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Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 26

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26: Capitulo 26: Pensamientos.

26: Capitulo 26: Pensamientos.

Nota del autor: Realmente casi me da un colapso cerebral escribiendo este capítulo.

Gracias por los comentarios y el apoyo, los quiero <3.

El lugar estaba cubierto por un tono rosado suave, y todo a su alrededor se perdía entre nubes que flotaban lentamente.

En medio de aquel ambiente etéreo se distinguían dos figuras.

Una de ellas realizaba flexiones con una sola mano, mientras la otra permanecía sentada sobre su espalda.

Noventa, noventa y uno, noventa y dos, noventa y tres…

repetía la figura con ritmo constante, mientras gotas de sudor caían sobre el suelo.

La otra figura, con calma y serenidad, observaba sin moverse.

Cuando llegó al número cien, se mantuvo en posición unos segundos más, respirando profundamente.

La figura que estaba arriba habló con tono tranquilo, preguntando si había terminado.

Steven, quien era el que hacía las flexiones, respondió con una sonrisa entre cansada y confiada que permanecería un poco más en esa posición.

Le dijo a Connie que si quería podía pedir algo a la habitación, que ésta lo haría sin problema.

Connie, con su traje de entrenamiento ajustado, asintió con una leve sonrisa y pidió crear una figura con la que pudiera practicar.

Solicitó que fuera una versión de sí misma, pero con el cabello color rosa como el ambiente, para no confundirse durante el combate.

En cuestión de segundos, frente a ella apareció su clon, y ambas comenzaron a entrenar con sus espadas, los golpes metálicos resonando en el aire.

Mientras tanto, Steven cambiaba de brazo para continuar sus flexiones, manteniendo la concentración en su entrenamiento, aunque su mente se encontraba muy lejos de allí.

Pensaba en los días por venir, en lo que estaba por suceder.

Peridot se acerca, reflexionaba en silencio.

Si ella viene, hay una gran probabilidad de que Jasper aparezca también.

Y si eso pasa, tendré muchos problemas para vencerla.

Ganarle sería posible, claro, siempre que no saque una de esas locuras de su nave gigante.

Ni con años de preparación puedo contra una mano enorme que dispara rayos láser como si nada.

Con esa idea rondándole la cabeza, siguió haciendo flexiones.

Había pasado más de una hora repitiendo la rutina.

La habitación, consciente de su deseo de mejorar, había agregado un peso invisible sobre su espalda para aumentar la dificultad del entrenamiento.

Detrás de él, los sonidos de espadas chocando llenaban el aire.

Gritos de esfuerzo y respiraciones aceleradas acompañaban cada movimiento.

Connie se movía con precisión, esquivando ataques de su clon, devolviendo golpes rápidos y firmes.

Vamos, se animaba a sí misma entre jadeos, esquivando una estocada.

Espera, murmuró de pronto, retrocediendo unos pasos mientras miraba fijamente a su copia.

Permanecieron frente a frente unos segundos, hasta que una sonrisa se dibujó en sus labios.

Desde ahora te llamarás Con, dijo con un tono decidido.

El clon asintió con serenidad, aceptando su nuevo nombre, y ambas volvieron al combate con renovada energía.

Connie levantó la espada como si su vida dependiera de ello, lo cual, en cierto punto, era verdad.

La intensidad de su entrenamiento aumentaba con cada golpe.

Se movía con precisión, lanzando espadazos rápidos hasta encontrar una oportunidad para atacar.

Con un impulso decidido, dio una estocada directa al clon, golpeándola de lleno.

La copia retrocedió varios pasos antes de asentir con la cabeza, como aceptando su derrota.

Agotada después de casi dos horas, Connie se dejó caer al suelo, respirando con fuerza.

Habían entrado a la habitación hacía cinco horas junto con Steven.

Después de que él le explicara las propiedades del cuarto, pasaron casi cuatro entrenando sin descanso.

Mientras ella tomaba un merecido descanso, Steven seguía entrenando con la misma intensidad, como si el destino del mundo dependiera de ello.

