Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 28
- Inicio
- Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga
- Capítulo 28 - 28 Capitulo 28 Guarderia
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
28: Capitulo 28: Guarderia.
28: Capitulo 28: Guarderia.
Y eso fue lo que pasó, dijo Steven mirando hacia un lado, donde estaba su mejor amiga Connie.
Entonces, tuviste un sueño en el que rompieron a una gema y sentiste el dolor como si mataran a alguien frente a ti.
Steven se quedó callado, mirando al vacío.
Realmente…
realmente no lo sé, murmuró mientras se sujetaba las manos sobre las rodillas.
Habían pasado varios días desde aquel sueño con Amarillo, y desde entonces algo en él había cambiado.
Ya no tenía la misma energía de antes, y eso no hacía las cosas más fáciles.
Se preguntaba si estaba sufriendo los mismos problemas que el Steven original.
Tal vez por eso aquel viaje al Clúster le afectó tanto.
Ese sentimiento de las gemas rotas era horrible, como si pudiera sentir sus penas, sus pecados, sus problemas, sus alegrías, todo lo que una gema había sido.
Lo sentía en carne propia, y esa idea lo atormentaba mientras Connie lo miraba con preocupación.
Vamos, Steven, susurró ella, haciéndolo recostar sobre sus piernas mientras le acariciaba el cabello con ternura.
Él miraba el cielo, perdido en sus pensamientos.
Connie solo podía ofrecerle consuelo de esa forma.
Qué más podía hacer.
No era una gema, no era Steven en ese sentido, y no podía sentir lo que él sentía.
Podría intentarlo a través de Stevonnie, pero no quería forzarlo a revivir esas emociones.
Después de varios segundos de silencio, Steven mostró una sonrisa un poco forzada, aunque no tanto como los días anteriores.
Connie lo notó.
Ven, dijo él levantándose y estirándose, deberíamos entrenar.
Tal vez eso me despeje un poco la mente, no crees.
Connie lo miró con una expresión seria.
Bueno, respondió simplemente.
Ambos se levantaron y caminaron hacia la casa.
Voy a hacer comida, ¿quieres?, preguntó Steven mientras se dirigía a la cocina.
Está bien, respondió Connie.
Le gustaba la comida que preparaba Steven, siempre tenía un toque especial.
Steven se colocó un delantal y empezó a cocinar.
El sonido del aceite llenó la casa con un aroma cálido, justo cuando la puerta se abrió y las gemas entraron, una más cansada que la otra.
Oh, vamos, se quejó Amatista.
Ya es la novena vez esta semana y apenas vamos por martes, dijo, dejándose caer en el sofá mientras saludaba a Connie con un gesto de la mano.
El Planeta Madre quiere arreglar sí o sí el portal principal, comentó Perla mientras se sentaba al lado de Connie, quien le devolvió un pequeño saludo.
Garnet, que acababa de entrar a la cocina, no dijo nada.
Se sentó en el desayunador y con un leve movimiento de la mano señaló a Steven.
Él la miró confundido, pero comprendió enseguida.
Le sirvió un vaso de jugo, y Garnet lo bebió como si su vida dependiera de ello.
Steven preguntó con tono maternal cómo les había ido, como si fuera una madre curiosa por saber el día de sus hijos.
Más o menos, respondió Amatista, que ya se había acomodado junto a Garnet esperando su parte de comida.
Realmente esas bolas verdes siguen molestando, pero bueno…
comida, exclamó al instante, abalanzándose sobre los trozos de tocino que Steven había preparado.
Mientras ella devoraba sin piedad, Steven miró a Garnet buscando con la mirada si también quería.
Ella solo asintió en silencio, y él le dejó su plato con jugo al lado.
Luego se acercó a Perla, quien parecía más concentrada en su propio mundo, y le dedicó una mirada suplicante.
Perla, sin escapatoria ante aquella expresión de cachorro hambriento, terminó comiendo con un poco menos de rigidez.
Connie, por su parte, comía con la concentración de quien lleva horas sin probar bocado.
Qué buena mamá luchona soy, pensó Steven con una sonrisa, aunque esta se desvaneció al recordar la expresión de pánico de aquella rubí.
