Steven Universe: ¿Soy que? Sobrecarga - Capítulo 39
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39: Capitulo 39: Perdida en una piedra.
39: Capitulo 39: Perdida en una piedra.
Nota del autor: Me la pasé a toda madre escribiendo este capítulo.
De hecho, es uno de los más largos que he hecho en esta historia.
Quiero que estos capítulos —tanto este como el siguiente— tengan más desarrollo, porque están centrados en Peridot y Jasper, y quiero mostrar lo mejor posible su estadía, su frustración y su eterno fastidio con la Tierra.
Si tienen alguna duda o sugerencia, pueden dejarla en la caja de comentarios.
Gracias por todo el apoyo, ya somos más de 100k de visualizaciones.
¡De verdad lo aprecio muchísimo!.
Continuemos.
El sol golpeaba sin piedad.
Peridot avanzaba, hundiendo sus pequeñas botas en la arena caliente, mientras sus ojos cansados repasaban por décima vez la misma pantalla intermitente que no dejaba de recalcular rutas.
—Estoy cansada de este planeta…
—gruñó, dando un golpecito a la pantalla—.
¡Y de este camino inútil!
Llevaba días caminando.
Días.
Su sistema interno marcaba 72 horas sin descanso adecuado.
Y para colmo, la arena se había metido en todas sus piezas mecánicas, creando un chirrido desesperante cada vez que movía los dedos.
—Debí ponerme el comunicador de ayuda en mis partes mecánicas cuando pude —se rascó la cabeza con frustración—.
¡Pero nooo, claro que no!
¿Para qué ser práctica?
Mientras renegaba, vio algo a lo lejos.
Una silueta grande, metálica, inclinada como si hubiese sido olvidada siglos atrás.
Peridot entrecerró los ojos.
—¿Es eso una nave…?
—…
—¡ES una nave!
Aceleró el paso.
—Quizá esta chatarra tenga algo de valor —murmuró, quitándose arena de los lentes—.
Obsoleta sí.
Eficiente no.
¿La necesito para no morirme?
Definitivamente.
La nave era vieja.
De la Era 1.
Placas desprendidas, símbolos desgastados, grietas que dejaban entrar columnas de arena.
Aun así, Peridot no tenía nada que perder, así que entró.
Los pasillos estaban sepultados parcialmente.
Montones de arena, polvo en cada superficie, estructuras oxidadas que hacían crujidos inquietantes.
—Increíble…
—dijo, empujando un panel caído—.
Me mandan a misiones con tecnología del año uno.
¡Qué profesionales!
Llegó a la cabina de mando justo cuando escuchó un movimiento.
Algo grande.
Algo húmedo y granulado.
Peridot se quedó inmóvil.
—…¿Eh?
La pared derecha explotó en una nube de arena.
Un monstruo enorme, deformado, retorcido, emergió rugiendo desde el metal destrozado.
Sus ojos vacíos parecían hechos del mismo desierto.
—¡¿QUÉ CARAJOS?!
—gritó Peridot formando su mano en un cañón miniatura.
Sin pensar, disparó.
El rayo verde atravesó parte del torso del monstruo, pero este apenas reaccionó.
Avanzó hacia ella con pasos pesados, rugiendo como si fuera un volcán de arena viva.
—¡Mkrfsa—mierda—¡mierda!
—Peridot salió corriendo tan rápido que casi se cae.
Corrió por los pasillos, esquivando paneles caídos, resbalando en la arena.
La criatura la seguía como un depredador cazando a un conejo pequeño, verde y muy ruidoso.
Dobló una esquina, frenó en seco…
y quedó paralizada.
—…mierda.
Frente a ella: un camino bloqueado.
Detrás de ella: la criatura, que acababa de aparecer.
Peridot giró lentamente la cabeza.
Los dos se quedaron en silencio.
Mirándose como si ambos intentaran entender qué demonios estaba pasando.
—Eeeeste…
hola —dijo Peridot levantando una mano tímidamente.
