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Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 35

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  3. Capítulo 35 - 35 Capitulo 35 Una platica
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35: Capitulo 35: Una platica.

35: Capitulo 35: Una platica.

Continuemos.

Habían regresado a la casa de Steven, y en la entrada los recibió su padre con los brazos abiertos, completamente desbordado por el alivio.

A simple vista parecía que la expresión del hombre había envejecido varios años en apenas unos días, pero aun así trataba de mostrar fortaleza.

La casa seguía dañada, aunque las partes más importantes ya habían sido reparadas o aseguradas, y eso bastaba para que todos pudieran estar dentro sin preocupaciones inmediatas.

Su padre no podía dejar de llorar, y Steven comprendía perfectamente que después de todo lo ocurrido no había palabras capaces de describir lo que ambos sentían.

Pasaron varias horas conversando con tranquilidad, sin tensión, sin caos, como si los dos hubieran estado aferrándose durante mucho tiempo a ese instante de normalidad que por fin había regresado.

Llegada la noche, su padre respiró más calmado al verlo en tan buen estado y decidió regresar a su pequeña casa, la que tenía instalada en su área de trabajo, una pequeña llantera que también servía de hogar.

Se despidió con una última mirada cargada de cariño, subió a su camioneta y encendió las luces.

Steven observó en silencio el vehículo alejarse lentamente, y mientras los faros se hacían cada vez más pequeños hasta desaparecer en la distancia, soltó un suspiro largo, pesado y liberador al mismo tiempo.

Caminó hacia la cocina, o lo poco que quedaba de ella, pero agradeció profundamente que su padre hubiese logrado poner varias cosas en orden, suficientes como para que el espacio no se sintiera completamente inhabitable.

Encontró algunos utensilios rescatables y decidió preparar algo simple, ya que su padre le había dejado pizza para cenar, pero no consideró adecuado comer eso cuando prácticamente acababa de despertar de algo muy parecido a un coma.

Optó por preparar una ensalada ligera mientras dejaba que sus pensamientos fluyeran en silencio.

La casa estaba en calma.

Las chicas ya se encontraban en sus habitaciones y él suponía que era la única persona despierta, acompañado únicamente por su mente que aún se acomodaba lentamente a la realidad.

Sin embargo, no estaba tan solo como pensaba.

Un susurro suave, casi tímido, rompió el silencio cuando escuchó una voz pronunciar su nombre con cautela.

El susto lo sacó bruscamente de sus pensamientos y casi deja caer su plato, aunque logró atraparlo con rapidez gracias a sus reflejos.

Colocó una mano sobre su pecho mientras respiraba agitadamente y observó a Lapis sentada en el sillón, uno que tampoco había salido ileso del desastre, pero aún era capaz de sostener a alguien sin romperse…

probablemente.

Ella lo miraba en silencio, sin cambiar su expresión, intentando comprender por qué él había reaccionado de esa manera.

Ambos quedaron en un silencio raro, incómodo, demasiado pesado para un lugar en el que solo estaban ellos dos.

Steven decidió romperlo con una pregunta sencilla, preguntando si planeaba quedarse en el sillón.

Lapis lo miró sin saber muy bien cómo interpretar sus palabras, como si intentara adivinar si lo decía por incomodidad o preocupación.

Respondió con tranquilidad, preguntándole si había algún problema y si no quería que estuviera allí.

Bajó un poco la mirada como si temiera que la respuesta la empujara a levantarse, marcharse o sentirse una intrusa.

Steven reaccionó de inmediato, negando con la cabeza mientras soltaba una pequeña risa nerviosa que la confundió aún más.

No quería que se sintiera culpable ni fuera de lugar, y en realidad tampoco sabía cómo explicarle lo que pasaba por su mente; simplemente estaba tratando de acostumbrarse a todo de nuevo.

Steven intentó calmar la incomodidad con una sonrisa ligera y le dijo a Lapis que no se preocupara, explicándole que tenía un futón en su cuarto, o al menos lo que quedaba de él.

Hizo un gesto para que esperara mientras terminaba de comer, y ella simplemente asintió con silencio absoluto, permaneciendo inmóvil como una estatua.

Él tragó saliva al notar lo obediente y seria que se mostraba, sintiendo una gota de sudor recorrer su sien ante la extraña tensión del momento.

