Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 29
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29: Capitulo 29: Peridot.
29: Capitulo 29: Peridot.
Vaya, murmuró Stevonnie mientras daba un salto ágil para bajar del robot.
Las demás gemas siguieron su ejemplo, aterrizando a su alrededor.
El enorme robot permanecía inmóvil, sin emitir ni un solo sonido.
Amatista lo observó con curiosidad, llevándose una mano al mentón y preguntando si acaso lo habrían roto.
Luego lanzó una carcajada y bromeó diciendo que seguramente era porque Perla pesaba demasiado.
La aludida se sonrojó al instante, indignada por el comentario, y exigió saber qué había querido decir con eso.
Amatista, riendo, se transformó en una copia exacta de Perla y comenzó a posar como si estuviera en una pasarela, imitando exageradamente sus movimientos mientras decía que así se veía mejor.
Garnet, manteniendo su habitual calma, les pidió que se tranquilizaran.
Ajustó sus gafas con precisión y dio unos pasos hacia atrás al ver que algo extraño sucedía.
Stevonnie, sin pensarlo demasiado, la imitó y retrocedió también, sin comprender del todo por qué lo hacía, pero confiando en su instinto.
El robot comenzó a temblar levemente, como si estuviera sufriendo un colapso interno.
Perla y Amatista lo miraron con atención, mientras el temblor aumentaba hasta parecer el preludio de una explosión.
En respuesta, todos invocaron sus armas; Stevonnie desplegó su burbuja protectora y la mantuvo pequeña para ahorrar energía, lista para reaccionar ante cualquier cosa.
Pasaron unos segundos tensos hasta que el temblor cesó.
La esfera verde brilló intensamente y comenzó a transformarse, adoptando una nueva forma que llamó la atención de todos.
Ante sus ojos, la estructura se reconfiguró en una pirámide de bordes definidos.
Las gemas intercambiaron miradas de confusión y cautela, sin bajar la guardia.
La pirámide descendió lentamente hasta encajarse en el suelo con un sonido mecánico preciso, casi como si todo hubiera sido calculado al milímetro.
Stevonnie observó la escena y comentó que parecía una plataforma.
Garnet asintió, rodeando la estructura con atención, notando cómo se fundía con la superficie.
Amatista, encaramada sobre los hombros de Stevonnie, preguntó si aquella plataforma podría llevarlas a una zona con gemas raras.
Perla respondió que probablemente sí, aunque admitió que la tecnología le resultaba extraña y avanzada incluso para ella.
Stevonnie, sin darle más vueltas, sugirió simplemente subirse.
Con paso firme, la fusión fue la primera en colocarse sobre la plataforma.
Al ver que no ocurría nada peligroso, las demás la imitaron.
En cuanto las cuatro estuvieron encima, el suelo tembló nuevamente y la estructura comenzó a descender suavemente.
Stevonnie, previendo el movimiento brusco, tomó a Amatista del brazo para estabilizarla mientras ella hacía un puchero.
La luz verde que las envolvía se volvió más intensa a medida que descendían, y el aire comenzó a sentirse pesado, como si estuvieran entrando a una zona antigua, oculta durante milenios bajo la superficie.
Bajarían lentamente hasta llegar a una sala extraña, un lugar que parecía suspendido entre lo sólido y lo líquido.
Estaba rodeada de tubos que pulsaban débilmente con una luz verdosa, translúcidos y firmes al mismo tiempo, como si se negaran a decidir qué eran realmente.
Stevonnie miró a su alrededor con desconcierto; aquel sitio no se parecía a nada que hubieran visto antes.
Apenas pusieron un pie fuera de la plataforma, esta comenzó a moverse por sí sola, avanzando con una rapidez inquietante hacia el centro de la habitación.
Perla frunció el ceño, incapaz de comprender lo que ocurría.
Se sentía extrañamente afectada al ver una estructura así tan intacta después de tantos milenios, justo bajo sus narices.
Aunque, considerando que eran solo tres gemas en toda la Tierra, no era tan sorprendente que algo se les hubiera escapado.
Aun así, su dramatismo no fallaba en hacerse notar.
La esfera verde se detuvo de golpe y emitió un zumbido.
De pronto, una pequeña parte de su superficie se desprendió, tomando forma de una diminuta bola luminosa que flotó unos centímetros sobre el suelo.