El monstruo rugió con todas sus fuerzas.
—¡NO ERA UNA BUENA IDEA, YA LO SÉ!—.
La garra enorme la golpeó, mandándola a volar por el pasillo.
—¡AHHH!— El impacto resonó por toda la nave.
La criatura avanzó con calma, asumiendo que Peridot ya estaba destruida.
Error.
Peridot, adolorida, con un lente roto, levantó su mano temblorosa y disparó directo hacia la gema incrustada en la frente del monstruo.
Un sonido seco llenó el lugar.
La criatura cayó.
Su cuerpo de arena se dispersó en un viento inexistente.
Solo quedaron pedazos de gema brillante en el suelo, fracturada en cientos de fragmentos.
Peridot respiraba con dificultad.
Sudor, arena, dolor y un pánico que no combinaba con su actitud habitual.
—Mierda…
mierda…
—se llevó las manos a la cabeza—.
¡Maté a otra gema!
¡¿Qué voy a hacer ahora?!
¡No me gradúan después de esto!
Se quedó así varios segundos, casi hiperventilando.
Luego miró de nuevo la gema destrozada.
Se calmó.
—Bueno…
me atacó.
Se lo merece.
La pisó y siguió caminando hacia la cabina.
La tecnología estaba vieja, rota, casi ornamental.
Pero Peridot revisó sistemas, movió palancas, activó paneles.
Hasta que encontró algo.
Mecanismos de levantamiento de tierra.
Sus ojos se iluminaron.
Su sonrisa creció.
Sus dedos temblaron.
—No puede ser…
—No puede ser…
—¡SÍ QUE TIENE!
¡PLANETA MADRE, AHÍ VOY!
Una risa maniaca retumbó por toda la nave.
Duró.
Mucho.
Demasiado.
Cuando finalmente volvió a su “cordura”, se sentó en el asiento principal.
Uno roto, inclinado, pero funcional.
—Perfecto —dijo inflando el pecho—.
Nueva ruta.
En su pantalla marcó un destino.
Centro de Comunicación.
—Eres mi única esperanza —susurró, ajustando su lente roto.
La nave tembló, los motores gruñeron, la arena cayó de los bordes…
y lentamente comenzó a elevarse del desierto.
Peridot sonrió, adrenalina todavía corriendo por su cuerpo.
Y así, sin mirar atrás, Peridot partió directo al Centro de Comunicaciones.
Pasaron días en los que la sonrisa de Peridot comenzó a desvanecerse.
Días enteros en los que la cordura se le escapaba poco a poco, como si cada minuto dentro de aquella vieja nave fuese un grano más de arena cayendo en un reloj interminable.
Estar sin hacer nada, solo esperando llegar a su destino, no era algo saludable para una Peridot.
Y definitivamente, no era algo que ella manejara con la paciencia que creía tener.
Se repetía a sí misma una frase cada mañana, cada tarde y cada segundo que pasaba sin novedades: gemas estúpidas, rompiendo portales.
Era su mantra, su desahogo, su señal de que la inactividad estaba carcomiéndole el buen juicio.
Según ella, las rebeldes habían destruido todos los portales existentes.
Todos.
Cada uno sin excepción.
Esa era la explicación perfecta para el aislamiento temporal que sentía, aunque solo se basara en el hecho de que habían destruido el portal principal.
Un error de lógica bastante evidente, pero aceptable para alguien que llevaba demasiado tiempo sola, encerrada y sin nada útil que hacer.
Peridot seguía aferrada a esa versión de la historia con la determinación de quien prefiere culpar al universo antes que admitir que está aburrida.
Y así, con la mente ocupada en quejas repetidas y teorías exageradas, continuaba su viaje.
El mar no tenía derecho a ser tan grande ni tan molesto.
La nave tembló, gimió como si estuviera a punto de morirse y, por supuesto, falló justo en la mitad del océano.
Yo sabía que algo iba a salir mal.
