Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 30
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30: Capitulo 30: Preparación antes del conflicto.
30: Capitulo 30: Preparación antes del conflicto.
Unos pasos resonaban suavemente sobre la arena de la playa.
Era Steven, quien caminaba con la mirada fija en el horizonte.
Los últimos días no habían sido tranquilos; las chicas estaban más tensas que nunca y él necesitaba despejar su mente, respirar un poco de aire fresco.
Avanzaba por toda Ciudad Playa, saludando a las personas con su sonrisa habitual, aunque en el fondo su ánimo no era el mismo.
Tras varios minutos de caminar, finalmente llegó a su destino.
Padre, dijo alzando la mano en un saludo tranquilo.
Stevo, respondió Greg con su sonrisa de siempre mientras daba cambio a un cliente.
¿Cómo va el trabajo?, preguntó Steven con un tono relajado.
Está bien, está bien, respondió Greg animado.
Estos días han venido montones de turistas, muchos autos, y parece que la arena de la playa los vuelve un desastre.
Aunque bueno, eso no es tan malo, los autos sucios dejan buen dinero.
Greg se rió, pero luego negó con la cabeza.
Me desvíe del tema.
¿A qué vienes, Stevo?
Pensé que ayer me habías traído esas notas para tocar con tu ukelele, ya hace tiempo que no compones nada.
Steven sonrió levemente y se rascó la cabeza.
Vine a traerte unas pizzas, dijo sacando una caja como si apareciera de la nada.
Increíble, respondió Greg mientras tomaba un pedazo y empezaba a comer.
Vamos, chico, sé que tienes algo que decir, solo dilo.
Aquí está tu viejo, ya no soy tan joven como antes, pero todavía puedo darte buenos consejos, o al menos intentarlo.
El silencio se extendió por unos segundos.
Steven bajó la mirada, y luego de respirar hondo, habló con voz más seria.
Sabes, papá…
estos días han sido un poco difíciles.
No sé cómo decirlo, pero hay una gema de otro planeta que tiene su vista puesta en la Tierra.
Levantó la mirada y su expresión se volvió firme.
Si en algún momento notas algo raro en el cielo, algo que no debería estar ahí, quiero que corras.
No quiero que estés aquí cuando eso pase.
¿Steven?, murmuró Greg, preocupado.
Quiero que te vayas y te lleves a todas las personas posibles.
No quiero que nadie quede en este lugar.
¿Steve?, volvió a decir Greg, con el rostro lleno de angustia.
Mírame, padre.
Mírame y prométeme que lo harás.
Greg se quedó callado.
Su voz tembló un poco cuando finalmente habló.
Hijo mío, no quiero que te hagas daño…
eres lo único que me queda.
Steven lo miró con una sonrisa cargada de culpa.
Lo sé, papá.
Pero si no protegemos el planeta, no tendré a nadie cuando vuelva de esa batalla.
Greg lo abrazó con fuerza, sin poder contener las lágrimas.
Steven le devolvió el abrazo con el mismo sentimiento.
Prométeme que regresarás, dijo Greg entre sollozos.
Lo prometo, respondió Steven después de unos segundos de silencio.
Bien, hijo mío.
Entrena, haz lo que tengas que hacer.
No entiendo del todo el mundo de las gemas, pero te esperaré, sin importar cuánto tardes.
Steven asintió, con una determinación tranquila en su mirada.
Lo haré, padre.
Y mientras el viento soplaba con suavidad, ambos permanecieron juntos, compartiendo un silencio que decía mucho más que las palabras.
Adiós, padre, murmuró Steven mientras caminaba por la orilla de la playa.
Adiós, Stevo, respondió Greg con voz preocupada, observando a su hijo alejarse hasta que su figura se perdió entre el reflejo del atardecer.
Los pasos de Steven resonaban con suavidad sobre la arena húmeda, y el sonido de las olas se mezclaba con sus pensamientos cansados.
Creo que entrené demasiado, pensó mientras miraba su mano hinchada por el esfuerzo.