Stevonnie, con una sonrisa apenas contenida, murmuró que parecía una mitosis, y tuvo que reprimir la risa cuando las demás la miraron como si acabara de decir la cosa más inapropiada posible en una situación así.
La pequeña esfera se desplazó hasta una estructura metálica con forma de mano, muy parecida a aquella donde Rose guardaba sus armas.
Con un salto, la esfera se posó sobre la palma, y un resplandor intenso llenó la sala.
El aire vibró, la energía se acumuló y, de pronto, una enorme pantalla comenzó a materializarse en el centro.
Stevonnie reaccionó al instante; tomó a Amatista y Perla por los brazos y se las llevó tras una columna, mientras Garnet, que ya había anticipado algo así, ya estaba oculta en las sombras.
Durante unos segundos, el silencio fue total.
Podían oír sus propios corazones latiendo.
Luego, una voz resonó entre los ecos de la maquinaria.
Por fin, dijo una voz femenina cansada, aquí Peridot, comando de voz 123155.
Estoy en la guardería de la Tierra.
La imagen en la pantalla mostró a una gema verde con una expresión irritada, su tono cargado de frustración.
Explicaba que, tras múltiples fallas en sus robonoides y una interferencia desconocida en el portal, se veía obligada a operar desde el planeta madre.
Su voz temblaba ligeramente de enojo, aunque intentaba mantener la compostura.
Stevonnie observó en silencio, reconociendo de inmediato aquella figura.
Era Peridot.
Es ella, pensó sorprendida.
Perla tragó saliva, nerviosa, mientras murmuraba que no entendía por qué seguía insistiendo con esas misiones tan arriesgadas.
Amatista, asomándose apenas por la columna, comentó que parecía al borde del colapso, pero aun así divertida por el tono irritable de la gema verde.
Garnet, en cambio, permanecía completamente seria, con la mirada fija en la pantalla, calculando posibles resultados.
Entonces, una luz tenue se encendió justo detrás de ellas.
Eh?, murmuró Peridot, girando rápidamente.
Sus sensores antiguos pero eficientes detectaron movimiento.
Su expresión cambió a alerta.
Hay alguien aquí?, preguntó con tono amenazante.
Los cuatro se quedaron paralizados.
Perla se llevó las manos al rostro, histérica en silencio.
Amatista la imitó, susurrando que no podían dejar que las descubrieran.
Garnet cerró los ojos, buscando un futuro donde aquello terminara bien, pero no halló ninguno.
Y en medio de esa tensión mortal, una voz rompió el silencio.
¡Hola!, gritó Stevonnie saltando desde su escondite y aterrizando justo en el centro de la sala.
Todos quedaron congelados.
Peridot abrió los ojos de par en par, confundida.
Una criatura…, murmuró acercando la cámara hacia la figura alta y brillante de Stevonnie.
Stevonnie sonrió nerviosamente, saludando con una mano.
Qué tal, nena, dijo con su tono más casual posible.
Cómo estás?
¿Eres la jefa de este lugar?
Peridot ladeó la cabeza, intentando analizarla.
Aprovechando el desconcierto, Stevonnie activó su imaginación a toda velocidad.
Vamos, piensa, algo rápido.
Entonces se dio un pulgar hacia arriba, orgullosa de su idea.
Sabes, cuidé este lugar, dijo con una sonrisa segura, llevándose el dedo al pecho con orgullo.
¿Cuidaste este lugar?, repitió Peridot, visiblemente confundida mientras unas manos mecánicas emergían de las paredes y comenzaban a operar de nuevo.
Por supuesto, respondió Stevonnie con una sonrisa aún más amplia.
O acaso crees que este sitio se mantiene tan limpio y ordenado por gusto?
Peridot la observó en silencio, parpadeando lentamente.
Algo en su tono sonaba tan convincente y absurdo al mismo tiempo que, por un instante, no supo si creerle o no.
Stevonnie no perdió el ritmo y siguió con su actuación.
“Oh, vamos, chicas, ¿creen que este suelo se limpia solo?” dijo con la suficiencia justa, señalando uno de los tubos que al principio había llamado su atención.
“Cuando llegué aquí esto era un desastre.
Uno de esos tubos estaba roto, pero como soy muy inteligente lo arreglé para la persona que viniera después.” Puso las manos en las caderas y levantó la barbilla con orgullo teatral.
Peridot frunció el ceño, desconcertada.
¿Sucio?