Siempre sale mal cuando confío en tecnología de la Era 1.
Siempre.
Lo primero que hice fue golpear la consola.
No porque sirviera de algo, sino porque me sentía con la obligación moral de expresar mi frustración física.
Declaré que la nave era estúpida, y lo dije con todas las letras mientras el tablero parpadeaba como si intentara disculparse.
No le creí ni por un segundo.
El motor se apagó por completo y el silencio que quedó fue tan incómodo que me dieron ganas de gritarle todavía más fuerte.
Flotábamos en el agua como si fuéramos una chatarra sentimental incapaz de aceptar que ya no servía.
Gracias al brillo misericordioso de las Diamantes tenía algunas herramientas para repararla, pero aun así no dejé de insultarla.
Nave tonta, inútil, inservible, obsoleta.
Lo decía cada vez que metía la mano en un panel, cada vez que un cable me daba un toque, cada vez que un tornillo se me resbalaba como si quisiera suicidarse al mar antes que volver a trabajar para mí.
La nave respondió de la peor manera posible: un pitido largo y agudo que interpreté como un insulto directo.
Me atrevo a asegurar que lo hizo a propósito, porque lo soltó justo cuando conseguí abrir un compartimiento atascado.
Era como si quisiera recordarme que estaba viva lo suficiente para ser desagradable.
Intenté conectar un cable nuevo, uno perfectamente funcional y digno de una gema como yo, pero la nave decidió escupir una chispa que casi me chamusca los dedos.
La acusé de querer matarme.
Ella respondió con un parpadeo lento y dramático que odié con toda mi alma.
Si hubiera tenido una cara, la habría golpeado.
Una alarma absurda se activó mientras ajustaba una placa suelta, y sé que lo hizo solo para llamar mi atención.
Sonaba como un grito ahogado de alguien que no quiere levantarse por la mañana.
La insulté mientras la apagaba y me pregunté, por un momento, si tal vez la nave estaba saboteándose para evitar seguir trabajando.
Después de todo, llevaba años abandonada.
Quizá tenía aspiraciones artísticas ahora.
En un punto, cuando ya estaba harta, la nave reprodujo un mensaje automático que decía que el sistema no estaba disponible.
Yo lo tomé como una provocación personal.
Ese tono robótico, esa indiferencia absoluta.
Era como si me dijera que no pensaba ayudarme ni un poco, que prefería hundirse en el océano antes que facilitarme la vida.
Seguí trabajando igual, porque evidentemente soy la única mente competente en kilómetros a la redonda.
Las herramientas de las Diamantes eran buenas, pero nada en esta galaxia está preparado para lidiar con tecnología de la Era 1 sin tener que improvisar como una loca.
Cada reparación funcionaba a medias, cada arreglo activaba un fallo nuevo.
Y yo seguía insultando a la nave, porque si no lo hacía, probablemente habría saltado al agua solo para dejar de escuchar su terquedad metálica.
Al final, después de demasiados minutos de sufrimiento emocional y físico, la nave encendió su motor secundario.
Chisporroteó, rugió como una bestia anciana, y luego empezó a avanzar con la dignidad torpe de alguien que intenta no admitir que perdió una discusión.
Yo, por supuesto, declaré que solo lo logró gracias a mi incomparable inteligencia.
Ella reaccionó emitiendo un pitido corto, uno que sonó exactamente como una queja.
No le respondí.
Me limité a sentarme, mojarme el rostro con agua salada para quitarme el sudor y el enojo, y recordarme a mí misma que algún día seré recompensada por sobrevivir a cosas como esta.
Y mientras la nave avanzaba, todavía ofendida, yo también me sentí ofendida.
Pero al menos avanzábamos.
Eso era lo importante.
Cuando por fin me acerqué a la costa, ya a punto de alcanzar la isla donde se encontraba el Centro de Comunicación, la pantalla frente a mí se encendió sin aviso.
Parpadeó una vez, dos veces, y luego mostró un mensaje que no debería existir.