Con un gesto cansado, se pasó un poco de saliva para aliviar el dolor muscular.
Levantó la mirada hacia la casa, que ya se encontraba cerca, y caminó sin prisa mientras el cielo se tornaba lentamente anaranjado.
Debo estar atento, se dijo en voz baja.
Si mal no recuerdo, Lápiz debería habernos avisado, aunque las chicas nunca me mostraron el comunicador que aparecía en la serie.
Tal vez no lo consiguieron, pero…
si de alguna forma Lápiz se pasó al lado de las Diamantes…
Steven tragó saliva con nerviosismo, una gota de sudor resbaló por su frente.
Al entrar a la casa, notó que estaba vacía.
Todo estaba en silencio, solo se escuchaba el crujido leve del piso bajo sus pies.
Se dejó caer en el sillón, soltando un suspiro profundo.
Miró hacia el rincón donde solía echarse León y pensó que quizá debería tener la espada de su madre a la mano.
O tal vez buscar los tanques de Rose.
Pero luego negó con la cabeza.
No, eso no sería práctico, recordaba que apenas le hacían cosquillas a los enemigos más fuertes.
De todas formas, sabía que las chicas buscarían esos artefactos, así que pensó que sería mejor adelantarse.
Se levantó, caminó hasta León y le acarició el lomo.
El gran felino rosado abrió los ojos lentamente y lo observó con expresión soñolienta, aunque su mirada transmitía la clara intención de morderle la mano si lo molestaba más de la cuenta.
Steven rió con suavidad mientras seguía rascándole.
Necesito un favor, amigo mío, dijo en voz baja.
León lo observó con seriedad, percibiendo el tono distinto en la voz de su compañero, y se incorporó lentamente.
Sabes dónde está el lugar donde mamá guardaba las armas, ¿cierto?
León asintió con la cabeza sin dudarlo.
Llévame, necesito traer muchas cosas.
Steven subió sobre su melena y, con un rugido que resonó por toda la casa, ambos desaparecieron dentro de un portal brillante.
Aparecieron en el viejo campo de batalla, entre piedras rosadas y fragmentos que aún brillaban débilmente con energía residual.
Steven se movió con rapidez, recogiendo todo lo que creyó indispensable: cañones, armaduras, equipos, y varios objetos que las chicas habían mencionado en algún momento.
León lo ayudaba cargando sin esfuerzo cada cosa dentro de su melena.
Cuando finalmente regresaron, aparecieron en medio de la casa.
Las chicas estaban en la habitación y se giraron sorprendidas.
Steven, exclamaron las tres al unísono.
¿Qué haces encima de León?, preguntó Perla sin entender nada.
Andaba buscando cosas que podrían servirnos, respondió Steven con una sonrisa tranquila.
¿Cosas que te servirían?, repitió Amatista con el ceño fruncido.
Claro, dijo Steven sin perder la calma.
Luego se agachó y, para asombro de las tres, empezó a sacar de la melena de León una cantidad absurda de cosas: cañones, armas, armaduras y herramientas de todo tipo.
Perla lo miraba sin poder hablar, viendo cómo el plan que ellas habían estado preparando con cuidado ya había sido resuelto por Steven sin siquiera consultarlo.
Bueno, eso es todo, comentó él con una burbuja en la cabeza para no asfixiarse mientras seguía sacando cosas.
Ah, y casi lo olvido, la espada.
Dijo eso y la desenvainó con orgullo.
Algo más que necesiten, chicas?
Las tres lo observaron sin saber qué decir.
Creo que…
nada, respondió Perla con voz apagada.
Garnet, en silencio, tomó uno de los cañones de Rose y lo sostuvo con firmeza.
Gems, movámonos.
No tenemos mucho tiempo, ordenó Garnet con determinación.
Todos comenzaron a organizar el equipo, revisando cada detalle.
El día entero se les fue preparando, ajustando lo que podían.
Finalmente, cuando el sol empezó a caer, Steven sonrió con tranquilidad.
