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Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 36

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36: Capitulo 36: Marea alta.

36: Capitulo 36: Marea alta.

Nota del autor: Miren esta forma de escritura, la verdad me la paso a toda madre escribiendo y probando nuevas cosas.

Ustedes opinen qué tal se ve, gracias por el apoyo.

Y para los manes que suben mi historia a YouTube, porfa dejen las notas de autor, que por algo las pongo.

Nada más que decir, los quiero.

<3 Continuemos.

Luego de unos días en los cuales las gemas se esforzaban por explicarle a Lápiz la razón por la que Steven desaparecía temporalmente dentro de su habitación nube, finalmente lograron que ella dejara de romper paredes accidentalmente o intentar meter el mar a la sala cada vez que se asustaba o malinterpretaba las cosas.

Poco a poco comenzaron a guiarla, enseñándole a reconocer cuándo preocuparse y cuándo simplemente debía esperar a que Steven regresara sin levantar tsunamis emocionales ni literales.

Con el ambiente algo más estable, Steven decidió mostrarle algunas series para que aprendiera sobre la cultura humana de una forma más tranquila; sin embargo, terminó arrepintiéndose por la intensidad con la que ella procesaba la información.

Lápiz quedó inmóvil frente al televisor como si estuviera frente a una ventana al universo, analizando con mirada crítica cada segundo de una serie romántica que Steven había puesto solo porque no encontró el control.

Ella exigió ver el mismo episodio repetidas veces porque, según su análisis, necesitaba observar cada detalle emocional, social, lingüístico y psicológico de la especie humana.

En resumen: estaba haciendo una investigación científica sobre drama adolescente.

Steven la observó desde la cocina, negando con la cabeza como quien acaba de descubrir que tiene una fanática profesional viviendo en casa.

Decidió dejarla y salir a buscar a su padre, pues él había comprado un teléfono nuevo que Steven necesitaba urgentemente.

Además, le preocupaba Connie; aún no entendía por qué no lo había llamado.

Quizás seguía molesta, o quizá simplemente no sabía de su regreso.

Pensó que lo mejor sería llamarla para no causar una escena digna de telenovela.

Llegó al taller de su padre, donde lo encontró arreglando por tercera vez el mismo camión del alcalde, lo que para ellos significaba ingresos, paciencia y más oportunidades de escuchar cómo ese camión “misteriosamente” se descompone cada fin de semana.

Steven lo ayudó a terminar el trabajo mientras conversaban, pero antes pasó quince minutos convenciéndolo con argumentos exagerados, expresiones teatrales y saltitos casuales para demostrar que estaba física, mental y emocionalmente estable…

o al menos funcional.

Cuando por fin logró calmarlo, la conversación fluyó de manera natural y cálida, como siempre.

Las horas pasaron entre risas, reparaciones menores y anécdotas que solo cobraban sentido dentro de su pequeño mundo familiar.

Era tiempo sencillo pero invaluable, de esos que no pasarían a ningún registro histórico, pero sí al corazón.

Steven lo apreciaba más que antes, como si algo dentro de él le recordara que los momentos simples también podían ser irremplazables.

Cuando el día llegó a su fin, Steven se estiró, respiró profundamente y sonrió.

—Bueno, padre, fue un placer estar contigo.

—dijo con una voz suave y sincera.

Greg sonrió de oreja a oreja, irradiando esa calidez suya que siempre podía reconstruirlo.

—Ya sabes, Stevo…

siempre va a estar tu viejo aquí.

Solo cuídate, es lo único que te pido.

Y pórtate bien.

Y por favor, hazle caso a Perla.

Normalmente me ignora, pero cuando tú te portas mal aparece aquí como si yo fuera el servicio técnico emocional.

Steven abrió la boca para responder, pero no supo qué decir de inmediato.

Guardó silencio por varios segundos, no por incomodidad, sino porque sentía que, de alguna manera, esas palabras tenían más peso del acostumbrado.

Su sonrisa se formó lentamente, casi temblorosa pero honesta.

—Está bien —respondió con una sonrisa forzada pero cariñosa, levantando la mano para despedirse mientras comenzaba a caminar.

Greg le devolvió el gesto con la misma energía paternal de siempre.

Steven avanzó relajadamente por la calle, sacando su teléfono nuevo como si fuera una reliquia sagrada recién desbloqueada.

Insertó su chip con ceremonia exagerada mientras pasaba por la pizzería y compraba una, saludando a los empleados como si nada hubiera pasado.