Me quedé congelada.
Dije un simple eh porque no pude procesar nada más.
Una pantalla holográfica emergió frente a mí de la nada, tan brusca y tan cerca que casi salto hacia atrás.
Mi reacción fue inmediata.
El trauma de la criatura de arena seguía corriendo en mis circuitos internos, así que levanté mi mano instintivamente para disparar.
Por suerte, mis neuronas gemas lograron detenerme antes de destruir la pantalla accidentalmente.
El mensaje se reprodujo con la voz temblorosa de una Safiro.
Se presentó como Safiro Facet-5LP3 Cut-1sp.
Su tono era puro pánico.
Dijo que estaban en peligro, que su Diamante Azul debía recibir el mensaje, que Diamante Rosa había sido destrozada.
La palabra destrozada se quedó vibrando en el aire como un eco maldito.
La Safiro pedía refuerzos porque no podían contra las rebeldes, rogaba como si tuviera a la muerte respirándole por la nuca.
Un sonido retumbó a través de la nave de la grabación.
Era un ruido áspero, metálico, como si varias gemas estuvieran forzando la entrada por todos los lados.
Escuché a las rebeldes irrumpiendo en el lugar y pude sentir cómo la voz de la Safiro se quebraba aún más al caer en desesperación.
Mi Diamante Azul, dijo entre jadeos, deben vengar a mi Diamante Rosa, deben salvarnos.
Luego ocurrió la explosión.
El video se cortó en un destello blanco, seguido de silencio absoluto.
Un silencio tan profundo que pareció llenar toda mi nave, como si los motores mismos se hubieran detenido para escucharlo.
Me quedé quieta frente a la pantalla apagada.
No pestañeé.
No respiré por varios segundos.
Mis pensamientos no lograban acomodarse en una forma que tuviera sentido.
Solo observé el reflejo borroso de mi propio rostro en la superficie oscura del panel, completamente helada.
Me quedé en silencio, sin saber qué pensar, qué hacer, o cómo responder a lo que acababa de ver.
Solo dejé que ese vacío me envolviera mientras la nave seguía avanzando lentamente hacia la isla.
Vaya.
Eso fue lo único que conseguí decir cuando por fin mi cerebro dejó de zumbar.
Después de varios segundos de silencio incómodo, pude pensar con claridad y llegué a una conclusión bastante lógica.
Parecía que el mensaje pertenecía a una Safiro de la Era 1.
Una veterana.
Una gema antigua, de esas que hablaban como si el universo entero dependiera de ellas.
Lo dije con una curiosidad ligera, casi divertida, sin darle demasiada importancia al detalle del diamante roto.
No es que no fuera grave…
pero nadie puede culparme por no sentir el peso emocional de algo que ocurrió antes de que yo siquiera existiera.
Fui creada en la Era 2.
Nuestra generación llegó cuando todo ya estaba prácticamente decidido.
Así que bueno, la tragedia histórica no era exactamente mi especialidad.
Me incliné hacia adelante y miré la pantalla con nuevos ojos.
Ahora que sabía que esta nave cargaba mensajes viejos, voces antiguas, restos de épocas que nunca viví, la chatarra tenía un aire distinto.
Una especie de dignidad polvorienta y oxidada.
Como una reliquia que solo necesitaba un genio brillante para volver a funcionar.
Yo, obviamente.
Me pregunté si podían darme algo a cambio de hacer funcionar este vejestorio.
Seguro que sí.
Seguro que muchísimo.
Me quedé viendo algunos cables medio sueltos, luces débiles y paneles quemados, y por un segundo tuve visiones.
Claras, brillantes, exageradas.
Me imaginé esta nave transformándose en una pieza restaurada completamente funcional, admirada por todas las gemas del Imperio, con mi nombre estampado en una placa dorada que dijera restaurada por Peridot Facet-tal Cut-tal, máxima genio de ingeniería de este lado de la galaxia.