Vayan a descansar, yo me encargaré de vigilar, dijo con voz segura.
¿Estás seguro?, preguntó Perla, todavía con algo de duda.
No quiero que te desveles.
Por supuesto, respondió Steven con una sonrisa confiada.
Garnet asintió y se dirigió a su habitación, seguida de Amatista y Perla.
La casa quedó en silencio otra vez, solo el sonido del mar acompañaba la noche.
Steven se quedó de pie junto a la ventana, viendo cómo la luna empezaba a reflejarse en el agua.
Sacó su teléfono y suspiró antes de abrir la lista de contactos.
Con una mirada decidida, marcó el número de Connie.
El número no contestó y la llamada cayó en el buzón de voz.
Steven suspiró y dejó su mensaje en la grabadora.
Hola, Connie, dijo con voz tranquila, ¿cómo estás?
Espero que bien.
Solo quería saludar y decirte que en los próximos días estaré en una misión importante.
Miró por la ventana y juró ver algo verde asomándose en la distancia, pero se obligó a volver al mensaje.
No quiero que estés cerca de la playa, porque podrían aparecer gemas mutantes y son demasiado peligrosas para ti.
No quiero que salgas herida.
Te quiere tu mejor amigo, terminó con ánimo y colgó.
Un suspiro llenó la habitación.
Steven miró a León, que lo observaba con atención.
Sabes, dijo, si por alguna razón me pasa algo y me llevan al Planeta Madre, cuida a mi padre y a Connie.
No importa lo que pase, protégelos, ¿sí?
León, tras unos segundos, se acomodó y asintió con la calma de quien entiende más de lo que aparenta.
Eso es un sí para mí, murmuró Steven con una risita.
Miró hacia afuera; la luna bañaba Ciudad Playa y la reja nueva brillaba como un recordatorio de que ya no todo era como antes.
¿Qué debería hacer?, se preguntó en voz baja, cuando de pronto sintió un tirón violento que lo lanzó al suelo, inconsciente.
Se despertó en pánico, con la sensación de que su conciencia era arrastrada hacia otro lugar.
No de nuevo, gimió antes de recobrar la vista.
Una voz familiar susurró “mi diamante lo ordenó” y Steven abrió los ojos en el interior de una nave verde.
Maldición, murmuró mirando alrededor, y vio dos figuras cerca: una grande y naranja que ordenaba con autoridad y otra más cortante.
Tu diamante, dijo la figura más alta, mi diamante murió allí y la culpable sigue en el planeta.
Si las rebeldes siguen en ese estúpido mundo, yo misma la traeré ante las Diamantes.
Peridot, alterada, protestó que la misión era el Clúster.
Jaspe, con paso firme, respondió que si encontraban a una rebelde que no fuera Rose irían al Clúster, pero si era Rose la llevarían ante las Diamantes y fin de la discusión.
Todo se habló con voz dura y sin vacilación.
Steven estaba en shock.
¿Cómo diablos llegué aquí?, pensó mientras escuchaba a Peridot refunfuñar sobre lo inútil que le parecía su compañera jaspe.
Debemos movernos, dijo Peridot, estamos cerca de la Tierra, esas rebeldes no durarán nada.
Faltan diez horas para llegar, añadió con las manos sobre el tablero, y sus ojos empezaron a chispear con estática.
Un jalón le arrancó otra visión: minis celdas alineadas y en ellas gemas conocidas.
Lapislázuli estaba allí, temblando y murmullando perdón, perdón.
Steven sintió lástima y una furia helada a la vez.
Sufriste mucho, le dijo en voz baja a la celda, y con otro tirón fue devuelto a su cuerpo en la playa.
Lapislázuli, aún confundida, pensó que tal vez Steven la había llamado, sin saber que él la había visto solo por un instante.
Steven se incorporó de golpe, con la boca seca y la cabeza dando vueltas.
Necesito avisar a las chicas, se dijo con determinación y miedo mezclados.
Corrió hacia la puerta mientras la noche parecía cerrarse tras él.
Fin del capítulo 30.
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