¿Una tubería de energía rota?
Las preguntas se acumulaban más que las respuestas.
“Identifícate, criatura orgánica”, ordenó Peridot, ladeando la cabeza con hostilidad contenida.
Stevonnie tragó saliva, y en su cabeza un torbellino de ideas se disputó la palabra correcta.
No puedo decir quién soy, pensó.
Ya sé, tenía que ser algo simple, memorable.
“Soy Pepe”, respondió entonces con absoluta seriedad, llevándose una mano a la frente como quien anuncia su nombre real.
El cuarto quedó en silencio por un instante extraño, hasta que Amatista estalló en carcajadas.
Su risa resonó, larga y descontrolada.
“Ja, ja, ja, ja”, llenó la sala, y por un segundo Stevonnie, Perla y Garnet la miraron como si acabara de arruinarlo todo.
Peridot llevó la pantalla hacia la fuente del ruido, confusa.
“Gemas?”, preguntó, parpadeando.
“Imposible…
a menos que sean —” revisó sus informes en la pantalla — “las rebeldes”.
Su gesto cambió al instante; el modo hostil se activó.
“Ustedes fueron las que arruinaron mis planes.
Por su culpa mi diamante casi me destruye”, acusó Peridot, y sin quererlo dejó entrever un tono que tensó el aire.
Stevonnie se tensó; vio a Peridot transformar su forma y por un instante creyó que la gem estaba llamando a una Rubí, pero negó con la cabeza como si hubiera repasado otra idea.
“Las destrozaré”, espetó Peridot furiosa.
Las chicas invocaron armas en reflejo.
Peridot, en un arranque de ira, ordenó que las manos mecánicas de la sala atacaran.
“Mueran, mueran”, gritó mientras lanzaba los guantes mecanizados que, aunque no fueran armas de guerra por diseño, resultaban terriblemente difíciles de esquivar.
“Por ustedes perdí la oportunidad de obtener grandes premios.
Ahora solo tendré…
premios rebeldes.” Amatista se lanzó al frente con un grito, esquivó un golpe del guante-martillo y maldijo entre dientes; “me va a matar Perla si no me matan estas manos”, pensó en pánico por lo que había improvisado.
Perla respiraba honda, furiosa porque Amatista solía arruinar las cosas en los peores momentos.
Stevonnie, por su parte, intentaba mantener la compostura: “No teníamos por qué reírnos”, se reprochó internamente, pero la risa había explotado y ahora debían salir con dignidad.
Garnet no jugó a la improvisación.
Ella sabía mantener la calma; entendía que había motivos y circunstancias para todo esto.
Stevonnie corrió por las paredes, ágil y veloz.
“Soy rápida, soy veloz, soy McQueen”, se dijo en voz alta mientras la mano mecánica la perseguía como una deuda que tenía que pagar desde hacía tres años.
“Sígueme, perra”, bromeó con nervio, dio un blackflip necesario y, con un gesto perfecto, se encaramó sobre la mano.
Invocó su escudo y comenzó a golpear la superficie de la mano con él.
“No tan dura”, pensó en voz alta a modo de broma, y en seguida puso cara seria al notar lo inadecuado de su comentario.
Recuperó la concentración y, en un salto calculado, esquivó otro embate.
Amatista gritó el nombre de Stevonnie para llamar la atención y anunció su propio plan: “Ataque al estilo indio”, exclamó antes de lanzarse en una táctica improvisada.
Mientras caía al suelo, Stevonnie colocó el escudo en la posición exacta; un golpe resonó, metálico y seco.
Amatista corría directo hacia el panel de control de la sala, decidida a desactivar la maquinaria.
Peridot, furiosa, solo alcanzó a decir con frustración: “Se lo informaré a las Diamantes.” Y entonces, un sonido como una detonación recorrió toda la zona.
El eco vibró en los tubos y la pantalla parpadeó.
Nadie tuvo tiempo de respirar.
La alarma mecánica se encendió en un solo y terrible instante.
El silencio cayó sobre la habitación como una losa.
Las cuatro gemas permanecían mudas, cada una anclada a su propio pensamiento.
Las Diamantes, susurró Perla con miedo contenido.
Amatista, que había salido de la parte energética de la sala, también mostraba preocupación.
Nunca las había conocido en persona, y por los relatos que le habían contado sabía que no eran precisamente amigables.