La idea me hizo sonreír como una demente.
Si conseguía arrancarle algo de vida a esta reliquia, podría recibir recompensas.
Podría subir de rango.
Podría dejar de hacer misiones ridículas en planetas llenos de arena maldita.
Por primera vez en días, sentí que mi mente volvía a moverse como era debido.
Mientras la nave seguía acercándose a la isla, me incliné sobre un panel que chisporroteó apenas lo toqué y pensé que, con suficiente esfuerzo, este montón de piezas viejas podría convertirse en algo impresionante.
Y si no…
bueno, siempre puedo seguir insultándola hasta que decida funcionar por agotamiento emocional.
Así que después de un tiempo interminable por fin llegué a la maldita ubicación.
Me detuve frente al sitio, levanté la mirada con cierta emoción y la sonrisa se me murió de inmediato cuando lo vi.
Era imposible.
Me quedé completamente pálida mientras mi cerebro procesaba el desastre frente a mí.
No podía creerlo.
De todas las cosas que podían arruinarme el día, tenía que ser esto.
Era en serio.
Rebeldes.
Rebeldes de mierda.
Otra vez metiendo sus narices donde no deben.
Sentí cómo me hervía la gema mientras dejaba escapar un gruñido frustrado, segura de que el universo estaba decidido a molestarme solo porque podía.
Rebeldes tontas, tontas, tontas, repetí mentalmente y en voz baja mientras caminaba entre los restos, incapaz de contener el impulso de refunfuñar como si eso arreglara algo.
Me quejé durante un buen rato, demasiado tiempo quizá, pero ¿qué esperaban que hiciera?
Llevaba horas lidiando con una nave vieja, cables que parecían pertenecer a la prehistoria, un mar lleno de sal que arruinaba todo lo que tocaba y ahora tenía frente a mí una escena que era la definición perfecta del fastidio.
Caminé ida y vuelta, murmurando todo tipo de cosas sobre lo incompetentes que podían ser y sobre cómo siempre dejaban sus problemas a medio terminar.
Refunfuñé sobre los protocolos que arruinaban, sobre la falta total de disciplina y hasta sobre lo mucho que odiaba que me enviaran a limpiar los desastres de otras gemas.
Solo después de descargarme por completo fue que me acerqué al portal destruido.
Lo observé con los brazos cruzados, respirando hondo, y una parte de mí no pudo evitar sentir ese cosquilleo extraño que surge cuando lo que sospechabas desde el principio parece haberse confirmado.
Mi teoría era cierta.
O al menos eso creía yo en ese momento.
Me sentí orgullosa durante unos segundos, como si acabara de resolver el misterio más grande del imperio, sin tener la menor idea de que estaba completamente equivocada.
Pero bueno, detalles.
Lo importante era que algo de esto tenía sentido en mi cabeza, aunque fuera un sentido que solo yo podría entender.
Me senté sobre lo que quedaba del portal, con el polvo pegado a mis piernas y un silencio incómodo cayendo encima de mí mientras abría la imagen antigua del centro de comunicación de la Era 1.
Era irónico.
Tenía frente a mí la versión destrozada, hecha pedazos y oxidada, mientras en mi pantalla podía ver la gloria original, la estructura impecable que alguna vez había sido el orgullo de todo un conjunto de ingenieras que sabían lo que hacían.
Observé la imagen con detenimiento, de arriba a abajo, como si mirarla lo suficiente pudiera arreglar mágicamente todo lo que tenía delante.
Pasé mis dedos por cada borde roto del portal, comparando cada fragmento, cada grieta, cada desviación absurda que no debería estar ahí.
Era como revisar la caligrafía de alguien con mala letra mientras intentaba recordar cómo se supone que debía verse.
Miré los pedazos diseminados a mi alrededor.
Era un cementerio tecnológico y yo estaba atrapada en él.
Revisé la pantalla nuevamente, esa tablet que se había convertido en mi única compañera sensata en este planeta inútil, y traté de ordenar mis ideas sobre cuál sería mi siguiente paso para salir de aquí de una vez por todas.