Luego de unos minutos, cuando terminó su ensalada, le hizo seña para que lo siguiera y Lapis caminó detrás de él sin decir una palabra ni mostrar expresión alguna.

Ese comportamiento lo mantuvo alerta, como si en cualquier momento sus nervios decidieran traicionarlo.

Al llegar a su habitación, Steven comenzó a buscar entre algunas cajas y montones de ropa en ruinas, intentando rescatar unas sábanas que pudieran servir.

Lapis se sentó en su cama mientras observaba el lugar con una expresión vacía, casi como si todavía procesara el concepto de estar allí.

Para su alivio, la cama seguía intacta, y también su televisor y videojuegos, lo cual sintió como un milagro digno de agradecimiento a cada santo, leyenda o amuleto existente.

Después de algunas improvisaciones, logró acomodar un pequeño colchón armado con mantas dobladas, intentando darle un mínimo de comodidad.

Lapis seguía mirando fijamente, como si esperara instrucciones o explicación detallada de cada movimiento humano.

Cuando Steven terminó, ella observó el colchón improvisado con desconcierto y preguntó qué era aquello.

Él explicó con naturalidad que se trataba de una cama, un lugar suave y cómodo donde podía dormir.

Lapis repitió la palabra como si fuera un término completamente desconocido, observando la superficie como si fuera una herramienta alienígena.

Steven sonrió con paciencia y decidió hacer una demostración.

Se acostó, cerró los ojos y le explicó que solo debía ponerse cómoda, dejar de pensar en todo y simplemente quedarse dormida.

Sin embargo, su explicación no llegó a completarse del todo porque, irónicamente, el cansancio lo venció de forma inmediata y cayó dormido sin siquiera darse cuenta de lo épica y poco educativa que había sido su demostración.

Lapis lo observó con un gesto de duda, pero imitando lo que había visto, se acomodó a su lado y cerró los ojos tal como él había indicado.

Y para sorpresa de cualquiera que conociera su naturaleza, logró quedarse dormida con éxito, como si el concepto de descanso hubiera estado esperando por ella desde hace mucho tiempo.

Steven despertó con la sensación de algo frío, suave y ligeramente pesado presionando su rostro.

Al abrir los ojos notó que tenía un pie azul sobre la cara, completamente inmóvil.

Se quedó en silencio unos segundos, procesándolo, y con un gesto lento apartó el pie de Lápiz, quien seguía rígida como un ciervo sorprendido por Camion-Kun en plena carretera.

Suspiró con cansancio amable y salió de la habitación, caminando hacia el baño mientras aún intentaba terminar de despertarse por completo.

Frente al espejo encendió la luz, tomó su cepillo y comenzó a lavarse los dientes mientras su expresión se volvía seria.

Steven pensaba.

No he tenido tiempo para asimilar nada, pero creo que tengo un problema enorme.

Se detuvo por un momento, mirándose fijamente al espejo con el cepillo aún en la boca.

Tengo a Jasper y a una Peridot merodeando por aquí, y si todo hubiese continuado como antes quizá ahora no estaría respirando.

Así que no puedo quedarme quieto.

Retomó el cepillado, aunque su mirada reflejaba un pensamiento más profundo.

Debo entrenar mucho más, tengo que buscar nuevas formas de pelear, aprender a analizar mi entorno y aprovechar lo que tengo.

Si quiero proteger a todos necesito pensar como realmente soy, no como la versión que algunos esperan.

Debo protegerlas, porque si yo no lo hago entonces ¿quién lo haría?

Al terminar, dejó el cepillo a un lado y se quedó observando su reflejo durante unos segundos, como intentando encontrar una respuesta oculta en sus propios ojos.

Creo que también necesito enseñarle lo básico de la Tierra a Lápiz, no quiero que vuelva a sentirse perdida ni confundida.

Aunque…

si me pregunta se lo explicaré con calma, y si llega a desbordarse puedo pedirle ayuda a Amatista, definitivamente ella tiene una paciencia única, aunque nadie lo crea.

Sí, probablemente debería empezar por ahí.

Tras varios segundos de silencio decidió salir del baño ya más despierto y algo mejor arreglado.

Miró hacia su habitación y notó que Lápiz seguía exactamente en la misma posición en la que la dejó, tan inmóvil que si fuera humana cualquiera pensaría que llevaba horas sin signos vitales.

Negó suavemente con la cabeza y con una sonrisa breve, para después continuar con sus actividades matutinas.