Cuando el clon desapareció, Connie lo observó en silencio.

Se quedó unos segundos mirándolo, sin decir nada, mientras notaba la concentración en su rostro.

Ya sabía bastante sobre las gemas; Steven se lo había contado todo con confianza.

Aquello la preocupaba, pero también la inspiraba.

Haría todo lo posible por él.

Era su primer amigo, su mejor amigo, su primer am…

interrumpió el pensamiento con una rápida sacudida de cabeza, evitando que su mente siguiera por ese camino.

Se estiró lentamente y comenzó a caminar hacia la salida de la habitación.

Faltaba poco para que su madre llegara, y tendría que caminar más de lo habitual, ya que las lluvias habían vuelto la playa inaccesible para los autos.

Se detuvo un momento y miró a Steven con una sonrisa.

—Ey, Steven —lo llamó con energía.

Él levantó la vista y respondió con naturalidad.

Luego, con un impulso de ambos brazos, dio un salto impresionante, terminó con una voltereta hacia atrás y cayó de pie, como si lo hubiera hecho mil veces antes.

Una manta apareció a su lado para limpiarse el sudor, y Connie no pudo evitar notar algo que siempre había sabido.

Steven estaba en excelente forma.

Sus músculos no eran exagerados, pero sí lo bastante definidos para llamar la atención.

Su cuello tenía unas leves marcas que, por alguna razón, siempre la fascinaban.

Su mandíbula, aunque un poco redondeada aún por la edad, mostraba señales de que pronto se definiría gracias al entrenamiento constante.

La camiseta ajustada no dejaba mucho a la imaginación: sus abdominales eran firmes, visibles y claramente resultado del esfuerzo.

Ella también tenía músculo, claro, pero no tanto como él.

No se exigía al límite como Steven, quien parecía dar el quinientos por ciento en cada rutina.

Connie bajó la mirada mientras lo veía sumido en sus pensamientos, observando el vacío con la mente en otro lugar.

Eso era algo que le gustaba de él desde que lo conoció: siempre estaba pensando, divagando, imaginando.

A veces sus ideas eran algo raras, pero muchas resultaban geniales.

Varias incluso la habían ayudado a mejorar sus entrenamientos, y gracias a eso tenía una figura que muchas chicas de su edad envidiaban.

Los últimos meses habían sido increíblemente satisfactorios.

Sus piernas estaban tonificadas, su cuerpo más fuerte, y a menudo entrenaba con Steven de formas poco convencionales.

A veces él la llevaba en la espalda mientras corrían casi sobre el agua, usando burbujas en los pies para no hundirse.

Steven decía que era para no ser devorado por tiburones, aunque, pensándolo bien, no creía que ningún tiburón fuera capaz de devorarlo.

Connie volvió a la realidad sacudiendo la cabeza.

Pensar demasiado era algo que se le había pegado de tanto pasar tiempo con Steven.

Cada vez que él tenía tiempo libre, la invitaba a entrenar o simplemente a hablar.

Y aunque al principio parecía una costumbre curiosa, no era algo malo.

Gracias a él ahora tenía más amigos en la escuela, personas que antes intentaban acercarse pero que ella, atrapada en su propia “burbuja”, nunca dejaba entrar.

Como solía decirle Steven, “hay que romper la burbuja para dejar entrar la luz”.

Y tenía razón.

Ahora, aunque tenía buenos amigos, ninguno se comparaba con él.

¿Qué pasó?

preguntó Steven después de secarse la mayor parte del sudor, aunque aún quedaba un poco.

Connie sonrió y respondió que se tenía que ir, recordándole que él había prometido acompañarla.

Por supuesto, dijo Steven mientras caminaba a su lado.

Ambos avanzaron hacia la salida en un silencio cómodo.

Después de unos segundos Steven, volviendo de sus pensamientos, la miró y dijo que, aunque no quería sonar cursi, realmente agradecía haberla conocido.

Se calló unos instantes, mostrando que tenía muchas ideas rondando en la cabeza, y luego sonrió con picardía, puso una mano en el pecho y elevó la barbilla en un gesto exagerado, como si asegurara que conocerse a sí mismo era una bendición.