Un suspiro cansado se escapó sin permiso, pero igual me puse de pie, limpié mis manos en mi muslo y comencé a caminar alrededor de lo que quedaba del centro de comunicaciones.
Cada paso que daba se sentía como una mezcla de frustración y curiosidad.
Observé los restos desde distintos ángulos, imaginando líneas invisibles reconstruyéndose en mi cabeza.
El análisis era lo único que me mantenía cuerda.
Caminé lento, marcando el ritmo con pequeñas pausas en las que levantaba la tablet, la encendía, ampliaba la imagen, la comparaba, bajaba la tablet y fruncía el ceño con una mezcla de desdén y expectativa.
Fue ahí cuando empezaron los murmullos, esos pensamientos en voz alta que me salían sin filtrar, como si cada idea necesitara escucharse para existir.
Puede ser, pensé mientras tomaba una referencia.
Podría funcionar si ajusto el soporte inferior.
Debería intentarlo, aunque implique volver a soldar esa porquería de estructura.
Ajá, eso tal vez resolvería la conexión rota.
Si hago eso, podría reactivar una señal mínima.
Tal vez.
Sí…
sí…
sí, puede ser.
Continué murmurando una cadena interminable de posibilidades, teorías y suposiciones, cada una más ambiciosa que la anterior.
Mi voz se volvía veloz, casi emocionada, como si de pronto todo el desastre fuera un rompecabezas que estaba a punto de descifrar.
Di otra vuelta alrededor del centro de comunicaciones, levantando cables, pateando suavemente algún pedazo que estorbaba, inclinándome para ver una placa corroída que aún conservaba rastros de la ingeniería original.
Cada vistazo a la tablet me llenaba de una chispa que no sabía si era esperanza o simple terquedad, pero funcionaba.
Sentía el impulso de seguir, de probar, de reconstruir.
Mis pensamientos seguían corriendo sin freno, entre cálculos y deseos de que por una vez en la vida las cosas salieran como yo quería.
Puede ser, repetí una vez más mientras tocaba un componente que parecía recuperable.
Sí, definitivamente puede ser.
Sí, puedo, claro que puedo, soy una Peridot de segunda generación, maldita sea.
Esto no es nada para mí, absolutamente nada.
Una carcajada se me escapó sin control, resonando por toda la isla como un eco delirante que, por suerte absoluta, no tuvo testigos.
Si alguien me hubiese escuchado, probablemente habría pensado que ya había perdido la poca cordura que me quedaba…
y tal vez no estarían del todo equivocados.
Yo, Peridot, Peridot Facet-2F5L Cut-5XG, podré hacerlo.
Levanté mis manos robóticas hacia el cielo con una postura exageradamente triunfal, como si estuviera dando un discurso épico frente a un ejército que no existía.
Era ridículo y maravilloso a la vez.
Pero apenas terminé de levantar los brazos, el aire cambió.
Se sintió pesado, incómodo, como si la isla entera suspirara con un “¿en serio?”.
Bajé lentamente los brazos mientras mi entusiasmo se desinflaba como un globo pinchado.
Bueno…
murmuré con un tono repentinamente tímido, como si intentara fingir que todo lo que acababa de gritar no había pasado.
Miré mi pantalla con una mezcla de vergüenza y urgencia, recordándome a mí misma que necesitaba revisar las funciones de mis extremidades robóticas antes de llegar a hacer una tontería aún mayor.
Di un toque en el menú de herramientas, desplegando los diagramas de mis aditamentos mecánicos.
Ahí estaban: los parámetros de disparo, los protocolos de manejo de fuerza, el sistema de estabilización…
y el pequeño tesoro que siempre me gustaba presumir, aunque rara vez lo usara de forma apropiada: el láser telequinético.