Preparó algo simple de comer, ordenó lo poco que quedaba en el lugar y lavó los trastes en silencio, mientras escuchaba atentamente por si alguien despertaba.

Miró hacia los cuartos del resto de gemas y notó que aún no había señal de movimiento.

Todo permanecía en calma, demasiado silencioso.

Supongo que realmente quedaron afectadas por todo lo que pasó.

Dijo Steven mientras secaba el último plato, dejando escapar un suspiro reflexivo que se mezcló con la luz suave de la mañana.

Miró hacia Lápiz, quien seguía dormida profundamente y sin intención alguna de despertar pronto.

Con un pensamiento rápido y casi impulsivo, decidió salir un momento a despejarse.

Caminó hacia la playa mientras el aire fresco del mar lo recibía y el sonido de las olas acompañaba sus pasos.

Cada pisada dejaba una pequeña huella en la arena, rodeada de restos metálicos y piezas sueltas de la nave que había quedado destruida.

Steven comenzó a recogerlas una por una, lanzándolas con todas sus fuerzas hacia el agua para limpiar la zona.

No es contaminación si no tiene nada malo, murmuró para darse ánimos mientras arrojaba cada parte al mar como si fuera una simple piedra.

Según él, las piezas no eran dañinas para la naturaleza…

o al menos eso quería creer para no complicarse más la existencia.

Siguió trabajando mientras observaba de reojo el camino por donde su padre solía llegar.

Una pequeña parte de él esperaba verlo aparecer con esa sonrisa cansada pero reconfortante.

Sin embargo, no lo vio llegar en ningún momento y una punzada leve se formó en su pecho.

Recordó que, durante su conversación, su padre le había explicado que tenía demasiado trabajo y que no debía sentirse mal si no podía acompañarlo tanto como quería.

Por supuesto, Steven había aceptado con una sonrisa, aunque por dentro no dejaba de sentir ese pequeño vacío inevitable.

Si no trabaja luego no comemos, pensó mientras lanzaba otra pieza con un poco más de fuerza.

Pasaron varias horas y, sin darse cuenta, había convertido la limpieza en un entrenamiento intenso.

Saltaba, corría, empujaba, levantaba peso y evaluaba el terreno mientras recogía cada pedazo de metal.

Cuando terminó, notó que uno de los impactos había dejado un gigantesco agujero en la arena, pero solo lo observó un momento y dejó escapar una risa suave.

Ese problema queda para el Steven del mañana…

o del próximo año, quién sabe.

El cielo comenzaba a oscurecer y las nubes se teñían de un color violeta profundo, así que decidió regresar a casa.

Al entrar, observó a las gemas reunidas alrededor de Lápiz, quien seguía dormida tan profundamente que parecía haber encontrado la paz absoluta.

…

…

…

Un silencio extraño e incómodo flotaba en el ambiente hasta que Amatista no pudo contenerse más y habló.

Amatista dijo que si él realmente le había enseñado a dormir, porque parecía que estaba tomando el curso completo con diploma incluido.

Intentaba aguantar la risa, pero claramente estaba perdiendo el control.

Steven se llevó una mano a la nuca y sonrió.

Pues sí, parece que le enseñé bien, porque está logrando un récord mundial.

Ni sabía que dormiría tanto.

Luego añadió con expresión curiosa.

Además, ¿no se supone que las gemas no necesitan dormir?

Porque me siento como si hubiese activado un modo secreto que nadie había probado.

Perla negó suavemente con la cabeza, colocándose una mano en el pecho con elegancia.

No lo necesitamos realmente, pero tal vez no es algo físico, sino mental.

Las demás la miraron esperando una explicación más completa, como si estuvieran a punto de escuchar una teoría digna de un libro científico.

Perla se sonrojó un poco por la atención, pero continuó con voz más baja.

Suponiendo que estuvo bajo un estrés extremo desde la última vez que la vimos, no me sorprendería que su mente colapsara y necesitara reposar dentro de su gema.

Si mi suposición es correcta, debo admitir que la admiro.

Soportó demasiado sin romperse.

El silencio volvió, pero esta vez era uno que mostraba comprensión y respeto.

Nadie sabía con exactitud cuánta carga emocional llevaba Lápiz encima, y menos aún que incluso hablando cerca de ella, no reaccionaba ni un poco.