Sacudió la cabeza, intentando apartar el recuerdo, y el ambiente volvió a llenarse de un silencio cómodo.
Interesante, murmuró mientras miraba su teléfono con el ceño fruncido.
En la pantalla había una lista de fórmulas matemáticas de integrales, al menos cien, y él trataba de descifrarlas con la mente aún adormecida.
Un sonido fuerte resonó desde el techo.
Todos levantaron la vista, alertas, y de repente un estruendo sacudió toda la casa de madera.
Pum.
El suelo tembló, los platos tintinearon, y ante ellos apareció una enorme esfera verde que ocupaba casi todo el espacio del salón.
Otra, gruñó Amatista, frustrada.
La destruimos y ya, dijo Garnet con su tono tranquilo, mientras Perla asentía.
Las tres se colocaron frente a la bola, listas para actuar, aunque esta no mostraba ningún signo de movimiento.
Esperen, dijo Steven con voz seca.
Las gemas se detuvieron por reflejo, mirándolo confundidas.
Ya me tienen hasta la madre estas cosas, murmuró fingiendo fastidio mientras se acercaba.
La esfera era gigantesca, casi como si hubiera tomado esteroides.
Steven se sentó encima de ella con toda la calma del mundo.
Ahora veamos a dónde nos lleva.
Si esta cosa es más grande, supongo —gracias a mi grandioso intelecto— que servirá para otra cosa.
Así que, por mi parte, no la rompan, comentó con falsa seriedad.
Las gemas guardaron silencio.
Garnet ajustó sus lentes y, apenas tres segundos después, una sonrisa se extendió de oreja a oreja en su rostro.
Hagámosle caso a Steven, dijo alegremente.
Perla y Amatista intercambiaron una mirada confundida, sin entender de dónde venía tanto entusiasmo.
Garnet no respondió.
En cambio, tomó a Connie —que todavía estaba terminando su comida— y, sin darle tiempo a reaccionar, la levantó como si fuera un saco de papas.
¿Eh?, alcanzó a decir Connie, algo desconcertada, aunque no parecía molesta.
Menos camino, pensó para sí con una sonrisa triunfal.
Garnet se sentó al lado de Steven y colocó a Connie justo en medio de ambos, lista para lo que fuera a pasar.
Garnet, con una sonrisa que irradiaba confianza, preguntó qué estaban esperando, invitando a todos a subir.
Amatista y Perla negaron con la cabeza al mismo tiempo, pero aun así terminaron haciéndole caso, subiéndose encima de la enorme esfera verde que vibraba con energía.
Como si un interruptor invisible se hubiese encendido, el extraño robot redondo comenzó a levantarse lentamente.
Nadie podía decir con certeza cuántas patas tenía; algunas veces parecía tener cuatro, otras seis, y en ciertos ángulos hasta ocho.
El diseño era tan extraño que resultaba casi hipnótico.
La máquina se estabilizó con un chirrido metálico y, sin previo aviso, avanzó con un movimiento suave pero poderoso hacia el portal.
Todos quedaron mareados por el repentino impulso; el aire se distorsionaba alrededor y los colores se mezclaban en un remolino brillante.
Connie, que apenas podía mantener el equilibrio, se aferró con fuerza a Steven.
No era por miedo al portal, por supuesto.
Solo…
casualmente quería estar más cerca de él.
Para nada, pensó ella con una sonrisa nerviosa.
Un zumbido grave resonó en la distancia, y en un abrir y cerrar de ojos, el grupo fue lanzado hacia un lugar completamente distinto.
El aire olía a metal viejo y polvo, y la luz apenas alcanzaba a iluminar las ruinas de lo que alguna vez fue un lugar activo.
Vaya, murmuró Steven, mirando a su alrededor con genuina sorpresa.
Increíble, dijo Connie con un tono de asombro, aunque al examinar mejor el entorno notó lo gris y vacío que era todo.
Las sombras danzaban entre las estructuras derruidas y el eco de sus pasos era lo único que rompía el silencio.