Cuando su teléfono tomó señal, las vibraciones casi le hicieron soltar la pizza.

—¿Qué carajos…?

—exclamó al ver la pantalla repleta de notificaciones.

Quinientas llamadas perdidas.

De Connie…

y de muchos más.

Steven abrió los ojos, sorprendido, confundido y con una pequeña presión en la garganta que culpó al viento.

—Bueno…

eso no me lo esperaba —susurró, intentando sonar relajado.

Regresó a casa rápidamente, dejó la pizza en la mesa y solo se detuvo un segundo para ver a Lápiz, quien seguía inmóvil viendo el mismo episodio, como si estuviera rindiendo un examen final para graduarse de humana.

Steven simplemente la ignoró y salió de nuevo.

Marcó el número mientras caminaba hacia la playa en busca de aire y calma.

La brisa nocturna golpeaba su rostro mientras el tono seguía sonando sin respuesta.

La marea estaba alta, como si el océano también estuviera inquieto.

Entonces, la llamada fue contestada.

—¿Sí?

—preguntó una voz de mujer, un poco mayor y seria.

Steven se congeló un segundo.

—Buenas noches, señora Maheswaran.

Disculpe, ¿está Connie?

Hubo un silencio breve, suave, pero notorio.

—Hola Steven.

Sí, está dormida.

Espero que ya estés mejor de tu accidente.

Me contaron que estabas un poco…

bueno, decir poco es poco, considerando lo que supe.

Steven frunció ligeramente el ceño.

¿Accidente?

Respiró hondo para volver al tono normal.

—¿Ah sí?

¿Quién se lo dijo?

—Fue Garnet.

Le comentó a Connie que estabas grave, pero parece que ya estás bien si puedes hablar de forma normal.

El silencio de Steven fue corto pero tenso.

—Sí, señora Maheswaran.

Estoy mejor, solo me di unos golpes cuando…

bueno, caí de cierto lugar.

Pero estoy bien, no se preocupe —intentó sonar casual.

Tomó aire y añadió con voz firme: —Solo quiero que, cuando Connie despierte, por favor le diga que estoy bien y que perdone que no le contesté.

Mi teléfono murió y tuvieron que comprarme otro.

La línea quedó en silencio, lo suficiente para que Steven sintiera frío en la espalda.

Finalmente, la voz respondió.

—Está bien, Steven.

Se lo diré.

—Y otra cosa —dijo la señora Maheswaran justo antes de colgar.

Steven se acomodó el auricular, confundido.

—¿Sí?

—respondió suavemente.

—Cuida a mi hija…

parece que realmente te tiene aprecio.

Hubo un pequeño silencio mientras Steven sonreía, genuino, algo sorprendido y hasta un poco nervioso.

—Claro que sí, señora Maheswaran.

Lo tendré en cuenta.

La llamada terminó y el sonido de desconexión quedó resonando más tiempo en su mente que en el teléfono.

Steven miró la pantalla unos segundos, procesando todo lo ocurrido y todo lo que aún no sabía cómo enfrentar.

Respiró profundo, volvió a desbloquear su teléfono y marcó de nuevo.

—¿Hola, Ronaldo?

—dijo con voz calmada.

Así transcurrió el resto del día, llamando uno por uno a quienes se preocuparon por él.

Sentía que era lo mínimo que podía hacer.

No sería amable de mi parte no dar explicaciones, pensaba.

Al menos a quienes realmente dedicaron su tiempo para saber si yo estaba bien.

Más tarde, Steven estaba en la cocina, observando el ambiente tranquilo de la casa.

A su lado, Lápiz hablaba con entusiasmo mientras intentaba explicarle cómo la serie que estaba viendo ahora incluía a un tercer personaje en la relación, lo cual parecía haber activado en ella un modo analítico imposible de pausar.

Steven simplemente escuchaba, dejando que ella despidiera cada pensamiento con intensidad quirúrgica, basándose únicamente en cinco episodios…

de una serie de quinientos.

—Y así fue como Ramón terminó en ese lío…

¿cómo lo llaman?

¿Emocional?

Algo así leí en eso que ustedes llaman internet.

Realmente útil si me lo preguntas —dijo Lápiz, observando el teléfono que Steven le había prestado.

Steven asintió mientras le entregaba una taza de té caliente.

Ella la observó con curiosidad.

—¿Qué es esto?

—preguntó inclinando el recipiente con desconfianza.