Steven rompió el silencio con algo lógico mientras observaba a Lapiz, aún inmóvil.

-Steven: vamos a mi habitación, no quiero despertarla ni molestarla.

Supongo que ya tiene demasiado en la gema, la mente o lo que sea, para estar así.

Se levantó y caminó con tranquilidad hacia su habitación.

Las tres gemas intercambiaron miradas confundidas, pero sin decir palabra lo siguieron en fila.

Al entrar, lo primero que notaron fue el ambiente habitual de la habitación: rosada, luminosa, llena de nubes flotando como algodones eternos, todas cargadas con la capacidad de tomar cualquier forma.

De la nada, una figura comenzó a formarse entre las nubes, moldeándose como si alguien invisible la estuviera tallando.

Las tres levantaron una ceja al mismo tiempo, pero su sorpresa real llegó al ver a Rose Cuarzo materializarse, observándolas solo de reojo, mientras clavaba su mirada directamente en Steven.

Steven notó esa mirada y simplemente hizo un gesto pequeño con la mano, como si dijera sin palabras que no era momento para eso.

La figura de Rose desapareció tan rápido como había llegado, dejando una nube dispersa y tres gemas aún más confundidas, mirándolo con preguntas silenciosas.

Steven no reaccionó a esas miradas, o simplemente decidió ignorarlas.

-Steven: bien, esperen un momento.

Agitó su mano y creó una sala elegante formada con nubes, con sillones suaves y una mesa baja con té caliente ya servido como si todo hubiera sido planeado desde antes.

Las tres gemas se sentaron casi robóticamente, sin saber qué decir, mientras fijaban la mirada en Steven.

Hubo unos segundos incómodos donde el té soltaba vapor y nadie respiraba demasiado fuerte, hasta que Amatista se atrevió a romper el silencio.

-Amatista: oye Steven…

¿esa era Rose?

Steven levantó la mirada sin cambiar su expresión, y el simple silencio fue suficiente para que Amatista se tensara un poco.

-Steven: no.

Esa fue toda su respuesta, directa, clara y sin espacio a debate.

Perla soltó un suspiro largo, algo nervioso, y cuando notó que las demás la miraban, se sonrojó apenas, intentando disimular.

Garnet observó detenidamente a Steven; lo veía tranquilo, pero algo distinto se escondía detrás de sus ojos, algo que antes no estaba ahí.

Decidió hablar con voz calmada.

-Garnet: Steven…

sé que recién despertaste de todo esto y…

bueno…

no es que queramos obligarte, pero…

Apretó los puños con fuerza, como si temiera lo que estaba a punto de admitir.

-Garnet: sinceramente, necesitamos tu ayuda.

Tenemos dos gemas aquí, y no sabemos cuál fue o cuál sigue siendo su plan original.

Una de ellas fue, y posiblemente aún sea, lo más perfecto que la Tierra produjo.

La sala quedó sumida en un silencio pesado, casi incómodo, mientras Steven simplemente observaba a Garnet con una expresión imposible de descifrar.

Perla continuó para evitar que el ambiente se rompiera por completo.

-Perla: mira…

sabemos que no somos muy buenas hablando de esto, pero…

Hizo una pausa, exhalando con cansancio emocional.

-Perla: sabemos que en esta batalla, tú no deberías haber sido quien cargara con el dolor y…

sufriste mucho.

Nosotras…

nosotras queremos escuchar tu opinión esta vez.

Se llevó las manos a la cabeza, en un gesto de frustración y culpa, mientras Amatista se inclinaba hacia adelante intentando ayudarla.

-Amatista: Steven…

oye, te estamos escuchando, ¿sí?

Steven levantó la mirada con calma, lo cual bastó para que las tres se callaran y pusieran toda su atención en él.

-Steven: …

Amatista sería la siguiente en hablar, apretando los puños con visible frustración.

-Amatista: esta pelea no era tuya…

fue mi culpa por reírme esa vez, y sinceramente me arrepiento día y noche por cada segundo que pasó y por lo que sigue pasando.

No sé qué hacer, Steven…

no sé qué fue lo que pasó en la guerra ni por lo que realmente lucharon.

Solo…

—suspiró— solo quiero proteger esto que tengo, porque es lo único que he conocido, y creo que para ti también.

Solo…

solo quiero que me perdones, y que nos ayudes, y que lo comprendamos juntos.