La figura mecánica avanzó sin pausa, llevándolos por pasillos desmoronados y plataformas oxidadas.
Todo el lugar parecía…
muerto.
¿Cómo se llama este sitio?
preguntó Steven con una ceja levantada, intentando sonar profesional mientras ocultaba su curiosidad infantil.
Ujum, respondió Perla afinando la garganta antes de comenzar su explicación.
Aquí vamos, murmuró Amatista recostándose perezosamente contra la espalda de Perla, ya acostumbrada a las largas explicaciones.
Este lugar, comenzó Perla con un brillo de nostalgia en los ojos, es la Guardería.
Aquí es donde nacen las gemas, donde se extraen los nutrientes del planeta para darles forma.
Steven siguió su mirada hacia las paredes, donde grandes máquinas antiguas se extendían como raíces metálicas, conectadas a cristales rotos y conductos de energía petrificados.
Lo noto, dijo en voz baja, impresionado por la magnitud del sitio.
Yo también, murmuró Connie, recostando la cabeza suavemente sobre su hombro, aunque sin despegar la vista de los restos de tecnología.
Bueno, prosiguió Perla ajustándose unos lentes que nadie recordaba haberle visto, aunque Steven juraba que no se los estaba imaginando.
Estos proyectores que ven a los lados, continuó ella con aire de experta, no se colocan en cualquier parte.
No, no, no.
Se eligen con precisión.
Negaba la cabeza mientras hablaba, como si la sola idea de instalarlos mal fuera una herejía.
Garnet observaba todo en silencio.
Conocía ese lugar, lo había visto hace milenios, cuando aún estaba vivo y lleno de gemas en formación.
Aunque la nostalgia le dolía, era un dolor que podía soportar.
Perla se cruzó de brazos, retomando su explicación con la paciencia de una maestra que sabe que sus alumnos se distraen fácilmente.
Como decía, esos proyectores que ven ahí son esenciales en la creación de gemas.
Si se fijan bien, algunos tienen pequeños huecos.
Steven y Connie asintieron con atención fingida, aunque Connie parecía más interesada en tocar uno de los proyectores que en escucharlo.
Bueno, continuó Perla señalando hacia una de las paredes, ¿ven la punta del taladro?
Ambos volvieron a asentir.
Ese taladro absorbe y expulsa el líquido que ven dentro.
Parecen órganos, comentó Steven con una gota de sudor bajándole por la mejilla.
Sí, respondió Perla con tres líneas rojas de frustración marcadas en la frente.
No son exactamente órganos, pero funcionan de forma similar.
Ese líquido actúa como un tipo de código base, un lenguaje de creación…
algo así como un lenguaje de programación, ¿así le llaman, no, Steven?
Simones coroneles, respondió él, asintiendo con total seriedad mientras sujetaba a Connie, que por curiosidad había estirado la mano hacia un proyector y casi se caía.
Perla suspiró, acostumbrada ya a ese tipo de interrupciones.
Como decía, ese líquido permite configurar los componentes de una gema.
Al inyectarse, deja una burbuja en el terreno donde se extraen los nutrientes del planeta.
Allí se introduce la información, el código fuente que define lo que la gema será.
¿Entendieron?
Connie frunció el ceño, molesta porque Steven no la dejó tocar nada, pero antes de que dijera algo, él la tomó suavemente de la cabeza y la giró hacia Perla, fingiendo una sonrisa burlona.
Sí, ambos entendimos, dijo Steven, moviendo la cabeza de Connie para que asintiera con él.
Santos cielos…
murmuró Perla con un largo suspiro, preguntándose por qué siempre tenía que pasarle eso.
Entonces Steven, observando a su alrededor, notó el silencio pesado del lugar.
Así que por eso estas zonas están tan muertas…
No pueden ser restauradas, ¿verdad?
Supongo que no, respondió Perla.
Steven escupió al suelo por inercia, como si su saliva sanadora pudiera revertir el daño, pero solo escuchó el eco seco de una gota sobre la piedra.
En medio de todo, algo cambió.
Steven frunció el ceño.
Sintió una vibración en el aire, un temblor imperceptible.