Connie rió a carcajadas y le pidió que se tomara aquello en serio.

Él insistió en que lo hacía, con más teatralidad si era posible, y una puerta apareció mientras los dos salían riéndose de las payasadas del otro.

Desde afuera la sala estaba vacía.

En ese momento la puerta de las gemas se abrió y salieron Connie y Steven; caminaban al mismo ritmo.

Steven le pasó a Connie un bote con agua y se cambió de ropa antes de salir; ella hizo lo mismo.

No le había contado a su madre que entrenaba, aunque imaginaba que su madre no notaría los cambios todavía.

“Cuando lo haga”, pensó Connie, “me va a encantar ver su reacción”.

Tras vestirse miraron al león que acababa de entrar por la puerta.

El león los observó como diciendo qué hacen esos chicos.

Steven, que no le tenía miedo a nada, le preguntó si los llevaría.

El león solo los miró unos segundos, los ignoró y se quedó dormido.

Steven, con la mano en alto en gesto algo ridículo como ofreciendo peces, tosió al ser ignorado olímpicamente por Leon.

Connie se rió fuerte al verlo apenado.

Steven afirmó que era hora de irse, porque la madre de Connie le daría una paliza si veía que ella no estaba en la calle.

Connie asintió y juntos salieron de la casa.

La playa estaba algo caótica tras las lluvias; no era imposible pasar, pero sí poco accesible para los autos.

Caminaron en silencio hasta que Connie rompió la calma preguntando, casi con curiosidad: sabes, Steven, esas gemas de las que me hablaste, del uno al diez, ¿qué tan fuertes son?

Dímelo en serio.

Steven guardó silencio un momento y luego le respondió preguntando si ella había luchado con él antes.

Connie se mostró algo confundida pero asintió.

Él comentó, con una risita contenida, que ella le daba palizas.

Connie frunció el ceño y le dio un golpe en la nuca, un movimiento aprendido de Garnet y Amatista.

Steven gimió y se sobó la cabeza.

Ella negó con un resoplido.

Steven añadió que, posiblemente, algunas gemas serían como nueve Stevens más.

Connie lo miró con cara de ¿en serio?

y él, confundido, repitió que era solo una suposición.

Mirando al mar, comentó que las gemas no le contaban mucho sobre su fuerza; él solo se preparaba para lo peor y entrenaba pensando en alguien que pudiera sobrepasarlo por mucho.

“Me entreno para que no me tomen desprevenido”, pensó en silencio Steven.

Mientras Steven observaba el mar, su rostro se tornó pálido de repente.

Sus ojos se abrieron con una mezcla de susto y resignación, y volteó hacia Connie con una sonrisa nerviosa que no lograba disimular su incomodidad.

La saludó con una voz temblorosa, fingiendo normalidad.

Connie lo miró extrañada por el cambio repentino en su tono.

Él tragó saliva y, sin dejar de sonreír con evidente tensión, le advirtió que no mirara hacia donde él estaba viendo.

Le pidió con seriedad que le hiciera caso, que siguiera caminando y no mirara, asegurándole que lo que había visto era prácticamente el diablo en persona.

Connie, impulsada por la curiosidad, giró apenas la cabeza y de inmediato se arrepintió.

Un escalofrío le recorrió la espalda al ver a un niño pequeño con una expresión perturbadoramente tranquila, sosteniendo un hacha y un pez que rezaba no fuera un tiburón.

Connie apenas pudo pronunciar palabra cuando murmuró con horror, preguntando qué era eso, qué era él.

Steven, empapado en sudor frío, respondió que se trataba de Cebolla.

Lo describió como algo raro, pero no raro en el sentido simpático o divertido, sino raro de una forma inquietante.

Ni siquiera las gemas, que venían del espacio, eran tan extrañas como él.

Ambos, sin pensarlo dos veces, comenzaron a correr como si su vida dependiera de ello.

Cebolla, en cambio, solo los observó en silencio mientras tenía una botella de kétchup en la boca.