Un rayo fino y controlado capaz de manipular piezas como si fueran marionetas metálicas…
siempre y cuando no me pusiera nerviosa, porque entonces vibraban como si estuviera intentando hacer malabares con terremotos.
Respiré hondo, levanté una mano y activé el láser.
Una línea verde temblorosa salió disparada, envolviendo un pedazo de panel roto.
Lo levanté con cuidado, moviéndolo de un lado a otro mientras intentaba colocarlo en el soporte menos destruido del centro de comunicaciones.
El pedazo encajó…
más o menos.
No era perfecto, ni bonito, ni profesional, pero estaba ahí, sostenido con la mínima dignidad necesaria para que no se cayera al suelo en ese instante.
Con paciencia casi forzada, fui ajustando cables sueltos, recolocando placas dobladas y limpiando circuitos quemados, todo con el láser telequinético que vibraba con más estrés que yo.
Después de varios intentos fallidos, chispazos innecesarios y un insulto ocasional dirigido a un tornillo que no quería girar, logré reactivar lo mínimo indispensable.
La pantalla principal del centro de comunicaciones parpadeó como un ojo cansado.
Un ruido estático llenó el aire.
Luego otro parpadeo.
Y otro.
Y finalmente una señal débil, torpe, casi fantasmal.
Una comunicación aleatoria empezó a generarse, o al menos un intento desesperado de comunicación.
No había dirección, no había destinatario, ni siquiera había garantía de que no fuera directo al vacío.
Pero ahí estaba, un mensaje saliendo de este planeta repugnante, aunque no fuese a llegar jamás a ningún lugar del Imperio.
Sonreí con orgullo, incluso sabiendo que era inútil.
A veces no se trataba de que funcionara.
A veces solo necesitaba que pareciera que funcionaba.
Funciona…
funciona.
Lo dije apenas en un susurro antes de que una carcajada me explotara en el pecho.
Una risa aguda, satisfecha, casi histérica, que se extendió por toda la estructura destruida.
Pero como siempre, incluso mi propia euforia tenía un límite.
La risa se apagó sola, diluyéndose en un silencio extraño mientras mis ojos bajaban hacia unos controles enterrados bajo tierra, cubiertos de polvo, arena y años de abandono.
Me arrodillé frente a ellos, apartando la tierra con mis manos metálicas, revelando botones corroídos y símbolos tan antiguos que solo los había visto en registros educativos del planeta madre.
Los toqué con cuidado, sintiendo la textura áspera, intentando recordar cada lección, cada instrucción.
Mis dedos resbalaron por textos que apenas podía leer, pero aun así mis manos se movieron con soltura.
Era como si ese conocimiento hubiera estado dormido en algún rincón de mi memoria, esperando este momento absurdo para despertarse.
Toqué teclas viejas, reconecté cables sueltos y jalé con fuerza otros que parecían estar pegados al sistema como raíces.
La energía fallaba, la señal se debilitaba y cada parpadeo amenazaba con destruir todo lo que había logrado.
Pero aun así, inexplicablemente, las cosas empezaron a salir bien.
Las luces volvieron a encenderse en orden, los pitidos regresaron, y el panel tomó vida como si recordara su propósito olvidado.
Mis ojos se posaron en el último botón.
Tenía un color distinto, más vivo, más llamativo, como si hubiera sido diseñado específicamente para este instante.
Una sonrisa se formó sola en mi rostro, pequeña al principio, luego creciente, orgullosa, casi desafiante.
Lo apreté.
El sistema hizo un sonido seco, y una luz tenue iluminó lo que yo asumí que era la cámara funcional.
Me acomodé instintivamente, levanté el mentón y hablé con seguridad, creyendo que alguien al otro lado escucharía.
Aquí Peridot Facet-2F5L Cut-5XG, informando sobre mi misión hacia mi superior.
La misión sigue en curso, pero tenemos un problema de rebeldes en la Tierra.
Necesitamos refuerzos inmediatos.
Mi Jasper asignada desapareció ante la caída de mi nave.