Giró lentamente la cabeza hacia su derecha.
Eh…
murmuró, su voz quebrándose.
Una figura roja apareció al fondo, difusa y tambaleante.
Rubí.
Su respiración se detuvo.
El aire se volvió denso, el sonido desapareció, y en un parpadeo todo se volvió negro.
Steven no podía moverse.
No podía respirar.
Estaba suspendido en un vacío absoluto.
Ningún sonido, ninguna luz.
Solo su propio corazón latiendo con fuerza.
Levantó la cabeza con un esfuerzo que le pareció sobrehumano…
y la vio.
Rubi.
Pero no como antes.
No viva.
No completa.
¿Por qué?
La voz resonó, débil al principio, pero repitiéndose una y otra vez, cada vez más fuerte, más desesperada.
Dime…
¿por qué?
Las palabras se multiplicaban, chocando contra él, reverberando en su mente.
¿Por qué?
¿Por qué?
¿POR QUÉ?
¿POR QUÉ?
Cada grito era un latigazo.
Cada eco, una herida.
Steven intentó taparse los oídos, pero no podía.
Sus manos no respondían.
Su corazón palpitaba tan rápido que dolía.
Sabía lo que estaba viendo.
Sabía lo que recordaba.
Sabía lo que sintió.
La culpa.
Esa sensación corrosiva que lo consumía desde adentro.
La imagen de la rubí aplastada, los gritos ahogados, la mirada indiferente de Amarillo, y el silencio distante de Azul.
Ninguna de las dos hizo nada.
Las veía una y otra vez.
Cada fragmento, cada chispa que escapaba de su gema rota.
Steven temblaba.
Lloraba.
No podía distinguir si era miedo, rabia o desesperación.
Las voces de la rubí seguían gritando en su cabeza, desgarrándolo por dentro.
Estaban en todas partes.
Frente a él.
Detrás.
Dentro.
Hasta que solo quedó eso.
Culpa.
Dolor.
Y el eco interminable de un grito que nunca terminaba.
Steven escuchó una voz que parecía venir de un rincón lejano del infierno, una voz cálida que lo arrancaba de la oscuridad.
De pronto sintió un tirón, como si una fuerza cósmica lo hubiese traído de vuelta a la realidad.
Miró a su alrededor, respirando agitadamente, sin entender del todo lo que acababa de pasar.
Connie lo observaba con preocupación y pronunció su nombre con suavidad.
Él parpadeó confundido, intentando ubicarse, y al verla soltó una respiración entrecortada.
Connie le tocó la frente, comprobando si tenía fiebre.
Steven le apartó la mano con una pequeña sonrisa mientras trataba de parecer tranquilo.
Las demás gemas, afortunadamente, no se habían percatado de su breve colapso.
Connie lo miraba con cierta sospecha, sabiendo que algo no estaba del todo bien.
Steven simplemente suspiró y trató de desviar el tema.
Dijo que solo había sido un pensamiento largo, uno raro, pero nada más.
Connie frunció el ceño, sin convencerse del todo.
El chico, cansado de imaginar cosas, respiró hondo y la miró con decisión.
Le dijo que no quería que saliera lastimada, que aún no estaba lista para lo que podía venir, y propuso fusionarse.
Connie lo entendió, aunque resopló suavemente antes de aceptar.
Ambos se tomaron de las manos y un resplandor envolvió el lugar, llamando la atención de las gemas.
Garnet sonrió con satisfacción, como si hubiese esperado ese momento durante horas.
Amatista cruzó los brazos con indiferencia, y Perla permanecía en una pose pensativa, tan concentrada en su propio mundo que ni siquiera notó el brillo.
Stevonnie abrió los ojos lentamente.
La expresión en su rostro era seria, calmada, aunque algo divertida cuando miró a Garnet y le dijo con voz firme que qué tanto la miraba.
Garnet se quedó en silencio, confundida por la reacción.
Antes de que pudiera responder, el robot frenó bruscamente, haciendo que todos se tambalearan.
Amatista fue la primera en romper el silencio, anunciando con voz despreocupada que habían llegado.
Fin del capítulo 28.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com