Luego miró de nuevo al pez, soltó una risita baja y se lo llevó hacia quién sabe dónde, con total tranquilidad.

Connie, todavía agitada, intentaba recuperar el aliento cuando ambos llegaron al punto donde la madre de ella debía aparecer.

Steven trató de bromear para romper la tensión, diciéndole que al menos ella no tendría que volver a pasar por algo así.

Connie asintió, aún con el corazón acelerado, pero en ese momento escucharon el sonido de un automóvil familiar acercándose.

El vehículo se detuvo y de él bajó la doctora Priyanka Maheswaran, hablando por teléfono con tono autoritario.

Decía que claro que podía hacerlo, que era la mejor doctora del hospital, que lo haría sin dudar, hasta que finalmente colgó el teléfono y alzó la vista, notando a los dos jóvenes frente a ella.

Con una ceja levantada, los observó con escepticismo y comentó si acaso estaban haciendo ejercicio.

Antes de que Steven dijera alguna ocurrencia, Connie le tapó la boca rápidamente y respondió con una sonrisa nerviosa que sí, un poco.

La madre de Connie suspiró, acostumbrada ya a las rarezas de ambos, y le recordó a su hija que debía ir a sus clases y que pronto tendría que cambiarle los lentes.

Luego miró a Steven y le preguntó por su madre.

Él pensó en responder lo que realmente pasaba, pero solo dijo con calma que su madre estaba en casa arreglando algunas cosas.

La doctora asintió con indiferencia, se despidió con un adiós rápido y le pidió a Connie que hiciera lo mismo mientras enviaba mensajes del trabajo.

Steven se inclinó un poco hacia Connie y le susurró que debería hablar más con su madre.

Ella respondió en voz baja que lo haría en estos días y luego, con una leve sonrisa, se despidió.

Ambos se abrazaron brevemente antes de que el auto arrancara y desapareciera por la carretera.

El silencio se adueñó del lugar.

Steven metió las manos en los bolsillos y notó que aún tenía algo de dinero.

Suspiró y murmuró para sí que tenía ganas de pizza.

Sin pensarlo mucho, comenzó a caminar hacia la única pizzería de Ciudad Playa, dejando que el sonido del mar acompañara sus pasos.

Un sonido de cocción llenó el local.

Kiki estaba en el horno con los audífonos puestos, guardando pedidos para muchas casas cercanas.

Desde el mostrador se oyó la voz de Nane llamarla.

Kiki giró y, con una ceja levantada, respondió: “¿Sí?” En el mostrador había una viejita de aspecto acabado que, sin embargo, no parecía de esa edad cuando corría: “Que no te engañe su apariencia, es lista y corre como un jovencito”, comentó la anciana.

“¿Qué pasa, Nane?” preguntó Kiki.

“Tienes un nuevo pedido, es de tus clientes favoritos”, dijo Nane con una sonrisita.

Kiki frunció el ceño con confusión al escuchar “cliente favorito”, hasta que notó el pedido en la bandeja y sonrió.

“Ah, Steven”, dijo animada.

“Lo de siempre, ¿no?” Kiki se puso a preparar la pizza con eficacia, mientras las pizzas salían del horno y se entregaban a clientes y turistas que querían probar sabores distintos.

La puerta de Kofi Pizza se abrió y entró alguien que parecía caer bien a todo el mundo; los turistas incluso sentían una sensación de calma con su presencia.

Kiki lo saludó con una sonrisa.

“Ven, ven para acá, mi niño”, dijo Nane desde el mostrador.

Steven, el protagonista, sonrió y respondió con un saludo despreocupado.

“Buenas noches, ¿cómo están?

La pizzería está en auge gracias a tus ideas”, comentó la señora Nane con gratitud.

Steven se rascó la nuca y dijo que hacía lo que podía.

Kiki salió de la cocina y abrazó a Steven como a un hermano.

Él gimió apretado en el abrazo.

“¡Lo estás asfixiando!”, exclamó Nane con una gota de sudor.

“No, aguanta”, insistió Kiki mientras lo apretaba.

