajaba la capucha, revelando una complexión casi divina.
Su piel azul tenía un brillo delicado, su cabello blanco caía como una cascada de luz y sus ojos, del mismo tono que su piel, reflejaban una calma que solo podía venir de una entidad celestial.
Era la encarnación misma de la elegancia.
Mi Diamante, parece que hay una gema en el espacio, lejos de las colonias.
Diamante Azul guardó silencio por unos instantes, con el ceño levemente fruncido.
¿Qué hace en ese cuadrante?
No hay colonias allí.
No lo sé, mi Diamante, respondió Perla.
No contesta a ninguna frecuencia y su registro no muestra actividad reciente.
¿Se habrá perdido?
murmuró la Diamante con confusión, mirando el vacío estelar en el monitor.
No lo sé, mi Diamante, repitió Perla, algo inquieta.
Bueno…
¿qué tipo de gema es?
preguntó la Diamante.
Es…
es una Lapislázuli, respondió Perla Azul.
¿Una Lapislázuli?
Vaya…
y de primera generación, añadió la Diamante con cierta sorpresa.
De mi propio corte, dijo finalmente, mientras su expresión se suavizaba.
Hoy parece que el universo está de buen humor.
Llevó una mano al mentón y añadió con serenidad: envía a una Amatista para traerla…
o quizá una Peridot, tal vez pueda serle útil.
Como ordene, mi Diamante, respondió Perla con una reverencia antes de marcharse para cumplir la orden.
Steven abrió los ojos con gotas de sudor recorriendo su rostro.
¿Por qué siento que ella querrá buscarme?
murmuró.
Esa presencia…
Durante mucho tiempo logré mantener la calma, pero era demasiado fuerte.
Se levantó, empapado de sudor.
Mierda, tengo que cambiar las sábanas.
Miró hacia un lado y quedó con el rostro inexpresivo.
Bueno, mejor no digo nada, murmuró arrancando las sábanas del colchón y lanzándoselas a Perla.
Caminó hacia el baño y gritó desde dentro: si vas a espiarme, al menos que tenga un costo.
¡Lávame las sábanas!
Bueno…, dijo Perla con resignación mientras iba a lavar la ropa.
Fin del capítulo 22.
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