¿Qué hacemos?, preguntó con voz temblorosa.
No lo sé, respondió Garnet después de varios segundos.
Mi visión futura…
no, no me muestra nada.
Ningún futuro favorable.
Stevonnie se quedó en silencio frente a la pantalla.
Lentamente se volvió hacia las chicas, que empezaban a entrar en un pánico totalmente justificable.
“Al menos no vieron nuestra verdadera forma”, pensó Stevonnie, con un escalofrío.
Rodeando a quienes estaban cerca, la fusión comenzó a emitir un brillo suave y se separó en Steven y Connie.
Ese destello llamó la atención de las tres gemas; por un instante no supieron cómo reaccionar.
Steven las miró con calma, plantado detrás de Connie, que se tensó al notar tantas miradas.
Entonces Steven apoyó la mano en su propio hombro, sintiendo el peso de la responsabilidad, y dijo con tono tranquilo: Chicas, ¿cuántos somos en la sala?
Un silencio largo se extendió, hasta que Perla, confusa, respondió: ¿Somos cinco?
Exacto, dijo Steven con una sonrisa que buscaba transmitir seguridad.
Debemos estar unidos.
Ahora que saben esto, y que tienen esta “información”, debemos prepararnos.
Si viene el Planeta Madre, les daremos una paliza.
Su voz, confiada y serena, alivió la atmósfera sombría y calmó los nervios del grupo.
Vámonos, dijo Steven mientras cargaba a Connie sobre su hombro como si fuera un saco de papas.
Este lugar no me gusta por su estética, añadió con tono serio.
Las chicas se quedaron observándolo en silencio, viendo cómo se alejaba con Connie aún en brazos, quien simplemente aceptó su destino sin protestar.
Es como Rose, murmuró Perla mirando a las demás.
Definitivamente, respondió Garnet con una ligera sonrisa.
Amatista no dijo nada.
Su expresión lo decía todo.
Se sentía mal, culpable, horriblemente culpable.
Después de todo, por su risa las habían descubierto.
Caminó sin decir palabra en dirección a donde había ido Steven.
¿Crees que esté bien?, preguntó Perla con preocupación, observando a Amatista alejarse.
Ella ni siquiera sabía que Perla se preocupaba tanto por ella.
No lo sé, contestó Garnet.
Esperemos que solucione sus problemas antes de que llegue el Planeta Madre.
Dicho eso, comenzó a seguir a Amatista.
Perla suspiró, miró a su alrededor y terminó caminando detrás de todas.
—- — — — Adiós, Connie, dijo Steven con una sonrisa.
Adiós, señorita Maheswaran, mientras el auto se alejaba lentamente.
Steven observó el vehículo desaparecer en la distancia y, cuando se aseguró de que nadie lo miraba, comenzó a caminar hacia su casa.
Las olas chocaban suavemente contra las rocas, pero él no les prestó atención.
Su mirada permanecía fija al frente, ausente, caminando en modo automático.
Al llegar, miró por la ventana.
La casa estaba vacía.
Las chicas, aunque de mejor humor, no estaban con ánimos de pasar tiempo con él.
Menos ahora, con la amenaza del Planeta Madre sobre sus cabezas.
Cerró la puerta con llave, caminó hacia el portal y, sin pensarlo demasiado, lo atravesó.
Un sonido resonó en la noche.
Era un lugar lleno de flores y frutas, uno que Steven conocía demasiado bien.
Caminó lentamente, paso tras paso.
Uno tranquilo, dos tranquilos, tres, seis, ocho, quince, cuarenta.
Su paso se aceleraba con cada respiración.
Si alguien lo hubiese visto en ese momento, habría notado las lágrimas que recorrían su rostro.
No puedo.
No puedo, no quiero, no puedo.
No puedo, no quiero, no puedo.
Por favor, no quiero.
Repetía esas palabras una y otra vez, corriendo por lo que alguna vez fue un campo de batalla, ahora cubierto de vida y colores.
Pero en su corazón todo seguía siendo gris.
¿Por qué tenía que pasar esto?
Se suponía que no debía repetirse.
No debía culpar a Amatista, lo sabía, pero el pensamiento lo perseguía.
Se suponía que todo sería diferente.
Pero nada había cambiado.
Todo, absolutamente todo, seguía igual.
Steven cayó de rodillas, las manos clavadas en la tierra, llorando hacia el suelo cubierto de flores.