Me incliné un poco más hacia la “cámara”, asegurándome de que mi voz sonara tan profesional como podía.
Solicito autorización para continuar con la reparación del centro de comunicaciones.
Requiero instrucciones adicionales para mantener la eficiencia de la operación en este planeta primitivo.
Confirmo que sigo funcional, sigo en posición y sigo…
eh…
relativamente estable.
Procederé a mantener el lugar hasta recibir una respuesta.
La transmisión terminó con un pitido débil, casi apagado, y la pantalla quedó en silencio.
Yo me quedé allí, quieta, inmóvil, mirando el reflejo distorsionado de mi propio rostro en el monitor.
Pasaron unos segundos…
luego más…
luego demasiados.
El vacío de la pantalla parecía observarme, esperando algo que yo no tenía.
Suspiré.
Debería seguir la misión del Clúster…
murmuré en voz baja, como si el propio aire denso de la base destruida pudiera responderme.
Miré a mi alrededor, buscando alguna señal, alguna guía, alguna aprobación invisible.
El techo cubierto de tierra parecía inclinarse sobre mí, pesado, silencioso, insistente.
Como si dijera “sí, sigue, sigue, sigue”.
Me encogí un poco, apretando los labios.
Si mi diamante ve que seguí con la misión incluso sin mi Jasper y sin mi nave…
bueno, tal vez me den un premio.
Qué lista que eres, Peridot.
Muy lista.
Me aplaudí mentalmente mientras asentía con fuerza.
Rápidamente recogí mis cosas y salí del centro de comunicación, sin atreverme a mirar atrás.
La nave vieja me esperaba, inclinada como siempre, como si se burlara de mis expectativas.
La miré de reojo, solté un gruñido y me subí sin mucha elegancia.
Aun así, sabía que no podía sacar energía del lugar.
La del centro de comunicación era demasiado inestable, demasiado pesada, demasiado antigua como para moverla siquiera unos centímetros.
Y si por algún milagro mi mensaje llegaba, era mejor que siguiera intacta.
Con un suspiro resignado, un suspiro que decía claramente “qué más da”, encendí los controles.
La nave tosió, gimió, y luego se elevó lentamente, como si protestara por tener que seguir trabajando.
Vamos hacia la guardería principal.
Anuncié con un entusiasmo repentino, un entusiasmo que venía tanto del miedo como de la terquedad.
Y con esa decisión, apunté la nave hacia su nuevo objetivo, sin imaginar siquiera que alguien más tenía los ojos puestos en ese mismo destino.
Al mismo tiempo, lejos de allí, otra nave se abría paso entre restos de metal y fragmentos de humo.
El ambiente alrededor estaba destruido, quemado, casi irreconocible.
Y en medio de eso caminaba Jasper.
Cada paso suyo era una pisada pesada, firme, cargada de ira.
Su respiración era profunda, temblorosa, no de miedo…
sino de furia contenida.
Había perdido una nave —inservible, según ella— pero no su determinación.
Caminaba con los puños cerrados, los dientes apretados y el ceño fruncido como si pudiera partir el horizonte en dos.
Ese golpe…
esa vergüenza…
no lo olvidaba.
No lo perdonaba.
Cada rebote de luz en los fragmentos metálicos la hacía recordar su caída, su falla, su humillación.
Su obsesión crecía con cada paso, con cada respiración.
Ya no caminaba por la misión…
caminaba por orgullo herido, por rabia, por la necesidad de demostrar que ninguna rebelde, ninguna criatura y ninguna circunstancia podían detenerla.
Peridot…
masculló su nombre con una mezcla de irritación y posesividad tensa.
Ojalá estés donde quiero ir.
Porque si no…
te haré unirte a mí por la fuerza.
Su voz retumbó en la nada, firme como una amenaza que el aire tenía miedo de repetir.
El destino de ambas se acercaba, inevitable, silencioso, como una tormenta que aún no sabía que estaba a punto de estallar.
Fin del capítulo 39.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com