Al cabo de unos segundos lo soltó.

Steven la miró con cara de “casi muero”.

“¿Qué?”, preguntó Kiki, sorprendida.

“Hace tiempo que no vienes, me sorprende”, añadió en tono divertido, tocándose la barbilla.

“He estado entrenando más, perdona por eso”, respondió Steven.

Nane despidió a su nieta dándole un pequeño golpe con el bastón en la nuca.

“Ay”, se quejó Kiki mientras se sobaba.

“Se te quema la pizza”, advirtió Nane, y Kiki corrió hacia el horno a recuperar la bandeja.

“Adiós, Steven, cuídate”, dijo Kiki al despedirse.

Él sonrió y miró a Nane, quien ya sostenía su pizza.

“Toma, hijo, y tienes un descuento por cliente frecuente”, dijo la anciana.

Steven pagó rápidamente con un descuento de cinco dólares y salió levantando la mano en señal de despedida, con Kiki gritando un “¡hasta luego!” que resonó en la calle.

Caminando de regreso a casa, Steven pensó en voz baja sobre sus planes.

“Veamos, si los recuerdos no me fallan…

y ahora estoy un veinte por ciento seguro de que algunos sí lo hacen, tengo a una gema obsesionada con mi madre.

Si mira el símbolo de mi escudo me va a enfocar solo por eso.

Tengo una oportunidad de no sucumbir; necesitaría atacar a Peridot primero, luego intentar apartar a Lapiz y después entrar en combate con Jasper.

Tengo una idea que saqué de un manga, Jujutsu Kaisen.

La he estado entrenando y ha funcionado en un sesenta por ciento.

Necesito aumentar ese porcentaje.

Creo que la única que podría seguirme el ritmo en ese ataque sería Amatista.

Aunque Jasper, siendo una Jasper perfecta, tendría desventajas.” Una voz en su mente dijo “Perderías”, pero Steven sonrió con autosuficiencia y contestó en silencio “Nah, yo ganaría”, masticando un trozo de pizza.

Al llegar a su casa notó que las chicas aún no habían salido.

Suspió.

“Llevan tres semanas sin salir”, pensó.

Los robots llegan y llegan, pero todavía no hemos llegado a la parte de la guardería.

El silencio de la noche lo acompañó mientras se metía en la casa, con el sabor de la pizza todavía en la boca y planes de entrenamiento revoloteando en la cabeza.

Debería entrenar más.

No quería meter a Connie en esta pelea, pero si era posible, en la guardería sí la querría llevar, y aunque no le gustara, sería mejor hacerlo en una fusión de Stevonnie.

Mientras comía y se bañaba para quitarse el sudor del entrenamiento, hizo un estiramiento y se acostó, puso música relajante y, con un suspiro, dejó unas partes de pizza para el león antes de quedarse dormido.

Entre murmullos soñolientos, alcanzó a decir algo como “una Connie, dos Connies”, y pronto se encontró flotando en un sueño lleno de sonrisas mientras comía un pollo asado como los de su vida anterior, disfrutando el momento.

Qué rico, decía mientras lloraba lágrimas varoniles y comía sin parar.

Sabía que era un sueño, pero pensaba que era uno hermoso.

De repente levantó una mano al aire y gritó entre risas que elegía a León como su Pokémon.

Un león amarillo apareció, tan confundido como su versión real.

Steven ordenó usar ataque rayo nuclear, pero el león solo lo miró en silencio, ignorándolo igual que siempre.

Steven suspiró y miró hacia un lado, buscando alguna interpretación para su iluminación.

Eh, murmuró confundido al ver una zona amarilla y rosada.

¿Y esto qué es?, pensó mientras flotaba hacia aquel lugar.

Caminó unos pasos hasta que, de repente, cayó al suelo de golpe.

Ay, dijo con una fingida voz de dolor.

¿Quién dijo eso?, resonó una voz gruesa.

Eh, respondió confundido, y al mirar hacia arriba, deseó no haber llegado a ese lugar.

Fin del capítulo 26.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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