¿Por qué?, pensó entre sollozos.
Se suponía que debía mejorar esto.
Podía haberlo evitado.
Pero no, se había confiado.
Soy un inútil, murmuró con la voz quebrada.
No puedo proteger a mis amigas.
No soy lo suficientemente fuerte.
Llevó la mano a su gema y la apretó con fuerza, el dolor físico intentando ahogar el otro, el emocional.
Dime, madre…
¿qué puedo hacer?
Dime algo, maldita sea.
Sus palabras se mezclaban con sus sollozos, interrumpidas por los jadeos, los mocos y la desesperación.
Apenas se entendía lo que decía, pero en el fondo solo pedía una cosa: una respuesta, una señal, algo que le dijera qué hacer.
Finalmente, dejó caer su rostro contra el suelo y se quedó allí, llorando en silencio.
Steven no notó cómo un tenue brillo rosado recorrió su brazo, iluminándolo suavemente por unos segundos antes de desvanecerse sin dejar rastro.
Aquella presencia efímera pasó inadvertida, como si nunca hubiera existido.
¿Qué puedo hacer?, murmuró al aire, sin esperar respuesta.
Su mirada se perdió en el cielo nocturno, entre las miles de estrellas que titilaban sobre él.
Una en particular llamó su atención, una estrella que, por alguna razón, le recordó a la Rubí que había sido destruida justo frente a sus ojos.
Dios mío, susurró con la voz quebrada mientras las lágrimas volvían a caer.
¿Por qué soy tan sensible?, pensó con impotencia, viendo cómo aquella luz en el firmamento parecía observarlo, juzgándolo, culpándolo por no haberla salvado.
¿Qué querías que hiciera?, gritó con rabia contenida.
¿Cómo podía salvarte?
¡Estoy a años luz!
Solo estaba mi alma, mi conciencia…
ni siquiera sé qué parte de mí estaba allí.
Solo era yo, un inútil.
¿Crees que podía salvarte?
¿De una maldita Diamante?
¿De verdad crees eso?
Su voz resonó entre los ecos del lugar, pero la estrella permaneció inmóvil, brillante, indiferente.
No podía, dijo finalmente, casi en un suspiro.
Pero…
lo intentaría.
Aunque fuera por impulso, aunque no tuviera oportunidad alguna, lo intentaría.
Porque eso hago, ¿no?
Intento salvar a todos con una sonrisa.
Lo haría porque es lo correcto, lo haría para que no sufrieras más.
Aunque ahora, bueno…
creo que ya encontraste tu descanso.
El viento sopló suavemente entre las flores.
Gracias, se escuchó de repente, una voz lejana y suave, casi como un eco en su mente.
Lo intentaste, y eso es lo que cuenta.
Lo pensaste, y eso también cuenta.
Descansa, Steven.
Steven se quedó inmóvil, mirando hacia arriba.
La estrella que había visto ya no estaba.
Solo quedaban las constelaciones habituales adornando el firmamento.
Ja…
ja…
jaja…
jajaja…
¡jajajajaja!
¡JAJAJAJAJAJA!, comenzó a reír entre lágrimas.
Eso era…
la culpa.
Todo este tiempo he estado cargando con la maldita culpa.
Gracias, Rubí.
Gracias por recordarme lo obvio.
Gracias por…
gracias, gracias, gracias, decía entre sollozos, dejando que las lágrimas corrieran libremente.
No merezco esa compasión, pero la aceptaré.
La haré mía.
La usaré como mi fortaleza.
A partir de ahora entrenaré más.
Si quiero protegerlas, debo hacerlo.
No permitiré que una maldita Jaspe o cualquier gema que venga nos destruya.
La enfrentaré, y si es necesario…
la derrotaré.
Guardó silencio un momento y suspiró.
Bueno, tampoco tanto, dijo en voz baja tras darse cuenta de lo que acababa de decir.
Miró hacia el monte y se recostó sobre la hierba.
Me quedaré aquí un rato…
solo un ratito más, murmuró con los ojos cerrándose lentamente.
Antes de dormirse, creyó ver entre las estrellas una constelación que parecía un anciano haciéndole la señal de “ok”.
Necesito dormir, dijo apenas audible, y se desplomó rendido, cayendo en un sueño profundo.
Durmió por horas, muchas horas, tantas que las gemas comenzaron a preocuparse por él.
Fin del capítulo 29.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com