Y creo que hablo por las tres que estamos aquí.

Volteó a ver a las otras, y tanto Perla como Garnet asintieron con firmeza.

Amatista continuó, intentando mantener su voz sin quebrarse.

-Amatista: si realmente no quieres seguir con esto…

solo quiero…

¡no!, queremos que estés seguro.

Si tu decisión es pelear con nosotras o no hacerlo…

vamos a entenderlo.

Bajó la mirada mientras el silencio envolvía la habitación, acompañado únicamente por la suave música clásica que Steven había puesto desde el principio, intentando calmar el ambiente sin pensarlo demasiado.

Steven observó a las tres, que parecían más que nada unos perros siendo regañados, y aunque le sorprendía su tono, también entendía su miedo.

Estaba claro que no sabían cómo empezar ni cómo continuar, y recién entonces se dio cuenta de algo obvio.

Después de todo, haber estado tres días inconsciente y rígido seguramente reflejaba el nivel de estrés de las gemas.

Una gota de sudor imaginario cruzó su mente al notar lo ciego que había estado con respecto a ellas.

Su mente comenzó a procesar cientos de posibles respuestas, para él todas válidas, todas lógicas, pero solo una encajaba con lo que quería para el grupo.

Para las gemas…

y para sí mismo.

Tras unos segundos eternos para ellas, Steven se levantó, provocando que las tres se tensaran sin siquiera levantar la mirada.

Se acercó con pasos lentos, respiró y, sin decir una sola palabra, las abrazó con fuerza, envolviéndolas a las tres al mismo tiempo.

Las gemas quedaron completamente en shock, mirándolo como si no entendieran en qué momento la tensión se había derrumbado.

Steven sonrió con toda la confianza del mundo, la sonrisa más descarada del planeta.

-Oh, vamos —dijo riendo a carcajadas, haciendo que toda la habitación resonara—.

Somos un equipo.

Somos las Gemas de Cristal.

Nos agarraron desprevenidos, sí, pero ahora…

—cerró el puño con fuerza— nosotros vamos a ganar.

Agarró a Amatista de los hombros, obligándola suavemente a levantar el rostro mientras sus ojos se abrían de par en par.

-Steven: no te culpo por nada, Amatista.

Las cosas pasan por algo.

Si no hubieras hablado, podrían haber ocurrido miles de posibilidades, mejores o peores…

o tal vez lo mismo.

Así que deja de cargar con eso.

-Pero yo…

—intentó decir Amatista.

-Sin peros —respondió Steven, tapándole la boca con una mano creada mágicamente desde la habitación.

-Amatista: …

-Tú también —continuó Steven señalando a Perla y Garnet, quienes seguían con la boca abierta—.

¿Qué les pasa?

¿Por qué creen que entreno?

¡Por supuesto que voy a pelear!

Es más: arreglamos la casa y luego vamos por esas gemas hijas de su madre.

¿Qué les parece?

Ambas se miraron entre sí, y poco a poco apareció una sonrisa en cada una, una sonrisa llena de decisión, orgullo y esperanza.

-¡Muy bien!

—exclamó Steven mientras abría una puerta portal formada por nubes—.

Me voy a dormir.

Mañana seguimos con la casa.

Nada nos va a detener.

La motivación llenaba su rostro…

hasta que vio lo que había dentro del portal, y en un instante su expresión cambió a mil formas diferentes de confusión y alarma.

Las gemas, curiosas, se acercaron y observaron lo mismo, quedando igual de impactadas.

Lápiz Lázuli se había despertado confundida y se sentía completamente renovada, tanto que decidió estirar brazos y piernas aunque realmente no lo necesitara.

Sin embargo, al hacerlo, notó algo alarmante.

-Lápiz: ¿Steven?…

Miró alrededor y su expresión se tornó de miedo.

-¡Steven!

—gritó con pánico, moviendo cosas por todos lados tratando de encontrarlo, aunque claramente no era muy buena buscando.

Y así fue como terminaron observando la escena más surrealista del día: Lápiz estaba sosteniendo el microondas como si fuera una reliquia sagrada, con todo el resto de la habitación en caos absoluto, mientras cuatro gemas la miraban con caras de completa desconexión mental.

-Esto…

hola —dijo Lápiz tímidamente, sin saber si devolver el microondas o huir con él.

Fin del capítulo 35.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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