—Es té —dijo él tomando un sorbo—.

Pruébalo, te encantará el sabor.

Lápiz lo imitó sin pensar mucho; apenas el líquido tocó su lengua hizo una mueca, sorprendida por lo caliente.

Luego, lentamente, volvió a beber, esta vez con cuidado, hasta que sus ojos parecieron brillar.

—Está bueno —dijo, tomando más tragos, como si tuviera miedo de que desapareciera.

—Claro que sí —respondió Steven con una sonrisa, señalándose el pecho con un ligero gesto triunfal.

El silencio cayó por unos segundos, no incómodo, sino como si el ambiente necesitara espacio para respirar.

Steven tomó aire y habló con voz baja.

—Lápiz…

Ella volteó de inmediato, confundida pero atenta.

—¿Sí, Steven?

¿Qué ocurre?

Él levantó ligeramente la mano, con gesto pacífico.

—Tranquila, no pasa nada malo —dijo con dulzura mientras se levantaba y se dirigía hacia el sillón recién reparado.

Ella lo siguió y se sentaron juntos, uno al lado del otro.

La sala quedó envuelta en un silencio tranquilo, acompañado por el sonido lejano del mar.

Steven volvió a hablar, ahora con un tono más serio y reflexivo.

—Lápiz…

—repitió, para asegurarse de que ella se mantuviera con él—.

¿Qué vas a hacer?

Ella parpadeó varias veces, nerviosa.

—¿Qué…

qué voy a hacer con qué?

Steven respiró hondo, buscando no presionarla.

—Quiero decir…

¿qué harás ahora que ya no estás con el Planeta Madre?

Lápiz guardó silencio.

Sus ojos se perdieron en la ventana donde el mar, iluminado por la noche, se movía como una manta infinita que respiraba con calma.

—No lo sé…

—dijo finalmente, con voz baja—.

Nunca me sentí tan libre como ahora.

Me siento…

sola, supongo.

Por ahora solo quiero estar contigo y con las gemas —agregó repentinamente, casi tropezando con sus propias palabras para evitar sonar vulnerable.

Steven soltó una risita suave y ella bajó la mirada, avergonzada.

—No te preocupes, Lápiz.

Aquí eres bienvenida —dijo con una sonrisa cálida—.

Hagas lo que decidas al final, yo siempre te apoyaré.

Si quieres quedarte, estaré contigo.

Si algún día quieres irte, también te apoyaré.

No importa lo que piensen los demás…

lo que importa es lo que tú sientas.

Apoyó el brazo sobre la mesa mientras hablaba, pero el mueble, aún débil, cedió bajo el peso y se rompió de inmediato.

El silencio volvió.

Tres puntos.

Tres segundos.

Tres latidos.

Steven observó la mesa con una gota de sudor deslizándose por su sien, pero decidió ignorar la escena como si nada hubiera pasado.

—Bueno…

—dijo acomodándose incómodamente—, ¿vas a quedarte por ahora en mi casita humilde?

Lápiz no lo pensó ni un solo segundo; asintió rápido, casi con entusiasmo retenido, como si temiera que decir una palabra pudiera arruinarlo.

—Perfecto —respondió Steven con una sonrisa sincera, aunque esta se desvaneció lentamente al recordar algo que consideraba importante—.

Solo evita ponerme tu pie en la cara mientras duermo.

La última vez soñé que tu pie estaba aplastando mi cara y no fue nada agradable…

así que solo eso te pido.

Lápiz abrió los ojos de par en par, completamente avergonzada, y se cubrió la cara con ambas manos, hundiéndose en un pequeño mar de silenciosa humillación cómica.

Así, ambos comenzaron a platicar.

Steven se tomó el tiempo de explicarle cosas básicas pero esenciales, como el motivo por el cual no debía lanzar al gatito que pasaba caminando por la playa, por qué era importante comer aunque no sintiera necesidad inmediata, y, lo más difícil de todo, para qué servía el baño, lo cual provocó en Lápiz una expresión tan exagerada de asco que Steven se preguntó si su alma acababa de morir un poco.

—Un día más satisfactorio —dijo Steven finalmente, con una sonrisa ligera que reflejaba paz y cansancio al mismo tiempo.

Pero esa sonrisa se borró al instante cuando la realidad lo alcanzó una vez más.

—Tengo que prepararme —susurró, serio, sin que Lápiz notara el cambio en su mirada.

Fin del capítulo 36.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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